martes, 26 de junio de 2012

Capítulo 34






Ahí va el capitulón!! que lo disfruten :)
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Lali forcejeó intentando respirar, aspirando aire a bocanadas para llenar sus doloridos pulmones. ¡Dios, era más duro que una roca! Probablemente se habría causado alguna magulladura al estamparse contra él de aquel modo. Al cabo de unos instantes logró decir:
—Recordar viejas historias —y empujó contra los hombros desnudos de Peter para darle a entender que la dejara en el suelo.
Él soltó un bufido y no hizo caso.

—Estás violando una propiedad privada. Tendrás que buscar una razón mejor que ésa.

—Curiosidad —propuso sin aliento, pues todavía el oxígeno que le llegaba era más bien poco. La fuerza de los brazos de Peter estorbaba sus esfuerzos por inhalar aire. Se debatió contra él, pero se rindió de inmediato. La fricción de su piel desnuda resultaba una distracción demasiado peligrosa.

—Eso sí me lo creo —musitó Peter—. ¿Qué te traes ahora entre manos? —Decidió depositarla en el suelo y aflojó el abrazo para que ella pudiera zafarse.

Lali tenía las mejillas arreboladas al apartarse de él, y el color no se debía sólo a las profundas aspiraciones que estaba haciendo. Peter llevaba sólo unos vaqueros blandos y unas botas desgastadas, y contempló fascinada su torso desnudo. Aquellos hombros tenían sus buenos sesenta centímetros de anchura y eran todo músculo en poderosas capas que se extendían por el pecho. Una ligera capa de sudor daba brillo a su piel dándole el aspecto resplandeciente de una estatua esculpida en puro músculo y nervio.

—¿Cómo has llegado aquí? —le espetó ella, sin responder a su pregunta—. No he visto ningún auto.

—A caballo. —Señaló con la cabeza el prado que había al otro lado del cenagal—. Está allí, comiendo sin parar.

—¿Es Hércules? —preguntó Lali, recordando el nombre del bello semental que poseía Nicolás.

—Uno de sus hijos. —Peter frunció el entrecejo—. ¿Cómo es que conoces a Hércules? ¿Y cómo has llegado tú aquí?

—Imagino que la mayoría de la gente de la zona sabe que tienes caballos. —Mientras hablaba se fue desviando hacia un costado.
Peter le aferró un brazo.

—Espera. Sí, mucha gente sabe que tengo caballos, pero no hay muchas personas que conozcan el nombre de nuestro semental. Has vuelto a hacer preguntas por ahí, ¿verdad? —Apretó con más fuerza—. ¿Con quién has estado hablando ahora? ¡Dímelo, maldita sea! —Subrayó su exigencia con una ligera sacudida.

—Con nadie —respondió Lali furiosa—. Me acordaba del nombre de antes.

—¿Y cómo ibas a saberlo antes? Gimena no se reprimía precisamente, pero no creo que al llegar a casa se pusiera a regalar a su familia con detalles de la vida de su amante.

Lali apretó los labios. Conocía el nombre del semental porque ella era como una esponja que absorbía el más pequeño detalle de toda conversación que oía, si tenía que ver con Peter. Pero no estaba dispuesta a admitir aquello delante de él.

—Lo recordaba de antes —repitió finalmente.  Peter no la creyó, y se le oscureció el semblante.—¡No he hablado con nadie! —exclamó Lali, intentando zafarse de él—. Me acordaba del nombre del caballo, eso es todo. —¿Por qué cada encuentro con él tenía que implicar un tira y afloja con sus brazos?
Peter escrutó el rostro vuelto de Lali con los ojos entornados.

—Está bien, te concederé eso. Ahora dime por qué estás husmeando por mi casa de verano y cómo has llegado aquí. Sé perfectamente que tú no tienes caballo.
Por lo menos aquello no parecía peligroso de revelar.

—Estaba paseando —contestó—. Por el bosque.
Él bajó la vista y le miró los pies.

—No vienes vestida para pasear por el bosque.

Aquello era muy cierto. No se había tomado la molestia de cambiarse de ropa, así que aún llevaba la falda a media pierna, medias y los zapatos planos que se había puesto para ir a Nueva Orleans. Había sido criada andando descalza por aquellos bosques, por eso no le había preocupado el hecho de llevar aquellos zapatos. Se encogió de hombros para mostrar su indiferencia y dijo:
—No he pensado en ello. —Y rápidamente añadió—: Siento haber invadido tu propiedad; me voy...

—¡Eh! —Peter la obligó de nuevo a pararse—. Te irás cuando yo lo diga, no antes. Todavía estoy esperando a que contestes a la otra pregunta.
Gracias a Dios el cerebro volvía a funcionarle.

—Simplemente tenía curiosidad —dijo—. Ellos se veían aquí, por eso... me entraron ganas de verlo. —No había necesidad de explicar quiénes eran «ellos».
Para consternación suya, los ojos de Peter adoptaron una expresión fría.

—No me digas. Ya has estado aquí antes, porque yo te he visto.
Lali lo miró fijamente, estupefacta.

—¿Cuándo?

—Cuando eras pequeña. Te deslizaste entre los árboles como un fantasma, pero te olvidaste de cubrirte la cabeza. —Tomó un mechón de pelo suelto y se lo peinó detrás de la oreja—. Fue como contemplar el movimiento de una ardilla a través del bosque.

De modo que supo que ella estaba allí. Durante un instante de abatimiento en el que se le paró el corazón, se preguntó si habría adivinado que era él lo que la había atraído como una polilla a la luz. Recordó amargamente todas sus fantasías infantiles en las que un día él levantaría la mirada y la vería, y le pediría que fuera a divertirse con ellos. Y la había visto, de acuerdo, pero no hubo invitación alguna; lo sorprendente habría sido que le hubiera pedido de verdad que se uniera a ellos.

Los ocho años de diferencia que había entre los veintiséis y los treinta y cuatro era casi inexistente, pero entre los once y los diecinueve había todo un mundo. Aunque en aquella época no hubiera sido tan joven, era una Espósito, y como tal quedaría para siempre fuera de su círculo.

—Voy a preguntártelo una vez más —dijo Peter suavemente cuando ella guardó silencio. Un escalofrío le recorrió la espalda al notar el tono acerado de su voz—: ¿Qué estás haciendo aquí?

—Ya te lo he dicho. —Alzó la barbilla y le sostuvo la mirada—. Curiosear.

—La siguiente pregunta es: ¿Por qué? Desde que has vuelto has estado curioseando mucho por ahí. ¿Qué te traes entre manos, Lali? Te advertí que no reavivaras viejos chismorreos que pueden perjudicar a mi familia, y lo dije muy en serio.
Lali ya le había dado la única respuesta que podía darle, y él no la había creído. Podía contarle toda la verdad, o podía mentir. Al final escogió no hacer ninguna de las dos cosas, sino guardar silencio.

Peter apretó la mandíbula con rabia y su mano hizo más fuerza sobre el brazo de Lali. Ésta hizo un gesto de dolor, y Peter bajó la mirada a las marcas moradas que estaban dejando sus dedos en la suave piel de ella. Maldijo y aflojó la mano, y en aquel momento Lali se zafó de un tirón y salió disparada hacia la seguridad que le ofrecía el bosque. Al cabo de un par de zancadas supo que era un error, pero en aquellos momentos la dominaba la emoción, no la lógica. Peter reaccionó como el depredador que era, echando a correr en pos de ella. Lali se encontraba apenas a medio camino cuando el impacto del corpachón de Peter la lanzó al suelo igual que un tigre que se abalanzara sobre una gacela. Cayó con ella, la inmovilizó contra su pecho y giró el cuerpo para recibir él toda la fuerza de la caída, con Lali encima. A ella se le nubló la vista en un revoltillo de hierba, árboles y cielo al rodar por el suelo con Peter, el cual la situó hábilmente debajo de su cuerpo.

La impresión que sufrió al darse cuenta de la situación la hizo quedarse inmóvil de pronto, como si no se atreviera a moverse en aquel primer momento desconcertante de placer. Una cosa era estar en sus brazos, y otra muy distinta estar tirada en el suelo debajo de él. Su considerable peso la aplastaba contra la hierba desprendiendo la dulce fragancia verde de las hojas, que se mezclaba con el embriagador aroma masculino de su piel cubierta de sudor. La caída le había subido la falda hasta la mitad del muslo, y una de las piernas de Peter había quedado entre las suyas de modo que sus muslos abrazaban aquella columna de músculos. Se había aferrado a él instintivamente al caer, y ahora tenía los dedos hundidos con fuerza en su espalda desnuda, palpando el calor de su carne. La postura era la de hacer el amor, y el cuerpo de Lali reaccionó con inconsciente intensidad. Se le nublaron los sentidos, sobrecargados por aquella primera explosión de señales sexuales.

—¿Estás bien? —murmuró Peter, levantando la cabeza.
Lali tragó saliva. Las palabras se le agolpaban en la garganta. Sintió que se le contraía el  estómago, instándola a pegarse a él en un impulso ciego, ardiente. Se resistió y volvió el rostro a un lado para no verlo reflejado en los ojos oscuros de Peter.

—¿Lali? —El tono fue más insistente, exigía una respuesta.

—Sí —susurró.

—Mírame. —Se apoyó sobre los codos, retirando la mayor parte de su peso para que ella pudiera respirar mejor, pero seguía estando demasiado cerca, con la cara a escasos centímetros de la suya.

La tentación flotó entre ambos, todavía más poderosa debido a las veces que ella se había resistido. Hacía falta muy poco para convertir el deseo en una llamarada, un beso, un leve contacto, como una chispa en la paja seca. Cada vez era más difícil resistirse a él, y sólo la fuerza de su aversión por el sexo ocasional, por ser una réplica moral de su madre, le había permitido a Lali mantenerlo a raya. Pero cada nuevo contacto erosionaba su fuerza de voluntad y la iba desgastando poco a poco, de forma que cada rechazo le requería un mayor esfuerzo.

El aliento de Peter se proyectaba sobre sus labios, aquel sutil contacto los hacía abrirse como si Lali quisiera inhalar su esencia. Peter bajó la cabeza y llevó su boca hacia la de ella.  En un gesto desesperado, Lali introdujo los brazos entre ambos y empujó contra el pecho de Peter. Pero Peter permaneció quieto un instante, observando a Lali. Un reguero de sudor descendió por su sien y se curvó siguiendo la línea de la mandíbula. Deseó acariciarlo, besar su cuerpo, paladear la sal de su piel, sentir cómo se tensaba y estremecía por la excitación.

La rondó la tentación, aguda e insistente. Peter tomó aire, su pecho se expandió bajo las manos de Lali, y el castillo de arena de su resistencia se desmoronó bajo la oleada de placer. Dejando salir el aire en un suave suspiro, dio vuelta a las manos y las movió de forma que los pulgares rozaron su cuerpo, una vez, dos. El placer le produjo un ligero vértigo.

Las pupilas de Peter se dilataron hasta casi eclipsar del todo el color oscuro del iris. Bajó la cabeza entre los brazos y su aliento susurró entre los dientes. Habiendo capitulado, Lali ya no pudo dejar de tocarlo. Exploró los duros planos de su pecho regresando una y otra vez a las puntas endurecidas que la habían atraído a un territorio tan peligroso. No se cansaba de tocarlo, no podía saciar su sed de sentirlo.
Entonces él le apartó las manos del cuerpo y clavó en ella una mirada intensa.

—Lo justo es cambiar el turno —le dijo, y le puso una mano en el pecho.

Lali se arqueó debajo de él, dejando escapar una exclamación al sentir la fuerte llamarada de placer. Los pechos se le tensaron bajo aquel contacto, tan sensibles que el calor de las manos de Peter se hizo casi insoportable y, sin embargo, si dejara de tocarla sería como una tortura. Incluso a través de la ropa el roce de sus dedos le producía una sensación de quemazón y palpitación en los pezones.

Peter inclinó la cabeza y la besó, una presión dura y devastadora, al tiempo que tiraba de la blusa para sacarla de la cintura de la falda. Una vez libre, introdujo una mano por debajo de la tela y la deslizó bajo el sujetador para cerrar los dedos alrededor de la piel de satén del pecho desnudo.

—Ya sabes lo que quiero —dijo con voz ronca, situándose más encima de ella y empujando con las piernas entre las suyas para hacerse un sitio.

Lali lo sabía. Ella también quería lo mismo, con tal vehemencia que aquella necesidad casi ofuscaba cualquier otra consideración. Los dedos ásperos de Peter se apoderaron del pezón y empezaron a acariciarlo. Lali quería sentir allí su boca succionando con fuerza; quería que él la tomase, allí mismo, sobre la hierba, con el calor del sol quemando sus cuerpos desnudos. Lo deseaba a él, para siempre.

—Dímelo —dijo Peter—. Dime por qué. —Aquellas palabras sonaron amortiguadas contra la garganta de Lali, mientras iba recorriéndole el cuello a besos.

Ella parpadeó y se quedó mirando las nubes con desconcierto. Entonces comprendió de pronto el significado de aquellas palabras y fue como un jarro de agua fría. Peter la deseaba, así lo atestiguaba la gruesa protuberancia que presionaba contra sus ingles, pero mientras ella estaba perdida en la niebla del deseo, el cerebro de él permanecía despejado, funcionando, aún tratando de obtener respuestas.

Explotó con un siseo rabioso y se lo quitó de encima a puñetazos y patadas. Peter se apartó de ella y se incorporó. Parecía un salvaje semidesnudo con el pelo enredado alrededor del rostro y sus ojos entrecerrados por una peligrosa lujuria.

—¡Hijo de puta! —escupió Lali, temblando de furia.

Se puso de rodillas de un salto con las manos cerradas en dos puños mientras luchaba contra el impulso de arremeter contra él. No era aquél el momento de desafiarle físicamente, cuando todo aquel enorme cuerpo estaba tenso por la necesidad. El control, tanto el de ella como el de Peter, pendía de un hilo; a la menor presión se vendría abajo. Peter aguardó con aplomo, preparado para su ataque, y Lali vio el deseo sexual ardiendo en sus ojos. Durante largos instantes se miraron el uno al otro, hasta que gradualmente ella se obligó a relajarse. No había nada que ganar en aquella confrontación.

Continuación...

lunes, 25 de junio de 2012

Capítulo 33









Subo rapidin! perdón por la hora!!
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Tenía que ser la casa de verano, por supuesto, pensó Lali con resignación. ¿Por qué no podían Nicolás y Gimena citarse en un motel, siguiendo la tradición americana? Los recuerdos que tenía de aquella casa de verano eran agridulces, igual que todo lo demás relacionado con Peter Lanzani. No quería verla de nuevo, pues el hecho de hacerlo le recordaría demasiado vívidamente la niña que fue, las largas horas que pasó escondida en la linde del bosque, con la esperanza de tener una breve vista de Peter. Se tumbaba boca abajo entre las agujas de los pinos y se contentaba con observarlo a él y a sus amigos bañarse en el lago, escuchaba sus gritos y carcajadas y tejía fantasías de que un día se uniría a ellos. Un tonto sueño. Una niña tonta.

Allí también había visto a Peter haciendo el amor con María Del Cerro. Sintió un retortijón en el estómago al pensar en ello y cerró las manos con una mezcla impotente de rabia y celos. En aquella época se había limitado a pensar lo guapo que era; pero ahora era una mujer con las necesidades y deseos propios de las mujeres, y no quería ni siquiera imaginarlo haciendo el amor con otra mujer, y mucho menos verlo.

Aquello había sucedido quince largos años antes, pero aún conservaba la imagen fresca en su mente como si fuera del día anterior. Aún oía la voz profunda y aterciopelada de Peter murmurando palabras de amor en francés y frases tranquilizadoras, aún veía su cuerpo joven y poderoso moviéndose entre las piernas abiertas de María.

Ajjj. ¿Por qué la habría besado aquel día en Nueva Orleans? Una cosa era soñar con sus besos, y otra saber exactamente a qué sabían, cuán suaves eran sus labios, cómo era estar en sus brazos y sentir su erección presionar con insistencia contra su estómago. No era justo por parte de él alimentar su deseo y luego usarlo contra ella. Pero es que con Peter todo era injusto. ¿Por qué no podía haber engordado y desarrollado una barriga de bebedor de cerveza y llevar los pantalones colgando debajo, en lugar de estilizarse hasta tener aquel cuerpo delgado y musculoso, incluso mejor torneado que en la época en que jugaba al Rugby? Y aunque él no hubiera cambiado, ¿por qué no podía haber cambiado ella? ¿Por qué no podía haberse modificado lo suficiente para que él ya no la afectara de forma tan violenta, o el corazón le latiera con normalidad cuando él estaba presente?

En cambio, todavía era la niña embelesada que había pasado horas, semanas, incluso meses de su infancia tumbada boca abajo entre la arboleda, con la vista atenta para captar cualquier movimiento de su héroe. Ni siquiera el hecho de descubrir que su héroe podía ser un hombre despiadado cuando quería había conseguido eliminar aquella dolorosa fijación.

No quería volver a la casa de verano, a la escena de su necia juventud. ¿Qué podía encontrar allí, después de doce años? Nada. Pero nadie había visto aquel lugar con sus ojos; nadie había sospechado que Nicolás Lanzani pudiera haber pasado allí las últimas horas de su vida.

Lali masculló para sí. Estaba cansada y hambrienta tras el largo viaje en auto a Nueva Orleans y vuelta, y además la preocupación por el señor Bauer la había dejado exhausta. No quería ir a la casa de verano, pero acababa de darse a sí misma un argumento convincente de por qué era necesario que fuera. Y si iba, debería hacerlo ya, mientras aún brillaba con fuerza el sol vespertino.
Cogió las llaves y salió de la casa.

Supuso que el mejor camino para llegar sería el que usaba cuando tenía once años. Había una carretera desde la residencia de los Lanzani hasta el lago, pero no podía tomar aquella ruta. Sin embargo, por su época de merodeadora y espía conocía la finca de los Lanzani tan bien como su propia cara. Fue en auto hasta un lugar apartado cerca de la vieja cabaña en la que se había criado, pero cuando alcanzó la última curva antes de que la vivienda apareciera ante sus ojos, detuvo el automóvil y permaneció un momento sentada, con las manos aferradas al volante. No se atrevía a doblar aquella curva. Era probable que a aquellas alturas la cabaña estuviera destruida, pero eso no disminuiría sus recuerdos. No quería verla, no quería revivir el recuerdo de aquella noche.

Sintió el dolor como un nudo en el centro del pecho que le impedía respirar y le provocaba un escozor en los ojos. No lloró. Había llorado por el señor Bauer, por Torito, por Pablo; no había llorado por sí misma desde la noche en que Gimena se marchó.

Bueno, retrasarlo no serviría de nada excepto aplazar la cena, y ya estaba muerta de hambre. Se bajó del auto, cerró las puertas y se guardó la llave en el bolsillo de la falda. Se veía la maleza muy crecida a ambos lados del camino, que ahora era poco más que una pista forestal, pues la vegetación poco a poco iba reclamando su terreno. Tuvo que abrirse paso entre varios arbustos, pero una vez que estuvo en el bosque le resultó bastante fácil caminar. Cogió un palo por si se encontraba con una serpiente, pero no estaba en absoluto asustada. En aquellos bosques había crecido y jugado, y se había escondido cuando Salvador estaba borracho y golpeaba a puñetazos con cualquiera que se tropezara en el camino.

La inundaron olores familiares, aromas frescos y potentes de la primavera, y se detuvo un momento para absorberlos, con los ojos cerrados para concentrarse mejor. Estaba el penetrante olor marrón de la tierra, el fresco verdor de las hojas, el perfume dorado y picante de la savia de los pinos. Inhaló este último con un leve estremecimiento. El aroma de Peter contenía una pizca de aquel picor dorado. Le encantaría tenerlo desnudo y a su disposición para poder explorar todos los matices de aquel olor. Se revolcaría en él, bebería con placer...

De pronto abrió los ojos. El delator aumento de temperatura de su cuerpo le indicó hacía dónde se encaminaba aquella fantasía. El hecho de haber vuelto a aquel lugar tenía la culpa; en su mente, los olores del bosque iban inextricablemente unidos a Peter: la esperanza de verlo, la efervescente alegría de verlo.

Reanudó la marcha con gesto resuelto. Si no se sacaba a Peter de la cabeza, acabaría tumbada boca abajo sobre las agujas de pino en la linde del bosque, completamente transportada otra vez a la niñez.

El camino hasta el lago no fue muy largo, unos veinte minutos. El bosque había cambiado, por supuesto; para los árboles el tiempo no se detenía más que para las personas. Tuvo que avanzar sorteando obstáculos que antes no existían, y los viejos puntos de referencia habían desaparecido, pero aún conocía el camino con la exactitud de una paloma mensajera.

Se aproximó a la casa de verano desde el ángulo de siempre, desde el costado posterior derecho. Desde allí veía el embarcadero y una esquina del garaje para botes. En otro tiempo rezó por ver un Corvette estacionado enfrente, pero ahora se sintió sumamente contenta de no ver el jaguar.

Resultaría demasiado irónico que apareciera Peter. Gracias a Dios, ahora tenía preocupaciones financieras y no se podía permitir el lujo de pasarse días enteros holgazaneando, nadando y pescando.

El tiempo también había dejado su huella en la casa de verano. No estaba ruinosa, Peter se había ocupado de su mantenimiento, pero la rodeaba un aire de abandono. Las cosas que eran utilizadas por los seres humanos de forma habitual poseían un cierto brillo de realización, una pátina que la casa de verano ya no tenía. Se apreciaba una sutil inversión en el orden. Antes, el césped estaba siempre perfectamente cuidado, y aunque ahora el jardín no estaba invadido por los hierbajos, mostraba un cierto descuido que indicaba que el césped llevaba más de una semana sin ser cortado. Por otra parte, la casa de verano siempre tuvo restos de presencia humana esparcidos por ahí, y ahora estaba demasiado limpia, sin la actividad que antes la mantenía desordenada y viva.

Subió los escalones de la parte de atrás, los mismos en los que se había agachado en cuclillas para escuchar cómo Peter le hacía el amor a María Del Cerro. La puerta de rejilla del porche no estaba cerrada, y crujió ligeramente al abrirse. El ruido la hizo sonreír, tan estrechamente relacionado estaba con la época de su infancia.

A pesar de todas las dificultades, no había tenido una infancia tan desgraciada. Una buena parte de ella había sido claramente divertida, llena de fantasía, sobre todo las largas horas que pasó explorando el bosque. Había chapoteado en los arroyos, había pescado cangrejos de río a mano, se había maravillado con el delicado dibujo de una hoja al trasluz del sol. Nunca había tenido una bicicleta, pero había tenido aire puro y el cielo azul, la emoción de levantar un tronco podrido para ver cuántos insectos y gusanos ocultaba. Había comido bayas silvestres directamente de las ramas, había encontrado alguna que otra punta de flecha y se había construido laboriosamente su propio arco y sus propias flechas con una rama verde, hilo de pescar gastado y palitos afilados. La dicha que le proporcionaron todas aquellas cosas había creado una reserva de fuerza de la que nutrirse cuando llegaban los malos momentos.
Los tablones del porche crujieron bajo sus pies cuando cruzó en dirección a la puerta de atrás.

En los viejos tiempos había unas cuantas mecedoras repartidas por el patio para disfrutar de las noches de verano en las que hacía bueno. Toda el equipo para nadar y pescar se suponía que estaba guardada en el garaje para botes, pero por alguna razón siempre había parte de ella esparcida por el jardín: una llanta que había que parchear, una caña de pescar, un surtido de cebos, anzuelos y corchos. En cambio, ahora el jardín estaba vacío, ya no era un lugar al que acudían adolescentes ruidosos ni donde se citaban los adultos.

Fue hasta la ventana desde la que había observado a Peter y María haciendo el amor; ahora la habitación estaba vacía, y los suelos de madera desnudos y cubiertos de una ligera capa de polvo. Permaneció allí de pie por espacio de unos instantes, recordando aquel día de verano, hacía tanto tiempo, idealizado por la magia de la niñez.

Se volvió y probó la puerta trasera, y se sorprendió al ver que la manija giraba dócilmente en su mano. Nunca había estado en el interior de aquella casa, lo más cerca que había estado fue en el patio, aquella vez. Entró en la cocina y miró a su alrededor con interés. En otro tiempo había habido allí una refrigeradora y un horno, porque se veían los espacios vacíos y las tomas de electricidad que señalaban el sitio que ocuparon. Abrió armarlos y cajones, pero todo estaba vacío.
Cada ruido que hacía levantaba eco en las habitaciones.

Todo estaba bastante limpio y no olía a ratones, aunque era obvio que llevaba un par de semanas sin repasar. Al pasear por las otras estancias de la casa vio que ninguno de los apliques de luz tenía una sola bombilla. En cada uno de los dos dormitorios había un pequeño armario ropero, y husmeó el interior de ambos. Nada, ni siquiera una percha para la ropa. La casa de verano estaba completamente vacía.

¿Cuál de aquellos dormitorios habrían utilizado Nicolás y Gimena? No importaba; allí no había nada que encontrar, ningún escondrijo en el que se hubiera podido ocultar un cadáver. En la casa no había absolutamente nada sospechoso. Cualquier prueba hacía tiempo que había sido borrada, limpiada o eliminada pintando encima. Se maravilló de que no hubiera rastro alguno de vagabundos, teniendo en cuenta que la casa no estaba cerrada con llave, pero como estaba en medio de la finca de los Lanzani, supuso que por allí no pasaría mucha gente.

Todavía quedaba por explorar el garaje para botes, aunque en realidad no esperaba encontrar nada. Había ido allí sólo para poder decirse a sí misma que había hecho todo lo posible para averiguar lo que le había sucedido a Nicolás y también al señor Bauer. Salió por la puerta principal y se encaminó hacia el embarcadero. Tanto éste como el garaje para botes se encontraban a un costado de la casa, ligeramente a la izquierda, en la curva de un pequeño cenagal. Desde la última vez que estuvo allí, doce años atrás, se había dejado que creciera la vegetación por encima de las orillas. Los jóvenes sauces que crecían en grupos a lo largo de la ribera habían madurado y ahora proporcionaban mucha más sombra de la que ella recordaba. En otro tiempo, desde allí se disfrutaba de un panorama del lago prácticamente sin obstáculos, excepto el garaje para botes, pero ahora arbolitos y arbustos se habían aprovechado del sutil abandono para hundir sus raíces en el rico suelo.

Sin embargo, el embarcadero seguía estando bien cuidado, y lo recorrió hasta el final. Hacía un día apacible, con una imperceptible brisa que formaba débiles rizos en la superficie del agua, la cual a su vez acariciaba los pilotes del embarcadero con una cadencia rítmica. Era uno de aquellos días calurosos y perezosos que la instaban a tenderse de espaldas y contemplar las gruesas nubes blancas que flotaban en un cielo de intenso color azul. Se oía cantar a los pájaros en los árboles, y en algún lugar saltaba un pez, con un leve chapoteo que no alteraba la paz. A la izquierda, un corcho rojo y blanco se mecía feliz sobre los rizos del agua...

De pronto se puso rígida y sus ojos se agrandaron por el miedo al tiempo que se volteaba lentamente. Un corcho de pesca significaba que había alguien pescando, alguien que estaba oculto a su vista debido a la esquina del garaje para botes. Igual que un delincuente acercándose al patio, siguió con la mirada el sedal que se arqueaba elegantemente desde el corcho, a través del agua, hasta donde estaba enhebrado a la caña de pescar. Una caña sostenida por las manos de Peter Lanzani, que estaba de pie y desnudo de cintura para arriba en la orilla, al otro lado del garaje, mirándola a ella con los ojos entrecerrados.

Se miraron el uno al otro por espacio de un minuto a través del pequeño trecho de agua. La mente de Lali, presa del pánico, trabajaba a toda velocidad, buscando una buena razón para justificar su presencia, pero su habitual agilidad mental ahora estaba paralizada causa de la impresión. Creía que estaba completamente sola, y de pronto se topó con Peter, precisamente...

Peter semidesnudo, además. No era justo. Cuando trataba con él necesitaba estar plenamente cabal, no podía permitirse que la distrajera la visión de aquel pecho ancho y desnudo.

Él empezó a recoger el corcho con movimientos rápidos y precisos. Prefiriendo la precaución al valor, Lali echó a correr por el embarcadero haciendo crujir los tablones. Peter tiró la caña de pescar y rodeó a toda velocidad el garaje para botes. Lali, jadeando, apretó la zancada; si lograra llegar al inicio del bosque antes que él, ya no podría atraparla. Ella era más pequeña, más esbelta, y podría avanzar regateando entre árboles que él tendría que rodear. Pero por muy rápida que fuera, Peter seguía teniendo la velocidad de un rugbier. Lo vio por el rabillo del ojo, demasiado cerca, ganando terreno a cada zancada. La venció por una fracción de segundo bloqueándole el paso con su gran cuerpo justo al final del embarcadero. Lali intentó parar, pero ya lo tenía encima, y los zapatos que llevaba no estaban diseñados para huir. Chocó de frente contra su pecho, y el impacto hizo que se le escapara el aire de los pulmones con una exclamación. Peter soltó un gruñido y retrocedió unos pasos, pero sus brazos llegaron justo a tiempo de aferrar a Lali contra él e impedir que cayera de cara. Recuperó el equilibrio y dejó escapar una risa amortiguada al tiempo que rodeaba a Lali con sus brazos, sin dejar que hiciera contacto con el suelo.

—No ha estado mal el golpe, para un peso ligero. Y también ha sido buena la velocidad. ¿Adónde ibas con tanta prisa, petiza? Y antes que nada, ¿qué diablos estás haciendo aquí?

Continuará...

domingo, 24 de junio de 2012

Capítulo 32











Domingo aburrido...nada que decir. Ustedes chicas que opinan de este día?
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La oficina del señor Bauer estaba situada en la última planta de un edificio de dos pisos. Lali subió las escaleras esperando, contra toda esperanza, encontrarlo allí, que tuviera el teléfono estropeado, que se encontrara bien. Lo del teléfono averiado no era muy probable, porque si no hubiera podido llamar, lo sabría y simplemente habría ido a otro teléfono. Además, se habría dado cuenta de que no recibía llamadas. A lo mejor se había puesto a trabajar en otro caso y se había olvidado de ella.
Pero dudaba de que Andrés Bauer se olvidase de algo.

Su oficina era la primera puerta de la izquierda. La mitad superior de la puerta era de cristal, pero las persianas interiores estaban cerradas y no dejaban ver nada. El día en que lo conoció, tenía las persianas abiertas. Intentó empujar la puerta, pero vio que estaba cerrada con llave. Aunque en realidad no esperaba recibir respuesta, llamó con los nudillos y acercó el oído al cristal. La estancia al otro lado estaba en silencio.

En la puerta había una ranura para el correo. Lali abrió la pequeña pestaña y ladeó la cabeza para espiar el interior. Su campo de visión era sumamente limitado, pero distinguió el correo, bastante abundante, desparramado en el suelo.
El detective no se encontraba allí, y aquella cantidad de correo indicaba que llevaba varios días fuera.  Cada vez más preocupada según pasaban los minutos, Lali fue hasta la oficina de al lado.

Según decía el letrero de la puerta, aquél era el bufete de Houston H. Manges. Oyó el ruido de una máquina de escribir y de gente hablando, así que abrió la puerta y entró.

La oficina de Houston H. Manges era pequeña y estaba abarrotada, con los archivos encajados en cualquier espacio disponible. Ella estaba en la zona de recepción, poblada por una mujer diminuta y de pelo blanco y tres ficus, uno de los cuales había alcanzado un tamaño gigantesco. La habitación siguiente, que se veía a través de una puerta abierta, era más o menos del mismo tamaño y estaba forrada de libros desde el suelo hasta el techo. Había un hombre corpulento repantigado detrás de una gastada mesa, hablando con un cliente sentado en uno de los dos desvencijados sillones de imitación de cuero que había frente a la mesa. Lo único que se veía del cliente era la parte de atrás de su cabeza.

La mujer diminuta levantó la vista y sonrió interrogativa, pero no hizo ningún movimiento para cerrar la puerta y así proporcionar un poco de intimidad a su jefe y al cliente. Lali se encogió de hombros mentalmente y se acercó.

—Soy una clienta del señor Bauer, de la oficina de al lado —dijo—. Llevo varios días tratando de localizarlo, pero no lo he conseguido. Por casualidad, ¿no sabrá usted dónde se encuentra?

—Pues no —respondió la mujer—. Hace como una semana se fue a ese pueblo que está tan cerca de Misisipi, no recuerdo cómo se llama, Perkins o algo así. Suponía que aún estaba allí.

—No, se marchó al día siguiente. Está mal del corazón, y me tiene preocupada.

—Oh, cielos. —Su pequeño rostro adoptó una expresión de angustia—. No me acordaba de su corazón. Estoy al corriente, por supuesto. Su mujer, Virginia, y yo solíamos comer juntas; fue muy triste cuando murió; ella me habló de su problema. Decía que era grave de verdad. Pero nunca se me ha ocurrido ver si se encontraba bien. —Cogió inmediatamente la agenda de teléfonos y pasó las páginas hasta llegar a la B—. Probaré con el número de su casa. No figura en la guía, ¿sabe usted? No le gustaba que el trabajo se inmiscuyera en su vida privada.

Lali ya lo sabía. Había llamado a información tratando de conseguir el número. Precisamente, al no tener éxito, sintió el impulso de coger el auto e intentar dar con él.
Al cabo de un minuto la mujer colgó el teléfono.

—No contesta nadie. Dios mío, ahora soy yo la que está preocupada. No es propio de Andrés no decir a nadie dónde está.

—Voy a llamar a todos los hospitales —dijo Lali con decisión—. ¿Puedo usar su teléfono?

—Claro, querida. Tenemos dos líneas para que la gente pueda llamar. Pero si recibo una llamada, necesitaré que usted cuelgue para poder atenderla.
Dando gracias a Dios por la hospitalidad de la señora, Lali aceptó la guía de Nueva Orleans y buscó los hospitales. Había más de los que imaginaba. Empezó por el principio y se puso a marcar.

Al cabo de treinta minutos y tres interrupciones debido a llamadas que se recibían, colgó dándose por vencida. El señor Bauer no era paciente de ninguno de los hospitales locales. Si se había puesto enfermo mientras regresaba conduciendo de Prescott, podría encontrarse en un hospital de otro sitio, pero, ¿en dónde?

O también podría haberle ocurrido algo peor. Era una posibilidad que no quería tomar en cuenta, pero debía aceptarla. Si Nicolás Lanzani había sido asesinado y el señor Bauer había estado haciendo preguntas que incomodaban a algunas personas... Se sintió enfermar al pensarlo. Si le había sucedido algo a aquel encantador viejecito, sería culpa de ella por haberlo involucrado. Al parecer, no tenía nada, aparte de la declaración de Gimena de que Nicolás no había estado con ella en absoluto, que no lo había visto desde aquella noche doce años atrás.

La mayoría de la gente no habría sospechado un asesinato; la mayoría de la gente no temería ahora que el pobre señor Bauer se hubiera visto con la misma persona que mató a Nicolás. Pero la mayoría de la gente tampoco había sido sacada a rastras de su casa en medio de la noche y arrojada al suelo. Hasta que Gimena y Nicolás desaparecieron, la vida de Lali había sido predecible, aunque un tanto penosa; pero aquella noche quedó destrozada su confianza en aquella consoladora mediocridad y nunca había recuperado la sensación de seguridad, de permanecer ajena a las cosas que simplemente no les ocurrían a las personas normales. Era como si se hubiera descorrido una cortina y después de aquella noche hubiera tomado clara conciencia de todos los peligros e incertidumbres. Lo malo no sólo era posible; según su experiencia, tenía muchas posibilidades de suceder. Había sostenido la mano de Torito al morir, había identificado el cadáver de Pablo en un depósito... Sí, lo malo sucedía.

—¿Qué va a hacer? —preguntó la diminuta secretaria, suponiendo automáticamente que Lali iba a hacer algo.

—Denunciar la desaparición de una persona —contestó Lali, porque era lo único que se le ocurría hacer. El señor Bauer había desaparecido de forma tan repentina y total como Nicolás Lanzani.

Había estado haciendo preguntas sobre Nicolás; ¿coincidencia? Probablemente, no, pero tampoco tenía pruebas que justificasen una investigación criminal. Lo mejor que podía hacer era denunciar su desaparición. Por lo menos, eso pondría en marcha algún tipo de investigación.

Preguntó cómo se iba a la comisaría de policía y logró dar con ella equivocándose sólo dos veces. Un agente de recepción le indicó el despacho apropiado, y pronto estuvo sentada en una silla de respaldo recto recitando la información que poseía ante un detective cansado vestido con un traje cansado, que de todos modos conseguía mostrar interés.

—¿Llamó usted al motel en el que él se alojaba y le dijeron que se había marchado? —quiso saber el detective Estrella. Sus ojos mundanos se ablandaron un poco al mirar a Lali.

—El empleado no llegó a ver al señor Bauer. Dijo que la llave estaba en la mesita de noche y que sus cosas habían desaparecido.

—¿La habitación fue pagada por adelantado?
Lali afirmó con la cabeza.

—Entonces no hay nada fuera de lo habitual. Veamos. No lo ha visto nadie desde que se fue de Prescott, en su despacho se está acumulando el correo, en el teléfono de su casa no contesta nadie y tiene el corazón hecho polvo. —El detective sacudió la cabeza negativamente. Me daré una vuelta por su casa a ver qué me encuentro, pero... —titubeó, con expresión compasiva.

Pero probablemente al pobre hombre le había fallado el corazón, eso era lo que estaba pensando. Lali hundió los hombros en un gesto de desolación. Odiaría que el señor Bauer hubiera muerto sin que ella estuviera allí para cogerle la mano o ni siquiera asistir a su funeral.

Había comprobado sólo los ingresos actuales en los hospitales, no que hubiera sido un paciente ingresado durante la semana anterior. Pero él sabía que estaba mal del corazón, estaba preparado, incluso estaba esperando a reunirse con su esposa. Lali lo lamentaría, pero si había muerto de aquella forma, parecía justo. La verdadera pesadilla sería que el detective no consiguiera localizarlo; entonces se temería lo peor y no tendría modo de saberlo con seguridad.
Extrajo una tarjeta de visita del bolso y la puso sobre la mesa.

—Por favor, llámeme si se entera de algo —dijo—. Yo no lo conocía muy bien, pero lo apreciaba mucho. Era un viejecito encantador. —Para horror suyo, cayó en la cuenta de que se estaba refiriendo a él en tiempo pasado, y se encogió.
El detective cogió la tarjeta y acarició el delgado borde con los dedos.

—Hay una cosa que me gustaría saber, señora Martínez. ¿Qué estaba investigando para usted el señor Bauer?
Sabía que se lo preguntaría, y le dijo la verdad.

—Hace doce años, mi madre se fugó con su amante. Quería que el señor Bauer los encontrara, si le era posible.

—¿Y los había encontrado?
Lali negó con la cabeza.

—La última vez que hablé con él, no.

—¿Y cuándo fue eso?

—Cené con él la noche antes de que abandonara el motel.

—¿Lo vio alguien después de esa ocasión?

—No lo sé. —Resultaba fácil adivinar hacia dónde se encaminaba el interrogatorio. Por lo menos, el detective la estaba tomando en serio.

—¿Parecía encontrarse bien cuando se marchó?

—Sí. Yo tuve una visita inesperada, y el señor Bauer se fue nada más cenar.

—¿De modo que usted fue la única persona que lo vio?
Lali sonrió levemente.

—No.

—¿Quién era esa visita?

—Un vecino, Peter Lanzani. Vino a hablar de comprarme la casa. —Era asombroso el modo en que los hechos desnudos podían ser tan diferentes de lo que había sucedido en realidad. Se estaba convirtiendo en una experta en exponer la punta del iceberg y mantener sumergido el resto.

—Peter Lanzani —repitió el detective Estrella, cuyos ojos cansados se iluminaron al reconocer el nombre—. ¿No será el mismo Lanzani que jugaba al Rugby para la universidad hará... unos diez años o así?

—Casi trece años —repuso Lali—. Sí, es el mismo.

—En esta parte del estado los Lanzani son peces gordos. Bien, bien. ¿Así que va a venderle a él su casa?

—No. Él me propuso comprarla, pero yo no deseo vender.

—¿Se lleva bien con él?

—No exactamente.

—¡Caramba! —Parecía decepcionado. Lali lo miró fijamente durante unos instantes y luego curvó la boca en una ligera sonrisa. Después de todo, aquello era el sur. El Rugby profesional hacía alguna que otra incursión, pero era el Rugby universitario el que seguía reinando.

—No, no tengo influencia en él para conseguir entradas para los partidos —dijo.
El otro se encogió de hombros y frunció los labios en una sonrisa.

—Valía la pena intentarlo. —Cerró el bolígrafo y se puso de pie, indicando así que no tenía más preguntas que hacer—. Veré lo que puedo averiguar sobre el señor Bauer. ¿Va a estar en la ciudad mucho tiempo, o se marcha ya a su casa?

—Me voy a casa. La única razón de haber venido hasta aquí era ver si podía encontrarlo.
Agradecida, se levantó de su silla de respaldo recto y se abstuvo de estirarse.
El detective le puso una mano en el hombro, un ligero contacto.

—Ya sabe que lo primero que revisaré serán las defunciones —dijo con suavidad.
Lali se mordió el labio y asintió.
La mano de él la acarició dos veces.

—La tendré informada.

Fue llorando durante la mayor parte del camino de vuelta a Prescott. En los doce últimos años había llorado muy poco; algunas lágrimas fueron para Pablo, y algunas más para Torito, pero la idea de perder al señor Bauer le resultaba muy dolorosa. No disponía de mucho espacio para el optimismo en su vida, y se esperaba lo peor.

El detective Estrella demostró estar muy atento. Cuando escuchó el contestador, nada más llegar a casa, se encontró un mensaje de él: «He ido al domicilio del señor Bauer y no hay ni rastro de él. Allí también se ha acumulado el correo y los vecinos no lo han visto». Una pausa.
«Tampoco figura en las defunciones. Seguiré investigando y volveré a llamarla.» No estaba. Aquella idea no dejó de repetirse en su cabeza. Nadie lo había visto desde que se fue de Prescott.
Suponiendo que se hubiera ido.

Comenzó a sentir que la invadía la rabia y apartó la pena hacia un lado. Su madre y Nicolás habían creado una maraña, doce años atrás, que aún seguía causando destrucción. Tenía que absolver a Gimena de toda participación en la desaparición del señor Bauer, ya que ni siquiera sabía de su existencia, pero continuaba formando parte de la causa inicial.

Para Lali, los hechos seguían muy de cerca a los pensamientos. Furiosa, cogió el teléfono y marcó el número de su abuela. Sin embargo, se vio frustrada al oír el timbre una y otra vez al otro extremo de la línea. No había nadie en casa.
Llamó cuatro veces más antes de obtener respuesta, y por fin oyó la voz rota de su abuela, que llamó a Gimena para que se pusiera al teléfono.

—¿Quién es? —oyó que preguntaba Gimena al fondo.

—Esa hija tuya, la pequeña.

—No quiero hablar con ella. Dile que no estoy.

Lali apretó con más fuerza el auricular y entrecerró los ojos. Oyó que su abuela volvía a debatirse con el aparato. No aguardó a oír la excusa repetida como un loro.

—Dila a mi madre que si no habla conmigo acudiré al sheriff. —Era una carnada, al menos de momento, pero muy calculado. La reacción de Gimena sería muy significativa; si su madre no tenía nada que ocultar, la carnada no serviría de nada, pero en caso contrario...
Se produjo una pausa mientras el mensaje era transmitido, y después más manoteos con el auricular.

—¿De qué demonios estás hablando, Lali, querida? ¿Qué tiene que ver el sheriff? —El tono era demasiado animado, demasiado alegre.

—Estoy hablando de Nicolás Lanzani. Mamá...

—¿Quieres dejar de una vez de hablar de Nicolás Lanzani? Ya te dije que no lo he visto.
Lali suprimió la náusea que le rondaba el estómago y continuó en un tono más suave.

—Ya lo sé, mamá. Te creo. Pero me parece que aquella noche le ocurrió algo, después de que te fueras tú. —No quería que pensara que era sospechosa de algo, pues en ese caso se cerraría como una ostra.

—Yo no sé nada de eso, y si eres tan lista como te crees, dejarás de meter las narices en los asuntos de los demás.

—¿Dónde te encontraste con él aquella noche, mamá? — le preguntó Lali, haciendo caso omiso del consejo materno.

—No sé por qué te preocupas tanto por él —dijo Gimena en un tono hosco—. Si hubiera hecho lo que tenía que hacer, yo habría estado mejor atendida. Y también mis hijos —agregó, pensándolo mejor—. Pero se empeñaba en aplazarlo, esperó a que Peter terminase el colegio... Bueno, ahora ya da lo mismo.

—Fuiste al motel? ¿O te encontraste con él en otra parte?
Gimena respiró hondo.

—Cuando se te mete una cosa en la cabeza, eres como un bulldog, ¿sabías eso? Siempre has sido la más terca de todos mis hijos, siempre decidida a salirte con la tuya aunque supieras que tu padre te iba a dar un bofetón por hacerlo. ¡Por si quieres saberlo, nos encontramos en la casa de verano, donde siempre! ¡Ve a investigar por ahí, y ya verás enseguida que Peter no tiene tan buen carácter como su padre!

Lali hizo una mueca de dolor cuando Gimena colgó el teléfono de golpe y a continuación dejó escapar un suspiro tembloroso y colgó a su vez. Fuera lo que fuera lo que sucedió aquella noche, Gimena lo sabía. Tan sólo su propio interés egoísta podía impulsarla a hacer algo que no quería hacer, por eso tenía un motivo para no querer que Lali acudiera al sheriff. No obstante, lograr que lo reconociera requeriría cierto esfuerzo.

Continuará...

Luego de esto se vienen unos capítulos...uff jajajaj Un beso y que tengan linda semana!

sábado, 23 de junio de 2012

Capitulo 31











Hola! como va su sábado? espero que estupendo jijiji Espero que terminen el sábado super bien y que tengan un lindo domingo! Besos.
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A Eugenia le temblaban las manos cuando abrió la puerta de la oficina de Alejo y sonrió a Tina, pero se las arregló para mantener el tono de voz firme y alegre cuando dijo:
—Espero que esté Alejo. He estado en la ciudad y me he acordado de que tenía que preguntarle una cosa.

—Es tu día de suerte —repuso Tina, sonriente. Conocía a Eugenia desde que era un bebé—. Ha llegado hará unos cinco minutos. Está lavándose las manos, pero saldrá en un minuto. Pasa y siéntate.

Lo de lavarse las manos era, por supuesto, una forma educada de decir que estaba en el baño. Aquello era lo que diría su madre, pensó Eugenia, si es que alguna vez aludía al cuarto de baño. A lo largo de treinta y dos años, no recordaba que su madre hubiera reconocido jamás la verdadera función del wáter. Las realidades físicas debían esconderse en la medida de lo posible, o ignorarse. Por mucho que lo intentara, Eugenia no se imaginaba a su madre teniendo relaciones sexuales, aunque Peter y ella constituían una prueba de que las había tenido por lo menos dos veces.

Y en cuanto a ir a ver a un obstetra y a la indignidad de tener un niño... lo increíble era que su madre no se hubiera encerrado en el dormitorio para no dejar entrar a su padre después de que nació Peter, en vez de pasar otra vez por ello.

Eugenia evitó el sofá de cuero y fue hasta la ventana para contemplar la plaza del palacio de justicia. Las flores de la primavera estaban dando paso rápidamente a la densa y abundante frondosidad del verano. El tiempo avanzaba implacable, la tierra y las plantas repetían sus ciclos ajenas a los insignificantes seres humanos, tan atrapados en su propia grandeza que creían ejercer su efecto sobre todas las cosas.
Alejo entró en la estancia sonriendo al verla.

—¿Qué te trae hoy por aquí? —Había cenado con ellos la noche anterior, de modo que cualquier asunto habría sido tratado entonces.

Eugenia miró aquel rostro delgado y apuesto, los ojos grises y amables, y se le secó la garganta.  Llevaba una semana intentando reunir el valor suficiente para hablar con él. De hecho había conseguido llegar hasta su despacho, pero ahora le falló la voz.
Alejo frunció el entrecejo al ver el sufrimiento en sus ojos oscuros.

—¿Qué ocurre, querida? —le preguntó con suavidad al tiempo que cerraba la puerta y se acercaba para cogerle la mano.

Ella respiró hondo. A veces tenía la impresión de estar loca, de que aquellos momentos que pasaba con Alejo existían sólo en su imaginación. En los ojos de él no había nunca indicio alguno de ello, ni tampoco en su forma de actuar, cuando estaban juntos en situaciones normales.

Simplemente era Alejo, el de siempre, un hombro robusto sobre el que llorar, que acudía en silencio para cargar con todo el peso que pudiera, hasta que ella y Peter fueron capaces de arreglárselas. En realidad era como si aquellos momentos furtivos los vivieran otras dos personas, papá y mamá, que se juntaban por medio de la carne de otros.

Aquél era Alejo, se recordó a sí misma. No iba a marcharse. Su amor y su apoyo no dependían de si ella se acostaba con él o no. Para él había sido algo cómodo, eso era todo, una válvula de escape para sus sentimientos reprimidos. Aquello era lo que le decía la lógica. Sin embargo, emocionalmente estaba aterrada. Ya la había abandonado un padre, su amor por ella no era lo bastante fuerte para retenerlo en contraposición con el atractivo de acostarse a Gimena Espósito. No podría soportar perder también a Alejo.

Pero estaba Nicolás. El dulce, el sexy Nicolás. Si no aprovechaba la oportunidad ya, tal vez lo perdiera para siempre, y de tener que escoger entre los dos hombres, no había opción posible.
Nicolás era su corazón, la sangre misma que recorría su cuerpo.

—¿Eugenia? —la instó Alejo con sus ojos grises oscurecidos por la preocupación.
Ella tragó saliva. Tenía que decírselo. Cerró los ojos y lo soltó sin más.

—Voy a casarme con Nicolás Riera.

Se produjo un momento de silencio, durante el cual Eugenia cerró los ojos con más fuerza, aguardando presa del pánico. Pero transcurrieron los segundos y Alejo siguió sin decir nada, hasta que por fin la tensión se volvió tan aguda que no pudo soportarla durante más tiempo y abrió los ojos.
Él sonreía, con una expresión de afectuosa exasperación en el semblante.

—Felicidades —le dijo, y se echó a reír—. ¿Qué esperabas que dijera?
Eugenia, estupefacta, se lo quedó mirando.

—Pues... no lo sé.

—Me alegro por ti, querida. Ni tú ni Peter han mostrado inclinación alguna por casarse, y eso me preocupaba. El sheriff es un hombre bueno y estable.
Ella se humedeció los labios.

—A mamá no le va a gustar.
Alejo calló durante un momento, reflexivo.

—Es probable que no, pero no permitas que eso sea un obstáculo. Te mereces ser feliz, Eugenia.

—No quiero molestarla.

—Hay algunas cosas a las que debe enfrentarse, y algunas cosas a las que no tiene por qué. En este caso, cásate con Nicolás y sé lo más feliz posible. Créeme, esto no va a molestarla ni la mitad que enterarse de lo de Lali Espósito.
¿Lali Espósito? Eugenia parpadeó.

—¿Qué pasa con ella? —Dado que su madre ya sabía que Lali se había mudado a Prescott, la frase de Alejo no tenía sentido.

—¿No te lo ha dicho Peter? —El abogado parecía sorprendido.

—Es evidente que no. ¿Qué tenía que decirme?
Alejo suspiró.

—Ha estado haciendo preguntas por ahí... sobre tu padre. Preguntas personales. Si nadie lo impide, empezará a revolverlo todo de nuevo, y eso hará daño a Ornella, mucho más que tu boda.

Eugenia se sintió como si le hubieran propinado una bofetada. ¿Que Lali Espósito estaba haciendo preguntas sobre su padre? La sola idea le parecía un ultraje. ¿Es que no era suficiente que la puta de su madre se lo hubiera llevado y ella no hubiera vuelto a verlo? Se puso roja de ira.

—¿Qué clase de preguntas ha estado haciendo? Dios santo, ¿qué se trae entre manos?

—Preguntas personales, qué tipo de persona era, cosas así. Ayer vino aquí porque había oído decir que yo era su mejor amigo. Una cosa es que hable conmigo, pero Peter ha descubierto esta mañana que ha estado molestando a Ed Morgan también.

—¿Ha preguntado por papá nada menos que a Ed Morgan? —exclamó Eugenia—. ¡Ese hombre es el chismoso más grande de la ciudad!

—Ya se ha encargado Peter —dijo Alejo en tono tranquilizador, y le acarició la mano—. Ya conoces a tu hermano. En diez segundos hizo que Ed se pusiera a tartamudear y flaquear.

Cuando Peter estaba furibundo realmente daba miedo, con aquella mirada fría y letal que ponía.  No se imaginaba a Ed Morgan soportándolo ni siquiera durante diez segundos. Aquella noticia la divirtió un momento, pero quedó desbancada por la indignación por la caradura de Lali Espósito.

—Comprendo que tenga curiosidad —dijo Alejo—, pero, como le he dicho a Peter, podría ser desastroso que se enterara tu madre.

—¡Pues yo no comprendo esa curiosidad! —exclamó Eugenia. Dios, qué poco había hecho falta para resucitarlo todo, la sensación de pérdida y de angustia, el dolor asfixiante. Sintió cómo la inundaba el odio. Se soltó la mano y se volvió de espaldas—. Peter ha cerrado la boca a Ed Morgan, pero, ¿qué va a hacer con Lali?

—No lo sé. —Alejo sacudió la cabeza negativamente—. Ya sé que no estás de acuerdo, pero cuando se vino a vivir aquí yo opinaba que había que dejarla en paz. Lo que sucedió no fue culpa suya, y se merece el derecho de vivir donde quiera. Eso es algo a lo que debería haberse enfrentado Ornella y haberlo asimilado lo mejor posible. Esto es distinto. Esto es deliberado, y es algo de lo que sí es culpable.

—Peter se encargará de ello —dijo Eugenia—. Tiene que hacerlo.

—No sé si podrá.

—¡Naturalmente que sí! Hay muchas cosas que puede hacer.

—Deja que lo explique de otra forma. No creo que pueda ser tan drástico con Lali, teniendo en cuenta lo que siente por ella. ¡Despierta, Eugenia! —la avivó—. Presta atención a tu hermano. Se siente atraído por ella. Esto no resulta nada fácil para él. Eugenia sintió que la sangre huía de su rostro y lo dejaba acorchado. ¿Que Peter se sentía atraído... por aquella mujer? No, no podía ser tan cruel. No podía hacerla pasar de nuevo por aquella pesadilla.

Incapaz de decir nada más, se despidió de Alejo con un gesto de la mano, sin poder hacer frente a la mirada de compasión que vio en sus ojos. Se apresuró a salir de su oficina, y hasta que alcanzó la calle no cayó en la cuenta de que no le había dicho que ya no iba a poder estar más con él.

Su madre se moriría si Peter se envolviera con la hija de Gimena Espósito. Los chismorreos serían tan crueles que jamás podría volver a levantar la cabeza. Dejó escapar una ligera risa. ¡Y pensar que a ella le preocupaba lo que su madre opinase de Nicolás Riera!

Continuará...

viernes, 22 de junio de 2012

Capítulo 30






Hola! mil perdones por no subir ayer, pero andaba sin tiempo! espero que disfruten del capítulo  que hayan terminado super bien la semana. Besos!
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La frustración lo invadió como una llamarada. Un sonido muy parecido a un rugido retumbó en su garganta mientras sus instintos físicos luchaban por imponerse a la razón. Ganó el cerebro, pero a duras penas. Estaba sudando, temblando por la necesidad de tomarla. Su erección pugnaba dolorosamente contra la limitación de los pantalones.

—No —volvió a decir Lali, como si el primer rechazo necesitara refuerzos, y quizá fuera así.
Peter giró la mano de modo que sus dedos se entrelazaron con los de ella.

—Entonces sostén mi mano un minuto.
Lali así lo hizo y se agarró de él, sintiendo cómo sus dedos se crispaban y flexionaban como si buscaran algo. La otra mano aferraba el respaldo de la silla, y los nudillos se veían blancos por la presión.

Al cabo de unos instantes de duración indefinida, el tiempo se congeló mientras las miradas de ambos se clavaban la una en la otra y el deseo flotaba en el ambiente. La terrible tensión de él empezó a desvanecerse. Hizo una mueca de dolor y cambió de postura, estirando la pierna. Liberó la mano para bajarla y hacer un ajuste, y el frunce de sus cejas se fue difuminando al ponerse más cómodo.
Lali carraspeó, insegura de qué decir, si había que decir algo.

Peter se puso en pie con rigidez. La gruesa protuberancia de sus pantalones era inconfundible, pero ya había recuperado el control. Tomó la toalla y la extendió sobre los muslos de Lali para no ver la tentación, aunque siguiera teniéndola cerca.

Al cabo de un minuto dijo en voz baja:
—¿Estás segura de estar bien?

—Sí. —Lali también habló en voz baja, como si un ruido excesivo fuera a hacer añicos el control de ambos y a lanzarlos por el precipicio que a duras penas ella había logrado evitar. Aquella sed no había sido de uno solo—. Es una quemadura sin importancia. Probablemente, mañana ni siquiera la notaré ya. —El escozor había desaparecido totalmente, mitigado por el té frío.

—Está bien. —Peter la miró y levantó una mano como si fuera a acariciarle el pelo, pero la dejó caer a un costado. No era seguro permitirse tocarla todavía—. Bien, pues dime por qué has estado haciendo preguntas acerca de mi padre.

Lali lo miró, el fuego oscuro de su cabello cayéndole por la espalda. Quería decirle lo que sospechaba, que su padre estaba muerto, pero descubrió que la voz se le atascó en la garganta. No podía hacerlo. Tenía que creer que él no sabía nada de ello, que no había tenido nada que ver con la muerte de su padre, porque lo amaba y, si no fuera así, le rompería el corazón. Y porque lo amaba, no podía hacerle daño. Se había tirado encima a propósito la taza de café, para que él no se escaldase; ¿cómo iba a decirle ahora que el padre al que tanto amaba probablemente había muerto asesinado?

De modo que en lugar de eso le dijo algo que era verdad en el contenido pero una mentira en la intención, y murmuró:
—Él también forma parte de mi pasado. Casi no recuerdo cuando él no estaba presente, sin embargo, en realidad nunca lo conocí. Siempre era amable conmigo cuando nos veíamos, lo cual no sucedía muy a menudo, pero perdí a mi madre por culpa de él. ¿Crees que no tengo curiosidad por saber cómo era como persona? ¿Que no debería intentar atar los cabos sueltos, encontrar alguna lógica a lo que sucedió?

—Buena suerte —masculló Peter. Yo creía que lo conocía mejor que nadie en el mundo, y todavía no le encuentro ninguna lógica. —Calló durante unos instantes—. Si tienes más preguntas que hacer sobre mi padre, házmelas a mí, porque lo he dicho en serio. No quiero amenazarte Lali, pero haré lo que sea necesario para proteger a mi familia. No lo olvides.

Ya que se había ofrecido... Pero no, no era el momento de prolongar aquel encuentro disparándole preguntas, estando ella medio desnuda y él como un cartucho de dinamita sexual, cebado y listo para explotar. Así que se limitó a mirarlo en silencio, y al cabo de unos instantes la boca de él se torció en una sonrisa.

—Así que no me prometes nada, ¿eh? Piénsalo, nena. No te pongas las cosas más difíciles de lo necesario. Tú sólo guarda silencio y compórtate.

—¿Cómo una niña buena?

—Como una mujer inteligente —corrigió Peter. Su mano se movió de nuevo hacia ella, y él de nuevo interrumpió el gesto. Lali tenía la sensación de que quería quedarse, continuar con lo que había empezado, pero ella lo había rechazado y él se estaba obligando a sí mismo a aceptar aquella decisión... por el momento. Cada vez que se vieran volverían a enzarzarse en otra batalla, y la tentación de rendirse sería mucho más fuerte precisamente por haberlo rechazado.

—Voy a marcharme —dijo Peter.

—Muy bien.

No se movió. Entonces dijo:
—No quiero marcharme.

—Vete de todos modos.
Él rió levemente.

—Eres una mujer dura, Lali Espósito.

—Martínez.

—A él no lo he conocido. Para mí no es real. ¿Lo amabas?

—Sí. —Pero no del modo en que te amo a ti. Jamás.
Brillaron los ojos oscuros de Peter, y esta vez sí la tocó, tomándole la mejilla en la mano.

—Para mí siempre serás una Espósito, con ese pelo morocho y esos ojos de bruja. —Se inclinó y posó suavemente su boca sobre la de ella en un breve beso. Acto seguido se marchó, y cuando la puerta se cerró tras él, Lali se hundió en la silla con una expresión de alivio.


Se sentía igual que si una tormenta hubiera penetrado en aquella habitación y la hubiera arrojado por el suelo. Aún le retumbaba el corazón, y tenía los músculos como si fueran espaguetis cocidos. Aquellos precisos momentos habían sido de los más eróticos de toda su vida, y lo único que había hecho él era tocarla en la pierna. Si le hubiera hecho el amor de verdad, habría perdido completamente el control de sí misma. La asustaba la intensidad que él era capaz de provocar con una mirada, un breve contacto, incluso con el delicioso aroma almizclado de su masculinidad.
Para mí, tú siempre serás una Espósito.

No era precisamente la mejor de las recomendaciones. Sólo podía suponer que lo que había querido decir era que nunca podría olvidar su pasado, su herencia, que nada que ella hiciera haría cambiar la opinión que tenía.
Y yo te amaré siempre, le susurró mentalmente. Siempre.

Sólo un toque en la pierna, y estuvo a punto de correrse, pensó Peter con ironía. Dios, si de hecho hubiera entrado en ella, probablemente el corazón le habría explotado de tensión.

Le temblaban las manos sobre el volante, una reacción común si pasaba más de un minuto en compañía de Lali. Sería más fácil si ella no reaccionara como lo hacía; podía quedarse quieta, podía decir que no, pero seguía teniendo aquella mirada ardiente y lánguida en los ojos. Conocía todas las señales. La respiración que se volvía más profunda al tenerla cada vez mas deseosa cerca de él. Aunque no la besó hasta aquel ligero contacto en los labios al marcharse, porque no pudo resistirse más al impulso, la boca de Lali estuvo roja e hinchada. Un delicado rubor brillaba por debajo de su piel traslúcida.

La deseaba. Tenía que obligarla a marcharse. La deseaba. Aquellas necesidades contrarias lo estaban volviendo loco.

No había aceptado dejar de hacer preguntas. No había discutido con él, pero estaba empezando a darse cuenta de que aquel silencio suyo enmascaraba una vena de terquedad tan grande como la cordillera. Era posible que no peleara, pero estaba claro que se le resistía. De niña ya había sido demasiado a menudo azotada por la vida, cuando se encontraba desamparada para tomar decisiones propias. Ahora que podía decidir por sí misma, permitía que muy pocas cosas le impidieran hacerlo. Aquella tenacidad era probablemente la razón principal por la que, a la temprana edad de veintiséis años, ya tenía un negocio propio.

En aquellas circunstancias, no era probable que él lograra convencerla de que se marchase. Y como estaba claro que no podía confiar en su propio raciocinio para no acercarse a ella, previó que se le avecinaban días difíciles.

Continuará...