viernes, 28 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 33


Me encantaría explicarles ahora, pero muero de sueño, mañana si o si doy explicaciones!
Besos
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No podía dormir, de modo que permaneció un buen rato mirando el techo, pensando. No dejaba de repetirse que debía haber aceptado la oferta de marcharse, pero no lo había hecho porque aún creía que podía enamorarse de ella. Sin embargo, había fracasado. Y era culpa suya, no de Peter. Resultaba evidente que buscaba algo más profundo que una simple relación sexual. Algo que parecía observar en Pamela.
Tal vez por ello insistía en que se quedase durante el Gran Lanz. Todos los miembros importantes de los clanes estarían presentes, así como representantes del mundo político y de la aristocracia en general. Corría el riesgo de comportarse de forma estúpida, pero Pamela estaría perfecta, como pez en el agua. Tal vez esperara que hiciera el ridículo ante todo el mundo para demostrar a los habitantes de Puerto Lanzana que no era merecedora de ser la primera dama.
Aún estaba preguntándose al respecto cuando escuchó el sonido de un motor en la distancia. No era el ruido que producía el Jaguar. Se trataba de un vehículo distinto, cuyos faros iluminaron las ventanas de su dormitorio. Al cabo de unos segundos notó que se detenía en el camino de grava y escuchó el sonido de un claxon.
Se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Peter salió de la casa y se dirigió hacia el automóvil, para recibir al visitante, que resultó ser una elegante joven de pelo oscuro. Cuando pasó los brazos alrededor de su cuello y lo besó en los labios con apasionamiento, Lali se apartó de los cristales y respiró profundamente. Ya sabía con quién iba a dormir aquella noche.

A la mañana siguiente no salió a correr. Cuando bajó a la cocina descubrió que el café ya estaba preparado y se sirvió una taza. Después, salió en busca del ama de llaves y descubrió que se encontraba en el salón supervisando el trabajo de las dos chicas que habían llegado del pueblo. Estaban colocando varias mesas a un lado, presumiblemente para instalar el buffet.
La señora Belén sonrió al verla.
—Estaré contigo en un momento, Lali.
—No te preocupes por mí. Puedo prepararme el desayuno. Me preguntaba dónde estarías. ¿Seguro que no puedo ayudarte en nada?
Tenía que encontrar una forma de mantenerse ocupada si no quería sumirse en la desesperación.
El ama de llaves pareció notar su nerviosismo y salió en su ayuda.
—Es muy amable por tu parte. No vendrían mal un par de manos más. Además, Peter se ha marchado al aeropuerto de Inverness hace unos minutos, para recibir a ciertos invitados.
Le alegró saber que no tendría que verlo hasta pasadas varias horas.
La señora Belén dio unas cuantas instrucciones a las jóvenes y acompañó a Lali a la cocina.
—Una de las invitadas llegó anoche, bastante tarde. Tuve que prepararle una cena a medianoche.
—Sí —murmuró—. Era Pamela, ¿verdad? Oí su coche. Viene muy a menudo, según tengo entendido.
—Sí, es cierto.
—Lo dices como si no te gustara mucho.
—¿Tú crees? —preguntó con frialdad.
Lali supo que había cometido un error al ponerla en la tesitura de tener que dar una opinión personal sobre una invitada, siendo el ama de llaves. Intentó corregir su desliz y pidió disculpas.
—Lo siento, no pretendía…
La señora Belén la miró durante unos segundos e hizo un gesto como si careciera de importancia.
—No importa. Siéntate mientras preparo el desayuno.
Lali no dijo nada. Se notaba que el ama de llaves ya estaba suficientemente preocupada por la fiesta como para que ella la incomodara aún más. Por otra parte estaba agotada. No había dormido en toda la noche, incapaz de dejar de pensar en Pamela y en su amante.
Los maldecía a los dos y se maldecía a sí misma por haberse enamorado de Peter. Se dijo que de haberlo intentado con más determinación no habría caído bajo el hechizo de sus ojos verdes, ni frente al deseo de encontrarse entre sus brazos. Pero necesitaba sus besos, necesitaba su virilidad, necesitaba sus caricias.
Tal vez podía haberse resistido. Pero ahora debería pagar el precio por no haberlo hecho.
Por si fuera poco sospechaba que podía estar embarazada, pero no tenía intención de quedarse allí. A la mañana siguiente regresaría a Buenos Aires, por barco o en coche, como fuera. Y si descubría que estaba embarazada de Peter, guardaría el secreto. No volvería a saber nada de ella. Había conocido a muchas madres solteras y divorciadas, grandes mujeres perfectamente capaces de criar a sus hijos mientras trabajaban al mismo tiempo.
Había terminado de desayunar, y estaba a punto de subir a lavarse cuando oyó que la señora Belén hacía un gesto de desagrado y corría hacia la cafetera.
—Es para Pamela —explicó—. Tenía que haberle llevado el café a las nueve y media, y ya ha pasado la hora.
—Sólo han pasado cinco minutos —observó.
—Sí, pero es una obsesa de la puntualidad. Cuando dice una hora se refiere exactamente a esa hora.
El ama de llaves preparó una bandeja de plata, con una taza, un poco de nata fresca y un azucarero.
Lali la miró, pensativa. Empezaba a comprender por qué razón se había ganado el apelativo de «Lady». Entonces recordó que las señoritas no tenían precisamente buen aspecto por las mañanas, cuando aún no se habían puesto sus trajes caros, ni habían peinado sus preciosos cabellos, ni se habían maquillado.
—Yo se lo llevaré —dijo, de forma impulsiva.
La señora Belén la miró, dubitativa.
—No estoy segura de que…
Ella sonrió.
—A Peter le agrada que dé la bienvenida a los invitados. De ese modo podré disculparme ante ella por no haber estado presente cuando llegó anoche.
El truco funcionó perfectamente. El ama de llaves decidió saltarse el protocolo habitual, por primera vez en toda su vida.
—Bueno, desde ese punto de vista… Supongo que Peter no objetaría nada. Está alojada en el ala oeste. Su habitación se encuentra en el piso superior, la segunda puerta a la izquierda.
Le dio la bandeja con un suspiro de alivio y Lali la observó asombrada.
—¿En el ala oeste? ¿Estás segura?
Esta vez fue la señora Belén la que denotó sorpresa.
—Por supuesto. Yo mismo la dejé allí anoche.
Lali tuvo que hacer un esfuerzo para cerrar la boca.
—Oh…
—¿Te encuentras bien?
—Sí, por supuesto —sonrió—. La segunda puerta a la izquierda, ¿verdad?
Mientras subía las escaleras con la bandeja se preguntó si su idea habría sido tan buena como le había parecido en un principio. Descubrir que Pamela no había dormido en la habitación de Peter la dejaba aún más confusa. Había pasado toda una noche en vela por culpa de su imaginación desbocada, una imaginación espoleada por los celos. Y tal vez se dirigiera a su habitación guiada también por esos mismos celos, no por la curiosidad que decía sentir. Tal vez hubiera algo en su inconsciente, algo destructivo que quería enfrentarse con su hipotética rival.
Al llegar al último piso dudó, pero respiró profundamente y caminó por el corredor que llevaba a su dormitorio. Decidió que se limitaría a servirle el café, a mantener la boca cerrada y a salir de allí tan deprisa como pudiera.

Continuará...

jueves, 27 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 32

Subo rápido, mañana explico...
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Fueron al Salvardor, pero no vieron ninguna boda de las tantas que decía Lali que había. Sin embargo, había multitud de turistas, que no dejaban de fotografiar cualquier cosa. Luego fueron hacia el sur, y descubrió que también estaba lleno de visitantes.
El sol brillaba en un cielo azul, pero a pesar de todo, sintió frío mientras el Jaguar avanzaba. Pasaron por los desolados parajes de la ciudad y por la ladera delas montañas; visitaron el lago Lemond, bello y lleno de color, y se dirigieron hacia el norte hasta llegar a los barrios periféricos de Salvador.
Pasaron un par de horas haciendo compras en la ciudad antes de continuar el camino hacia el sur, cruzando bosques y colinas, hasta que al caer la tarde dejaron la carretera y se detuvieron en un pequeño y atractivo hotel.
Cuando terminaron de cenar pasearon hasta el río, y sólo regresaron a la hospitalidad del establecimiento cuando empezaron a sentir frío, cuando llegó la oscuridad.
Aquella noche hicieron el amor una y otra vez en una enorme cama con dosel.
Al día siguiente se dirigieron al pequeño pueblo que se encontraba junto a la frontera con Uruguay, y al llegar a la famosa iglesia donde se casaban todas las parejas les pidieron que actuaran de testigos de una joven pareja francesa que iba a unirse en matrimonio. Aceptaron encantados, y Peter se sintió en la obligación de devolverles el privilegio invitándolos a una suntuosa comida en un hotel local.
Una hora más tarde estaban de nuevo en la carretera, dirigiéndose hacia el norte. De repente, Peter la miró.
—Bueno, ya has visto un poquito de Brasil. ¿Ha respondido a lo que esperabas?
Lali había estado en silencio un buen rato, pero al escuchar su voz sonrió.
—Me impresionó tu generosidad al invitarlos. Creo que apreciaron mucho el detalle.
—Bueno, eran bastante simpáticos y se notaba que no tenían demasiado dinero. Y un refresco y un bocadillo no me parecen una buena manera de empezar un matrimonio.
Lali recordó la expresión de la joven francesa, que se llamaba Colette, y de su atractivo marido. Y recordó también que había sentido cierta envidia al contemplarlos. Sin embargo, intentó no pensar en ello. Observó el paisaje desde la ventanilla y preguntó:
—¿Cómo empezó la fama del Salvador?
—Fueron los portugueses —contestó—. Los jóvenes amantes que no obtenían el permiso de sus padres para casarse descubrieron que si cruzaban la frontera podían casarse en Brasil a los dieciséis años.
—Dieciséis años es una edad demasiado temprana para casarse —comentó, después de considerarlo.
—¿No te parece que eso depende? —preguntó, arqueando una ceja.
—No —contestó—. Una chica de dieciséis años no tiene suficiente experiencia. Puede escoger a un hombre equivocado y arrepentirse toda su vida.
Peter la miró, divertido.
—Uno puede equivocarse a cualquier edad, Lali. El amor es ciego. En Brasil siempre hemos sido de la opinión de que si alguien es capaz de tener niños y de cuidar de ellos, también merece poder casarse o hacer lo que mejor le parezca.
Lali suspiró. Una vez más, tenía razón.

Cinco días más tarde llegaron a Puerto Lanzana, poco antes del anochecer. Peter se retiró a la biblioteca, cansado por el viaje, para comprobar la correspondencia que había llegado. Lali se dirigió a la cocina, donde estuvo charlando un rato con la señora Belén, que de inmediato quiso conocer todos los detalles de su viaje. Rápidamente le contó todo lo que habían hecho, mientras tomaba una taza de café.
La señora Belén era una experta leyendo entre líneas y adivinando cosas.
—Bueno, ya no tardará demasiado —dijo de forma enigmática—. A Cristina le gustará saber que está saliendo bien.
—¿A qué te refieres? —preguntó, frunciendo el ceño.
—¡Pues a Peter y a ti! Ya verás como te pone el collar durante el Gran Lanz. Es mañana, ¿no lo recordabas?
—Oh, sí, por supuesto —mintió.
Se levantó para servirse otro café. No estaba tan segura de las intenciones de su amante como el ama de llaves. Los días que habían pasado juntos habían sido lo más parecido a una luna de miel, pero a pesar de haber pasado muchas noches haciendo el amor no podía decirse que su relación fuese más profunda. No se había declarado. Había sido generoso y considerado. Se había divertido con su conversación y con su compañía, pero nada más. Tal vez no pudieran llegar más lejos.
Se dio la vuelta y sonrió.
—Imagino que estarás muy ocupada preparando el gran acontecimiento. Mañana te ayudaré.
Quería mantenerse ocupada para no pensar.
La señora Belén agradeció la oferta, pero la rechazó.
—Ya está todo preparado. Un par de chicas del pueblo vendrán por la mañana para hacer el trabajo duro. Además, a Peter no le gustaría verte dando vueltas en vaqueros. Quiere que luzcas tus mejores galas para recibir a los invitados cuando lleguen.
A las diez y media de la noche, Lali llamó a la puerta de la biblioteca y entró.
—Siento molestarte, pero me voy a la cama. Sólo quería desearte buenas noches.
Peter dejó el bolígrafo que tenía entre las manos y le indicó que se acomodara.
—Siéntate, Lali, quiero hablar contigo antes de que te retires.
Esperó a que se sentara. Entonces tomó la botella de whisky y sirvió dos vasos.
—Muchas gracias —dijo ella, sintiendo curiosidad.
Peter bebió un poco y la miró con seriedad.
—Mañana tendremos un día muy ocupado. Espero que las cosas salgan bien. No quiero problemas. Estoy seguro de que te comportarás con dignidad.
—¿Con dignidad? No estoy segura de saber a qué te refieres.
Sus ojos verdes se clavaron en ella.
—Sabes muy bien a qué me refiero. Pamela estará presente.
Lali hizo un esfuerzo por mantener la calma.
—Sí, lo sé. ¿Estás sugiriendo que puede surgir algún roce entre nosotras? —preguntó con tranquilidad.
—Es posible —contestó—. Las mujeres sois celosas por naturaleza. Y sé que en ocasiones se dicen ciertas cosas que caldean el ambiente.
Lali dejó su vaso sobre el escritorio y se levantó.
—Si tienes miedo de que le diga a tu novia que hemos pasado varios días juntos, no debes preocuparte —dijo, con voz rota—. Aún tengo cierto orgullo y cierta autoestima. Creo que sería mejor que me marchara a primera hora de la mañana. Así no tendrías que preocuparte de nada.
—Te di la oportunidad de marcharte cuando terminó el juicio. Pero no la aceptaste, y ahora no puedes irte. Dijiste que te quedarías durante el Gran Lanz, y espero que cumplas tu promesa.
—¿Por qué? —preguntó, sin entender nada—. Sería más fácil para ti si yo no estuviera presente.
—Tengo mis razones —dijo, con expresión dura—. En cierta ocasión te pedí que confiaras en mí y me diste tu palabra de que lo harías. ¿Rompes tus promesas con tanta facilidad?
—No, pero…
—En tal caso no hay nada más que hablar, Lali.
Durante unos segundos lo miró, asombrada.
—Sólo he venido para darte las buenas noches. Pero ahora me arrepiento de haber entrado.
Enfadada, se dio la vuelta y se marchó.

     Continuará...

lunes, 24 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 31


Hola, como andan?
Como se mete Pamela en esta relación no? horrible...
El capítulo de hoy va dedicado para vale primera en firmar! :) (Debería dar premios por firmas consecutivas, porque esta chica se lo merece jijij)
Espero que disfruten del capítulo de hoy! 
Besos
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El reloj marcó las tres de la madrugada en algún lugar de la oscura habitación, y Lali aún estaba despierta. Peter se había quedado dormido a su lado, y su pecho subía y bajaba siguiendo el ritmo regular de su respiración. Con mucho cuidado para no despertarlo, se aproximó y se apretó contra él. Empezó a acariciar su cuerpo, sintiendo su suave piel y los duros músculos de su torso, hasta que finalmente optó por saborearlo con los labios y con la lengua.
Se sentía demasiado satisfecha y demasiado excitada como para pensar en los problemas que tenía, de modo que había decidido posponerlos hasta el alba. Se había rendido a su pretensión de pasar la noche con ella sin resistirse demasiado. Y no precisamente porque tuviera miedo de que un rechazo lo alejara aún más; su orgullo no lo habría permitido, no estaba en venta. En realidad, era una víctima de su propia debilidad. Cuando aquellos ojos verdes la observaban con la promesa de mil delicias sensuales, su cuerpo parecía disolverse y su cerebro dejaba de funcionar. El simple pensamiento de imaginarse en sus brazos bastaba para dejarla sin defensas, como un gatito ante el feroz tigre de su propia necesidad. Habían empezado a hacer el amor a través de una aproximación lenta y cuidada de sus cuerpos. Comenzaron a acariciarse, besándose con cariño mientras se concentraban en el placer de su pareja, dando y recibiendo con igual abandono. Todo lo de Lali era suyo, y Peter le entregaba a su vez todo lo que llevaba dentro. Ella era la pupila aventajada y él el maestro que moldeaba y mejoraba sus respuestas enseñándole cosas que ni en sus más salvajes sueños habría imaginado.
Su cuerpo respondía perfectamente a todos los impulsos, y se abría como una flor ante el sol caliente de su pasión. Más tarde, la penetró hasta conseguir que se estremeciera y gimiera, entrando y saliendo de ella con lentitud y deshaciéndose en un murmullo de placer. Llegaron al unísono al clímax, y después permanecieron un buen rato abrazados.
Al cabo de unos minutos, la sacó de la cama y se ducharon juntos. Juguetearon con el jabón como una pareja de niños bajo el agua caliente, y luego se sentaron en la alfombra, frente al fuego, para tomar champán helado.
Cuando terminaron con la botella, él se levantó y ella pudo observar su precioso cuerpo a la luz de las llamas. Su mirada se posó sobre cada centímetro de su piel. Admiró sus anchos hombros, su fuerte pecho, sus musculosos muslos, su delgada cintura y sus igualmente estrechas caderas. E intentó no reír, pero no pudo evitarlo.
—Por lo que se ve, parece que estás preparado para hacerlo de nuevo.
Peter la miró y sonrió.
—Sí. Deben ser las ostras que tomamos para cenar. Se inclinó sobre ella, la abrazó y la llevó de nuevo a la cama.
Por la mañana, Peter la despertó con una suave caricia. Ella entreabrió los ojos y notó que el sol entraba por la ventana de la habitación. Volvió a cerrar los párpados y, transcurridos unos segundos, intentó despertar. El ya se había duchado y afeitado, y llevaba puesto un albornoz.
—¿Qué hora es?
—Las nueve en punto. He pedido que suban el desayuno.
—No me quedé dormida hasta las cinco. Deja que duerma una hora más…
—Te sentirás mejor después de tomar un café. Ahora, incorpórate y toma esta bandeja.
—No puedo sentarme. No tengo nada puesto —dijo.
—Lo sé —rió—. Te quité la ropa anoche, ¿recuerdas?
—Bueno, no te quedes ahí, mirándome. Compórtate como un caballero y dame algo que pueda ponerme.
Peter dejó la bandeja sobre la cama, tomó su camisa y se la arrojó.
—Gracias. Vaya… Cereales, tostadas, miel, dos huevos cocidos. Vas a malcriarme. ¿Qué vas a tomar tú?
—Te comeré a ti si no terminas pronto el desayuno y te vistes un poco —contestó, mientras esperaba a que se pusiera la camisa—. Yo desayuné hace una hora, mientras leía el periódico. Han publicado una columna sobre el juicio de ayer, por si te interesa.
Por un momento, el recuerdo de lo sucedido regresó a su memoria.
—No, esa parte de mi vida está muerta y enterrada. Sólo quiero olvidarme de todo.
Peter asintió y cambió de conversación.
—Los negocios de Puerto Lanzana pueden cuidarse solos durante un par de días. Creo que voy a tomarme unas cortas vacaciones. Tal vez podríamos visitar el sur. ¿Te gustaría ir a Brasil? Tú tienes la palabra.
—Me parece muy bien —dijo con entusiasmo—. Pero no quiero ir a Brasil.
—¿Qué tienes en contra de la capital? —preguntó, frunciendo el ceño.
Pamela vivía en Brasil, pero no podía contestar la verdad. Y no quería que fueran a visitarla.
—Nada en absoluto. He oído que es muy bonita, pero siempre he querido conocer El Salvador. Ya sabes, ese sitio donde van a casarse todas las parejas. Siempre me ha parecido muy romántico, quiero ver una boda- declaró, sonriendo con inocencia mientras comía.
Peter rió.
—Puedo enseñártela ciudad, pero en cuanto a la boda…
—¿Quieres decir que no nos dejarán? —preguntó decepcionada.
—Yo no he dicho tal cosa —corrigió—.
Lali tomó otra cucharada de cereales y asintió con determinación.
—Tenemos que poder. Esta es la tierra de la generosidad y de la magia, y no veo por qué razón no  nos dejarían.
Peter le lanzó un calcetín, pero ella se apartó a tiempo.

Continuará...

domingo, 23 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 30


Hola, como andan?
Subo muy rápido! odio el comienzo de clases ¬¬"
El capítulo va dedicado para vale primera en firmar! :)
Espero que comiencen super bien esta semana
Besos!
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—Por supuesto que no. Dentro de muy poco tiempo te alegrarás de llevar ese sombrero y esas gafas. Cuando hayamos terminado con lo que nos ha traído aquí, podrás tirarlos al río si quieres.
Lali observó sus duros rasgos por encima de la mesa. Y de repente, supo que confiaba ciegamente en él. Si le hubiera pedido que caminara sobre cristales rotos, lo habría hecho sin protestar.
Al cabo de unos minutos abandonaron el café y tomaron un taxi. Peter murmuró la dirección al conductor, que poco después los dejaba frente a un imponente edificio. Lali lo miró y preguntó, incrédula:
—¿Piensas llevarme a juicio?
—Sí —contestó, agarrándola del brazo—. Habitualmente es la sede del tribunal del condado, pero hoy se reúne la audiencia provincial. Sólo asistiremos como espectadores, no te preocupes. Ahora, ponte las gafas.
De repente, lo comprendió todo.
—¡Agüero! Es Agüero y su banda, ¿verdad? —preguntó, intentando liberarse—. No pienso entrar ahí. Me reconocerían.
Peter tomó su mano y la apretó con cariño.
—Lo dudo bastante. Creo que les resultaría muy difícil.

—Gracias a Dios que ha terminado —dijo Lali, aliviada—. ¿Por qué no me lo dijiste? Lo mantuviste en secreto hasta que entramos en el edificio.
—¿Habrías entrado de haberlo sabido? —preguntó—. Lo dudo.
Tenía razón. De haberle dado la oportunidad, habría salido corriendo antes de entrar.
—Es cierto —admitió a regañadientes—. Pero te advierto que no quiero que me des más sorpresas parecidas. Mi corazón no lo soportaría.
Ya era de noche, aunque bastante temprano, y el bar del hotel estaba casi vacío.
—Al menos he conseguido librarme de ese estúpido sombrero —murmuró.
—Y podrás librarte de las gafas cuando quieras. Pero déjate la cinta del pelo. Te queda muy bien —sonrió, levantando la copa—. Brindo por la justicia.
Lali tomó un poco de su bebida, satisfecha y mucho más tranquila. Agüero había estado a punto de matarla, y se alegraba de poder olvidar de forma definitiva lo sucedido. Había estado a punto de ahogarse por su culpa. Durante el juicio tuvo la impresión de que iba a reconocerla. Pero su pasó ante ella sin detenerse.
Dejó la copa a un lado y comentó:
—Malditos traficantes de drogas. ¿Te fijaste en la expresión de sus rostros cuando el juez los condenó a diez años de cárcel?
—Habría sido peor si su abogado no les hubiera recomendado que se declararan culpables —observó, pensativo—. ¿Te das cuenta de que ahora nuestra relación será muy distinta?
Lali lo miró sin saber muy bien a dónde quería llegar.
—¿De verdad? —sonrió—. ¿En qué sentido?
Peter se encogió de hombros.
—Agüero ya no puede implicarte en sus turbios negocios. El juicio ha terminado y no se ha mencionado nada sobre tu presencia en el barco. Así que el peligro ha pasado. Eres completamente libre.
—¿Libre? ¿Para ir a dónde? —preguntó, después de la inicial alegría.
No podía creerlo.
—A donde quieras. Usé a Agüero para mantenerte en Puerto Lanzana —declaró con tristeza—, pero ya no puedo utilizarlo. No tengo derecho alguno a obligarte a que te quedes contra tu voluntad. Si quieres regresar a Buenos Aires, no puedo hacer nada para evitarlo.
Peter dejó de hablar y la observó esperando una respuesta.
Lali estaba tan desconcertada por la nueva situación que tardó unos segundos en recobrarse.
—¿Quieres que me marche?
Peter no contestó. Su expresión, como de costumbre, sólo denotaba frialdad. Su rostro parecía esculpido en piedra.
Lali supuso que quería que se marchara. Pensaba que había sido una idiota al confiar en su amor. Sólo había sido un divertimiento para él, y ahora que se había cansado, quería librarse de ella antes de que apareciera en escena su preciosa Pamela.
Sin embargo, podía equivocarse. Podía estar a punto de cometer un error trágico en su vida por culpa de una mala interpretación de sus intenciones. A fin de cuentas, sabía por propia experiencia que podía llegar a ser muy duro cuando quería, y de haber deseado expulsarla de su existencia lo habría hecho. La habría dejado allí con un billete de tren y un severo caso de corazón roto.
Sin saber muy bien cómo, fue capaz de encogerse de hombros como si todo aquello careciera de importancia.
—Creo que no sería muy educado por mi parte que me marchara sin despedirme de Jaime, de Cristina, de Ingrid y de todos los demás. Si no te importa, me gustaría quedarme hasta el Gran Lanz. He oído hablar tanto de él que no querría perdérmelo.
Peter la miró como si estuviera considerando su respuesta y sonrió con cierta ironía.
—Típico de una mujer. No puedes resistirte a la oportunidad de ponerte un bonito vestido.
Lali apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas. Deseaba gritar lo que pensaba en realidad. Deseaba declarar el amor que sentía por él. Deseaba decirle que quería quedarse porque aún cabía la posibilidad de que su amor fuera recíproco y porque quería ser su esposa. Pero en lugar de eso sonrió con tristeza.
—Sí, tienes razón. Como todas las mujeres. Así soy yo.
Por alguna razón, la expresión de su amante se suavizó.
—Me alegra. De hecho me habría sentido muy decepcionado si no hubieras optado por quedarte.
—¿De verdad?
—Sí, extremadamente decepcionado —sonrió de forma abierta—. Habrías destruido los planes que tenía para el resto de la noche.
—¿De qué planes estás hablando? —preguntó, intentando adivinar el sentido de su sonrisa.
—En cuanto supe lo del juicio, telefoneé para reservar una habitación en este hotel —dijo—. Supuse que a ninguno de los dos nos apetecería enfrentarnos al largo camino de vuelta. Escaleras arriba hay una suite esperándonos.
—Ya veo. Muy considerado por su parte.
El pulso de Lali se aceleró.
Peter hizo un gesto al camarero y pidió otra ronda antes de sonreír con su gesto de depredador.
—Sí, es cierto. Creo que esta noche va a ser memorable, Lali.

Continuará...

sábado, 22 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 29





Subo muy tarde lo sé...
El capítulo va dedicado para  vale primera en firmar!
Besos
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—Sí, pasé a visitarla. Estuve un par de noches en la casa de su familia. Siempre hago lo posible para visitar a los amigos cuando me encuentro en sus lugares de residencia.
—Magnífico. ¿Lo ves? No necesitabas saltar a mi yugular —dijo, contando hasta diez antes de continuar—. Me gustaría conocerla. ¿Vendrá al Gran Lanz?
—Oh, sí, por supuesto que la conocerás —sonrió—. No se perdería algo así por nada del mundo.
—Muy bien, muy bien, me alegro.
Lali miró por la ventanilla del vehículo, incapaz de mantener la farsa de su aparente desinterés.
Llegaron a Inverness poco después del mediodía y aparcaron junto al río, justo al otro lado del viejo castillo que se elevaba en la colina. Después cruzaron el puente que llevaba al centro de la ciudad.
—Podemos comer e ir más tarde de compras. Luego te daré una sorpresa —dijo, mirando su reloj—. Dentro de dos horas, para ser precisos.
Lali no estaba de humor para sorpresas, pero no dijo nada porque no quería empeorar la situación.
Al llegar a una esquina, Peter se volvió hacia ella y preguntó:
—¿Qué clase de pubs te gustan más? ¿Con música alta o más tranquilos?
Lali puso los brazos en jarras y lo miró con dureza.
—No me conoces en absoluto, ¿verdad? No tienes idea de quién soy en realidad.
—No, no te conozco —aceptó, divertido por el reproche—. Sólo sé las cosas que me cuentas, pero poco más. No hemos pasado suficiente tiempo juntos, ¿no es cierto? Pero estoy intentando aprender.
—Bueno, pues lo primero de todo es que no me gustan los sitios demasiado ruidosos. De modo que si no tienes nada mejor que ofrecer, preferiría ir a un restaurante.
Peter le ofreció un brazo con galantería.
—Muy bien. Conozco un lugar muy adecuado.
El restaurante que eligió ofrecía una bella vista del puerto deportivo y del canal que vertía sus aguas en el lago. Lali no tenía demasiada hambre, de modo que pidió una simple tortilla y un café mientras él daba cuenta de un enorme bistec.
Cuando terminaron de comer, pagaron y se dirigieron al centro de la ciudad, que parecía inundada por cientos de turistas. Pasearon hasta que llegaron a un centro comercial muy elegante, bien distinto de las tiendas que atiborraban las calles principales. Todos los productos que ofrecían eran selectos, de buena calidad y bastante caros.
Peter caminó hacia un establecimiento en particular, especializado en trajes y en accesorios. La dependienta, una mujer de mediana edad, lo saludó con efusividad. Estuvieron charlando durante unos minutos en portugués, antes de que la presentara.
—Mairi, te presento a Lali Espósito. Necesita un broche para un vestido.
La mujer sonrió amistosamente.
—Creo que tengo algo perfecto para ti, Lali. Entonces se dio la vuelta y sacó un broche que estaba envuelto en un saco de terciopelo negro.
—Está hecho con perlas, y la montura es de plata. Es único en todo el país. Sólo se hicieron diez, y nueve están en manos de nuestros clientes de oriente próximo.
Lali observó el broche fascinada, demasiado asombrada como para tocarlo.
—¿Y bien? ¿Te gusta? —preguntó él.
Ella asintió.
—Es precioso.
—Muchas gracias, Mairi. Envuélvelo.
Lali notó entonces que ni siquiera se había molestado en preguntar el precio.
—También necesitará algo para el pelo —continuó Peter—. ¿Puedes encargarte de ello?
—Por supuesto. Tenemos muchas peinetas, pero no le quedarían bien con ese precioso tono negro.
Entonces abrió un cajón y sacó una hermosa cinta de satén rojo. Cortó un trozo, salió de detrás del mostrador y se lo colocó en el cabello, haciendo un lacito.
Peter observó el resultado y asintió satisfecho.
—Creo que servirá.
Lali lo observó mientras extendía un cheque, pero no quiso saber a cuánto ascendía. La irritación y el agradecimiento no encajaban bien.
Se marcharon de la galería y esta vez la llevó a uno de los centros más populares, una famosa cadena de tiendas. Echaron un vistazo al panel que había en la entrada y acto seguido subieron por las escaleras mecánicas hasta la planta de señoras.
—¿Qué estamos haciendo aquí? —preguntó ella.
—Pienso comprarte un sombrero.
—No llevo nunca sombreros. No me gustan. No me quedan bien.
Peter hizo caso omiso de su protesta e hizo un gesto a una dependienta para que se acercase.
—La señora querría un sombrero. Algo con ala ancha. Cuanto más ancha, mejor.
La dependienta sonrió.
—¿En algún color en particular, señora?
—Supongo que algo que vaya a juego con lo que llevo puesto.
En cuanto se alejó, se inclinó hacia Peter, irritada.
—¿Se puede saber a qué estás jugando? Primero me dices que te gusta mi pelo tal y como lo tengo y después insistes en comprarme una cinta y un maldito sombrero.
—Tengo una buena razón. Haz lo que te he dicho y deja de discutir. Prometiste que confiarías en mí, ¿recuerdas?
Lali suspiró y se rindió. Diez minutos más tarde estaban de nuevo en la calle. Lali llevaba una enorme pamela de color gris claro.
—Debes tener una buena razón para obligarme a ponerme algo así —murmuró irritada—. Te dije que los sombreros no me quedan bien.
—Estás encantadora —aseguró.
—Yo diría que más bien ridícula.
Caminaron unos cuantos metros antes de que Peter se detuviera ante otra tienda, en la que también entraron.
—Buenas tardes. Querría unas gafas de sol para señora. Las más grandes que tenga.
Lali se cruzó de brazos, dio un golpecito en el suelo y levantó la mirada hacia el techo.
Dos minutos más tarde regresaban al exterior. Esta vez no sólo llevaba la pamela, sino también unas gafas gigantescas e igualmente ridículas. Se preguntó cuál sería la siguiente sorpresa. Tal vez pensara comprarle unas botas de pescador de color verde.
Peter miró el reloj y dijo:
—Falta media hora. ¿Qué podríamos hacer? ¿Tomar otro café?
—Yo preferiría esconderme en algún sitio donde nadie pudiera verme. Aunque supongo que otro café no me vendría mal. Pero intenta encontrar un lugar que esté vacío, ¿quieres?
—Si lo hago, te aseguro que el café no merecerá la pena.
—Estoy dispuesta a arriesgarme.
Descubrieron un pequeño café en una calle secundaria. Se sentaron y ella aprovechó el momento para librarse de las gafas.
—Supongo que no tienes intención de contarme qué pretendes, ¿no es cierto? ¿Qué sentido tiene lo del sombrero y las gafas? Son ridículos y cualquiera podría verlo. ¿Es que pretendes burlarte de mí?
Lali tuvo la impresión de que durante unos segundos un brillo de simpatía apareció en sus ojos. Pero se desvaneció de inmediato.

Continuará...

viernes, 21 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 27 y 28


Hola, como andan?
Subo rapidin, porque me siento más o menos :/
El capítulo de hoy va dedicado para Flopy Musa primera en firmar! :)
Además de una mención especial para Inma, quien fue la que más firmó
Espero que disfruten del capítulo de hoy!
Besos
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Lali, se levantó pronto, corrió un rato por la playa y se duchó. Cuando estaba a punto de terminar el desayuno en la cocina, la señora Belén le comunicó que Peter quería verla en la biblioteca.
Lali miró al ama de llaves, sorprendida. Peter había pasado los últimos cinco días en Bruselas, asistiendo a una conferencia de pesca de la Comunidad Europea.
—Pensé que no regresaba hasta mañana.
—Ya sabes cómo es. No le agrada tener que reunirse con esos burócratas, con sus trajes y sus formalismos. Seguramente los habrá obligado a trabajar a destajo para poder regresar cuanto antes —dijo, mientras se servía otra taza de té—. Llegó a las cuatro de la madrugada y ha estado trabajando en la biblioteca desde entonces.
Lali se levantó, intentando convencerse de que no tenía motivos para estar nerviosa. Cuando se marchó se sintió aliviada, pero su alegría duró bien poco. Echaba de menos su carácter imprevisible, el no saber nunca si iba a besarla de forma apasionada o dulce. Aquellos momentos de sensibilidad equilibraban con creces sus posibles enfados, pero, a pesar de todo, no se sentía segura.
Antes de entrar en la biblioteca se detuvo para mirarse en el espejo. Se arregló un poco el pelo, decidió que no había nada que pudiera hacer, y llamó a la puerta antes de entrar.
En cuanto lo vio, su sonrisa desapareció. Parecía no haber dormido en toda la noche. Estaba sentado en su escritorio, redactando un informe. Dejó el bolígrafo a un lado y sonrió con debilidad.
—Hola, Lali. Me había olvidado del maravilloso aspecto que tienes por las mañanas.
—No te preocupes por mi aspecto. ¿Qué diablos has estado haciendo? Pareces cansado.
—Sí. ¡Malditos burócratas! Me gustaría verlos en un barco en mitad de una galerna. Así se borrarían las estúpidas sonrisas de sus rostros y se olvidarían de sus estúpidas normas y regulaciones sobre pesca —declaró, mientras se servía una copa de whisky—. En fin, no me pasa nada que un buen trago y unas cuantas horas de sueño no puedan reparar.
—¿Puedo hacer algo para ayudarte? —preguntó con rapidez—. ¿Quieres que te ayude con tus notas? Puedo taquigrafiar cualquier cosa que quieras dictarme.
Peter hizo un gesto hacia una caja blanca que había junto a la mesa.
—Tu vestido ha llegado. El que te pondrás el día del Gran Lanz. Pruébatelo para ver si te queda bien. De lo contrario, devuélvelo.
Lali tomó la caja y se dirigió hacia la salida, pero Peter la detuvo.
—¿Adónde vas?
—A mi dormitorio, por supuesto —contestó sorprendida.
A pesar de estar agotado, los ojos de Peter brillaron con malicia.
—No hay razón para que sientas vergüenza. Ya conozco las maravillas que esconde tu cuerpo. Puedes ponértelo aquí.
—¿Mientras me espías, sentado? —preguntó.
—Yo no espío, admiro. Como un amante del arte que admirara un cuadro de Rubens. ¿Quieres que te ayude a desvestirte?
—No, de eso nada. Quédate dónde estás —le ordenó. Abrió la caja. El vestido estaba doblado entre un montón de papel de envolver. Lo sacó. Era una prenda exquisita, de pura seda de color verde.
—¡Es fabuloso! ¡Es absolutamente maravilloso! Pero no tiene cintas en los hombros. Nunca había tenido algo así.
—No necesitas tirantes para que se sostenga —comentó—. Tienes lo suficiente.
Lali dejó el vestido sobre una butaca, de forma casi reverencial. Le dio la espalda y se quitó la ropa hasta quedarse en ropa interior. Luego se deshizo del sujetador y lo dejó a un lado antes de ponerse el vestido. Subió la cremallera y arregló un poco la parte de arriba. Cuando se aseguró de que no podía bajarse, dejándola en ridículo, se dio la vuelta para que la contemplara.
Peter estaba sentado en el escritorio. Sus ojos verdes la contemplaron en silencio, hasta conseguir inquietarla. Su expresión no denotaba sentimiento alguno.
—¿Y bien? ¿Qué sucede? ¿No te gusta? No te quedes ahí, mirándome. Di algo.
Al final consiguió que reaccionara. Peter sonrió e hizo un movimiento con las manos.
—Hay ciertos momentos en los que sobran las palabras. Y éste es uno de ellos.
—Entonces, ¿te gusta?
—Sí, Lali, me gusta mucho —contestó, antes de terminar su bebida y de levantarse—. Te queda muy bien, pero le falta algo.
Entonces caminó hacia la caja y sacó una cosa en la que no había reparado. Era una preciosa cinta de color azul oscuro y verde.
—Debes ponértelo sobre el hombro, en diagonal, y atarlo a la cintura. Necesitarás un broche, pero lo compraremos en Inverness.
Peter le puso la cinta en su sitio y se apartó un poco para poder admirarla. Luego, poco a poco, fue acercándose de nuevo.
El corazón de Lali comenzó a latir más deprisa.
—Tendré que hacerme algo en el pelo. Es un desastre. Creo que debería cortármelo y…
—No te atrevas a hacerlo. Me gustas tal y como estás.
Como para demostrárselo, empezó a acariciarle el cabello a la altura de la nuca, descendiendo después hacia sus hombros desnudos. La besó en los labios y después jugueteó con su oreja.
—Las criaturas marinas como tú son tan adorables que sólo necesitan un cepillo.
Lali se estremeció en sus brazos mientras la besaba en el cuello, despertando un mar de emociones en su cuerpo. Entonces notó que sus dedos intentaban bajar la cremallera del vestido, y se apretó contra él, conducida por un urgente deseo aumentado por su propia excitación.
Peter gimió y se apartó de ella a regañadientes. En su mirada podía leerse perfectamente que estaba haciendo un esfuerzo para controlarse.
—Tienes trabajo que hacer —dijo Lali—, y te estoy interrumpiendo. Creo que será mejor que me vaya ahora.
Durante unos segundos pareció que Peter iba a elegir la opción del placer, por encima de los negocios. Pero al final suspiró.
—Sí, tienes razón. Será mejor que termine ese maldito informe para que pueda enviarlo. Corre a ver a la señora Belén, para ver si le gusta el vestido. Su consejo en estos asuntos es siempre mejor que el mío.
Lali recogió la ropa y salió de la habitación. Para entonces, Peter ya estaba concentrado de nuevo en su trabajo.
Cerró la puerta de la biblioteca a su espalda y se detuvo para tranquilizarse un poco, hasta que desapareció su rubor y su corazón recobró el ritmo habitual. Después, avanzó hacia la cocina. Unos días antes pensaba que Peter tendría que atarla de pies y manos si pretendía que asistiera al Gran Lanz, pero gracias al vestido estaba tan entusiasmada con la idea como un niño con zapatos nuevos. Además, el recuerdo de sus besos bastaba para convencerla de que tal vez se hubiera enamorado de ella. Sin embargo, y a pesar de todas sus ilusiones, nada había cambiado; tenía la impresión de que más tarde o más temprano algo haría que bajara de las nubes, y no precisamente con suavidad.
La señora Belén demostró tanto entusiasmo como Peter. Le gustó mucho el color. Inclinó la cabeza y la observó durante unos segundos antes de asentir, satisfecha.
—Te quedará muy bien con el collar. Serás la mujer más bella del baile.
—¿Qué collar? —preguntó, sin comprender nada.
—El collar de esmeraldas de Lanzani —contestó con inocencia—. ¿No te lo ha enseñado aún?
Lali se encogió de hombros.
—No. Mencionó un broche para la cinta, pero no dijo nada sobre un collar.
—En realidad se trata de una gran esmeralda rodeada por diamantes. Ha sido de la familia durante muchas generaciones. Y es tradición que el jefe del clan lo ponga en el cuello de la mujer con la que quiere casarse. Estoy segura de que esperará hasta el Gran Lanz antes de hacerlo —dijo, pensativa—. Aunque me sorprende que no te haya dicho nada. Lo guarda en la caja fuerte de la biblioteca.
—Probablemente se habrá olvidado —dijo Lali—. Está muy cansado.
—Sí, supongo que tienes razón.
Lali sabía que la razón por la que no había dicho nada era bien distinta. Pensó que lo guardaba para otra persona. Para Pamela.

Capítulo 28
Una hora más tarde, vestida con unos vaqueros y un anorak, bajó por las escaleras y se detuvo un momento ante la biblioteca. Llamó a la puerta y entró. Peter se había quedado dormido sobre el escritorio. Entró caminando de puntillas y lo observó en silencio, dominada por una extraña mezcla de ternura y de enfado. Tomó una pequeña manta que había sobre el respaldo del sillón y se la pasó por encima de los hombros, con mucho cuidado para no despertarlo. Después se marchó y cerró la puerta.
Desconsolada, caminó hacia la bahía, deseando que la señora Belén no hubiera dicho nada sobre el collar. De aquel modo no habría empezado a pensar en Pamela. No había mencionado su nombre desde la discusión que mantuvieron en el bar del hotel; de hecho, había pasado por la casa de Cristina para disculparse, y cuando su amiga quiso continuar la conversación que habían dejado a medias Lali levantó la mano y sonrió.
—No, Cristina, no quiero saber nada sobre Pamela. No estoy interesada en ella.
Cristina asintió con alegría.
—Me alegro mucho, Lali.
Pero ahora, cuando el día del Gran Lanz se aproximaba, cada vez le resultaba más difícil apartar aquellos pensamientos de su cabeza. Aún no conocía a Pamela, pero no podía dejar de pensar en ella.
Supuso que sería preciosa y que siempre iría perfectamente vestida, como correspondía a alguien que hacía gala de su sangre azul, alguien que resultaba en extremo conveniente para el clan. Poseía todas las cualidades que Peter esperaba de su mujer. Y nadie se atrevería a poner en duda sus decisiones. Se las arreglaría para convencer a Cristina de una u otra manera.

Como consecuencia del informe que había escrito Peter, y de una llamada telefónica que recibió del ministerio de pesca, tuvo que dedicar mucho más tiempo del previsto a sus negocios. Las reuniones en Edimburgo y en Bruselas lo mantenían muy ocupado, porque tenía que defender los derechos de los pescadores de la costa oeste ante la comisión europea.
Cuando finalmente consiguió librarse de sus obligaciones, sólo faltaba una semana para el Gran Lanz.
—Hoy iremos a Inverness, Lali —le informó durante el desayuno—. Ponte algo más formal que los vaqueros y los jerseys, para variar.
El día había amanecido luminoso y cálido. Lali esperaba pasarlo como siempre, nadando y tomando el sol en la playa. Pero no se quejó. Decidió que Peter ya había tenido demasiados problemas e intentó demostrar entusiasmo.
—¡Magnífico! Será maravilloso regresar a la civilización aunque sólo sea durante unas horas.
Los ojos verdes de Peter se clavaron en ella. Apartó la taza de café que estaba tomando y se levantó.
—Voy a echar un vistazo al coche. No tardes demasiado.
Lali subió al dormitorio y decidió ponerse una falda de color claro con una camisa verde oscuro.
Transcurridos unos minutos salió de la casa. Peter ya había sacado del garaje el vehículo del que tanto se enorgullecía y estaba comprobando el aceite. Se trataba de un Jaguar de color azul oscuro que brillaba bajo la luz del sol.
—¡Es un viejo Jaguar de la clase E! —exclamó Lali, asombrada.
Peter levantó la mirada, sorprendido por sus conocimientos automovilísticos.
—¿Cómo es que sabes tanto de coches?
—Mi ex jefe tenía uno igual. Se preocupaba más por él que por su esposa.
—Ya veo. Mujeres y coches caros. A veces resulta una elección difícil para un hombre.
—Bueno, supongo que eso depende de la emoción que se esté buscando —comentó con acidez.
Lali entró en el vehículo y se ajustó el cinturón de seguridad antes de acomodarse en el amplio asiento de cuero.
En circunstancias normales, era la peor copiloto del mundo. Siempre había sido una de aquellas neuróticas que se pasaban la vida alertando sobre posibles peligros o intentando pisar un freno hipotético cuando consideraba que conducían con demasiada rapidez. Pero con Peter era distinto. Conducía como un verdadero profesional, como si fuera una simple extensión mecánica del poderoso vehículo. Y mientras avanzaban por las carreteras de Puerto Lanzana se sentía completamente a salvo.
Tras unos cuantos kilómetros en silencio, que dedicó a admirar la belleza del paisaje, Lali se atrevió a intentar iniciar una conversación.
—¿Cómo es Inverness?
—Un lugar lleno de gente y bastante limpio. Hay buenos hoteles, muchos bares, restaurantes, cines, discotecas y teatros. Todas esas cosas que echas tanto de menos.
Lali frunció el ceño ante su tono de reproche.
—¿Qué te hace pensar que las echo de menos?
Peter no apartó la vista de la carretera. Ni siquiera se molestó en contestar. Lali pensó que le había molestado la pregunta, y que tal vez no mereciera la pena hablar con un hombre tan obstinado.
Estuvo en silencio durante muchos minutos, al cabo de los cuales lo miró con incertidumbre.
—Al decir que estaría bien regresar a la civilización no pretendía insultar a Puerto Lanzana, ni a sus habitantes. De hecho, me gustan mucho. En cierto modo han ido entrando en mi corazón, poco a poco.
Lali observó su perfil para ver si sus palabras lo afectaban, pero no obtuvo nada, salvo un rostro pétreo.
Se cruzó de brazos. Si no quería creerla, no tenía forma alguna de convencerlo de que le gustaba vivir allí. Empezaba a conocer a los habitantes más a fondo, y con algunos mantenía una relación bastante personal. Tal vez se debiera a que vivían en contacto con la naturaleza, en un mundo donde los vientos y el clima eran más importantes que los relojes, pero siempre podían detenerse para charlar amistosamente con cualquiera.
En cuanto a Peter, comprendía su enfado. Puerto Lanzana era su dominio, y sin querer había herido su orgullo. Pensó que sería muy capaz de abrir la puerta del coche y arrojarla.
Pero al final fue él quien rompió el silencio.
—¿De qué hablas con el joven Jaime? He oído que te dedicas a charlar con él por las tardes, en el puerto, y que pasáis mucho tiempo juntos.
—Es un secreto entre él y yo.
Peter la miró con cierto cinismo.
—¿Un secreto? ¿No eres un poco mayorcita para esas cosas?
—En absoluto. De hecho, tengo la impresión de que tú mismo guardas muchos secretos que no quieres compartir conmigo —dijo—. Como lo de Pamela, por ejemplo.
De inmediato notó su irritación. Deseó no haber dicho nada. No en vano, recordaba lo que había sucedido la última vez que se atrevió a nombrarla. Lo había sacado completamente de sus casillas.
—Ya te he dicho que mi relación con ella no tiene nada que ver contigo.
—Sé muy bien lo que has dicho —espetó enfadada—. ¿Qué te hace pensar que me interesa? Sé que es amiga tuya, y me preguntaba si habrías pasado a visitarla cuando estuviste en Edimburgo. Sólo intentaba charlar sobre algo, intentar ser una buena acompañante. ¿Es un crimen, acaso? No es necesario que te quedes ahí, con todo ese humo saliéndote de la cabeza.
Peter la miró durante unos segundos antes de volver a concentrarse en la carretera.

Continuará...

jueves, 20 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 25 y 26



Hola, como andan? Perdón por lo tarde, pero me quede pegada leyendo en Wattpad jejeje
El capítulo de hoy va dedicado para TODAS! jijij 
Espero que lo disfruten.
Besos
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—Hablando de salvar vidas, el hombre que salvó la tuya se encuentra allí, al fondo.
—¿El hombre del tractor? ¿El que me encontró?
—En efecto, el viejo Gabriel.
Peter la llevó consigo. Se alejaron de la barra del bar y se plantaron ante un hombre de sesenta y tantos años que llevaba un viejo sombrero, algo destartalado.
Lali se presentó con una sonrisa.
—Así que usted es Gabriel, el conductor de tractores que me encontró.
—En efecto, señorita —dijo, quitándose el sombrero para expresar su respeto—. El mismo. Cuando la vi en las rocas, me pegué un buen susto.
Ella se acercó un poco más y estrechó su mano.
—Lo siento mucho. De no haber sido por usted no estaría aquí —declaró, para dirigirse a Peter—. No te quedes ahí. Invita a mi amigo a una copa. Y de buen tamaño.
Peter sonrió.
—Whisky, ¿verdad, Gabriel?
—Por supuesto —contestó el hombre, muy contento—. Creo que me vendría muy bien.
Peter pidió un whisky doble de la marca favorita de Gabriel y se llevó a Lali a un lado para poder hablar con más intimidad.
—Cierta persona lleva quince minutos esperándote en la calle. Quiero que salgas y que hables con él.
Lali lo miró, sorprendida.
—¿De quién se trata?
—De un admirador.
—Estás bromeando, ¿verdad?
Peter se encogió de hombros como si todo aquello no tuviera nada que ver con él.
—No. Yo diría que empiezas a tener bastante popularidad.
—Pues no estoy interesada en ser popular —murmuró—. Creo que esperan demasiado de mí.
—Todo tiene un precio. Pero ahora sal y habla con él. Hace mucho que espera.
—¿Por qué no ha entrado?
—Porque siente vergüenza —contestó—. Si no vas a hablar con él ahora mismo tendré que sacarte yo.
—De acuerdo. No empieces otra vez. Iré.
Con curiosidad, y algo nerviosa, salió a la calle abriéndose paso entre la concurrencia. Pero no encontró a nadie en el exterior. Decidió que había sido una broma de Peter, y estaba a punto de volver al bar cuando de repente apareció un niño, que se aproximó a ella con cautela.
Reconoció su pelo y el rostro pecoso de inmediato. Se trataba del chico que le había llevado las zapatillas cuando estaba en casa de Cristina. Sorprendida, sonrió.
—Hola. Eres Jaime, ¿verdad? ¿Querías verme?
El niño se miró la punta de los pies, con nerviosismo, y al cabo de unos segundos le dio una caja con bombones de chocolate.
—Esto es para ti. Es un regalo. Lo he comprado con mi propio dinero.
—¿Para mí? —preguntó asombrada—. Es muy amable por tu parte, Jaime, pero no debiste haberte molestado. De verdad, no debiste…
Las cosas empezaban a escapar a su control. Una cosa era que los habitantes del lugar intentaran homenajearla por haber salvado una vida, y otra muy distinta que hasta los niños comenzaran a darle regalos.
—Quería hacerlo. Mi padre me contó que se lanzó al agua para salvarlo y que le ayudó a escapar de Cabo Negro.
—Oh, ya entiendo. ¿Eres el hijo de Carlos Zambrano?
—Sí. Si no te gusta el chocolate, puedo cambiar los bombones por otra cosa.
Lali estaba emocionada. Deseaba abrazarlo, pero sabía que a los niños de su edad les molestaban ciertas demostraciones de afecto. Probablemente sólo habría conseguido incomodarlo.
—Son mis bombones preferidos —aseguró—. Los guardaré para comérmelos más tarde.
Jaime suspiró aliviado.
—Sí, bueno… Entonces ya me marcho.
—No, espera un momento —dijo—. Me gustaría pedirte un favor.
Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los observaba, se inclinó sobre el niño y susurró a su oído algo que sólo él pudo oír.
El chico sonrió.
—Sí, puedo hacerlo. Es fácil. De todas formas, Cristina dice que eres especial y que debemos hacer todo lo que podamos para ayudarte.
Lali cogió su mano y lo llevó hacia el malecón del puerto.
—Sentémonos unos minutos y hablaremos sobre ello.
Cuando regreso al establecimiento, Peter estaba apoyado en la barra del bar, charlando con Cristina, que sonrió al verla.
—Ya me han contado lo valiente que has sido —dijo, observándola con sus ojos marrones—. ¿Puedes creerlo, Peter? ¡Es tímida! Se ha ruborizado.
—¿Qué tal está tu dolor de cabeza? —preguntó Lali—. ¿Mejor?
Cristina agarró su vaso de whisky y rió.
—Sí, me encuentro perfectamente.
Lali dejó la caja de bombones sobre la barra.
—Me alegra oírlo. Es una caja de bombones que me ha regalado Jaime. Los compró con su dinero, aunque no me parece bien. Probablemente se ha gastado toda la paga de la semana.
—No te preocupes por eso —dijo Peter—. Le daré unos cuantos trabajitos para que pueda recuperar con creces su dinero.
La generosidad de Peter la emocionó. Sin embargo, aún se sentía incómoda.
—Sería muy amable por tu parte, pero no se trata de eso. Todo el mundo cree que soy especial. Jaime acaba de decírmelo —dijo, notando que Peter fruncía el ceño.
—Es que lo eres —espetó Cristina—. Eres muy especial.
—No es cierto. Y tú eres la culpable de todo. Sé que lo haces con buena voluntad, pero has conseguido que esas gentes crean todo tipo de cosas raras sobre mí.
Cristina miró a Peter con perplejidad. El jefe del clan puso una mano sobre su hombro y dijo:
—Creo que deberías dejar que hablara un rato a solas con ella.
—Muy bien, pero te aseguro que todo saldrá bien —declaró Cristina—. Mis amigos me lo han dicho, y nunca se equivocan.
Cristina se marchó entristecida. Lali sintió cierta culpabilidad, y la mirada furiosa de Peter dejó bien claro que iba a enfrentarse a un pequeño problema. Tuvo que hacer un esfuerzo para no correr tras su amiga para disculparse.
—Bueno, ya la has oído —dijo, por decir algo—. Sigue empeñada en que todos esos cuentos de hadas son ciertos.
—Te has excedido con ella —observó, controlando su enfado a duras penas.
Lali recordó sus advertencias. Recordó que no debía molestar a Cristina ni a ninguna otra persona con sus comentarios. Sin embargo, desde la noche anterior estaba decidida a obtener algunas respuestas, y el fracaso de su conversación con la dueña de la casa de la colina no la había descorazonado. Lo miró directamente a los ojos antes de continuar.
—Sólo te preocupa el humor de Cristina. Y yo tengo que seguir con esta farsa.
—¿Qué farsa? —preguntó.
—Pretender que soy tu prometida. ¿Por qué continúas con ella cuando pretendes casarte con Pamela?
Peter entrecerró los ojos.
—Ya te he dicho que no…
—Que no es asunto mío, lo sé. Pero te equivocas. Estoy cansada de que Cristina y tú me utilicéis como si fuera un peón de ajedrez. Resulta evidente que pensabas casarte con Pamela, hasta que aparecí.
—Muy bien, continúa —dijo él—. Pero quiero saber con quién has estado hablando a mis espaldas.
Lali no estaba dispuesta a dejarse amenazar.


Capítulo 26

—Con nadie en particular. Pero he sabido que Pamela te visita con cierta frecuencia, y no lo haría si no tuviera una buena razón, si no disfrutara con ello. No soy estúpida. Soy tan inteligente como cualquiera y sé cuánto son dos y dos.
—Sí, claro. Y ahora resulta que dos y dos suman cinco —murmuró.
—Debes admitir que ha sido algo bastante evidente desde el principio. Cuando me viste por primera vez, no pudiste ocultar tu desagrado. Le prometiste a Cristina que cuidarías de mí, pero dejaste claro que tenías otros planes —dijo, retándolo con la mirada—. Pensabas casarte con Pamela, ¿verdad? Y aún sigues pensándolo. No te has librado de mí porque temes herir los sentimientos de Cristina.
—Sigue, sigue, no pares —dijo él, con ironía—. Resulta fascinante observar cómo funciona tu mente.
El enfado de Lali se convertía poco a poco en amargura.
—Ni siquiera te molestas en negarlo —sentenció, deprimida.
Peter se encogió de hombros.
—De acuerdo, lo niego todo. ¿Te sientes mejor ahora?
—Me sentiría mejor si lo dijeras en serio.
—De modo que ahora me acusas de ser un mentiroso. ¿Olvidas con quién estás hablando?
—Cómo voy a olvidarlo —se preguntó, irritada—. No dejas de recordármelo todo el tiempo.
—Y parece que tendré que seguir haciéndolo. No estás en posición de cuestionar lo que haga.
—Precisamente me quejo por eso. Sólo soy un peón en tus manos, y supongo que será mejor que no lo olvide.
—¿Y no preferirías ser una reina? —preguntó con una sonrisa sarcástica.
—No. Preferiría que el juego terminara de una vez para poder marcharme de aquí.
—¿Qué harías entonces? ¿Seguir corriendo hasta que volvieras a toparte con un problema? Es la historia de tu vida, ¿no es verdad?
Lali se mordió el labio inferior y apartó la mirada hasta que él la agarró por los hombros.
—Ya estás comportándote otra vez con esa obstinación que te corroe por dentro. ¿No se te ha ocurrido pensar que yo…? ¡No, maldita sea! No te debo ninguna explicación. Tendrás que confiar en mí.
—¿Confiar en ti? —se preguntó, con resentimiento—. ¿Por qué debería hacerlo?
—Porque yo te lo pido —contestó, soltándola—. Ninguna relación puede sobrevivir sin respeto y confianza. Hay ciertas cualidades que exijo en cualquier mujer.
—Yo pensaba que sólo te interesaba el sexo.
—El sexo sólo es la mitad de una relación. Sé que nos llevamos bien en la cama, pero no es suficiente. No he tenido que discutir mis acciones, ni he tenido que explicarme ante nadie hasta ahora, y no tengo ninguna intención de empezar. Tendrás que confiar en mí. No vuelvas a preguntarme nada acerca de Pamela.
—Siempre pensé que en una relación normal los hombres y las mujeres tenían los mismos derechos. Siempre pensé que podían sentarse a charlar sobre cualquier cosa, de una forma civilizada. Y sin embargo, me pides que confíe en ti cuando resulta evidente que esa confianza no es recíproca. Pretendes guardarte todos tus secretos.
—Eso es cierto —reconoció—. Pero la nuestra no es una relación normal. Nos hemos conocido por el capricho del destino.
—Más que conocernos, yo diría que hemos colisionado —puntualizó.
Peter sonrió con frialdad.
—Llámalo como quieras, pero tendremos que acostumbrarnos —dijo, observándola desde la altura de sus ojos verdes—. ¿Y bien? Debes contestarme. ¿Confiarás en mí o te pido demasiado?
Lali deseaba confiar en él, desesperadamente. Su corazón la empujaba a contestar de forma afirmativa, pero su inteligencia le dictaba todo lo contrario. Era consciente del alto precio que había tenido que pagar en el pasado al confiar de forma ciega en los demás. No podía negar que Peter no se parecía en nada a nadie que hubiera conocido, pero en realidad no sabía nada sobre él.
Intentó encontrar la respuesta en la profundidad de sus ojos verdes. Y al cabo de unos segundos asintió, decidida a arriesgarse ocurriera lo que ocurriera.
—Sí, Peter, confiaré en ti. Que Dios me ayude si me equivoco, pero confiaré en ti.

Continuará...