sábado, 22 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 29





Subo muy tarde lo sé...
El capítulo va dedicado para  vale primera en firmar!
Besos
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—Sí, pasé a visitarla. Estuve un par de noches en la casa de su familia. Siempre hago lo posible para visitar a los amigos cuando me encuentro en sus lugares de residencia.
—Magnífico. ¿Lo ves? No necesitabas saltar a mi yugular —dijo, contando hasta diez antes de continuar—. Me gustaría conocerla. ¿Vendrá al Gran Lanz?
—Oh, sí, por supuesto que la conocerás —sonrió—. No se perdería algo así por nada del mundo.
—Muy bien, muy bien, me alegro.
Lali miró por la ventanilla del vehículo, incapaz de mantener la farsa de su aparente desinterés.
Llegaron a Inverness poco después del mediodía y aparcaron junto al río, justo al otro lado del viejo castillo que se elevaba en la colina. Después cruzaron el puente que llevaba al centro de la ciudad.
—Podemos comer e ir más tarde de compras. Luego te daré una sorpresa —dijo, mirando su reloj—. Dentro de dos horas, para ser precisos.
Lali no estaba de humor para sorpresas, pero no dijo nada porque no quería empeorar la situación.
Al llegar a una esquina, Peter se volvió hacia ella y preguntó:
—¿Qué clase de pubs te gustan más? ¿Con música alta o más tranquilos?
Lali puso los brazos en jarras y lo miró con dureza.
—No me conoces en absoluto, ¿verdad? No tienes idea de quién soy en realidad.
—No, no te conozco —aceptó, divertido por el reproche—. Sólo sé las cosas que me cuentas, pero poco más. No hemos pasado suficiente tiempo juntos, ¿no es cierto? Pero estoy intentando aprender.
—Bueno, pues lo primero de todo es que no me gustan los sitios demasiado ruidosos. De modo que si no tienes nada mejor que ofrecer, preferiría ir a un restaurante.
Peter le ofreció un brazo con galantería.
—Muy bien. Conozco un lugar muy adecuado.
El restaurante que eligió ofrecía una bella vista del puerto deportivo y del canal que vertía sus aguas en el lago. Lali no tenía demasiada hambre, de modo que pidió una simple tortilla y un café mientras él daba cuenta de un enorme bistec.
Cuando terminaron de comer, pagaron y se dirigieron al centro de la ciudad, que parecía inundada por cientos de turistas. Pasearon hasta que llegaron a un centro comercial muy elegante, bien distinto de las tiendas que atiborraban las calles principales. Todos los productos que ofrecían eran selectos, de buena calidad y bastante caros.
Peter caminó hacia un establecimiento en particular, especializado en trajes y en accesorios. La dependienta, una mujer de mediana edad, lo saludó con efusividad. Estuvieron charlando durante unos minutos en portugués, antes de que la presentara.
—Mairi, te presento a Lali Espósito. Necesita un broche para un vestido.
La mujer sonrió amistosamente.
—Creo que tengo algo perfecto para ti, Lali. Entonces se dio la vuelta y sacó un broche que estaba envuelto en un saco de terciopelo negro.
—Está hecho con perlas, y la montura es de plata. Es único en todo el país. Sólo se hicieron diez, y nueve están en manos de nuestros clientes de oriente próximo.
Lali observó el broche fascinada, demasiado asombrada como para tocarlo.
—¿Y bien? ¿Te gusta? —preguntó él.
Ella asintió.
—Es precioso.
—Muchas gracias, Mairi. Envuélvelo.
Lali notó entonces que ni siquiera se había molestado en preguntar el precio.
—También necesitará algo para el pelo —continuó Peter—. ¿Puedes encargarte de ello?
—Por supuesto. Tenemos muchas peinetas, pero no le quedarían bien con ese precioso tono negro.
Entonces abrió un cajón y sacó una hermosa cinta de satén rojo. Cortó un trozo, salió de detrás del mostrador y se lo colocó en el cabello, haciendo un lacito.
Peter observó el resultado y asintió satisfecho.
—Creo que servirá.
Lali lo observó mientras extendía un cheque, pero no quiso saber a cuánto ascendía. La irritación y el agradecimiento no encajaban bien.
Se marcharon de la galería y esta vez la llevó a uno de los centros más populares, una famosa cadena de tiendas. Echaron un vistazo al panel que había en la entrada y acto seguido subieron por las escaleras mecánicas hasta la planta de señoras.
—¿Qué estamos haciendo aquí? —preguntó ella.
—Pienso comprarte un sombrero.
—No llevo nunca sombreros. No me gustan. No me quedan bien.
Peter hizo caso omiso de su protesta e hizo un gesto a una dependienta para que se acercase.
—La señora querría un sombrero. Algo con ala ancha. Cuanto más ancha, mejor.
La dependienta sonrió.
—¿En algún color en particular, señora?
—Supongo que algo que vaya a juego con lo que llevo puesto.
En cuanto se alejó, se inclinó hacia Peter, irritada.
—¿Se puede saber a qué estás jugando? Primero me dices que te gusta mi pelo tal y como lo tengo y después insistes en comprarme una cinta y un maldito sombrero.
—Tengo una buena razón. Haz lo que te he dicho y deja de discutir. Prometiste que confiarías en mí, ¿recuerdas?
Lali suspiró y se rindió. Diez minutos más tarde estaban de nuevo en la calle. Lali llevaba una enorme pamela de color gris claro.
—Debes tener una buena razón para obligarme a ponerme algo así —murmuró irritada—. Te dije que los sombreros no me quedan bien.
—Estás encantadora —aseguró.
—Yo diría que más bien ridícula.
Caminaron unos cuantos metros antes de que Peter se detuviera ante otra tienda, en la que también entraron.
—Buenas tardes. Querría unas gafas de sol para señora. Las más grandes que tenga.
Lali se cruzó de brazos, dio un golpecito en el suelo y levantó la mirada hacia el techo.
Dos minutos más tarde regresaban al exterior. Esta vez no sólo llevaba la pamela, sino también unas gafas gigantescas e igualmente ridículas. Se preguntó cuál sería la siguiente sorpresa. Tal vez pensara comprarle unas botas de pescador de color verde.
Peter miró el reloj y dijo:
—Falta media hora. ¿Qué podríamos hacer? ¿Tomar otro café?
—Yo preferiría esconderme en algún sitio donde nadie pudiera verme. Aunque supongo que otro café no me vendría mal. Pero intenta encontrar un lugar que esté vacío, ¿quieres?
—Si lo hago, te aseguro que el café no merecerá la pena.
—Estoy dispuesta a arriesgarme.
Descubrieron un pequeño café en una calle secundaria. Se sentaron y ella aprovechó el momento para librarse de las gafas.
—Supongo que no tienes intención de contarme qué pretendes, ¿no es cierto? ¿Qué sentido tiene lo del sombrero y las gafas? Son ridículos y cualquiera podría verlo. ¿Es que pretendes burlarte de mí?
Lali tuvo la impresión de que durante unos segundos un brillo de simpatía apareció en sus ojos. Pero se desvaneció de inmediato.

Continuará...

viernes, 21 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 27 y 28


Hola, como andan?
Subo rapidin, porque me siento más o menos :/
El capítulo de hoy va dedicado para Flopy Musa primera en firmar! :)
Además de una mención especial para Inma, quien fue la que más firmó
Espero que disfruten del capítulo de hoy!
Besos
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Lali, se levantó pronto, corrió un rato por la playa y se duchó. Cuando estaba a punto de terminar el desayuno en la cocina, la señora Belén le comunicó que Peter quería verla en la biblioteca.
Lali miró al ama de llaves, sorprendida. Peter había pasado los últimos cinco días en Bruselas, asistiendo a una conferencia de pesca de la Comunidad Europea.
—Pensé que no regresaba hasta mañana.
—Ya sabes cómo es. No le agrada tener que reunirse con esos burócratas, con sus trajes y sus formalismos. Seguramente los habrá obligado a trabajar a destajo para poder regresar cuanto antes —dijo, mientras se servía otra taza de té—. Llegó a las cuatro de la madrugada y ha estado trabajando en la biblioteca desde entonces.
Lali se levantó, intentando convencerse de que no tenía motivos para estar nerviosa. Cuando se marchó se sintió aliviada, pero su alegría duró bien poco. Echaba de menos su carácter imprevisible, el no saber nunca si iba a besarla de forma apasionada o dulce. Aquellos momentos de sensibilidad equilibraban con creces sus posibles enfados, pero, a pesar de todo, no se sentía segura.
Antes de entrar en la biblioteca se detuvo para mirarse en el espejo. Se arregló un poco el pelo, decidió que no había nada que pudiera hacer, y llamó a la puerta antes de entrar.
En cuanto lo vio, su sonrisa desapareció. Parecía no haber dormido en toda la noche. Estaba sentado en su escritorio, redactando un informe. Dejó el bolígrafo a un lado y sonrió con debilidad.
—Hola, Lali. Me había olvidado del maravilloso aspecto que tienes por las mañanas.
—No te preocupes por mi aspecto. ¿Qué diablos has estado haciendo? Pareces cansado.
—Sí. ¡Malditos burócratas! Me gustaría verlos en un barco en mitad de una galerna. Así se borrarían las estúpidas sonrisas de sus rostros y se olvidarían de sus estúpidas normas y regulaciones sobre pesca —declaró, mientras se servía una copa de whisky—. En fin, no me pasa nada que un buen trago y unas cuantas horas de sueño no puedan reparar.
—¿Puedo hacer algo para ayudarte? —preguntó con rapidez—. ¿Quieres que te ayude con tus notas? Puedo taquigrafiar cualquier cosa que quieras dictarme.
Peter hizo un gesto hacia una caja blanca que había junto a la mesa.
—Tu vestido ha llegado. El que te pondrás el día del Gran Lanz. Pruébatelo para ver si te queda bien. De lo contrario, devuélvelo.
Lali tomó la caja y se dirigió hacia la salida, pero Peter la detuvo.
—¿Adónde vas?
—A mi dormitorio, por supuesto —contestó sorprendida.
A pesar de estar agotado, los ojos de Peter brillaron con malicia.
—No hay razón para que sientas vergüenza. Ya conozco las maravillas que esconde tu cuerpo. Puedes ponértelo aquí.
—¿Mientras me espías, sentado? —preguntó.
—Yo no espío, admiro. Como un amante del arte que admirara un cuadro de Rubens. ¿Quieres que te ayude a desvestirte?
—No, de eso nada. Quédate dónde estás —le ordenó. Abrió la caja. El vestido estaba doblado entre un montón de papel de envolver. Lo sacó. Era una prenda exquisita, de pura seda de color verde.
—¡Es fabuloso! ¡Es absolutamente maravilloso! Pero no tiene cintas en los hombros. Nunca había tenido algo así.
—No necesitas tirantes para que se sostenga —comentó—. Tienes lo suficiente.
Lali dejó el vestido sobre una butaca, de forma casi reverencial. Le dio la espalda y se quitó la ropa hasta quedarse en ropa interior. Luego se deshizo del sujetador y lo dejó a un lado antes de ponerse el vestido. Subió la cremallera y arregló un poco la parte de arriba. Cuando se aseguró de que no podía bajarse, dejándola en ridículo, se dio la vuelta para que la contemplara.
Peter estaba sentado en el escritorio. Sus ojos verdes la contemplaron en silencio, hasta conseguir inquietarla. Su expresión no denotaba sentimiento alguno.
—¿Y bien? ¿Qué sucede? ¿No te gusta? No te quedes ahí, mirándome. Di algo.
Al final consiguió que reaccionara. Peter sonrió e hizo un movimiento con las manos.
—Hay ciertos momentos en los que sobran las palabras. Y éste es uno de ellos.
—Entonces, ¿te gusta?
—Sí, Lali, me gusta mucho —contestó, antes de terminar su bebida y de levantarse—. Te queda muy bien, pero le falta algo.
Entonces caminó hacia la caja y sacó una cosa en la que no había reparado. Era una preciosa cinta de color azul oscuro y verde.
—Debes ponértelo sobre el hombro, en diagonal, y atarlo a la cintura. Necesitarás un broche, pero lo compraremos en Inverness.
Peter le puso la cinta en su sitio y se apartó un poco para poder admirarla. Luego, poco a poco, fue acercándose de nuevo.
El corazón de Lali comenzó a latir más deprisa.
—Tendré que hacerme algo en el pelo. Es un desastre. Creo que debería cortármelo y…
—No te atrevas a hacerlo. Me gustas tal y como estás.
Como para demostrárselo, empezó a acariciarle el cabello a la altura de la nuca, descendiendo después hacia sus hombros desnudos. La besó en los labios y después jugueteó con su oreja.
—Las criaturas marinas como tú son tan adorables que sólo necesitan un cepillo.
Lali se estremeció en sus brazos mientras la besaba en el cuello, despertando un mar de emociones en su cuerpo. Entonces notó que sus dedos intentaban bajar la cremallera del vestido, y se apretó contra él, conducida por un urgente deseo aumentado por su propia excitación.
Peter gimió y se apartó de ella a regañadientes. En su mirada podía leerse perfectamente que estaba haciendo un esfuerzo para controlarse.
—Tienes trabajo que hacer —dijo Lali—, y te estoy interrumpiendo. Creo que será mejor que me vaya ahora.
Durante unos segundos pareció que Peter iba a elegir la opción del placer, por encima de los negocios. Pero al final suspiró.
—Sí, tienes razón. Será mejor que termine ese maldito informe para que pueda enviarlo. Corre a ver a la señora Belén, para ver si le gusta el vestido. Su consejo en estos asuntos es siempre mejor que el mío.
Lali recogió la ropa y salió de la habitación. Para entonces, Peter ya estaba concentrado de nuevo en su trabajo.
Cerró la puerta de la biblioteca a su espalda y se detuvo para tranquilizarse un poco, hasta que desapareció su rubor y su corazón recobró el ritmo habitual. Después, avanzó hacia la cocina. Unos días antes pensaba que Peter tendría que atarla de pies y manos si pretendía que asistiera al Gran Lanz, pero gracias al vestido estaba tan entusiasmada con la idea como un niño con zapatos nuevos. Además, el recuerdo de sus besos bastaba para convencerla de que tal vez se hubiera enamorado de ella. Sin embargo, y a pesar de todas sus ilusiones, nada había cambiado; tenía la impresión de que más tarde o más temprano algo haría que bajara de las nubes, y no precisamente con suavidad.
La señora Belén demostró tanto entusiasmo como Peter. Le gustó mucho el color. Inclinó la cabeza y la observó durante unos segundos antes de asentir, satisfecha.
—Te quedará muy bien con el collar. Serás la mujer más bella del baile.
—¿Qué collar? —preguntó, sin comprender nada.
—El collar de esmeraldas de Lanzani —contestó con inocencia—. ¿No te lo ha enseñado aún?
Lali se encogió de hombros.
—No. Mencionó un broche para la cinta, pero no dijo nada sobre un collar.
—En realidad se trata de una gran esmeralda rodeada por diamantes. Ha sido de la familia durante muchas generaciones. Y es tradición que el jefe del clan lo ponga en el cuello de la mujer con la que quiere casarse. Estoy segura de que esperará hasta el Gran Lanz antes de hacerlo —dijo, pensativa—. Aunque me sorprende que no te haya dicho nada. Lo guarda en la caja fuerte de la biblioteca.
—Probablemente se habrá olvidado —dijo Lali—. Está muy cansado.
—Sí, supongo que tienes razón.
Lali sabía que la razón por la que no había dicho nada era bien distinta. Pensó que lo guardaba para otra persona. Para Pamela.

Capítulo 28
Una hora más tarde, vestida con unos vaqueros y un anorak, bajó por las escaleras y se detuvo un momento ante la biblioteca. Llamó a la puerta y entró. Peter se había quedado dormido sobre el escritorio. Entró caminando de puntillas y lo observó en silencio, dominada por una extraña mezcla de ternura y de enfado. Tomó una pequeña manta que había sobre el respaldo del sillón y se la pasó por encima de los hombros, con mucho cuidado para no despertarlo. Después se marchó y cerró la puerta.
Desconsolada, caminó hacia la bahía, deseando que la señora Belén no hubiera dicho nada sobre el collar. De aquel modo no habría empezado a pensar en Pamela. No había mencionado su nombre desde la discusión que mantuvieron en el bar del hotel; de hecho, había pasado por la casa de Cristina para disculparse, y cuando su amiga quiso continuar la conversación que habían dejado a medias Lali levantó la mano y sonrió.
—No, Cristina, no quiero saber nada sobre Pamela. No estoy interesada en ella.
Cristina asintió con alegría.
—Me alegro mucho, Lali.
Pero ahora, cuando el día del Gran Lanz se aproximaba, cada vez le resultaba más difícil apartar aquellos pensamientos de su cabeza. Aún no conocía a Pamela, pero no podía dejar de pensar en ella.
Supuso que sería preciosa y que siempre iría perfectamente vestida, como correspondía a alguien que hacía gala de su sangre azul, alguien que resultaba en extremo conveniente para el clan. Poseía todas las cualidades que Peter esperaba de su mujer. Y nadie se atrevería a poner en duda sus decisiones. Se las arreglaría para convencer a Cristina de una u otra manera.

Como consecuencia del informe que había escrito Peter, y de una llamada telefónica que recibió del ministerio de pesca, tuvo que dedicar mucho más tiempo del previsto a sus negocios. Las reuniones en Edimburgo y en Bruselas lo mantenían muy ocupado, porque tenía que defender los derechos de los pescadores de la costa oeste ante la comisión europea.
Cuando finalmente consiguió librarse de sus obligaciones, sólo faltaba una semana para el Gran Lanz.
—Hoy iremos a Inverness, Lali —le informó durante el desayuno—. Ponte algo más formal que los vaqueros y los jerseys, para variar.
El día había amanecido luminoso y cálido. Lali esperaba pasarlo como siempre, nadando y tomando el sol en la playa. Pero no se quejó. Decidió que Peter ya había tenido demasiados problemas e intentó demostrar entusiasmo.
—¡Magnífico! Será maravilloso regresar a la civilización aunque sólo sea durante unas horas.
Los ojos verdes de Peter se clavaron en ella. Apartó la taza de café que estaba tomando y se levantó.
—Voy a echar un vistazo al coche. No tardes demasiado.
Lali subió al dormitorio y decidió ponerse una falda de color claro con una camisa verde oscuro.
Transcurridos unos minutos salió de la casa. Peter ya había sacado del garaje el vehículo del que tanto se enorgullecía y estaba comprobando el aceite. Se trataba de un Jaguar de color azul oscuro que brillaba bajo la luz del sol.
—¡Es un viejo Jaguar de la clase E! —exclamó Lali, asombrada.
Peter levantó la mirada, sorprendido por sus conocimientos automovilísticos.
—¿Cómo es que sabes tanto de coches?
—Mi ex jefe tenía uno igual. Se preocupaba más por él que por su esposa.
—Ya veo. Mujeres y coches caros. A veces resulta una elección difícil para un hombre.
—Bueno, supongo que eso depende de la emoción que se esté buscando —comentó con acidez.
Lali entró en el vehículo y se ajustó el cinturón de seguridad antes de acomodarse en el amplio asiento de cuero.
En circunstancias normales, era la peor copiloto del mundo. Siempre había sido una de aquellas neuróticas que se pasaban la vida alertando sobre posibles peligros o intentando pisar un freno hipotético cuando consideraba que conducían con demasiada rapidez. Pero con Peter era distinto. Conducía como un verdadero profesional, como si fuera una simple extensión mecánica del poderoso vehículo. Y mientras avanzaban por las carreteras de Puerto Lanzana se sentía completamente a salvo.
Tras unos cuantos kilómetros en silencio, que dedicó a admirar la belleza del paisaje, Lali se atrevió a intentar iniciar una conversación.
—¿Cómo es Inverness?
—Un lugar lleno de gente y bastante limpio. Hay buenos hoteles, muchos bares, restaurantes, cines, discotecas y teatros. Todas esas cosas que echas tanto de menos.
Lali frunció el ceño ante su tono de reproche.
—¿Qué te hace pensar que las echo de menos?
Peter no apartó la vista de la carretera. Ni siquiera se molestó en contestar. Lali pensó que le había molestado la pregunta, y que tal vez no mereciera la pena hablar con un hombre tan obstinado.
Estuvo en silencio durante muchos minutos, al cabo de los cuales lo miró con incertidumbre.
—Al decir que estaría bien regresar a la civilización no pretendía insultar a Puerto Lanzana, ni a sus habitantes. De hecho, me gustan mucho. En cierto modo han ido entrando en mi corazón, poco a poco.
Lali observó su perfil para ver si sus palabras lo afectaban, pero no obtuvo nada, salvo un rostro pétreo.
Se cruzó de brazos. Si no quería creerla, no tenía forma alguna de convencerlo de que le gustaba vivir allí. Empezaba a conocer a los habitantes más a fondo, y con algunos mantenía una relación bastante personal. Tal vez se debiera a que vivían en contacto con la naturaleza, en un mundo donde los vientos y el clima eran más importantes que los relojes, pero siempre podían detenerse para charlar amistosamente con cualquiera.
En cuanto a Peter, comprendía su enfado. Puerto Lanzana era su dominio, y sin querer había herido su orgullo. Pensó que sería muy capaz de abrir la puerta del coche y arrojarla.
Pero al final fue él quien rompió el silencio.
—¿De qué hablas con el joven Jaime? He oído que te dedicas a charlar con él por las tardes, en el puerto, y que pasáis mucho tiempo juntos.
—Es un secreto entre él y yo.
Peter la miró con cierto cinismo.
—¿Un secreto? ¿No eres un poco mayorcita para esas cosas?
—En absoluto. De hecho, tengo la impresión de que tú mismo guardas muchos secretos que no quieres compartir conmigo —dijo—. Como lo de Pamela, por ejemplo.
De inmediato notó su irritación. Deseó no haber dicho nada. No en vano, recordaba lo que había sucedido la última vez que se atrevió a nombrarla. Lo había sacado completamente de sus casillas.
—Ya te he dicho que mi relación con ella no tiene nada que ver contigo.
—Sé muy bien lo que has dicho —espetó enfadada—. ¿Qué te hace pensar que me interesa? Sé que es amiga tuya, y me preguntaba si habrías pasado a visitarla cuando estuviste en Edimburgo. Sólo intentaba charlar sobre algo, intentar ser una buena acompañante. ¿Es un crimen, acaso? No es necesario que te quedes ahí, con todo ese humo saliéndote de la cabeza.
Peter la miró durante unos segundos antes de volver a concentrarse en la carretera.

Continuará...

jueves, 20 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 25 y 26



Hola, como andan? Perdón por lo tarde, pero me quede pegada leyendo en Wattpad jejeje
El capítulo de hoy va dedicado para TODAS! jijij 
Espero que lo disfruten.
Besos
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—Hablando de salvar vidas, el hombre que salvó la tuya se encuentra allí, al fondo.
—¿El hombre del tractor? ¿El que me encontró?
—En efecto, el viejo Gabriel.
Peter la llevó consigo. Se alejaron de la barra del bar y se plantaron ante un hombre de sesenta y tantos años que llevaba un viejo sombrero, algo destartalado.
Lali se presentó con una sonrisa.
—Así que usted es Gabriel, el conductor de tractores que me encontró.
—En efecto, señorita —dijo, quitándose el sombrero para expresar su respeto—. El mismo. Cuando la vi en las rocas, me pegué un buen susto.
Ella se acercó un poco más y estrechó su mano.
—Lo siento mucho. De no haber sido por usted no estaría aquí —declaró, para dirigirse a Peter—. No te quedes ahí. Invita a mi amigo a una copa. Y de buen tamaño.
Peter sonrió.
—Whisky, ¿verdad, Gabriel?
—Por supuesto —contestó el hombre, muy contento—. Creo que me vendría muy bien.
Peter pidió un whisky doble de la marca favorita de Gabriel y se llevó a Lali a un lado para poder hablar con más intimidad.
—Cierta persona lleva quince minutos esperándote en la calle. Quiero que salgas y que hables con él.
Lali lo miró, sorprendida.
—¿De quién se trata?
—De un admirador.
—Estás bromeando, ¿verdad?
Peter se encogió de hombros como si todo aquello no tuviera nada que ver con él.
—No. Yo diría que empiezas a tener bastante popularidad.
—Pues no estoy interesada en ser popular —murmuró—. Creo que esperan demasiado de mí.
—Todo tiene un precio. Pero ahora sal y habla con él. Hace mucho que espera.
—¿Por qué no ha entrado?
—Porque siente vergüenza —contestó—. Si no vas a hablar con él ahora mismo tendré que sacarte yo.
—De acuerdo. No empieces otra vez. Iré.
Con curiosidad, y algo nerviosa, salió a la calle abriéndose paso entre la concurrencia. Pero no encontró a nadie en el exterior. Decidió que había sido una broma de Peter, y estaba a punto de volver al bar cuando de repente apareció un niño, que se aproximó a ella con cautela.
Reconoció su pelo y el rostro pecoso de inmediato. Se trataba del chico que le había llevado las zapatillas cuando estaba en casa de Cristina. Sorprendida, sonrió.
—Hola. Eres Jaime, ¿verdad? ¿Querías verme?
El niño se miró la punta de los pies, con nerviosismo, y al cabo de unos segundos le dio una caja con bombones de chocolate.
—Esto es para ti. Es un regalo. Lo he comprado con mi propio dinero.
—¿Para mí? —preguntó asombrada—. Es muy amable por tu parte, Jaime, pero no debiste haberte molestado. De verdad, no debiste…
Las cosas empezaban a escapar a su control. Una cosa era que los habitantes del lugar intentaran homenajearla por haber salvado una vida, y otra muy distinta que hasta los niños comenzaran a darle regalos.
—Quería hacerlo. Mi padre me contó que se lanzó al agua para salvarlo y que le ayudó a escapar de Cabo Negro.
—Oh, ya entiendo. ¿Eres el hijo de Carlos Zambrano?
—Sí. Si no te gusta el chocolate, puedo cambiar los bombones por otra cosa.
Lali estaba emocionada. Deseaba abrazarlo, pero sabía que a los niños de su edad les molestaban ciertas demostraciones de afecto. Probablemente sólo habría conseguido incomodarlo.
—Son mis bombones preferidos —aseguró—. Los guardaré para comérmelos más tarde.
Jaime suspiró aliviado.
—Sí, bueno… Entonces ya me marcho.
—No, espera un momento —dijo—. Me gustaría pedirte un favor.
Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los observaba, se inclinó sobre el niño y susurró a su oído algo que sólo él pudo oír.
El chico sonrió.
—Sí, puedo hacerlo. Es fácil. De todas formas, Cristina dice que eres especial y que debemos hacer todo lo que podamos para ayudarte.
Lali cogió su mano y lo llevó hacia el malecón del puerto.
—Sentémonos unos minutos y hablaremos sobre ello.
Cuando regreso al establecimiento, Peter estaba apoyado en la barra del bar, charlando con Cristina, que sonrió al verla.
—Ya me han contado lo valiente que has sido —dijo, observándola con sus ojos marrones—. ¿Puedes creerlo, Peter? ¡Es tímida! Se ha ruborizado.
—¿Qué tal está tu dolor de cabeza? —preguntó Lali—. ¿Mejor?
Cristina agarró su vaso de whisky y rió.
—Sí, me encuentro perfectamente.
Lali dejó la caja de bombones sobre la barra.
—Me alegra oírlo. Es una caja de bombones que me ha regalado Jaime. Los compró con su dinero, aunque no me parece bien. Probablemente se ha gastado toda la paga de la semana.
—No te preocupes por eso —dijo Peter—. Le daré unos cuantos trabajitos para que pueda recuperar con creces su dinero.
La generosidad de Peter la emocionó. Sin embargo, aún se sentía incómoda.
—Sería muy amable por tu parte, pero no se trata de eso. Todo el mundo cree que soy especial. Jaime acaba de decírmelo —dijo, notando que Peter fruncía el ceño.
—Es que lo eres —espetó Cristina—. Eres muy especial.
—No es cierto. Y tú eres la culpable de todo. Sé que lo haces con buena voluntad, pero has conseguido que esas gentes crean todo tipo de cosas raras sobre mí.
Cristina miró a Peter con perplejidad. El jefe del clan puso una mano sobre su hombro y dijo:
—Creo que deberías dejar que hablara un rato a solas con ella.
—Muy bien, pero te aseguro que todo saldrá bien —declaró Cristina—. Mis amigos me lo han dicho, y nunca se equivocan.
Cristina se marchó entristecida. Lali sintió cierta culpabilidad, y la mirada furiosa de Peter dejó bien claro que iba a enfrentarse a un pequeño problema. Tuvo que hacer un esfuerzo para no correr tras su amiga para disculparse.
—Bueno, ya la has oído —dijo, por decir algo—. Sigue empeñada en que todos esos cuentos de hadas son ciertos.
—Te has excedido con ella —observó, controlando su enfado a duras penas.
Lali recordó sus advertencias. Recordó que no debía molestar a Cristina ni a ninguna otra persona con sus comentarios. Sin embargo, desde la noche anterior estaba decidida a obtener algunas respuestas, y el fracaso de su conversación con la dueña de la casa de la colina no la había descorazonado. Lo miró directamente a los ojos antes de continuar.
—Sólo te preocupa el humor de Cristina. Y yo tengo que seguir con esta farsa.
—¿Qué farsa? —preguntó.
—Pretender que soy tu prometida. ¿Por qué continúas con ella cuando pretendes casarte con Pamela?
Peter entrecerró los ojos.
—Ya te he dicho que no…
—Que no es asunto mío, lo sé. Pero te equivocas. Estoy cansada de que Cristina y tú me utilicéis como si fuera un peón de ajedrez. Resulta evidente que pensabas casarte con Pamela, hasta que aparecí.
—Muy bien, continúa —dijo él—. Pero quiero saber con quién has estado hablando a mis espaldas.
Lali no estaba dispuesta a dejarse amenazar.


Capítulo 26

—Con nadie en particular. Pero he sabido que Pamela te visita con cierta frecuencia, y no lo haría si no tuviera una buena razón, si no disfrutara con ello. No soy estúpida. Soy tan inteligente como cualquiera y sé cuánto son dos y dos.
—Sí, claro. Y ahora resulta que dos y dos suman cinco —murmuró.
—Debes admitir que ha sido algo bastante evidente desde el principio. Cuando me viste por primera vez, no pudiste ocultar tu desagrado. Le prometiste a Cristina que cuidarías de mí, pero dejaste claro que tenías otros planes —dijo, retándolo con la mirada—. Pensabas casarte con Pamela, ¿verdad? Y aún sigues pensándolo. No te has librado de mí porque temes herir los sentimientos de Cristina.
—Sigue, sigue, no pares —dijo él, con ironía—. Resulta fascinante observar cómo funciona tu mente.
El enfado de Lali se convertía poco a poco en amargura.
—Ni siquiera te molestas en negarlo —sentenció, deprimida.
Peter se encogió de hombros.
—De acuerdo, lo niego todo. ¿Te sientes mejor ahora?
—Me sentiría mejor si lo dijeras en serio.
—De modo que ahora me acusas de ser un mentiroso. ¿Olvidas con quién estás hablando?
—Cómo voy a olvidarlo —se preguntó, irritada—. No dejas de recordármelo todo el tiempo.
—Y parece que tendré que seguir haciéndolo. No estás en posición de cuestionar lo que haga.
—Precisamente me quejo por eso. Sólo soy un peón en tus manos, y supongo que será mejor que no lo olvide.
—¿Y no preferirías ser una reina? —preguntó con una sonrisa sarcástica.
—No. Preferiría que el juego terminara de una vez para poder marcharme de aquí.
—¿Qué harías entonces? ¿Seguir corriendo hasta que volvieras a toparte con un problema? Es la historia de tu vida, ¿no es verdad?
Lali se mordió el labio inferior y apartó la mirada hasta que él la agarró por los hombros.
—Ya estás comportándote otra vez con esa obstinación que te corroe por dentro. ¿No se te ha ocurrido pensar que yo…? ¡No, maldita sea! No te debo ninguna explicación. Tendrás que confiar en mí.
—¿Confiar en ti? —se preguntó, con resentimiento—. ¿Por qué debería hacerlo?
—Porque yo te lo pido —contestó, soltándola—. Ninguna relación puede sobrevivir sin respeto y confianza. Hay ciertas cualidades que exijo en cualquier mujer.
—Yo pensaba que sólo te interesaba el sexo.
—El sexo sólo es la mitad de una relación. Sé que nos llevamos bien en la cama, pero no es suficiente. No he tenido que discutir mis acciones, ni he tenido que explicarme ante nadie hasta ahora, y no tengo ninguna intención de empezar. Tendrás que confiar en mí. No vuelvas a preguntarme nada acerca de Pamela.
—Siempre pensé que en una relación normal los hombres y las mujeres tenían los mismos derechos. Siempre pensé que podían sentarse a charlar sobre cualquier cosa, de una forma civilizada. Y sin embargo, me pides que confíe en ti cuando resulta evidente que esa confianza no es recíproca. Pretendes guardarte todos tus secretos.
—Eso es cierto —reconoció—. Pero la nuestra no es una relación normal. Nos hemos conocido por el capricho del destino.
—Más que conocernos, yo diría que hemos colisionado —puntualizó.
Peter sonrió con frialdad.
—Llámalo como quieras, pero tendremos que acostumbrarnos —dijo, observándola desde la altura de sus ojos verdes—. ¿Y bien? Debes contestarme. ¿Confiarás en mí o te pido demasiado?
Lali deseaba confiar en él, desesperadamente. Su corazón la empujaba a contestar de forma afirmativa, pero su inteligencia le dictaba todo lo contrario. Era consciente del alto precio que había tenido que pagar en el pasado al confiar de forma ciega en los demás. No podía negar que Peter no se parecía en nada a nadie que hubiera conocido, pero en realidad no sabía nada sobre él.
Intentó encontrar la respuesta en la profundidad de sus ojos verdes. Y al cabo de unos segundos asintió, decidida a arriesgarse ocurriera lo que ocurriera.
—Sí, Peter, confiaré en ti. Que Dios me ayude si me equivoco, pero confiaré en ti.

Continuará...

miércoles, 19 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 24



Hola, como andan?
Perdón por la desaparición, pero como ya se los dije, habían visitas...
Subiré más capítulos por día para compensarles mi desaparición.
El capítulo va dedicado para Inma que llenó de firmas por todos lados! jijijij
ACLARACIÓN: LA NOVELA NO LA ESCRIBÍ YO, SI NO MAR_CHA (FOTOLOG). ES MÁS LE PEDÍ SI LA PODÍA SUBIR, Y ACEPTÓ CON LA CONDICIÓN DE QUE YO DIJERA QUE LA NOVELA ERA DE ELLA Y NO MÍA...
Espero que disfruten del capítulo de hoy!
Besos
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—¿Tienes frío? —preguntó él, de repente.
—Por supuesto que sí —contestó—. Estoy helada. El agua no estaba precisamente caliente.
—Entonces acércate a mí para entrar en calor. No quiero que cojas una pulmonía.
—No sabía que te importara tanto —murmuró.
Peter la miró y declaró, suavemente:
—Me importas más de lo que crees.
Lali supo que era sincero. No por su tono de voz, que podía ser fingido, sino por la evidente expresión de sus ojos. Se aproximó a él y dejó que le pasara un brazo por encima de los hombros.
—Apriétate contra mí todo lo que puedas.
Ella obedeció. No necesitaba que se lo dijera dos veces.
—Estoy empapada. Si seguimos tan cerca es posible que seas tú el que caiga enfermo de pulmonía.
—No me importaría nada —sonrió—. Podríamos meternos en la cama y sudar juntos.
Lali se estremeció. Aquella posibilidad podía estar más cerca de lo que él imaginaba. De hecho, estaba a punto de estornudar.
En cuanto llegaron a puerto, Peter la llevó al bar del hotel, que ya estaba abierto. Pidió un buen vaso de whisky con agua caliente y limón y se lo dio.
—Tómatelo con lentitud mientras busco ropa seca para ti.
Lali probó la bebida con cuidado, haciendo un esfuerzo para dejar de temblar. Los pocos clientes que se encontraban en el local la miraron con curiosidad, una curiosidad que pronto se transformó en admiración cuando Peter relató lo sucedido.
Despertó tanta atención que en poco tiempo se había ruborizado.
—No hice nada tan importante. Haces que parezca como…
—Sólo he contado lo que realmente sucedió —explicó él, divertido—. Si esperamos a que lo cuente Carlos, convencerá a todo el mundo de que conseguiste que se apartaran las aguas del océano.
Peter llamó al dueño del local y pidió que trajeran ropa para Lali, que prepararan una habitación y que dispusieran un baño con agua caliente. Después, la abrazó por la cintura y la llevó hacia una mesa que se encontraba junto a la chimenea.
Cuando se sentaron, se inclinó sobre él y susurró en tono conspiratorio:
—Cuando subí al bote de Carlos dijo que el motor se había parado unos minutos antes de que llegáramos. No había estado en peligro hasta entonces.
—Lo suponía —dijo Peter, con total tranquilidad.
—¿No tienes nada más que decir? —preguntó, asombrada por su falta de interés—. ¿No te das cuenta de lo que significa?
—Si pretendes preguntar cómo pudo saberlo Cristina, temo no poder ayudarte. También sabía que ibas a llegar antes de que aparecieras. Nadie sabe cómo lo hace, de modo que no tiene sentido preguntarse al respecto.
Su actitud tranquila resultaba muy clarificadora. Se podía creer en ciertas cosas o no, pero respecto a aquella mujer no cabía duda alguna. Ella misma había dudado de los supuestos poderes de Cristina, pero había sido testigo de sus habilidades. Tal vez había llegado el momento de replanteárselo todo. No sólo relación con Cristina, sino también con la leyenda, con los espíritus de los páramos y con los fuegos fatuos.
Sin embargo, no tenía intención de hacerlo. No quería seguir pensando en cosas para las que no encontraba respuesta.
—¿Te sientes mejor? —preguntó él, observándola con atención.
Lali tomó un poco de su bebida. Pensó que había algo diferente en él. Su expresión seguía dura, como siempre, pero su boca no estaba tan tensa. Su agresividad habitual había desaparecido. Parecía que había empezado a respetarla. Tal vez no fuera amor aún, pero de momento era más que suficiente. Mantuvo su mirada y sonrió.
—Me encuentro muy bien.
—Te sentirás aún mejor después de tomar un baño caliente —dijo, sonriendo—. Creo que podemos olvidarnos de esa visita a los bancos de salmón. Resulta evidente que sientes pasión por el mar, y seguramente encontrarías otra excusa para lanzarte al agua.
Apenas había terminado con su bebida cuando apareció Ingrid, con un chándal y unas zapatillas nuevas. Peter hizo una señal al dueño del establecimiento, que de inmediato se presentó con la llave de la habitación.
—La habitación número tres está libre. Peter. Y nos hemos asegurado de que tenga un buen baño de agua caliente.
Peter la acompañó escaleras arriba, dejó la ropa nueva sobre la cama y caminó hacia el cuarto de baño.
—Tómate todo el tiempo que quieras —dijo—. Cuando termines de bañarte iremos a comer. ¿Qué te parece?
—Perfecto —murmuró ella.
Sintió que su pulso se aceleraba cuando notó la mirada hambrienta del jefe del clan. Como si leyera sus pensamientos, la tomó por la cintura.
—No sé cómo lo consigues. Incluso con un chándal mojado irradias un calor insoportable.
—Bueno, si sigues mirándome así, conseguirás que salten todos mis fusibles —dijo ella—. ¿No crees que deberías marcharte ahora?
Peter suspiró y sonrió.
—Sí, supongo que sí, porque lo que tengo en mente no sería muy relajante. Esperaré a un momento más apropiado.
En cuanto se marchó, Lali se quitó la ropa, la dejó a un lado y se introdujo en la bañera.
Pasó una hora antes de que volviera a bajar al bar, vestida con el nuevo chándal negro. Cuando apareció, observó que el establecimiento estaba lleno de gente. Al verla dejaron de hablar y le hicieron un pasillo para que pudiera llegar al lugar donde se encontraba Peter. Sus ojos verdes la observaron con admiración.
—Ya te advertí que las noticias viajan muy deprisa en esta zona. Mientras estabas bañándote, Carlos se ha dedicado a invitar a medio pueblo para tomar una copa a tu salud.
Lali se mordió el labio y lo miró, implorante.
—Me ponen nerviosa. ¿No podríamos ir a algún sitio donde…?
—Me temo que no. Sólo quieren darte las gracias por haber salvado la vida de Carlos.
—Deberían darle las gracias a Cristina —susurró—. Yo sólo…
En aquel instante una voz se alzó sobre la multitud.
—¿Por qué no la besas, Peter? Así podremos brindar a su salud.
Peter sonrió y contestó en alto:
—Era exactamente lo que pensaba hacer, en cuanto cerrara la boca y tuviera la oportunidad de hacerlo.
Entonces la atrajo hacia sí y sonrió.
—No te preocupes —añadió—. Lo hago porque lo deseo, no porque lo hayan pedido.
La besó con tanta pasión que el pulso de Lali se aceleró. Los clientes del establecimiento demostraron su aprobación y ella se estremeció ante la multitud de sensaciones placenteras que recorrían su cuerpo.

Continuará... 






domingo, 16 de septiembre de 2012

"Llegada del Mar" Capítulo 22 y 23


Hola, como andan?
Perdón por la desaparición ayer...llegaron unos familiares, además que tuve un cumple años y llegue un poco más tarde de lo esperado...
Capítulo dedicado para ruizirene897 primera en firmar, e Inma, quien fue la que más firmó!
Espero que disfruten los capítulos de hoy!
Besos
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—Hasta ahora lo has hecho muy bien. No dejes que tu mal carácter lo estropee todo.
—No tengo mal carácter —protestó—. O no lo tenía hasta que te conocí.
—Hasta que me conociste tampoco eras una mujer completa —le recordó—. Pero has aprendido deprisa. Aún hay esperanzas.
Lali supuso que aquello era lo más parecido a un cumplido que escucharía de sus labios.
—De acuerdo —suspiró—. Vamos a visitar a tus preciosos peces.
—Aún no —dijo, mirando el reloj—. Tengo que hacer unas cuantas gestiones en la oficina del puerto. Reúnete conmigo allí, dentro de una hora, e iremos a comer al hotel antes de zarpar.
—¿Y qué se supone que voy a hacer durante una hora, sola? —preguntó—. ¿Sentarme en el malecón?
—No. Puedes demostrar cierta iniciativa y ser sociable. Hay mucha gente en el pueblo. Ya te conocen, y se detendrán a charlar contigo a poco esfuerzo que hagas. Al menos intenta demostrar cierto interés por su forma de vida.
Lali abrió la boca para protestar, pero no tuvo tiempo porque Peter se alejó de inmediato. Durante unos segundos permaneció allí, irritada, con los puños apretados. Se preguntó qué había querido decir con aquel último comentario. Tal vez creyera que era una típica esnob de ciudad. Le interesaba la vida de la gente. Le interesaba todo el mundo. Siempre había intentado demostrar sensibilidad con sus amigos y con la gente que no conocía. Precisamente su problema radicaba en que era demasiado amistosa en ocasiones, demasiado ingenua, demasiado confiada. Resultaba fácil aprovecharse de ella.
Caminó hacia la calle principal, y cuando llegó, miró a ambos lados sin saber muy bien qué hacer. Ni siquiera había un café donde pudiera sentarse a tomar algo. El bar del hotel aún no estaba abierto.
Sonrió a las personas que pasaban, pero no se le ocurrió ninguna excusa para detenerlos y charlar. Entonces se dio cuenta de que era la segunda vez que Peter la colocaba en aquella tesitura. La noche anterior, durante la fiesta, la había dejado sola. Por fortuna, Ingrid había salido en su rescate.
Y de repente, encontró la respuesta. Podía ir a la casa de Cristina, a la casa que se encontraba en lo alto de la colina. De todas formas tenía intención de visitarla para buscar unas cuantas respuestas a ciertas preguntas que la preocupaban. Aquella era una oportunidad ideal.
La puerta de la casa estaba abierta, intentó llamar de todos modos, pero una voz conocida la invitó a entrar.
—Pasa, Lali.
Cristina estaba sirviendo dos tazas de té. Una vez más, Lali se estremeció.
—¿Cómo sabías que era yo, Cristina?
—Estaba en el jardín hace unos minutos y vi que subías por la colina.
—Oh —sonrió, sintiéndose completamente idiota.
Cristina la observó con simpatía.
—Ese chándal parece muy cómodo. ¿Crees que me quedaría bien algo parecido? —rió, sin esperar una respuesta—. Sinceramente, lo dudo. Creo que seguiré con mis viejas ropas.
Inclinó la cabeza y la miró directamente a los ojos antes de sonreír y añadir:
—Hay algo distinto en ti, Lali. Has cambiado.
—¿Cambiado? ¿En qué sentido?
—Digamos que pareces más madura —rió de nuevo—. Pero no te sientas avergonzada. He notado esa expresión en otras jóvenes muchas veces. No saben que está ahí, pero yo puedo verla. En fin, siéntate, tómate el té y cuéntame qué te preocupa.
—¿Qué te hace pensar que me preocupa algo?
—Oh, nada. ¿Dónde está Peter?
—En el puerto.
Cristina asintió.
—De modo que has aprovechado la oportunidad para visitarme. Bueno, me siento muy honrada —dijo, mientras liaba un cigarrillo—. He oído que estuviste en la fiesta anoche. ¿Te divertiste?
—Sí —admitió—. No lo esperaba, pero me divertí mucho. La gente del lugar parece disfrutar con las diversiones.
—Si, cualquier excusa sirve para disfrutar de una buena copa y un buen baile —rió, encendiendo el cigarrillo—. Me alegra saber que las cosas marchan bien entre Peter y tú. A veces puede ser muy obstinado, pero es un buen hombre. No lo hay mejor.
Lali pensó que aquella conversación no conducía a ningún sitio, de modo que apartó la taza de té, respiró profundamente y dijo:
—He mentido. Hay algo que me preocupa. Necesito saber qué está ocurriendo aquí, Cristina. He venido porque eres la única persona que puede darme las respuestas que necesito.
Cristina sonrió con amabilidad.
—Es natural que estés confundida. Ya te dije que necesitarías tiempo para acostumbrarte.
Lali suspiró.
—No tiene nada que ver con acostumbrarme. Hay muchas cosas que no comprendo. Si Peter quiere casarse, ¿por qué no ha elegido a una chica del lugar? Tendría dónde escoger. Anoche conocí a muchas chicas más atractivas que yo, e igualmente capaces.
—¿Es eso lo que te preocupa? Pensé que lo sabías. La novia del jefe del clan debe llegar del mar. Tiene que…
Lali movió la cabeza en gesto negativo, impaciente.
—Por favor, no empieces a hablar de leyendas y cosas por el estilo. Sé que su madre y su abuela llegaron del mar, pero sólo es una coincidencia.
Cristina permaneció unos segundos en silencio, hasta que al fin se explicó.
—Peter no puede casarse con una mujer del clan. Debe desposar a una extraña. Es una ley del clan que no ha cambiado durante cientos de años. Sólo somos un pequeño clan de esta parte del país. Nuestros antepasados decidieron que los jefes del clan se casaran con forasteras para que el aislamiento no empobreciera la vida de la gente. La mezcla cultural y racial mejora a las personas —sonrió—. A mí me parece una simple cuestión de sentido común.
Lali la miró, en silencio.
—Hay algo que no has mencionado, ¿verdad? Algo acerca de que la novia debe ser merecedora de tal posición. Peter no deja de repetirlo.
—¡Pero tú eres merecedora! Puedo asegurarte que…
—Peter no está de acuerdo —interrumpió con frialdad—. O al menos, tiene serias dudas. No creo que tenga intención de casarse conmigo, Cristina.
La anciana la miró sorprendida.
—¿Cómo puedes decir algo así? Por supuesto que se casará contigo. Sólo está preocupado por…
—¿Quién es esa Pamela de la que tanto he oído hablar?
—¿Pamela?
—Sí, Pamela —repitió impaciente—. No hay nada que le impida casarse con ella, ¿no es cierto?
De repente, Cristina se llevó una mano a la cabeza y vaciló como si le doliera algo. Lali pensó durante un momento que sólo se trataba de un truco para no contestar, pero estaba tan pálida que comprendió de inmediato que era sincera.
—¿Cristina? ¿Te ocurre algo? No pretendía molestarte.
—No te preocupes, estoy bien —contestó, sonriendo con debilidad—. A veces me duele la cabeza y tengo la impresión de que voy a desmayarme ¿De qué estabas hablando?
—No importa. Tranquilízate un poco mientras te sirvo un té.
—No, ahora lo recuerdo. Querías saber qué sucede con Pamela. ¿Has hablado sobre ello con Peter?
—Si y me dijo que no era asunto mío.
Cristina asintió, pensativa.
—Ya veo. Bueno, si no quiere hablar sobre ella debe tener una buena razón y en tal caso no debería…
De repente dejó de hablar. Abrió los ojos de golpe y su mirada pareció perderse en algún punto lejano.
Esta vez Lali se alarmó seriamente.
—¿Cristina? ¿Cristina? ¿Quieres que llame a un médico?
Cristina estaba aferrada a la mesa, con tal fuerza que tenía los nudillos blancos Un extraño sudor cubría su rostro Se inclinó sobre ella y la miró parecía en trance. Pensó que tal vez debería tumbarla en la cama Tenía la impresión de que ella había provocado aquel estado en su amiga. Sospechaba que guardaba alguna relación con sus preguntas.
—¿Cristina? Por favor habla conmigo Por favor di algo.
Llevó las manos a su muñeca e intentó tomarle el pulso. Debía pedir ayuda. Tal vez se tratara de un ataque al corazón.
De repente salió de su trance y dijo en un tono de voz profundo y extraño:
—El Starlin.
—Tranquilízate Descansa y…
Cristina la agarró del brazo con fuerza.
—Debes darte prisa. El Starlin… Cabo Negro… Díselo a Peter.
—Pero está en el puerto.
—Sí, sí. ¡Por Dios, corre!
Lali no perdió el tiempo discutiendo. El tono de voz de Cristina hizo que reaccionara. Corrió hacia la puerta y después de mirarla por última vez bajó a toda velocidad por la colina, hacia el pueblo.


Capítulo 23


Cuatro minutos más tarde llegaba a la oficina del puerto, agotada. Entró con tal desesperación que Peter se dio la vuelta y frunció el ceño.
—¿Pero qué diablos sucede?
Lali se detuvo ante él, intentando respirar. Él la abrazó por los hombros.
—Tranquila, no te asustes. Ya estás a salvo.
—No soy yo —acertó a decir—, sino Cristina. Algo le ha pasado. Me ha pedido que viniera a avisarte. Ha dicho que el Starling está en peligro, en Seven…
—¿Cabo Negro?
Ella asintió.
—No sé qué quiere decir.
La expresión de Peter cambió de repente. Resultaba evidente que significaba algo importante.
—De acuerdo. Necesitaremos ayuda. Una vida puede estar en peligro. ¿Quieres venir conmigo o tendré que perder el tiempo buscando a otra persona?
Avalo lo miró, indignada.
—Si me conocieras tan bien como crees no harías preguntas tan estúpidas. Vamos.
El motor del Flamingo arrancó con un estruendo, y salieron del puerto a toda velocidad. El agua que salpicaba impedía la visibilidad desde la cabina, de modo que Peter puso en marcha los limpiaparabrisas, y le pidió a Lali que permaneciera cerca para que pudiera oírla.
—Hay un rollo de cuerda en el armario que tienes a tu espalda. Cógelo. Puede que lo necesitemos.
Lali obedeció.
—¿Se puede saber qué está pasando? ¿Quién está en peligro?
—Carlos Zambrano. Pesca langostas. El Starlin es su barco, y si se ha dirigido a Cabo Negro puede tener problemas. Tardaremos diez minutos en llegar, y espero que no sea demasiado tarde, porque no sabe nadar.
Lali lo miró, pensativa. Estaba en completa tensión, bien aferrado al timón del barco. Su aspecto de marino curtido parecía indicar que estaba dispuesto a navegar hasta el mismísimo infierno llevándola consigo. Se apretó contra él para llamar su atención.
—¿El Starlin no lleva radio a bordo?
—No, ya te lo he dicho. Sólo es un bote.
Lali quería preguntar algo más, pero no lo hizo. Sabía que en poco tiempo obtendría una respuesta. Si cuando llegaran no veían rastro de ningún navío, ni restos de un naufragio, la advertencia de Cristina sólo habría sido el producto de una mente enferma. Pero si lo encontraban, la cosa sería muy distinta.
Peter fue el primero en divisar la embarcación. Lali contempló las enormes olas que batían las rocas de la costa. Un hombre vestido con una gabardina amarilla intentaba mantener la embarcación a una distancia prudencial de los acantilados, remando desesperadamente.
—Se le ha debido averiar el motor —comentó Peter—. No va a resultar fácil rescatarlo. Tendré que acercarme a él por la popa, o la cuerda podría enredarse en nuestra hélice.
Peter colocó el barco en posición y dio marcha atrás. El barco avanzó lentamente. El ruido disminuyó en parte, de modo que aprovechó para explicarle la situación.
—No puedo dejar el timón, porque la corriente nos arrastraría hacia las rocas. Es imposible acercarse más —añadió, mirándola con detenimiento—. Tendrás que hacerlo tú. Espero que no vayas a hacer algo tan estúpido como caerte por la borda…
—Haré lo que pueda. Guárdate los comentarios sarcásticos y dime qué debo hacer.
—Toma la cuerda y átala a popa. Cuando lo hayas hecho, lánzala para que Carlos pueda amarrarla a la proa del Starlin.
—Muy bien. No te preocupes. Sabré cuidarme.
—Pues deja de hablar y hazlo —gruñó.
Lali agarró la cuerda y salió a cubierta, intentando mantener el equilibrio. Avanzó hacia la popa y ató la cuerda a un saliente de metal. Se aseguró de que el nudo era seguro y volvió a levantarse. Debía lanzar la cuerda. Si fallaba, tendría que recogerla de nuevo e intentarlo otra vez, pero no podía perder tiempo. No podía permitirse un error.
—¡Lanza la cuerda! —gritó Peter desde la cabina—. No tenemos todo el día…
Lali hizo caso omiso de su comentario y esperó a que llegara el momento adecuado. Las olas hacían que los barcos subieran y bajaran constantemente, de modo que tuvo que esperar hasta que pudo ver la pequeña embarcación. Entonces, actuó. La cuerda surcó los aires y fue a parar a los pies de Carlos.
Contenta, regresó a la cabina.
—¿Satisfecho?
—Sí —contestó con una sonrisa—. Lo has hecho muy bien, pero Carlos sigue teniendo problemas.
Lali miró a través de los cristales y comprendió de inmediato. Carlos había recogido la cuerda, pero su bote estaba a escasos metros de las rocas y no podía detenerse para atarla. Intentaba remar con todas sus fuerzas para evitar el desastre.
—¡No ha tenido tiempo de atarla! —exclamó ella—. ¿Por qué no se agarra a la cuerda y se olvida del bote?
—Porque es un cretino obstinado y no abandonará su embarcación hasta que se hunda —murmuró, observándola de nuevo—. Tendré que dejarte a cargo del Flamingo durante unos minutos.
Lali lo miró con incredulidad.
—¿Qué quieres decir con eso de dejarme a cargo? ¡No sé gobernar un barco! Y mucho menos teniendo en cuenta que el motor está marcha atrás. Dijiste que no podías abandonar el timón, porque acabaríamos en las rocas.
—Lo sé —admitió—, pero no tenemos otra opción. Tendré que nadar hasta su bote y asegurar la cuerda por él.
Peter le indicó que se acercara al timón y dejó en sus manos la responsabilidad del barco, que empezó, inmediatamente a retroceder hacia los acantilados.
—¡No puedo hacerlo!
—Sí, claro que puedes. Intenta recordar que…
—¡No puedo hacerlo! —exclamó de nuevo, enfadada. Pero Peter no hizo ningún caso. Se sentó en el suelo y empezó a quitarse los zapatos. No podía adivinar lo que Lali tenía en mente.
Pasó a su lado a toda velocidad y él intentó detenerla, sin éxito. Antes de que pudiera evitarlo, se había lanzado al mar de cabeza. Cuando salió a la superficie empezó a nadar tan deprisa como pudo hacia el Starlin, pensando que, en ciertas ocasiones, había que actuar sin pensárselo dos veces.
Carlos la miró con sincero asombro cuando subió al bote y se dejó caer sobre el montón de langostas. No tenían tiempo para presentaciones, de modo que se arrodilló, ató la cuerda a la proa de la pequeña embarcación y se levantó para hacerle una señal a Peter.
El Flamingo incrementó la velocidad hacia delante y arrastró al Starlin hasta que consiguió alejarlo de las rocas.
—Gracias a Dios —suspiró Carlos, dejando el remo a un lado—. Tú debes ser la Ladydark de la que todo el mundo habla. Es una suerte que aparecierais poco después de que se estropeara el motor.
Lali estaba helada y calada hasta los huesos.
—¿Dices que el motor se rompió justo antes de que llegáramos?
—Sí. No creo que hubieran pasado más de dos o tres minutos.
Lali se estremeció de nuevo y sonrió.
—Bueno, ya estás a salvo, que es lo que importa.
Cuando se alejaron lo suficiente de los acantilados, Peter paró los motores y esperó hasta que el bote se aproximó al barco. Después los ayudó a subir a bordo.
—¿Te encuentras bien, Carlos?
—Perfectamente, Peter —contestó el marinero—. El maldito motor se ha atascado. Posiblemente se ha roto una válvula.
—Te llevaré a puerto, pero tendremos que atar la cuerda a la proa y acortarla para que no se enrede en las hélices.
Lali alcanzó una manta que había en uno de los armarios y se la pasó por encima de los hombros mientras los dos hombres hacían lo necesario para regresar al pueblo.
En cuanto estuvieron en marcha, Peter se volvió hacia ella, enfadado.
—Si hubiera tenido tiempo, te habría colocado sobre mis piernas para darte una buena lección. Hiciste una tontería al saltar por la borda.
Lali lo miró en silencio mientras él continuaba con su diatriba.
—¿Qué diablos te ocurre? ¿Es que tienes la costumbre de lanzarte al mar con la intención de ahogarte?
—No me he ahogado.
—No, pero podías no haber sido capaz de llegar. En Cabo Negro la corriente es muy fuerte. Ya viste cómo arrastraba el bote de Carlos.
—Oh, deja de quejarte. Si no te preocupara tanto tu orgullo herido te darías cuenta de que hice lo único razonable que podía hacer.
—¡Razonable! —gruñó—. No sabes lo que significa esa palabra.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
—Te dije que no podía manejar el Flamingo, pero no me hiciste caso. Oh, no. No podías molestarte en escuchar.
—Podrías haberlo intentado.
—¿Y de qué habría servido? —preguntó—. Habría fallado y el barco se habría estrellado contra las rocas. Nos habríamos ahogado todos. No fue un acto estúpido, ni valeroso. Fue simplemente práctico.
Peter no dijo nada. Se limitó a mirar hacia delante.
Lali se quitó las zapatillas empapadas, notando que la estaba observando por el rabillo del ojo. Estaba dispuesta a lanzarle algo a la cabeza si intentaba discutir de nuevo.

Continuará...