lunes, 21 de mayo de 2012

Capítulo 12






—¿Cómo ocurrió esto? —quiso saber el doctor Bogarde.

Peter lo miró por el espejo retrovisor. El médico era un hombre pequeño y pulcro de astutos ojos azules. Debía de andar mediada la cincuentena y poseía un cabello rubio de color arena que comenzaba a encanecer. Peter lo conocía de toda la vida. Ornella nunca había acudido a él, pues prefería un médico urbano de Nueva Orleans, pero todos los demás de la familia iban a verlo por todo, desde el típico rasguño en la infancia hasta las gripes o el brazo que se rompió Peter haciendo deporte cuando tenía quince años.

Peter no quería contárselo todo y prefirió guardar los detalles en secreto un poco más, hasta que su agente de bolsa hubiera tenido tiempo de vender y Alejo hubiera llevado a cabo sus maniobras legales, pero no le iba a ser posible ocultar del todo la noticia. Dio al doctor Bogarde el dato central, el único que importaba:
—Papá y mamá se han separado. Eugenia... —Titubeó.
El doctor Bogarde lanzó un suspiro.

—Comprendo. —Todo el mundo sabía lo unida que estaba Eugenia a Nicolás.

Peter se concentró en conducir. La suspensión del Chrysler contrarrestaba las desigualdades de la carretera y los neumáticos chirriaban sobre la pista. Volvió a percibir la sensación de irrealidad que había experimentado anteriormente. El calor del sol se filtraba por la ventana caldeándole la pierna cubierta por el pantalón y los altos pinos iban pasando por el costado a toda velocidad. El cielo era de un azul puro e intenso. Estaban en pleno verano, y todo le era tan familiar como su propio rostro. Aquello era precisamente lo extraño: ¿Cómo podía seguir todo igual, cuando su mundo acababa de derrumbarse a su alrededor?
A su espalda, el doctor Bogarde comprobó de nuevo el pulso y la presión arterial de Eugenia.

—Peter —dijo en voz baja—. Más vale que te apures.



Eran las diez y media de la noche cuando Peter y el doctor Bogarde salían del hospital de Baton Rouge. A Peter le ardían los ojos de cansancio, y estaba entumecido a causa de la montaña rusa emocional que había vivido aquel día. Eugenia había sido por fin estabilizada e intervenida, y estaba durmiendo apaciblemente, bajo sedantes. Había sufrido una parada cardiaca a poco de llegar al hospital, pero el equipo de emergencia consiguió reanimar su corazón casi inmediatamente. Le pusieron cuatro unidades de sangre antes de operarla, y otras dos más durante la intervención. El médico que se encargó de la tarea de reparación opinaba que no existían daños permanentes en la muñeca derecha, pero en la izquierda se había seccionado un par de tendones y tal vez no recuperase del todo la movilidad de aquella mano.

Lo único que le importaba a Peter era que iba a sobrevivir. Se había despertado durante breves instantes cuando la trasladaban de la sala de recuperación a la habitación privada que él le había conseguido, y había murmurado medio atontada:
—Lo siento, Peter —al verlo.

No sabía si con ello había querido decir que lamentaba haber intentado suicidarse, no haberlo conseguido o haberle causado a él tanta preocupación. Escogió creer que su hermana se refería a la primera posibilidad, porque no podía soportar la idea de que pudiera intentarlo de nuevo.

—Ya manejo yo —dijo el doctor Bogarde, levantando la mano para darle una palmada en el hombro—. Tienes un aspecto horrible.

—Es que me siento horrible —masculló Peter—. Necesito un café.

Se alegró de que condujera el doctor Bogarde. Tenía la sensación de que su cerebro era un terreno baldío; probablemente no sería seguro que se encargara él de conducir, y además el auto era del médico. Las rodillas volverían a juntársele con la barbilla, pero por lo menos tendría espacio para respirar.

—Yo puedo solucionarte eso. Hay un McDonald's a unas pocas cuadras de aquí.
Peter se plegó para introducirse en el vehículo, y dio gracias a Dios de que el Chrysler tuviera un salpicadero acolchado. De no haber sido así, se habría llenado las espinillas de moratones.

Quince minutos más tarde, con un gran vaso lleno de humeante café en la mano, contemplaba cómo pasaban las luces del tráfico. Algunos de los años más felices de su vida los había pasado allí, en la universidad. Había recorrido la ciudad entera, un muchacho indómito, lleno de energía, a la caza de un poco de acción, y la había en abundancia. Aquellos cuatro años se los había pasado en grande.

No hacía tanto tiempo que había vuelto a casa para siempre, sólo habían transcurrido un par de meses, pero a él se le antojaba una vida entera. Aquel día de pesadilla, interminable, había acabado definitivamente con aquel muchacho tan fogoso, había marcado una nítida línea de separación entre las dos partes de su vida. Peter había ido creciendo poco a poco, como la mayoría de la gente, pero hoy habían volcado sobre sus hombros toda la responsabilidad de la vida adulta. Sus hombros eran lo bastante anchos para soportar la carga, de manera que hizo acopio de fuerzas e hizo lo que había que hacer. Si el hombre que emergió del naufragio era más serio y más despiadado que el que se había levantado de la cama aquella mañana... Bueno, aquél era el precio de la supervivencia, y lo pagaría con gusto.

Más problemas lo aguardaban en casa. En aquellas circunstancias, la mayoría de las madres habrían tenido que ser apartadas del lado de la cama de su hija con una barra de acero, pero Ornella no. Ni siquiera había podido hablar con ella por teléfono. En lugar de ello había hablado con Felicitas, la cual le dijo que la señora Ornella se había encerrado en su habitación y no quería salir.

Obedeciendo órdenes suyas, Felicitas le había transmitido a Ornella la información de que Eugenia se pondría bien a gritos desde el otro lado de la puerta cerrada con llave.  Por lo menos no tenía miedo de que Ornella intentase la misma escena que Eugenia. Conocía demasiado bien a su madre; estaba demasiado centrada en sí misma para causarse daño.

A pesar del café, lo venció el sueño de camino a casa, y se despertó solo cuando el doctor Bogarde detuvo el automóvil frente a la entrada trasera de la clínica. Había dejado bajada la capota del Corvette, pues tenía cosas más importantes en mente, de modo que los asientos estaban cubiertos de rocío. Se mojaría el trasero conduciendo de vuele a casa, y casi se sintió agradecido.
Tal vez aquello lo mantuviera despierto.

—¿Podrás dormir esta noche? —preguntó el doctor Bogarde—. Si lo necesitas, puedo darte algo.
Peter dejó escapar una breve carcajada.

—Mi problema será permanecer despierto hasta que llegue a casa.

—En ese caso, tal vez fuera mejor que durmieras en la clínica.

—Gracias, doc, pero si el hospital me necesita, me llamará a casa.

—Está bien. Entonces ten cuidado.

—Lo tendré. —Peter pasó la pierna por encima de la puerta del corvette y se deslizó hasta el asiento. Sí, sin duda se iba a helar el trasero. El frescor de la humedad lo hizo estremecerse.

Dejó la capota abajo para que el aire lo golpease en la cara. Los aromas de la noche eran dulces y despejados, más frescos que cuando estaban recalentados por el sol. Al dejar atrás Prescott, se cerró sobre él la oscuridad del campo, protectora y balsámica.

Sin embargo, un oasis de luminosidad perturbó la negrura. El motel local, seguía con las luces encendidas. El estacionamiento estaba abarrotado de autos y camionetas, el rótulo de neón parpadeaba dando interminablemente la bienvenida y las paredes vibraban a causa de la música. Cuando se acercó, perforando la noche con el Corvette negro, salió del estacionamiento una desvencijada furgoneta que se cruzó en su camino haciendo rechinar los neumáticos contra el suelo.
Peter clavó el pedal del freno y el Corvette se detuvo derrapando.

La furgoneta patinó hacia un costado y estuvo a punto de volcar, pero logró enderezarse. Los faros de Peter iluminaron los rostros de los ocupantes, que lanzaban risotadas mientras el que ocupaba el asiento del pasajero, agitando una botella en la mano, sacaba medio cuerpo fuera y le gritaba algo. Peter se quedó petrificado. No entendió lo que le habían gritado, pero no tenía importancia. Lo que importaba era que los ocupantes eran Joaquín y Patricio Espósito y que llevaban la misma dirección que él, la finca de los Lanzani.
Los muy hijos de puta no se habían ido. Todavía estaban en su propiedad.

Notó cómo iba creciendo la cólera; una cólera fría, pero poderosa. Con extraño distanciamiento, la sintió venir, naciendo de los pies y ascendiendo poco a poco, como si fuera transmutando las células mismas de todo su cuerpo. Le alcanzó el vientre y le tensó los músculos, y a continuación le llenó el pecho antes de extenderse hacia arriba para explotar en su cerebro. Fue casi un alivio, ya que despejó la fatiga y las nieblas de su mente y dejó los procesos mentales frescos y precisos y todos los sistemas preparados para el máximo rendimiento.

Hizo girar el Corvette y enfiló de vuelta hacia Prescott. Al sheriff Deese no le gustaría nada que lo despertarán a aquellas horas de la noche, pero Peter era un Lanzani, y el sheriff haría lo que él le dijera. Diablos, hasta disfrutaría haciéndolo. Librarse de los Espósito reduciría a la mitad la tasa de delincuencia de la zona.


Lali no había conseguido relajarse en todo el día. Había estado todo el tiempo casi enferma por la sensación de pérdida y desastre, incapaz de comer nada. Torito, que se dio cuenta de su estado de ánimo, había estado temeroso y gimoteante, constantemente aferrado a sus piernas e interrumpiéndola mientras ella trataba mecánicamente de cumplir con sus tareas.

Aquella mañana, después de que Peter se marchó, había comenzado a hacer el equipaje, aturdida, pero Salvador le había propinado una bofetada y le había gritado que no fuera idiota. A lo mejor Gimena permanecía fuera un par de días, pero regresaría, y el viejo Lanzani no permitiría que aquel joven hijo de puta los echase de su hogar.
Incluso en su desolación, Lali se preguntaba por qué su padre llamaba viejo a Nicolás, cuando éste tenía un año menos que él.

Al cabo de un rato, Salvador había cogido la furgoneta y se había ido a tomar una copa. En cuanto se perdió de vista, Estefanía se metió en el dormitorio y empezó a rebuscar en el armario de Gimena.
Lali siguió a su hermana y la contempló atónita mientras ella empezaba a arrojar prendas sobre la cama.

—¿Qué estás haciendo?

—Mamá ya no va a necesitar todo esto —respondió Estefanía alegremente. Nicolás le comprará ropa nueva.  ¿Por qué crees que no se llevó esto consigo? Pero puedo usarlo yo. Ella nunca me dejaba ponerme ninguna de sus cosas. —Aquello último lo dijo con una pizca de amargura. Sostuvo en alto un vestido amarillo con el cuello bordado de lentejuelas. La semana pasada tuve una cita pasional con Gerónimo y quise ponerme este vestido, pero mamá no me dejó —dijo con resentimiento—. Tuve que llevar mi viejo vestido azul, que ya me lo había visto.

—No agarres la ropa de mamá —protestó Lali con los ojos llenos de lágrimas.
Estefanía le dirigió una mirada de exasperación.

—¿Por qué no? Ya no va a necesitarla.

—Papá ha dicho que regresará.
Estefanía soltó una carcajada.

—Papá no es capaz de distinguir su culo de un agujero en el suelo. Peter tenía razón. ¿Por qué diablos va a volver? No, aunque Nicolás se raje y vuelva corriendo a casa con ese témpano de hielo con el que está casado, mamá obtendrá de él lo suficiente para estar guapa durante mucho tiempo.

—Entonces tendremos que marcharnos —dijo Lali, y una lágrima salada le resbaló por la mejilla y se le quedó en la comisura de la boca—. Deberíamos estar haciendo las maletas.

Continuará...

domingo, 20 de mayo de 2012

Capítulo 11








perdón por la tardanza!
15 y más eh!
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Eugenia dejó escapar un leve grito y se tapó la boca con ambas manos para reprimir el ruido. El rostro de Ornella perdió el color, pero sus movimientos fueron precisos al depositar la taza de té en el centro del plato.

—Estoy segura de que te equivocas, querido. Tu padre no arriesgaría su posición social por...

—¡Por el amor de Dios, mamá! —estalló Peter, cuyo tenue control saltó como un hilo—. A papá le importa un comino su posición social. ¡Te importa a ti, no a él!

—Juan Pedro, no es necesario ser vulgar, Peter hizo rechinar los dientes. Qué típico era de ella hacer oídos sordos a algo que le resultaba desagradable y concentrarse en lo trivial.

—Papá se ha ido —dijo, poniendo un deliberado énfasis en sus palabras—. Te ha dejado por Gimena. Se han fugado juntos, y no va a volver. Todavía no lo sabe nadie, pero probablemente mañana por la mañana estará en boca de todo el mundo.
Ornella abrió los ojos al oír la última frase, y el horror invadió su expresión al comprender la humillación que sufriría su posición.

—No —susurró—. No sería capaz de hacerme algo así.

—Ya lo ha hecho.
Ornella se puso en pie aturdida, sacudiendo la cabeza a un lado y al otro.

—¿De... de verdad se ha marchado? —preguntó en un débil murmullo—. Me ha dejado por esa... esa... —Incapaz de terminar la frase, abandonó la habitación a toda prisa, casi huyendo.

En cuanto Ornella se fue, en cuanto dejó de estar allí para contemplar con gesto ceñudo escenas impropias, Eugenia se derrumbó sobre la mesa y se inclinó hacia adelante para hundir la cara en el brazo mientras violentos sollozos le surgían de la garganta y hacían temblar su esbelto cuerpo. Casi tan furioso con Ornella como lo estaba con Nicolás, Peter se arrodilló junto a su hermana y la rodeó con los brazos.

—Va a ser difícil —dijo—, pero saldremos de ésta. En los próximos días voy a estar muy ocupado en mantener el control de nuestras finanzas, pero estaré aquí por si me necesitas. —No se atrevía a decirle a su hermana que sobre ellos se cernía el desastre económico—. Ya sé que ahora es muy doloroso, pero lo superaremos.

—Lo odio —sollozó Eugenia con la voz amortiguada por el brazo—. Nos ha dejado por esa... ¡esa puta! Espero que no vuelva nunca. ¡Lo odio, no quiero volver a verlo jamás!

Se apartó bruscamente de Peter y tiró su silla al suelo al separarla de la mesa. Todavía entre Sollozos, salió corriendo del comedor, y Peter oyó cómo subía las escaleras llorando a lágrima viva.
Un momento después se sintió en toda la casa el golpe de la puerta de su dormitorio al cerrarse.

Peter sintió deseos de enterrar también el rostro entre las manos. Tenía ganas de descargar un puñetazo sobre algo, preferiblemente la nariz de su padre. Tenía ganas de gritar su furia a los cuatro vientos. La situación ya era bastante grave; ¿por qué tenía que empeorarla Ornella preocupándose sólo por lo que dirían sus amistades? Por una vez, ¿por qué no podía ofrecer un poco de apoyo a su hija? ¿Es que no veía lo mucho que Eugenia la necesitaba en aquel momento? Claro que nunca había apoyado a ninguno de ellos, así que, ¿por qué iba a hacerlo ahora? A diferencia de Nicolás, Ornella por lo menos era constante.

Necesitaba beber algo, algo fuerte. Salió del comedor y regresó al estudio a buscar la botella de whisky escocés que Nicolás siempre guardaba en el bar de detrás del escritorio. Felicitas, su veterana ama de llaves, estaba subiendo las escaleras con un montón de toallas en los brazos y lo miró con curiosidad. Como no era sorda, estaba claro que había oído parte del revuelo. Pronto crecerían como la espuma las especulaciones entre Felicitas, su esposo Bueno, que se encargaba de la finca, y Delfina, la cocinera. Habría que decírselo, por supuesto, pero en aquel momento no tenía fuerzas para ello. Tal vez después de tomarse aquel whisky.

Abrió el bar, sacó la botella y sirvió un par de dedos del líquido ambarino en un vaso. Sintió en la lengua su gusto amargo y picante al tomar el primer sorbo, y después bebió el resto con un firme y rápido giro de la muñeca. Necesitaba el efecto sedante de la bebida, no su sabor.  Acababa de servirse una segunda copa cuando perforó el aire un aullido escalofriante que procedía del piso de arriba, seguido de la voz de Felicitas que lo llamaba a gritos, una y otra vez.

Eugenia. Nada más oír el grito de Felicitas, lo supo. Con el pecho atenazado por el miedo, salió a toda prisa del estudio y subió los escalones de tres en tres con sus largas y potentes piernas.
Felicitas corría escaleras abajo hacia él con ojos de espanto.

—¡Se ha cortado! i Oh, Dios mío! i Oh, Dios mío! Hay sangre por todas partes...
Peter la empujó a un lado y entró como una exhalación en el dormitorio de Eugenia. Su hermana no estaba allí, pero vio la puerta del baño abierta y se lanzó sin dudarlo, sólo para detenerse congelado en la entrada.

Eugenia había decorado ella misma su habitación y su cuarto de baño con delicados tonos rosa y blanco perla que les daban un aspecto absurdamente infantil. Normalmente, a Peter le recordaban al algodón de azúcar, pero ahora las baldosas rosas del suelo estaban cubiertas de oscuros manchones de sangre. Eugenia estaba tranquilamente sentada sobre la tapa del inodoro de color rosa, mirando por la ventana con mirada vacía y las manos delicadamente entrelazadas sobre el regazo.  La sangre salía suavemente a borbotones de los profundos cortes que se había hecho en ambas muñecas y le empapaba las rodillas antes de deslizarse por sus piernas para acabar formando un charco en el suelo.

—Siento mucho toda esta conmoción —dijo con voz débil y extrañamente distante. No esperaba que Felicitas subiera aquí con toallas limpias.

—Dios —gimió Peter al tiempo que cogía una de las toallas que había dejado caer Felicitas. Dobló una rodilla al lado de Eugenia y la agarró de la muñeca izquierda.

—¡Maldita sea, Eugenia, debería darte un par de azotes! —Le envolvió la muñeca en una toalla y luego se la ató con otra lo más fuerte que pudo.

—Déjame en paz —susurró ella, intentando tirar del brazo, pero ya estaba empezando a debilitarse de modo alarmante.

—¡Cállate! —ladró Peter, cogiéndole la otra muñeca y repitiendo la operación.—. Maldita sea, ¿cómo has podido hacer algo tan idiota? —Aquello, unido a todo lo que había pasado aquel día, era casi demasiado para él. El miedo y la rabia le inundaban el pecho, cada vez con más fuerza, hasta que creyó estar a punto de ahogarse—. ¿Te has parado a pensar en alguien más que no seas tú? ¿No has pensado que a lo mejor yo podía necesitar tu ayuda, que esto es para los demás tan duro como para ti?

Hablaba con los dientes apretados mientras tomaba a su hermana en brazos y pasaba a toda prisa junto a Ornella, que estaba simplemente de pie en el pasillo con una expresión de aturdimiento en su pálido semblante, y echaba a correr escaleras abajo, dejando atrás a Felicitas y a Delfina, abrazadas la una a la otra en el corredor.

—Llama a la clínica y di al doctor Bogarde que vamos para allá —ordenó al tiempo que salía de la casa por la puerta principal y se dirigía al Corvette que estaba allí estacionado.

—Voy a mancharte el auto de sangre —protestó Eugenia débilmente.

—Te he dicho que te calles —soltó Peter—. No hables a no ser que tengas algo sensato que decir.

Probablemente, debería ser más sensible con alguien que acababa de intentar suicidarse, pero aquélla era su hermana, y maldito fuera si le permitía quitarse la vida. Estaba furibundo, y apenas podía controlar tal estado. Era como si su vida hubiera quedado destrozada en las Últimas horas, y estaba harto de que las personas a las que quería cometieran idioteces.

No se molestó en abrir la puerta del Corvette, sino que simplemente se inclinó, depositó a Eugenia en el asiento y después pasó por encima de ella para dejarse caer en el puesto del conductor.  Lo encendió, soltó el embrague y arrancó forzando el motor hasta su límite y dejándose los neumáticos en el asfalto. Eugenia se desmoronó sobre la puerta de su lado con los ojos cerrados.

Peter le dirigió una mirada de pánico, pero no se arriesgó a tomarse el tiempo de parar. Mostraba una palidez mortal, y su boca estaba adquiriendo un leve tinte azulado. La sangre ya estaba rezumando de las toallas, con un rojo intenso que contrastaba con el blanco de la felpa. Había visto las heridas; no eran cortes superficiales, gestos que uno hace más bien para asustar y llamar la atención que para poner su vida en peligro. No, Eugenia lo había hecho muy en serio. Su hermana podía morir porque su padre no podía resistirse a ir detrás de su amante.

Cubrió los veinticinco kilómetros que había hasta la clínica en menos de diez minutos. El estacionamiento estaba completo, pero fue hasta la entrada posterior del edificio de ladrillos de una sola planta y tocó el cláxon, y después saltó fuera para sacar a Eugenia del auto llevándola en brazos. La muchacha estaba totalmente inerte, con la cabeza caída hacia el hombro de Peter, y éste sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
Se abrió la puerta y por ella salió rápidamente el doctor Bogarde, seguido por sus dos enfermeras.

—Llévala a la primera sala de la derecha —dijo, y Peter torció hacia un lado para atravesar la sala de espera. Sadie Lee Fanchier, la enfermera de más autoridad, sostuvo la puerta de la sala de urgencias y Peter entró en ella con Eugenia y la depositó sobre la estrecha mesa cubierta con una sábana, que crujió al acusar el peso.

Sadie Lee estaba ya aplicando un brazal a Eugenia para tomarle la presión arterial mientras el doctor Bogarde desanudaba los primeros auxilios que había practicado Peter. Bombeó aire rápidamente y escuchó por el estetoscopio apoyado en la cara interna del codo de Eugenia.
—Siete y medio, cuatro.
—Colócale una vía —ordenó el doctor Bogarde—. Glucosa. —La otra enfermera, Kitty, se apresuró a seguir sus instrucciones.
El doctor Bogarde tenía la mirada fija en las muñecas de Eugenia mientras trabajaba.

—Necesita sangre —dijo—. Y rápido. Tenemos que llevarla al hospital de Baton Rouge, aquí no puedo hacerlo. Y también necesitará un cirujano cardiovascular que le repare las venas. Yo puedo estabilizarla, Peter, pero no puedo hacer nada más.
Kitty colgó la bolsa de glucosa de la percha metálica e introdujo hábilmente la aguja intravenosa en el brazo de Eugenia.

—No tenemos tiempo de hacer venir a una ambulancia hasta aquí —prosiguió el médico—. La llevaremos nosotros mismos, en mi auto. ¿Estás bien para conducir? —preguntó a Peter lanzándole una mirada penetrante.
—Sí. —La respuesta fue llana, inequívoca.
El doctor Bogarde dio unos leves golpecitos en las muñecas de Eugenia.

—Está bien, se ha detenido la hemorragia. Kitty, necesito un par de mantas. Pon una en el asiento trasero de mi auto y con la otra envuelve a Eugenia. Peter, tómala en brazos y ten cuidado con el gotero. Sadie Lee, llama al hospital y diles que vamos de camino, y luego llama a la oficina del sheriff para que despejen un poco las carreteras.

Peter tomó en brazos a su hermana con suavidad. El doctor Bogarde cogió la bolsa de glucosa en una mano y su maletín en la otra, y corrió al lado de Peter mientras éste llevaba a Eugenia en dirección al Chrysler de cuatro puertas propiedad del médico. Bogarde subió primero, y después ayudó a Peter a colocar con cuidado a Eugenia sobre el asiento de atrás. Colgó la bolsa de glucosa de la percha para trajes del interior del vehículo y se arrodilló en el suelo.

—No nos hagas dar muchos bamboleos —instruyó a Peter al tiempo que éste deslizaba su largo cuerpo detrás del volante. El doctor Bogarde medía bastante menos que Peter, de manera que el asiento estaba tan cerca del volante que este lo rozaba con el pecho. Pero no podía empujar el asiento hacia atrás, con el médico de cuclillas en el suelo—. Mantén una velocidad constante, así haremos un mejor tiempo. Y enciende las luces de emergencia.

A Peter lo asaltó un pensamiento violento acerca de los conductores en los asientos de atrás, pero se lo guardó para sí. Obedeciendo las órdenes, salió de la clínica más calmado de lo que había llegado, aunque su instinto le gritaba que pisara a fondo el pedal del acelerador y no levantase el pie. Tan sólo el hecho de saber que aquel espacioso sedán, construido más para la comodidad que para comerse la carretera, probablemente se saldría de una curva si lo forzaba igual que hacía con el Corvette lo hizo mantener una velocidad razonable.

—¿Cómo ocurrió esto? —quiso saber el doctor Bogarde.

Peter lo miró por el espejo retrovisor. El médico era un hombre pequeño y pulcro de astutos ojos azules. Debía de andar mediada la cincuentena y poseía un cabello rubio de color arena que comenzaba a encanecer. Peter lo conocía de toda la vida. Ornella nunca había acudido a él, pues prefería un médico urbano de Nueva Orleans, pero todos los demás de la familia iban a verlo por todo, desde el típico rasguño en la infancia hasta las gripes o el brazo que se rompió Peter haciendo deporte cuando tenía quince años.

Peter no quería contárselo todo y prefirió guardar los detalles en secreto un poco más, hasta que su agente de bolsa hubiera tenido tiempo de vender y Alejo hubiera llevado a cabo sus maniobras legales, pero no le iba a ser posible ocultar del todo la noticia. Dio al doctor Bogarde el dato central, el único que importaba:
—Papá y mamá se han separado. Eugenia... —Titubeó.
El doctor Bogarde lanzó un suspiro.

—Comprendo. —Todo el mundo sabía lo unida que estaba Eugenia a Nicolás.

Continuará...

sábado, 19 de mayo de 2012

Capítulo 10








Mil perdones! tengo ua excusa! esta semana fue un horror total, llenas de trabajos y nada de tiempo! se los recompenso con capítulo largo y si se portan bien con las firmas o poniendo abajo si les gusto o no hare maratón!
Besos!
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Tina sonrió de inmediato cuando entró, algo que las mujeres solían hacer al verlo. El color destacaba un poco su rostro redondo y agradable. Tenía cuarenta y cinco años, edad suficiente para ser su madre, pero la edad no tenía nada que ver con su instintiva reacción femenina a la presencia alta y musculosa del muchacho.
Peter devolvió automáticamente la sonrisa, pero su mente trabajaba a toda velocidad haciendo planes.

—¿Hay alguien con Alejo? Necesito verlo.

—No. Está solo. Puedes entrar, cariño.

Peter rodeó la mesa de Tina, entró en el despacho de Alejo y cerró la puerta firmemente tras de sí. Alejo levantó la vista de la organizada pila de archivos que había sobre su escritorio y se puso de pie. Su apuesto semblante estaba contraído por la preocupación.

—¿Lo has encontrado?
Peter negó con la cabeza.

—Gimena Espósito también ha desaparecido.

—No puede ser. —Alejo volvió a dejarse caer en su sillón, cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz—. No puedo creerlo. No creí que lo dijera en serio. Dios, ¿por qué iba a decirlo en serio? Ya estaba... —Se interrumpió y abrió los ojos, ligeramente sonrojado.

—Revolcándose con ella de todas formas —terminó Peter sin ambages. Fue hasta la ventana y se quedó un momento allí, con las manos en los bolsillos, observando la calle. Prescott era una ciudad pequeña, sólo contaba con unos quince mil habitantes, pero aquel día un intenso tráfico rodeaba la plaza del palacio de justicia. Pronto todos aquellos habitantes se enterarían de que Nicolás Lanzani había abandonado a su mujer y a sus hijos para fugarse con la puta de los Espósito.

—¿Lo sabe tu madre? —preguntó Alejo con voz tensa.
Peter sacudió la cabeza negativamente.

—Todavía no. Se lo diré a ella y a Eugenia al regresar a casa. —La impresión y el dolor de los primeros momentos habían desaparecido dejando detrás una implacable fuerza de voluntad y un cierto distanciamiento, como si se viera a sí mismo desde lejos en una película. Un poco de aquella distancia se filtraba en su tono de voz y le prestaba un tinte de seguridad y calma—. ¿Te ha dejado papá algún poder escrito para mí?
Era evidente que hasta entonces Alejo sólo había pensado en las ramificaciones personales de la deserción de Nicolás. Ahora cayó en la cuenta de los aspectos jurídicos, y sus ojos se agrandaron de horror.

—Mierda —dijo, cayendo en una vulgaridad inusitada—. No, no dejó nada. Si lo hubiera hecho, yo habría sabido que decía en serio lo de fugarse y habría intentado detenerlo.

—Tal vez haya una carta en el escritorio de casa. Puede que llame dentro de un día o así. En ese caso, no habrá problemas en el aspecto económico. Pero si no hay ninguna carta y él no llama... No puedo permitirme el lujo de esperar. Tendré que liquidar todo lo que me sea posible antes de que la noticia de lo sucedido se extienda por ahí y los precios de las acciones caigan en picado como una piedra.

—Llamará —dijo Alejo débilmente. Tiene que llamar. No puede simplemente dar la espalda a una obligación económica como ésta. ¡Hay una fortuna implicada!
Peter se encogió de hombros. Su expresión era una hoja en blanco.

—Ya ha dado la espalda a su familia. No puedo permitirme el lujo de suponer que para él es más importante su negocio. —Calló durante unos instantes—. No creo que vuelva ni que llame. Creo que su intención era darle la espalda a todo y no regresar jamás. Me ha estado enseñando todo lo que ha podido, y ahora entiendo por qué. Si tuviera la intención de permanecer al frente de todo, no habría hecho esto.

—En ese caso, debería haber un poder escrito —insistió Alejo—. Nicolás era un hombre de negocios demasiado agudo para no haberse ocupado de algo así.

—Puede ser, pero yo tengo que pensar en mi madre y en Eugenia. No puedo esperar. Tengo que liquidar ya, y conseguir todo el dinero que pueda para tener algo con lo que trabajar y construir de nuevo. Si no lo hago, y si él no hace nada por arreglar la situación, no tendremos ni un orinal donde mear.
Alejo tragó saliva, pero afirmó con la cabeza.

—De acuerdo. Me pondré a hacer lo que pueda para salvar tu situación legal, pero tengo que decirte que a menos que Nicolás se ponga en contacto contigo o haya dejado un poder escrito, va a ser un buen lío. Todo está bloqueado a no ser que Ornella se divorcie de él y el tribunal le conceda a ella la mitad de los activos, pero eso llevará tiempo.

—Tengo que hacer planes para lo peor —dijo Peter—. Iré a casa y buscaré esa carta, pero no esperes a tener noticias mías para empezar. Si no hay poder, llamaré inmediatamente al agente de bolsa y empezaré a vender. Pase lo que pase te lo haré saber. No digas nada hasta que yo te llame.
Alejo se puso de pie.

—Ni siquiera se lo contaré a Tina. —Se pasó las manos por el pelo, una indicación de que estaba preocupado, porque Alejo no era dado a los gestos de nerviosismo. Sus ojos grises estaban oscurecidos por la angustia. -Lo siento, Peter. Tengo la sensación de que esto ha sido culpa mía.
Debería haber hecho algo.-
Peter movió la cabeza en un gesto negativo.

—No te eches la culpa. Como has dicho, ¿quién iba a pensar que hablaba en serio? No, las únicas personas a las que culpo son papá y Gimena Espósito. —Esbozó una sonrisa glacial—. No se me ocurre nada que tenga ella y que sea tan bueno como para obligarlo a abandonar a su familia, pero evidentemente lo tiene. —Hizo una pausa, perdido por un instante en la negrura de sus pensamientos, y a continuación sacudió la cabeza y se encaminó hacia la puerta—. Te llamaré cuando descubra algo.

Una vez que se hubo ido, Alejo se hundió de nuevo en su sillón con movimientos rígidos y sin fuerzas. Apenas consiguió controlar la expresión de su cara cuando Tina apareció en el despacho, picada por la curiosidad.

—¿Qué pasa con Peter?

—Nada importante. Un asunto personal del que quería hablar conmigo.
La mujer se sintió decepcionada de que su jefe no confiara en ella.

—¿Hay algo que yo pueda hacer para ayudar?

—No, todo irá bien. —Alejo dejó escapar un suspiro y se frotó los ojos—. ¿Por qué no te vas a comer y aprovechas para traerme algo? Estoy esperando una llamada, así que no puedo moverme de aquí.

—Está bien. ¿Qué te provoca?
Él agitó la mano.

—Cualquier cosa. Ya sabes lo que me gusta. Sorpréndeme.
Tina trajinó en la oficina por espacio de unos minutos, apagando el ordenador que él había comprado un año antes, guardando los disquetes, cogiendo su bolso. Cuando se marchó, Alejo aguardó unos minutos más antes de pasar a la otra habitación y cerrar la puerta con llave. Entonces se sentó en la silla de ella y encendió el ordenador, y se puso a teclear a toda prisa.

—Maldito seas, Nicolás —susurró—. Eres un hijo de puta.


Peter estacionó el Corvette delante de los cinco amplios escalones que conducían al porche cubierto y la doble puerta frontal, aunque a Ornella no le gustaba aquello y prefería que los autos de la familia estuvieran debidamente protegidos y fuera de la vista en el garaje anexo a la parte posterior de la casa. El camino de entrada delantero era para las visitas, que no debían poder distinguir qué miembros de la familia se encontraban en casa a juzgar por los vehículos allí aparcados. De esa manera, uno no sentía la obligación de admitir que estaba allí y no se veía forzado a recibir visitas no deseadas. Algunas de las ideas de Ornella eran claramente victorianas; por lo general él le daba el capricho, pero hoy tenía cosas más importantes en la cabeza, y además tenía prisa.

Subió de dos saltos los escalones y abrió la puerta. Era probable que Eugenia lo hubiera estado observando desde la ventana del dormitorio, porque ya estaba bajando las escaleras velozmente con la ansiedad pintada en el rostro.

—¡Todavía no ha vuelto papá! —siseó, lanzando una mirada hacia el comedor de desayunar, donde se encontraba Ornella, alargando el desayuno de forma evidente—. ¿Por qué rompiste la ventana de su estudio y después saliste disparado de aquí como alma que lleva el diablo? ¿Y por qué has estacionado enfrente de la casa? Eso no le va a gustar a mamá.

Peter no respondió, sino que cruzó el recibidor a grandes zancadas en dirección al estudio. Eugenia se apresuró a seguirlo y se coló en el estudio al tiempo que él se ponía a examinar, de uno en uno, los papeles que había sobre el escritorio de Nicolás.

—No creo que Alejo haya dicho la verdad respecto de esa partida de póker —dijo con un leve temblor en los labios—. Llámalo otra vez, Peter. Que te diga dónde está papá.

—Dentro de un minuto —murmuró su hermano sin volver la mirada. Ninguno de los papeles que había en el escritorio era una carta de poderes. Empezó a abrir cajones.

—¡Peter! —Eugenia levantó la voz bruscamente—. ¡Encontrar a papá es más importante que registrar su escritorio!
Peter se detuvo, respiró hondo y se irguió.

—Eugenia, mi vida, siéntate ahí y guarda silencio —le dijo en un tono amable que sin embargo llevaba una pizca de acero—. Tengo que buscar un papel muy importante que tal vez me haya dejado papá. Estaré contigo en un minuto.
Eugenia abrió la boca para decir algo más, pero su hermano le dirigió una mirada que la hizo cambiar de opinión. En silencio, con una vaga expresión de perplejidad en la cara, se sentó, y Peter volvió a enfrascarse en su búsqueda.

Cinco minutos más tarde, se reclinó hacia atrás con el amargo sabor de la derrota en la garganta. No había ninguna carta. Aquello no era lógico. ¿Por qué se había tomado Nicolás tanto trabajo en enseñárselo todo, para luego marcharse sin dejarle los poderes? Tal como había dicho Alejo, Nicolás era demasiado inteligente para no haberlo pensado. Si lo que pretendía era seguir estando él al frente de todo, ¿por qué se había molestado en impartir a su hijo tan intensiva instrucción? A lo mejor tuvo la intención de entregar las riendas a Peter y luego cambió de idea. Aquélla era la única explicación alternativa que podía haber. En tal caso, volverían a tener noticias suyas, dentro de unos días como máximo, porque sus tratos financieros eran demasiado complicados para dejarlos abandonados durante más tiempo.

Pero, como Peter le había dicho a Alejo, no podía permitirse el lujo de suponer que alguien se haría cargo de la situación. No se imaginaba a su padre desentendiéndose de los negocios, pero hasta aquella mañana tampoco había podido imaginar que fuera capaz de abandonarlos a todos por Gimena Espósito. Había sucedido lo imposible, de modo que, ¿cómo podía confiar a ciegas en cualquier otra cosa que siempre había dado como cierta en su padre? Sobre sus hombros pesaba gravemente la responsabilidad respecto de su madre y su hermana; no podía arriesgar el bienestar de las dos.

Hizo el ademán de ir a coger el teléfono, pero no estaba en la mesa. Recordó vagamente que lo había tirado y volvió la vista hacia la ventana, que ahora estaba cubierta por unos tablones, a la espera de cristales nuevos. Se levantó y salió al vestíbulo para usar el teléfono que había en la mesa situada al pie de las escaleras. Eugenia fue tras él, aún silenciosa pero claramente resentida por ello.
Primero llamó a Alejo. Éste contestó al primer timbrazo.

—No hay carta —dijo Peter lacónicamente—. Mira a ver qué puedes hacer para conseguirme un poder notarial o alguna otra cosa que proteja mi posición. —Un poder notarial era una opción complicada, pero tal vez se pudiera pulsar algunas teclas.

—Ya estoy trabajando en  eso —repuso Alejo en voz baja.
A continuación, Peter llamó a su agente de bolsa. Le dio instrucciones breves y explícitas. Si sucedía lo peor, necesitaría hasta el último céntimo de efectivo que pudiera reunir.

Después le tocaba la parte más difícil. Eugenia lo miraba fijamente con la alarma dibujada en sus grandes ojos.

—Pasa algo malo, ¿verdad? —preguntó.
Peter hizo acopio de fuerzas mentalmente y luego cogió la mano de su hermana.

—Vamos a hablar con mamá —le dijo.
Ella fue a decir algo, pero Peter movió la cabeza en un gesto negativo.

—Sólo puedo decirlo una vez —dijo en tono áspero.

Ornella estaba disfrutando de su última taza de té y leyendo las páginas de sociedad del periódico de Nueva Orleans. Prescott tenía su propio semanario, en el que ella aparecía mencionada de forma regular, pero lo que verdaderamente contaba era salir en el periódico de Nueva Orleans.

Su nombre se citaba en él lo bastante a menudo como para convertirse en la envidia del resto de la sociedad local. Aparecía vestida de blanco, su color favorito, con el pelo oscuro y brillante recogido en un moño francés. Llevaba un maquillaje minimalista pero perfecto, y joyas caras pero comedidas. En Ornella no había nada chillón ni frívolo, nada sobresaliente, nada fuera de lugar, ningún color estridente; tan sólo líneas limpias y clásicas. Hasta sus uñas no mostraban nada más que un poco de brillo.

Levantó la vista cuando Peter y Eugenia entraron en el comedor de desayunar, y su mirada se posó durante un instante en las manos entrelazadas de ambos. Pero no hizo comentario alguno al respecto, pues eso demostraría un interés personal y tal vez invitase a ser correspondido.

—Buenos días, Peter —saludó a su hijo en un tono perfectamente compuesto, como siempre.
Ornella podía sentir un odio violento hacia alguien, pero esa persona jamás podría distinguirlo por el tono de su voz, que nunca revelaba calidez, afecto, rabia ni ninguna otra emoción. Semejante exhibición sería vulgar, y Ornella no permitía que en ella nada cayera tan bajo—. ¿Pido otro poco más de té?

—No, gracias, madre. Necesito hablar contigo y con Eugenia; ha ocurrido algo grave. —Notó que la mano de su hermana temblaba dentro de la suya, y se la apretó para tranquilizarla.
Ornella dejó el periódico a un lado.

—¿Quieres que hablemos más en privado? —preguntó, preocupada por el hecho de que alguno de los criados los oyese discutir cuestiones personales.

—No es necesario. —Peter acercó una silla a Eugenia y después se situó detrás de ella con una mano apoyada en su hombro. Ornella se iba a sentir molesta por los matices sociales, por la vergüenza, pero el dolor de Eugenia iba a ser mucho peor—. No conozco ningún modo de hacer esto más fácil. Papá no ha dejado ninguna nota ni nada parecido, pero por lo que parece se ha ido de la ciudad con Gimena Espósito. Han desaparecido los dos.
Ornella se llevó una esbelta mano a la garganta. Eugenia permaneció inmóvil, sin respirar siquiera.

—Estoy segura de que no se llevaría a una mujer así en un viaje de negocios —dijo Ornella con serena certeza—. Imagina el efecto que causaría.

—Mamá... —Peter se interrumpió a sí mismo, conteniendo su impaciencia—. No se ha ido en un viaje de negocios. Papá y Gimena Espósito se han fugado juntos. No va a volver.

Continuará...

martes, 15 de mayo de 2012

Capítulo 9





Hola! aunque no se lo merecen les dejo cap eh! y larguito, espero que firmen!
Besos, que tengan buena semana!
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—¿Sabes dónde está Gimena? —preguntó Peter de nuevo con voz gélida.
Salvador alzó un hombro.

—Debe de haber salido —musitó en tono hosco.

—¿Cuándo?

—¿Qué quieres decir con eso de cuándo? Yo estaba durmiendo. ¿Cómo diablos voy a saber a qué hora se fue?

—¿Vino a casa anoche?

—¡Naturalmente que sí! Maldita sea, ¿qué es lo que estás diciendo? —gritó Salvador con una pronunciación ininteligible que daba testimonio del alcohol que seguía teniendo en la sangre.

—¡Estoy diciendo que esa puta que tienes por esposa se ha ido! —gritó Peter a su vez, con el rostro congestionado por la furia y el cuello en tensión.
Lali sintió que la invadía el terror, y la vista se le nubló otra vez.

—No —exclamó con voz contenida.
Peter la oyó, y giró la cabeza súbitamente. La escrutó con sus ojos oscuros brillantes por la furia.

—Por lo menos, tú pareces estar sobria. ¿Sabes dónde está Gimena? ¿Volvió a casa anoche?
Lali, aturdida, movió la cabeza en un gesto negativo. El negro desastre se erguía ante ella, y percibió el olor penetrante, acre y amarillo del miedo... su propio miedo.
Peter curvó el labio superior mostrando sus blancos dientes en un gruñido.

—Ya sabía yo que no. Se ha fugado con mi padre.
Lali volvió a negar con la cabeza, y entonces se dio cuenta de que no podía dejar de hacerlo.
No. Aquella palabra le reverberó por todo el cerebro. Dios, por favor, no.

—¡Estás mintiendo! —chilló Salvador, dirigiéndose con paso vacilante hacia la desvencijada mesa para dejarse caer en una de las sillas—. Gimena no es capaz de abandonarnos a mí y a los chicos. Ella me quiere. Es tu padre el que se habrá largado con alguna que habrá encontrado por ahí...

Peter se lanzó hacia delante como una serpiente en posición de ataque. Su puño se estrelló contra la mandíbula de Salvador, nudillos contra hueso, y tanto Salvador como la silla fueron a parar al suelo. La silla se desintegró hecha añicos bajo su peso.

Con un lamento de terror, Torito escondió de nuevo el rostro en la cadera de Lali, la cual estaba demasiado paralizada para ni siquiera pasarle el brazo por los hombros para consolarlo, y el pequeño rompió a llorar.

Salvador se incorporó atontado y dio unos pasos tambaleándose para poner la mesa de por medio entre él y Peter.

—¿Por qué me has pegado? —gimió, frotándose la mandíbula—. Yo no te he hecho nada. ¡No es culpa mía lo que hayan hecho tu papá y Gimena!

—¿Qué es todo este griterío? —intervino la voz de Estefanía, deliberadamente provocativa, la que empleaba cuando intentaba engatusar a un hombre. Lali volvió la mirada hacia la entrada del colgadizo y sus ojos se agrandaron de horror. Estefanía estaba posando apoyada contra el marco de la puerta con el pelo despeinado y echado hacia atrás para dejar ver sus hombros desnudos. Sólo llevaba encima unas bragas de encaje rojo, y sostenía la camisola de encaje a juego contra su pecho con disimulada coquetería de modo que apenas le cubriera los senos. Miró a Peter con una inocente caída de ojos, tan descaradamente falsa que Lali sintió que se le retorcían las entrañas.
La expresión de Peter se endureció de asco al mirarla; curvó la boca y deliberadamente le volvió la espalda.

—Los quiero fuera de aquí antes de que se haga de noche —le dijo a Salvador en tono de acero—.  Están ensuciando nuestras tierras, y ya estoy harto de oler su peste.

—¿Que nos marchemos de aquí? —graznó Salvador—. Maldito bastardo engreído, no puedes echarnos. Existen leyes...

—No pagan ningún alquiler —replicó Peter con una sonrisa de hielo en los labios—. Las leyes de desahucio no se aplican a los intrusos. Largo de aquí. —Dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta.

—¡Espera! —exclamó Salvador. Su mirada de pánico se movía en todas direcciones, como buscando inspiración. Se pasó la lengua por los labios y dijo—: No tengas tanta prisa. Puede... puede que hayan ido a dar un paseo. Ya volverán. Sí, eso es. Gimena volverá, no tenía ningún motivo para marcharse.

Peter soltó una carcajada agria y recorrió la estancia con una mirada de desprecio, observando el pobre interior de la vivienda. Alguien, probablemente la chica más pequeña, había hecho un esfuerzo por mantenerla limpia, pero era como intentar contener la marea. Salvador y los dos chicos, que eran copias de su padre, sólo que más jóvenes, lo miraban con expresión hosca. La hija mayor seguía apoyada en la puerta, tratando de enseñarle todo lo que pudiera de sus pechos sin retirar del todo la escasa prenda. El niño pequeño con síndrome de Down se aferraba a las piernas de la hija más joven y lloraba a voz en grito. La niña permanecía de pie, como si se hubiera convertido en piedra, y lo contemplaba con sus enormes ojos. El pelo castaño le caía en desorden alrededor de los hombros, y llevaba los pies descalzos y sucios.

Estando tan cerca de él, Lali podía leer la expresión de su cara, y sintió una punzada por dentro al ver cómo recorría con la vista la cabaña y a sus habitantes, para por fin posarla en ella.
Estaba catalogando su vida, a su familia, a ella misma, y estaba descubriendo que no valían nada.

—¿Ningún motivo para marcharse? —se mofó—. Por Dios, que yo pueda ver, ¡no tiene ningún motivo para regresar!

En el silencio que siguió, dejó a Lali a un lado y empujó con violencia la puerta de rejilla, la cual chocó contra el costado de la cabaña y volvió a cerrarse con un golpe. El motor del Corvette cobró vida con un rugido, y un momento más tarde Peter se había marchado. Lali se quedó petrificada allí de pie, con Torito todavía aferrado a sus piernas y llorando. Sentía la mente entumecida. Sabía que tenía que hacer algo, pero ¿qué? Peter había dicho que tenían que irse, y la enormidad de aquel hecho la dejó atónita. ¿Marcharse? ¿Adónde se marcharían? No lograba que su mente se pusiera a funcionar. Lo único que pudo hacer fue levantar la mano, que le pareció pesada como el plomo, y acariciar el suave cabello de Torito diciendo:

—Está bien, está bien —aunque sabía que era mentira. Mamá se había ido, y las cosas ya nunca volverían a estar bien.

                                            *              *              *

Peter consiguió recorrer poco más de medio kilómetro antes de que el temblor se volviera tan intenso que tuvo que detener el automóvil. Apoyó la cabeza en el volante y cerró los ojos en un intento de controlar las oleadas de pánico. Dios, ¿qué iba a hacer? jamás había estado tan asustado como ahora.

Se sintió invadido por la confusión y el dolor, igual que un niño que echa a correr para esconder la cara en las faldas de su madre, igual que aquel pequeño de los Espósito que intentaba ocultarse tras las delgadas piernas de su hermana. Pero él no podía acudir a Ornella; incluso cuando era niño ella apartaba de sí sus pequeñas manitas, y él había aprendido a recurrir a su padre para que lo tranquilizara. Aunque Ornella fuera más afectuosa, ahora no podía acudir a ella en busca de apoyo, porque ella lo buscaría a él por la misma razón. Ahora tenía la responsabilidad de cuidar de su madre y de su hermana.

¿Por qué había hecho Nicolás algo así? ¿Cómo podía haberse ido? La ausencia de su padre, su traición, causaron en Peter la sensación de que le habían desgarrado el corazón. Nicolás tenía a Gimena de todas maneras; ¿qué le habría ofrecido ella para tentarlo a dar la espalda a sus hijos, su negocio, su patrimonio? Siempre había estado cercano a su padre, había crecido rodeado por su amor, siempre había sentido su apoyo como una sólida roca a su espalda, pero ahora esa presencia amorosa y tranquilizadora había desaparecido, y con ella los cimientos de su vida.


Estaba aterrorizado. Sólo tenía veintidós años, y los problemas que se cernían sobre él le parecían montañas imposibles de escalar. Ornella y Eugenia no lo sabían aún; de algún modo tendría que encontrar la fuerza que necesitaba para decírselo. Tenía que ser una roca para ellas, y debía dejar a un lado su propio dolor y concentrarse en mantener a flote la situación económica de la familia, o se arriesgarían a perderlo todo. Aquélla no era la misma situación que tendría lugar si Nicolás hubiera muerto, pues Peter habría heredado las acciones, el dinero y el control. Tal como estaban las cosas ahora, Nicolás seguía siendo el dueño de todo, y no estaba allí. La fortuna de los Lanzani podía desmoronarse a su alrededor, inversores cautos abordarían el barco y diversas juntas administrativas se harían con el poder. Peter tendría que luchar para conservar siquiera la mitad de lo que tenía ahora.

Él, Eugenia y Ornella poseían algunos activos a su nombre, pero no serían suficientes. Nicolás había impartido a Peter un curso acelerado para dirigirlo todo, pero no le había otorgado el poder para hacerlo, a menos que hubiera dejado una carta que lo convirtiera en su delegado. Una esperanza desesperada se encendió en lo más recóndito de su cerebro. Una carta así, si es que existía, se encontraría en el escritorio del estudio.

Si no era así, tendría que llamar a Alejo y pedirle ayuda para trazar una estrategia. Alejo era un hombre de lo más inteligente y un buen abogado de empresa; podría tener un trabajo mucho más lucrativo en otra parte, pero estaba respaldado por el dinero de su familia y no sentía la necesidad de marcharse de Prescott. Había llevado hasta entonces todos los negocios de Nicolás, además de ser su mejor amigo, de modo que conocía su situación jurídica tanto o más que Peter.

Dios sabía, pensó Peter con gesto sombrío, que iba a necesitar toda la ayuda que pudiera conseguir. Si no existía un poder escrito, sería afortunado de conservar un techo bajo el que cobijarse.

Cuando levantó la cabeza del volante, ya había recuperado el control de sí mismo, había empujado el dolor hasta el fondo y lo había sustituido por una fría determinación. Por Dios, su madre y su hermana iban a pasarlo ya bastante mal haciendo frente a aquella situación; maldito fuera si permitía que perdieran también su hogar.

Metió la marcha y arrancó, dejando atrás los últimos retazos de su infancia sobre el desgastado camino de tierra. En primer lugar fue a Prescott, a la oficina de Alejo. Tendría que moverse deprisa para salvarlo todo.

Continuará...

lunes, 14 de mayo de 2012

:)


Hola! volvi! jijij sorry por no pasar antes, estaba de viaje y cero posibilidad de subir :( aunque ustedes tampoco se portaron bien eh! 0 firmas! si 0! mi felicidad   esta baja chicas...alegrenme el día! jijij Besos!

viernes, 11 de mayo de 2012

Capítulo 8



Perdón por la hora!!! se me re fue! pero viene largo eh! Besos!
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—Alejo. —El tono de Peter era duro y afilado como el acero, y cortaba el silencio—. ¿Qué está pasando?

—Peter, te juro que no pensaba que fuera a hacerlo —dijo Alejo afligido—. Puede que no lo haya hecho. Puede que se haya quedado dormido.

—Que no haya hecho ¿qué?

—Lo mencionó en un par de ocasiones, pero sólo cuando estaba bebido. Te juro que jamás pensé que hablara en serio. Dios, ¿cómo podía ser?
El plástico del auricular crujió bajo la mano de Peter.

—¿A qué te refieres?

—A dejar a tu madre. —Alejo tragó saliva de forma audible, con un sonido seco—. Y fugarse con Gimena Espósito.

Con mucha suavidad, Peter volvió a dejar el auricular en su sitio. Permaneció inmóvil unos segundos contemplando el aparato. No podía ser... Nicolás no podía haber hecho semejante cosa. ¿Por qué habría de hacerla? ¿Por qué escaparse con Gimena cuando podía acostarse con ella, y de hecho lo hacía, cada vez que se le antojase? Alejo tenía que estar equivocado. Nicolás jamás abandonaría a sus hijos ni su negocio... Sin embargo, se sintió aliviado cuando él escogió rechazar el rugby profesional y le impartió un curso acelerado sobre cómo dirigirlo todo.

Por espacio de varios instantes de aturdimiento, Peter permaneció atontado por la sensación de incredulidad, pero era demasiado realista para que dicho estado le durase mucho. La sensación de entumecimiento comenzó a ceder, y una rabia intensa vino a llenar el hueco que aquél había dejado.  Se movió igual que una serpiente atacando, agarró el teléfono y lo lanzó por la ventana, haciendo pedazos el cristal y provocando que varias personas acudieran de inmediato al estudio a ver qué había pasado.

Todo el mundo durmió hasta muy tarde excepto Lali y Torito, y Lali salió de la cabaña en cuanto hubo dado de desayunar al niño y se lo llevó al arroyo para que pudiera chapotear en el agua e intentar atrapar pececillos. Jamás lo conseguía, pero le encantaba intentarlo. Hacía una mañana magnífica, el sol brillaba con fuerza a través de los árboles y arrancaba destellos al agua. Los aromas eran frescos y penetrantes, llenos de colores buenos y limpios que tapaban los malos olores del alcohol que aún percibía, exudadas por las cuatro personas que había dejado durmiendo tras los efectos de la pasada noche.

Esperar que Torito no se mojara era como esperar que el sol saliera por el oeste. Cuando llegaron al arroyo le quitó la camisa y los pantalones y dejó que se metiera en el agua llevando sólo el pañal. Había traído otro seco para cambiarlo cuando volvieran a casa. Colgó con cuidado la ropa de unas ramas y seguidamente se metió en el arroyo para chapotear un poco y vigilar a Torito. Si se le acercase una culebra, el niño no sabría que debía alarmarse. Lali tampoco les tenía miedo, pero desde luego obraba con cautela.

Lo dejó jugar durante un par de horas y después tuvo que cogerlo en brazos y sacarlo del agua con gran pataleo y protestas por parte del pequeño.

—No puedes estar más en el agua —le explicó—. Mira, tienes los dedos de los pies arrugados como una pasa.
Se sentó en el suelo y le cambió el pañal, y a continuación lo vistió. Fue una tarea difícil, ya que Torito no dejaba de retorcerse y tratar de escapar de vuelta al agua.

—Vamos a buscar ardillas —le dijo Lali—. ¿Ves alguna ardilla?

Distraído, el pequeño miró inmediatamente hacia arriba con los ojos muy abiertos por la emoción mientras trataba de descubrir ardillas entre los árboles. Lali cogió su mano regordeta y lo condujo lentamente a través del bosque, por un sendero que serpenteaba en dirección a la cabaña.
Quizá para cuando hubieran regresado Gimena ya estuviera en casa.

Aunque no era la primera vez que su madre pasaba fuera toda la noche, aquello siempre inquietaba a Lali. Lo tenía siempre en un rincón de su cabeza, pero vivía con el miedo constante de que Gimena se marchara una noche y no regresara nunca. Lali sabía, con amargo realismo, que si Gimena conociera a un hombre que tuviera un poco de dinero y le prometiera cosas bonitas, se largaría sin pensarlo dos veces. Probablemente, lo único que la retenía en Prescott era Nicolás Lanzani y lo que éste podía darle. Si alguna vez Nicolás la dejase, no se quedaría allí más que el tiempo necesario para hacer las maletas.

Torito logró descubrir dos ardillas, una que correteaba por la rama de un árbol y otra que trepaba por un tronco, así que se sentía feliz de ir a donde Lali lo llevase. Sin embargo, cuando tuvieron la cabaña a la vista, el niño advirtió que regresaban a casa y empezó a proferir gruñidos de protesta y tirar hacia atrás en un intento de soltarse de la mano de su hermana.

—Para, Torito —dijo Lali al tiempo que lo sacaba a la fuerza de entre los árboles para salir al camino de tierra que llevaba hasta la cabaña—. Ahora mismo no puedo seguir jugando contigo, tengo que hacer las cosas. Pero te prometo que jugaremos con tus autos cuando...

En eso, oyó a su espalda el rugido grave del motor de un automóvil, que iba aumentando de intensidad a medida que se acercaba, y su primer pensamiento de alivio fue: «Mamá está en casa».

Pero lo que apareció al doblar la curva no fue el reluciente auto rojo de Gimena, sino un Corvette negro descapotable, adquirido para sustituir al plateado que conducía Peter desde la secundaria. Lali se detuvo en seco, olvidándose de Torito y de Gimena, sintiendo que se le paraba el corazón y que luego empezaba a golpearle el pecho con tal fuerza que casi se sintió enferma. ¡Era Peter quien venía!

Estaba tan aturdida por la alegría que casi se olvidó de apartar a Torito del camino y quedarse entre las hierbas de la cuneta. Peter, cantaba su corazón. Un leve temblor le empezó en las rodillas y le subió poco a poco por el cuerpo al pensar que de verdad iba a hablar con él de nuevo, aunque sólo fuera para susurrar un saludo.

Clavó la mirada en él, absorbiendo todos los detalles, mientras lo veía acercarse. Aunque iba sentado detrás del volante y ella no alcanzaba a ver mucho, le pareció que estaba más delgado que cuando jugaba al rugby y que llevaba el pelo un poco más largo. Sin embargo, sus ojos eran los mismos, verdes e igual de tentadores. Se posaron en ella durante unos segundos cuando el Corvette pasó por delante de donde se encontraban ella y Torito, y la saludó cortésmente con una inclinación de cabeza.

Torito se revolvió y tiró de la mano, fascinado por el hermoso automóvil. Le encantaba el auto de Gimena, y Lali tenía que vigilar para que no se acercase a él, porque a Gimena la ponía enferma que el niño lo manosease y dejase las marcas de sus manitas en la pintura.

—Está bien —susurró Lali, aún aturdida—. Vamos a ver ese auto tan bonito.

Volvieron a entrar en el camino y siguieron al Corvette, que ya se había detenido enfrente de la cabaña. Peter se izó detrás del volante y pasó una pierna por encima de la puerta, después la otra, y salió del bajo automóvil igual que si éste fuera el autito de un bebé. Subió los dos escalones de la entrada, abrió de un tirón la puerta de rejilla y penetró en el interior de la vivienda.
No había llamado a la puerta, pensó Lali. Eso estaba mal. No había llamado.

Apretó el paso tirando de Torito de tal modo que sus cortas piernas tuvieron que acelerar, y el niño lanzó un quejido de protesta. Se acordó de su corazón, y el terror le causó una punzada en el estómago. Enseguida se detuvo y se inclinó para tomar al niño en brazos.

—Lo siento, cariño, no pretendía hacerte correr.

Le dolía la espalda por el esfuerzo de cargar con el pequeño, pero no hizo caso y volvió a caminar deprisa. La piedra rodaba inadvertida bajo sus pies descalzos y cada golpe de talón levantaba pequeñas nubes de polvo. El peso de Torito parecía abrumarla, impedirle alcanzar La cabaña. La sangre le batía en los oídos, y en el pecho le estaba adquiriendo una sensación de pánico que casi la asfixiaba.

Oyó un rugido débil y lejano que reconoció como la voz de su padre, amortiguada por el tono más grave de la de Peter jadeante, imprimó mayor velocidad a sus piernas y por fin llegó a la cabaña. La puerta de rejilla chirrió cuando la abrió de un tirón y entró a toda prisa en la casa, sólo para detenerse de golpe, parpadeando para adaptar los ojos a la penumbra. Se vio rodeada de gritos ininteligibles y maldiciones que le causaron la misma sensación que si estuviera atrapada en un túnel de pesadilla.

Tragando aire a borbotones, dejó a Torito en el suelo. Asustado por los gritos, el pequeño se aferró a las piernas de su hermana y escondió la cara contra ella.  Cuando su vista se fue adaptando poco a poco y el estruendo de sus oídos empezó a disminuir, los gritos fueron cobrando sentido, y deseó que ojalá no fuera así.

Peter había sacado a Salvador de la cama y estaba arrastrándolo a la cocina. Salvador gritaba y juraba, aferrado al marco de la puerta en un intento de frenar a Peter. Sin embargo, no tenía ninguna posibilidad frente a la fuerza de aquel joven furibundo, y lo único que podía hacer era procurar no perder el equilibrio mientras Peter lo empujaba hacia el centro de la habitación.

—¿Dónde está Gimena? —ladró Peter, irguiéndose amenazador sobre Salvador, que reaccionó encogiéndose.
Los ojos vidriosos de Salvador recorrieron rápidamente la estancia, como si buscara a su mujer.

—No está aquí —farfulló.

—¡Ya veo que no está aquí, maldito imbécil! ¡Lo que quiero saber es dónde diablos está!
Salvador se balanceaba de delante atrás sobre sus pies descalzos, y de pronto soltó un eructo.

Llevaba el pecho al aire y los pantalones todavía desabrochados. Su cabello desordenado apuntaba en todas direcciones, estaba sin afeitar, tenía los ojos inyectados en sangre, y su aliento despedía un tufo a sueño y alcohol. Como contraste, Peter se elevaba por encima de él con su musculoso cuerpo, el pelo negro pulcramente peinado hacia atrás, la camisa de un blanco inmaculado y los pantalones hechos a medida.

—No tienes derecho a empujarme, no me importa quién sea tu padre —se quejó Salvador. A pesar de su bravata, se encogía cada vez que Peter hacía un movimiento.
Joaquín y Patricio habían salido rápidamente de su dormitorio, pero no hicieron ningún gesto para apoyar a su padre. No era su estilo enfrentarse a un Peter Lanzani furioso, ni tampoco lo era atacar a nadie que pudiera ocasionarles problemas.

—¿Sabes dónde está Gimena? —preguntó Peter de nuevo con voz gélida.

Continuará...