domingo, 12 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 27


Hola! como andan? espero que de diez :)
Chicas que pasó con las firmas? :( 
El capítulo de hoy va dedicado a un/una Anónima(o) :)
Un Beso y que tengan una linda semana :D
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—Una vez a la semana, yo solía acompañar a Helenaa de compras. Lo esperaba con ansia, porque era la única forma de salir de esta casa. Hacíamos las compras y comíamos afuera. Helena estaba feliz de actuar como cualquier otra muchacha. Algunas veces íbamos a la playa o al cine…
—¿Cómo conoció a mi hermano? —la interrumpió.
—Oh… sí. Eso sucedió hace más de seis meses. Nuestro coche se había estropeado y Jaime lo arregló. ¡Oh, Lali, si hubiera visto la forma en que se miraban el uno al otro! Nunca había visto a Helena tan dichosa. Se veían cada vez que Jaime venía al puerto. Solíamos ir al pueblo y después yo los dejaba solos…
—¿Qué ocurrió cuando se dio cuenta de que estaba embarazada?
—La engañaron para que les confesara quién era el padre, con el engaño de que lo invitarían a la casa para hablar acerca de los arreglos de la boda.
—¿Hizo eso Peter?
—Peter, en ese momento, estaba fuera en viaje de negocios. Fueron los otros cerdos, el tío y los primos. Helena les dijo la fecha en que regresaría, de modo que esperaron.
No necesitaba escuchar el resto de la historia. Era fácil imaginar lo que le dijeron a Peter a su regreso. Maquinaron todo y, mientras esperaban a Jaime, Peter llegó al Miranda para vengarse.
Estaba temerosa de hacer la siguiente pregunta, pero era necesario:
—Asegura que todos son unos cerdos, Sofía. ¿Está Peter incluido?
—¿Está enamorada de Peter? —la miró pensativa y sonrió.
—No. Desde… luego que no —la negativa no resultaba convincente. Ni siquiera para sí misma.
—No se preocupe. Peter es un hombre difícil, pero honrado. Y trata bien al personal.
—No creo que Peter sepa lo mucho que Helena y Jaime se quieren. Si se lo dijéramos…
—¡No! —Sofía la miró horrorizada—. ¡No lo haga!
—Pero… sin duda le agradaría que su hermana fuera feliz, ¿no es cierto? —preguntó, desconcertada.
—Como usted no es de su clase social no entendería estas cosas —Sofía rió con amargura—. Si fuera tan sencillo, ¿no cree que Helena misma se lo habría confesado?
Lali suspiró. Sin duda Sofía no se equivocaba.
—Aunque imaginan que son muy listos, Helena y yo les tomamos el pelo. Ayudamos a Jaime a escapar y aún no lo imaginan —rió de forma repentina. Miró hacia la puerta como si temiera que la escucharan y continuó—: Tenían a Jaime en una habitación donde se alojan los sirvientes. Su dormitorio estaba junto al mío y como las paredes son finas, por la noche Jaime y yo nos enviábamos recados en voz baja. Me comunicó su plan de escapar, pero necesitaba una cuerda para atar al guardia. Yo se la conseguí.
—¿De modo que no es verdad que ató y amordazó a Helena para obligarla a que se fuera con él? —preguntó con otro suspiro de alivio.
—Desde luego que no —Sofía se mofó de la idea—. Helena ya estaba afuera, esperándolo. De inmediato se fueron al puerto y robaron un barco. Según parece, esos estúpidos todavía no se dan cuenta de que falta uno de sus barcos. Creen que Jaime se dirigió a la carretera y que ahí robó un coche.
—¿Sabe dónde se encuentran ahora? —preguntó Lali, sin aliento.
—No quise saberlo, para que no me obligaran a decirlo. Pero Jaime comentó que usted sabría dónde estaban.
—Sí. Lo sé —Lali sonrió.
—Entonces tenga cuidado de que no la obliguen a decírselo —le advirtió. Se puso de pie y caminó hacia el guardarropa—. Pronto llegará la hora de la cena. Debemos elegir algo muy especial.
Se encontraban solos en el comedor. Lali se había decidido por un vestido de seda roja, escotado, que Helena nunca había usado. A la luz de las velas, Peter estaba guapísimo con una chaqueta de etiqueta blanca.
Era innegable que la comida estaba deliciosa. Por desgracia, la chica estaba demasiado nerviosa como para saborearla. Cenaron en silencio y, cuando el sirviente apartó el último plato, Peter le sirvió otro vaso de vino y sonrió.
—No te emborracharás con este vino, Lali, de modo que no te asustes. Su contenido de alcohol es bajísimo.
—Magnífico. No me apetece despertarme con más dolores de cabeza —tomó el vaso.
—Ese vestido te queda muy bien —comentó, al tiempo que levantaba el vaso en un silencioso brindis—. ¿Dónde lo conseguiste?
—Creo que es de Sofía —mintió—. Ha sido muy amable conmigo.
—Sí —entrecerró los ojos, pensativo—. Es una buena muchacha. Helena y ella se quieren mucho, como si fueran hermanas. Y tengo la sensación de que nuestra pequeña Sofía sabe más de este romance de lo que aparenta.
—No comparto esa impresión —fingió una expresión de sorpresa—. Está muy preocupada por Helena. Al menos no me culpa de lo ocurrido… como el resto de la gente que vive aquí.
—No tienes nada que temer de los de esta casa —le aseguró con acento sombrío—. Te lo aseguro.
—Me alegro de oírlo —señaló, al tiempo que recordaba al muchacho de los ojos claros. Manuel, quién la había mirado como un lobo hambriento mientras Peter les echaba una buena reprimenda. Incluso el tío parecía una serpiente lista para morder.
—Hay muchos aspectos misteriosos en este asunto —Peter jugaba con el vaso—. Voy a llegar hasta el fondo.
—¿Qué quieres decir con eso de misterioso? —preguntó sin malicia—. Creí que habías llegado a la conclusión de que es un caso típico de secuestro. Jaime se llevó a Helena e intenta canjearla por mí.
—Tu hermano golpeó a su vigilante y lo ató de pies y manos. Parece que en silencio entró en la suite de Helena. La amordazó para que no gritara, se la echó al hombro como un saco de patatas y salió por la puerta principal —levantó las cejas, escéptico—. La clase de escena que verías en una pésima película. ¿Estás de acuerdo?
—¿Qué insinúas?
—Tenía la esperanza de que pudieras darme algunas ideas.


Continuará...

sábado, 11 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 26



Hola!! como andan? como comenzaron su finde? 
No hay mucho que hablar...ustedes algo interesante?
Capítulo dedicado a Chari primera en firmar! :) shhh! aguántate, no digas nada! ajajaj 
Inma es bueno hacerse la película créeme, uno nunca sabe si lo que uno imagina es verdad...o no.
@angelaliter BIENVENIDA! que bueno que te hayas sumado a la nove! :) 
Un beso y disfruten del capítulo!
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Lali hizo un esfuerzo por disimular su contrariedad, pero no fue fácil, ya que la hostilidad que la rodeaba le puso los nervios de punta. Peter había dedicado más de diez minutos a interrogar y regañar al personal y a los miembros de la familia, y era innegable a quién culpaban de todos sus problemas. A ella. Si no podían desahogar su coraje con Jaime, lo harían con la hermana de éste.
Por fin, Peter los despidió a todos sin disimular su disgusto, y cuando salían del salón, llamó a una empleada.
La muchacha tenía alrededor de diecinueve años, era morena y esbelta y su expresión hosca disminuía su belleza.
—A sus órdenes, señor Lanzani.
—Sofía, ella es Lali, la hermana del hombre que secuestró a tu señora. No obstante, la tratarás con el mismo respeto y consideración que a Helenaa. Mi intención era hospedarla en la villa, pero dadas las circunstancias, creo que será más conveniente asignarle una habitación en la casa principal.
—Me encargaré de todo, señor Lanzani —prometió la doncella, ceremoniosa—. ¿Cuánto tiempo estará nuestra huésped con nosotros?
—Un mes —clavó sus ojos verdes en Lali, como si esperara su protesta y luego sonrió—. Todavía tenemos un asunto pendiente, ¿no es verdad, Lali? Ahora es más importante que nunca concluirlo de manera satisfactoria. Creo que estarás de acuerdo, Lali.
—¿Tengo alguna elección? —preguntó, resignada—. Estoy segura de que como de costumbre, si no te obedezco, te vengarás sobre Jaime. De nuevo estamos en la misma situación de antes, ¿no es cierto?
—Así parece, gracias a la estupidez de tu hermano. No obstante, durante la cena discutiremos tu futuro, con más tranquilidad.
Desanimada, salió con la doncella del salón. Lo único que la alentaba era que Peter le había ordenado a la doncella que la tratara con todo respeto y consideración, pero a juzgar por la expresión adusta de la muchacha las posibilidades eran poco prometedoras. Con excepción de Peter, todos parecían estar ansiosos de colgarla de los pulgares.
La casa era demasiado espaciosa y necesitaría un mapa para recorrerla. O tal vez la encerrarían bajo llave con un guardia en la puerta, como lo hicieron con Jaime.
Llegaron a un dormitorio de muebles preciosos y, una vez que entraron, la doncella cerró la puerta y después dio un prolongado suspiro de alivio.
—Este es un lugar seguro. Nadie puede oírnos.
—¿Cómo?
—Sofía. Por favor llámeme Sofia, Lali. Soy su amiga. La única que tiene aquí —de manera milagrosa la expresión hosca se convirtió en una sonrisa amistosa—. ¿Le agrada el dormitorio? Hay muchos otros para escoger.
—Es muy bonito —frunció el entrecejo—. Sofía.… ¿qué me quiso decir con eso de que nadie puede oírnos?
—Cuanto menos sepan ellos, mejor —la doncella resopló.
—¿Saber qué? ¿Y quiénes son ellos?
—Todos —aclaró la muchacha, enigmática—. No confíe en ninguno de ellos, porque la embaucarán para que les diga lo que quieren saber —de inmediato cambió el tema—. ¿Dónde están sus cosas?
—¿Qué cosas?
—¿Sus maletas? ¿Su ropa?
—No tengo nada. Sólo unos vaqueros y una camiseta.
—No puede cenar con Peter si lleva puestos unos vaqueros —protestó. Una vez que abrió la puerta y miró hacia afuera, le hizo una seña—. Sígame. Le buscaremos algo bonito para que se ponga.
Lali, indecisa, suspiró. Tarde o temprano llegaría al fondo de ese misterio. Siguió a la doncella a lo largo de un corredor hasta que llegaron a una imponente puerta de madera. Sofía la abrió con la llave que llevaba colgada al cuello.
Una vez adentro, la doncella la llevó a un salón más pequeño fuera de la habitación principal y movió una enorme puerta cubierta con un espejo, que dejaba al descubierto un guardarropa.
Lali contempló, asombrada, los percheros llenos de vestidos y tocó una hermosa creación de seda negra.
—Son preciosos. ¿De quién son?
—De Helenaa, por supuesto. Ésta es su suite privada. Tiene buen gusto, ¿verdad?
—No puedo usar su ropa —Lali apartó la mano de inmediato.
—¡Por supuesto que sí! —Sofia parecía desconcertada—. Usted es la hermana de Jaime, ¿no es cierto? Habría querido que usted los usara.
—¿De verdad? —en ese momento cayó en la cuenta de que Sofía estaba enterada de todo—. Helenaa está enamorada de Jaime, ¿no es verdad?
—¡Los dos están enamoradísimos! ¿No lo sabía?
—No —sintió ganas de abrazarla—. Pero le aseguro, Sofía, que me ha quitado un enorme peso de encima. Hasta este momento, imaginé que era sólo una aventura de Jaime. Desconocía que fuera algo serio.
—¿No se lo contó, siendo usted su hermana? ¿No le habló de Helenaa? —la voz de la doncella revelaba incredulidad—. Sin duda Helenaa le prohibió que se lo dijera a alguien, incluso a usted. Tenía miedo de lo que le harían, si se enteraban.
—Por favor cuéntamelo todo, Sofía —Lali le cogió la mano y la acercó al sofá—. ¿Cómo se conocieron… cuánto tiempo hace?

Continuará...

viernes, 10 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 25


Hola!! perdón por la tardanza, pero me quede leyendo un libro buenísimo :) se llama "El Tesoro de Charleen" se los recomiendo :D 
El capítulo va dedicado a Chari, primera en firmar! y a Inma que fue la que más firmo! 
Espero que hayan seguido mi consejo y hayan visto Hola soy German (está en Youtube) jijij Mi favorito es el de los cumple años :) 
Bueno les dejo un abrazo psicológico y que tengan un buen finde!
Besos!
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Cuando transcurrió media hora, se cubrió con la camiseta y bajó a la cocina para preparar un plato de emparedados. Después, sacó del frigorífico una jarra de zumo de naranja helado y subió la bandeja a la caseta del timón.
—Sírvete. Es mi turno de dirigir el timón.
—Cuidado con aquellos yates, allí adelante —le advirtió él mientras se servía zumo de naranja—. Cambian de rumbo hacia donde sopla el viento, por lo que es probable que se te crucen.
Lali suspiró y levantó la vista. Él rió por su expresión.
—Disculpa. Olvidé que eres un viejo lobo de mar —reconoció.
Peter empezó a comer un emparedado, pero se detuvo con brusquedad cuando ella le preguntó algo relacionado con su hermana.
—¿Helenaa? ¿Qué pasa con ella?
—Sólo me preguntaba cómo es. Después de todo, las dos estamos en la misma situación. Supongo que tenemos bastante en común.
—Es posible que tengas la oportunidad de conocerla. La curiosidad tal vez la convenza de conocer a la hermana del hombre que abusó de ella.
—¿Quieres decir que aún vive allí? —preguntó con sarcasmo, molesta por sus palabras.
—Desde luego. ¿Por qué no?
—Porque de acuerdo con la forma en que hablas de ella, supuse que la habían enviado a vivir con una vieja tía, en las montañas, para ocultar su deshonra. Tengo la seguridad de que agradece el hecho de no estar completamente excluida de su cariñosa familia.
Haciendo a un lado el sarcasmo, Peter le dio otro mordisco a su emparedado.
—Se irá a Londres en cualquier momento, pero es más conveniente que mientras tanto viva en la casa. Por supuesto que no puede salir de su habitación, donde la atiende una doncella. No es un castigo, como comprenderás, más bien es para que no sienta vergüenza frente a los demás miembros de la familia.
—Aún no me has dicho cómo es, como persona. Aunque supongo que debe de ser muy hermosa, sin duda cuenta con otras cualidades —hizo una pausa y después lo incitó a que le contestara, al añadir en tono informal—: Si no deseas hablar de ella, no te preocupes. Después de la vergüenza en que os ha puesto a todos… —se detuvo con la esperanza de no haberse excedido.
—Se parece bastante a ti, Lali —arrastró las palabras y su expresión se endureció—. Valiente y muy simpática.
Lali miró en línea recta, temerosa de que él se diera cuenta del desconcierto y la tristeza de sus ojos. «Es una gran ayuda comportarse con valentía cuando se termina así», pensó.
—¿Es también una idealista… una soñadora romántica como yo?
—Sí. Y como tú, es lo suficiente sensata como para saber que al final, es mejor rendirse ante lo inevitable —hizo una pausa y continuó en tono sombrío—: Y no te equivocaste al mencionar que puso en vergüenza a nuestra familia. Es tan culpable como tu hermano por permitir que esto sucediera. Ahora se da cuenta de su error y…
Lali no pudo soportar más y deseó no haber querido haber hablado del asunto.
—¡Está bien, Peter! —se volvió a él con brusquedad—. No quiero oír más. Ya estoy bastante deprimida.
—Entonces haremos lo posible por acabar con esa depresión —se mofó—. En la finca hay una villa apartada. Pasaremos la noche juntos y en esta ocasión no habrá vino para entorpecer los sentidos —se inclinó hacia ella y sus labios le rozaron la oreja—. No dejes de pensar en eso durante las próximas horas, Lali. Imagínate el placer que vamos a proporcionarnos mutuamente.
Cuando él abandonó la caseta del timón, Lali lo miró con resentimiento y se mordió un labio. El placer era lo último en que podía pensar en aquel momento.
Lo más importante era su hermano y lo que ella le fuera a decir cuando se encontraran.

A kilómetros de la costa, se divisaba muy diminuna la enorme finca. El muelle al que se dirigían era lo suficientemente grande como para acomodar una flota de barcos de distintos tamaños. A través de los prismáticos, Lali contó al menos veinte, desde cruceros magníficos, yates y pequeños barcos. Delante del muelle había diversos astilleros y talleres y, más allá, sobre el terreno elevado, la mansión principal adornada con césped impecable y arriates. Detrás de la casa, que se extendía hasta las colinas, al pie de las montañas, había extensos viñedos y huertos de árboles frutales.
El Miranda entró al muelle, guiado por Peter, y uno de los empleados lo amarró a un poste. Mientras ella hacía lo propio con la cuerda de la proa, una limusina blanca se detuvo y dos hombres salieron, uno de ellos le gritó que quién diablos era y quién le había dado permiso de amarrar su barco en una propiedad privada.
De pronto, la expresión de sus rostros cambió, al ver que Peter salía de la caseta del timón.
Peter, sin perder el tiempo, subió al muelle y furioso se enfrentó a ellos.
—No tendríamos que estar aquí si alguien hubiera contestado mi llamada telefónica de esta mañana. Espero que los dos me den una buena explicación.
De nuevo se miraron uno a otro sin saber qué hacer, y el mayor de los dos, un hombre fornido de cincuenta y tantos años apartó a Peter y comenzó a hablarle en voz baja.
Lali se dio cuenta de que el otro hombre la miraba de arriba abajo. Tenía más o menos la misma edad de ella e iba vestido con un elegante traje oscuro, sus labios eran gruesos y sus ojos claros. Lali lo miró desafiante y después le dio la espalda fingiendo que inspeccionaba la grúa. En ese hombre había algo que le erizó la piel. Cuanto antes viera a Jaime y se alejara de allí, mejor.
Con un sentimiento de alivio vio que Peter regresaba a cubierta. Pero este alivio desapareció al ver la furia en su cara.
—¿Qué… qué sucede, Peter?
—Parece que existía una muy buena razón de que nadie estuviera en la casa para contestar el teléfono esta mañana. Todos estaban afuera, buscando a tu hermano.
—¿Jaime? —abrió los ojos de par en par—. No… no comprendo. ¿Dónde está?
—Eso es lo que nos gustaría saber. Desapareció.
—¿Quieres decir que escapó? —tuvo ganas de reír de alegría, pero cambió de opinión—. No sé por qué estás tan contrariado. De todas maneras ibas a dejarlo libre, ¿no es cierto? Él sólo se ha adelantado —sentía los ojos claros encima de ella—. Mira. Peter. No me gusta tu amigo, quienquiera que sea. Como ya no hay motivo de que permanezcamos aquí más tiempo, ¿por qué no arrancas el motor y…?
—Este hombre que te desagrada tanto es mi primo Manuel.
—El que se suponía que cuidaba a Jaime, ¿no es verdad? Parece que no es competente en su trabajo.
—Durante la noche, tu hermano fingió estar enfermo, y cuando Manuel fue a ayudarlo, lo golpeó. Lo amarró y lo amordazó. No pudo liberarse hasta las siete de la mañana.
—Jaime siempre fue bueno para los nudos. Mi padre le enseñó.
Por un instante creyó que Peter iba a golpearla y retrocedió.
—La siguiente parte no te parecerá tan divertida, Lali —respiró con fuerza—. No contento con escapar, también secuestró a mi hermana.
—¿De esta casa? —abrió la boca—. ¿Cómo se las arregló para hacerlo?
—Supongo que entró en el dormitorio de mi hermana, la ató y después la amordazó, como lo hizo con Manuel —sonrió sin alegría—. Sin duda su idea es usar a Helenaa como rehén a cambio de ti. Lo encontraremos y cuando lo tengamos en nuestro poder…
Cortó la frase y Lali, desesperada, cerró los ojos. A pesar de todo, su hermano había empeorado su situación.

Continuará...

jueves, 9 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 23 y 24



Hola!! WOW! 28 comentarios! O.O jijiji 
Perdón por la desaparición, pero de nuevo llegue tarde a casa! :( y mi "buena suerte" aun no me de vuelve mi hermoso computador jaja
Capítulo dedicado a un Anónimo que bueno, no dejo el nombre jijiji y también a Antonella que firmó mucho, pidiendo más capítulo! jijij
Chari gracias por responderme! y que bueno que no te haya incomodidado...Bueno, yo soy más pequeña. Tengo 14 años cumplidos hace poco; me llamo Paulina, pero prefiero que me digan Pauli :) Sobre la nove "Amor de campamento" la hacía con una amiga, pero no la completamos...voy a tratar de terminar noves que comenze a escribir, ya que nunca he terminado una :/
Eeeeeeen fin! (a la que no ha visto Hola Soy Germán, hágalo ahora!) aquí viene el capítulo!
Un abrazo psicológico y que estén bien!
Recuerden seguir el blog por Twitter :)
Besos!
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—¿Estás segura de que llama al número correcto? —preguntó Peter después de otra espera interminable y finalmente colgó el auricular—. No contestan.
Lali lo miró recelosa, preguntándose si esa era otra de sus mentiras para lastimarla y confundirla, pero se dio cuenta de que su impaciencia era sincera.
—Quizá no hay nadie —opinó.
—En la casa grande hay ocho personas —aclaró, irritado—. Al menos una debería estar ahí para contestar el teléfono.
—Quizás haya una avería en la línea —opinó para tranquilizarlo—. Vuelve a intentarlo dentro de un rato.
—Lo haré. Pero tengo la sensación de que algo anda mal.
—¿Mal? —preguntó—. ¿A qué te refieres? ¿Algo relacionado con mi hermano? —su voz comenzó a estremecerse—. Te… te advierto Peter, que si tu familia lo ha lastimado…
—Tu hermano está sano y salvo —le lanzó.
—¿Cómo lo sabes? —demandó—. Después de lo que me dijiste de esos cerdos vengativos que tienes por familia.
—Nadie se atrevería a desobedecer mis órdenes —la miró con indignación.
A pesar de la vehemencia de sus palabras, éstas no la tranquilizaron, y de nuevo, lo injusto de la situación le provocó un nudo de amargura en la garganta.
—Supongo que lo tienen encadenado en el sótano, como a un animal —afirmó en fría acusación—. Esa sería tu idea de mantenerlo a salvo, ¿no es verdad?
—Eso encajaría muy bien en tu percepción de mí como una bestia insensible —comentó con sarcasmo—. El hecho es que, quizás en la finca se encuentre mucho más cómodo que a bordo del Miranda. Cuenta con una habitación detrás del alojamiento de los sirvientes y come lo mismo que los demás. Trabaja en los campos de olivos de siete de la mañana hasta mediodía. Después, el resto del día es todo suyo.
—Si le permitieran hacer lo que quisiera, habría escapado hace mucho tiempo —le aseguró.
—De manera razonable, puede hacer lo que quiera —rectificó Peter, cortante—. No se le permite acercarse a la casa principal y, por supuesto, a todas horas está vigilado.
—¿Acaso por uno de tus secuaces greñudos armados? —rió con burla.
—Mi primo, Manuel, en nada se parece a tu descripción. Es bastante exigente con su apariencia.
—Al infierno con tu primo Manuel —refunfuñó.
—Probablemente irá a parar ahí, como todos nosotros. Bien, como tenemos unos minutos libres, hay algo que quiero discutir contigo.
—¿Discutir? —terminó su café y lo miró con recelo—. Qué raro. Hasta ahora, jamás te has molestado en…
—¡Por amor de Dios, mujer! —exclamó, furioso—. ¿No puedes dulcificar tu lengua cinco minutos? Anoche ya soporté tus insultos. Trato de ser razonable contigo, pero no me das la oportunidad.
—Está bien. Te… escucho —se atemorizó ante la mirada violenta de Peter.
—He pensado en el futuro de nuestro hijo —caminó hacia la ventana y miró hacia la calle.
El corazón le dio un vuelco. Era la primera vez que se refería de su hijo como «nuestro».
—No es justo que él sufra por los pecados de otros —manifestó con serenidad.
Aunque estaba completamente de acuerdo, descubrir ese sentimiento en un hombre como él era lo último que Lali esperaba. Incapaz de saber qué contestar, esperó que él continuara con su inesperada conversación.
—Anoche me amenazaste con criar a nuestro hijo para que me odiara por haberos abandonado. ¿Lo recuerdas?
—A… apenas —tragó saliva—. No creo haberlo dicho en serio.
—Tengo la impresión de que sí —afirmó con brusquedad—. Aunque eso no me preocupa. Si decido ser generoso contigo, ahora, no tiene nada que ver con esa amenaza. Quiero que lo entiendas, Lali. Nadie amenaza a Peter Lanzani.
—Lo entiendo… —de nuevo se mordió un labio—. ¿Qué quieres decir con eso de ser generoso conmigo? Aún a costa de que te enfades de nuevo, quiero decirte que no voy a aceptar ninguna oferta de dinero que pienses hacerme. Sacaré a mi hijo adelante, sin ayuda tuya.
—Debí recordar tu absurda independencia —dijo entre dientes, al tiempo que le dirigía una mirada penetrante, que ella correspondió sin amedrentarse.
—Es verdad —replicó,— soy muy independiente. Pero no tengo intención de permitir que tranquilices tu conciencia aceptando tu dinero.
El rostro de Peter era una máscara inescrutable y se preguntó qué existía en realidad en lo más recóndito de su pensamiento. ¿Sería posible que comenzara a sentir…? No. Era esperar demasiado.
—Acabas de decir que no es justo que un niño inocente sufra por los pecados de otros. ¿Y yo? —preguntó, decidida a presionarlo un poco más.
—Tú no sufrirás —frunció el ceño—. Cuando llegue el momento, tendrás la mejor atención médica.
—¿Y dónde estaré cuando todo esto ocurra? —lo retó—. ¿En el amoroso seno de tu familia?
—Sabes que es imposible.
—Sí —el nudo regresó a su garganta—. Sólo quería oírtelo decir.
—Podrás disponer de una habitación privada, en el mejor…
—No, Peter, gracias —lo interrumpió.
—¿Por qué no? —la ira y el desconcierto ensombrecieron sus facciones.
—Si tienes que preguntarlo, entonces nunca lo entenderás.
Era consciente de los riesgos que corría. Si continuaba rechazando esas ofertas tentativas de amistad, él podría decidir no darle nada.
—Si de verdad deseas ser generoso conmigo, hay algo que puedes hacer —declaró serena.
—Dímelo.


Capítulo 24


Ella respiró con fuerza. Tal vez se negaría, pero al menos debía intentarlo en beneficio de Jaime.
—Libera a mi hermano —vio que sus párpados se entrecerraban y continuó—: Ya no lo necesitas como rehén, Peter. Por eso lo hiciste prisionero, ¿no es verdad? Para asegurarte de que yo… cooperaría contigo. Ya cumplí…
Se dio cuenta de la fría negativa en su cara, incluso antes de que abriera la boca, y decidió insistir.
—Estoy dispuesta a quedarme contigo hasta… hasta que tu doctor me examine. Eso es lo que pretendes, ¿no es cierto?
El gesto en su cara le indicó que quizá cambiara de opinión, y presintió una pequeña victoria.
—Jaime tiene amigos en Rawson —continuó en su afán de convencerlo—. Puede quedarse con ellos unas cuantas semanas.
—¿No intentarás escapar?
—Ya te aseguré que me quedaré —le recordó, ceremoniosa—. Debes creer en mi palabra.
—Está bien, acepto —la contempló un instante.
Sintió como si le quitaran de encima un enorme peso y dio un prolongado suspiro de alivio.
—¿Y el otro asunto? —preguntó él con calma—. ¿Aún te niegas a aceptar mi ayuda para el niño?
«Cuidado, Lali. No eches todo a perder. Acabas de recibir una concesión de él y sería absurdo ponerla en peligro. Podría cambiar de opinión con respecto a dejar en libertad a Jaime».
—Lo… pensaré —mintió—. Cuando llegue el momento, quizá necesite alguna ayuda.
Fue suficiente para tranquilizarlo de momento. Peter caminó hacia el teléfono para pedirle a la telefonista que llamara otra vez a la finca. Lali se sirvió otra taza de café.
Incapaz de conseguir comunicación con la finca, puso el auricular en su lugar y miró por la ventana con expresión sombría.
Ella guardó silencio. Por experiencia sabía lo que pasaba cuando los pensamientos de Peter eran interrumpidos por «charlas intrascendentes». El día anterior, por la mañana, a bordo del Miranda, él la había tratado con frialdad, por haber interrumpido sus pensamientos. ¿Acaso reflexionaba sobre el futuro de su hijo?
—Termina tu café —se volvió a ella, después de tomar una repentina decisión—. Nos vamos. En poco más de siete horas llegaremos a tierra firme. Si nos vamos de inmediato llegaremos por la tarde a Rawson e iremos a la finca.
Ella titubeó. Entrar en el territorio enemigo no era una perspectiva que le agradara.
—Te gustaría ver a tu hermano antes de que lo ponga en libertad, ¿no es verdad? —le preguntó en tono de guasa—. Esta es tu oportunidad. De todos modos, debo averiguar por qué no contestan al teléfono y algunas cabezas caerán cuando llegue al fondo del asunto. Todas nuestras empresas se manejan desde la finca y el éxito depende de una comunicación inmediata.
El Miranda salió del puerto media hora después. Peter se encargó del timón mientras Lali inspeccionaba las provisiones que habían llegado minutos antes de zarpar. Después de guardar todo en la bodega, regresó a cubierta y se desvistió hasta la cintura. Era extraño que jamás hubiera soñado hacer eso frente a su propio hermano, pero no sintió la menor vergüenza frente a Peter. Se sentó en la cubierta con la espalda hacia la caseta del timón y se dejó acariciar por el sol. Media hora sería suficiente para mantener el color dorado de su piel y después se pondría la camiseta.
Una vez que el problema de la seguridad de su hermano estaba solucionado, era hora de pensar en su propia situación. No merecía la pena hacer hincapié en los pros y los contras, debido a que en más o menos nueve meses tendría un hijo, de modo que cuanto antes comenzara a hacer planes, mejor.
Lo primero era dejar de sentir compasión de sí misma, ya que el mundo no se acabaría. No sería la primera mujer en la historia, en esta situación. Las mujeres eran más resistentes que los hombres.
De algo estaba segura. Le daría a su hijo todos los cuidados y el cariño de que era capaz y buscaría un hogar permanente en algún lado y quizá también un empleo. Dirigir un barco no era lo único que sabía hacer. Aún conservaba su diploma de estudios administrativos y en Rawson existían muchas agencias marítimas. Tal vez tendría suerte ahí.
Sin embargo, no estaba tan segura con respecto a su hermano. Era indispensable que le aclarara que en absoluto lo consideraba responsable de lo ocurrido. Jaime era atolondrado e irresponsable, como la mayoría de los hombres; unos senos prominentes y un par de piernas bonitas bastaban para enloquecerlos, pero Jaime no lo consideraría así. Cada vez que viera al niño recordaría su insensatez y se moriría de vergüenza y remordimiento. Lo mejor sería que Jaime encontrara un nuevo socio para que le ayudara a manejar el Miranda. De esta manera, tendrían caminos diferentes.
Contra toda lógica, sentía pena por Peter, quien sería el padre de un niño al que jamás vería. Hasta ahora no había tomado en cuenta esta realidad y tal vez era el motivo de su tardío ofrecimiento de ayuda. Si continuaba rechazándolo, le negaba prácticamente el derecho de ver a su hijo.
«¿Realmente deseo hacerlo?», se preguntó. Aunque detestaba lo que estaba haciendo con su vida, no podía odiarlo.  Si lo hubiera conocido en otras circunstancias, tal vez habrían llegado a enamorarse.

Continuará...

martes, 7 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 21 y 22




Hola!! como andan?? Perdón por la desaparición de ayer, pero llegue tarde a casa y no había internet.
Wow! 11 firmas :) 
Capítulo dedicado a Antonella :) primera en firmar!
mueroxksiangeles jajaja lo siento, lo siento! a mi igual...me cae pésimo...jajaja
Inma comparto tu sentimiento, hay que hacer algo al respecto no? jajaj 
Chari,  no te agobies, tranquila! no me recuerdes los juegos! ¬¬" aqui en Chile solo muestran a Tomas (aunque lo admiro y me hubiera encantado que sacara medalla) pero nada más! y eso que hay otros deportistas!...Perdón por la intromisión pero como que marido?! que edad tienes? (espero que no te moleste)
PD: gracias a las chicas que dejaron sus nombres! :)
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—Sabía que lo harías.
Algo en el tono de su voz la obligó a abrir mucho los ojos y el corazón le dio un vuelco al ver la mueca irónica en la boca de él.
—¿Me tomas por un imbécil? —preguntó Peter, burlón—. Es imposible saber aún si estás embarazada. Es demasiado pronto. Bebamos una copa y olvidemos todas estas tonterías.
Lali clavó las uñas en las palmas de la mano para controlar su ira y después respiró con fuerza.
—Eres despreciable.
—Anoche no pensabas así.
—Todavía no te habías quitado la máscara —contraatacó.
—Ves sólo lo que quieres ver —contestó él con la misma brusquedad—. Eso es lo malo de ser idealista. La próxima vez que vengas a decirme que estás embarazada, lo mejor es que estés segura, porque tendrás que someterte a una prueba —ignorando la expresión de agravio en el rostro de su interlocutora, agregó—: La prueba la efectuará el médico de nuestra familia. El mismo que confirmó el embarazo de mi hermana. Si opina que no estás embarazada, entonces comenzaremos de nuevo —comentó con informalidad, mientras llenaba dos vasos de vino—. En lo que a mí respecta, no me importa cuánto tiempo tardes en quedarte. ¿Quieres esta copa o no?
Hizo caso omiso de la copa que él le ofrecía y se arrellanó en el sofá. Esa pesadilla empeoraba por momentos y debía existir una salida, algo que pudiera hacer. Suplicarle resultaría inútil, porque no conseguiría nada.
—Está bien, Peter —se levantó con lentitud—. Tendré a tu hijo y reza por que sea varón. Un hombre tan fuerte y seguro de sí mismo como tú.
—Estoy seguro de que lo será.
—Yo también —le sonrió con frialdad—. Porque tan pronto tenga la edad suficiente para comprender, voy a explicarle lo que hiciste. Le diré que su propio padre nos abandonó. Te odiará, Peter. Y alimentaré ese odio día a día hasta que alcance la madurez. Y cuando llegue ese día te buscará y te destruirá a ti y a tu maldito clan.
—¿No crees que eres bastante melodramática, Lali? Quizá sea una niña. Y en cualquier caso, ¿quién sabe dónde estaremos todos nosotros dentro de veinte años? —sacudió la cabeza—. No, Lali. Una amenaza como ésa no me presiona lo más mínimo —de nuevo le ofreció el vaso—. Bebe esto. Creo que lo necesitas.
Sin darse cuenta de lo que hacía, bebió el contenido del vaso de un solo trago.
—Mucho mejor —dio su aprobación—. ¿Nos ponemos cómodos y vemos la televisión antes de acostarnos o prefieres que vayamos a un centro nocturno?
—Si tu hermana es como tú, sólo Dios sabe qué vio Jaime —lo miró con amargura.
—Supongo que su atractivo. Al igual que todas las mujeres de mi familia, Helenaa es guapísima.
—Sí… —murmuró con tristeza—. Y apostaría a que saben cuál es su lugar, ¿no es cierto? Sin duda son mujeres pisoteadas si todos los hombres Lanzani son como tú. No sé qué tienes en las venas. No es sangre… más bien parece ácido.
—Yo soy más liberal que mis hermanos y primos —rió con aspereza ante el comentario de ella y llenó su vaso—. Gracias a mi intervención, tu hermano aún está vivo. Todos estaban de acuerdo con tomar una decisión directa y drástica, pero me las arreglé para convencerlos de que esto era más apropiado —llenó su vaso y lo levantó, burlón—. Porque continúe la buena salud de tu hermano.
—¿No sientes el más mínimo remordimiento por la forma en que me estás tratando? Soy mujer al igual que tu hermana, a quien tanto cuidas.
Por un segundo apareció en los ojos de Peter una expresión de dolor, la que de inmediato fue sustituida por un brillo cínico.
—No tengo otro remedio. Soy el hijo mayor y el resto de la familia espera que me vengue de este insulto a nuestro honor. Es mi deber.
—¿Tu deber? —le dirigió una mirada de desprecio—. Tal vez era lo que decían los emperadores romanos cuando lanzaron a los cristianos con los leones.
—Sí —asintió, áspero—. Quizá.
—Vuelve a llenarlo —le dio el vaso.
—En dos minutos has bebido dos vasos.
—Llena el maldito vaso o lo haré yo —insistió.
Peter se vio obligado a complacerla. Luego, Lali caminó hacia el balcón con su vaso en la mano. En la tranquila calle de abajo, las parejas paseaban del brazo y se escuchaba el murmullo de las conversaciones y las risas. Era gente común y corriente que disfrutaba de vivir y se preguntó si esas personas serían conscientes de lo afortunados que eran.
La descripción de Peter sobre sus parientes significaba una preocupación más. Jaime era un hombre independiente, como ella, y no aceptaría ninguna clase de encarcelamiento, sin causar todos los problemas del mundo. Tal vez se impacientara y le hicieran daño. Este pensamiento la hizo estremecerse. A primera hora de la mañana le pediría a Peter que la dejara hablar con su hermano por teléfono. Al terminar la tercera copa, entró en la habitación.
—Deseo hablar con Jaime a primera hora de mañana —llenó de nuevo su vaso.
—¿Por qué motivo? —arrastró las palabras—. ¿Tratas de castigarlo por todos los problemas que ha causado?
—Quiero asegurarme de que está en buenas condiciones físicas.
—Te lo aseguro.
—Necesito que él mismo me lo diga. ¿Eres tan malvado que ni siquiera me permitirás hablar con mi propio hermano?
—Está bien —levantó los hombros con indiferencia—. Cálmate. Lo arreglaré.
—Más te vale.
—¿Intentas emborracharte? —le preguntó al ver que de nuevo llenaba su vaso—. Ese vino es fuerte.
—Cuanto más fuerte, mejor —la habitación parecía oscilar un poco. Le dio hipo y señaló la cama—. Antes de que me acueste ahí, contigo, voy a emborracharme. Y en el punto culminante de tu actuación, voy a vomitar encima de ti —levantó el vaso hacia sus labios y se detuvo para mirarlo—. Con un poco de suerte, te haré odiar el sexo el resto de tu vida.
—Baja ese vaso —le ordenó—. No sólo te estás poniendo en ridículo, sino que te levantarás con una tremenda resaca.
—¡Una resaca! —fingió un ademán de horror—. ¡Oh, Dios mío! No debo tener una resaca, ¿verdad? Sería terrible —le dio hipo de nuevo, antes de mirarlo—. ¡Cretino! ¿Crees que me preocupa la resaca? —levantó el vaso y apuró su contenido.
—Bueno, ya se ha terminado la primera botella —comentó él en tono de broma—. Sólo queda una. ¿Debo pedir una caja entera?
—Sí. Hagamos una maldita fiesta para celebrar que estamos juntos —lo miró achispada—. No es tu cumpleaños, ¿verdad? ¿No? Ni el mío. No importa. Pensaré en algo. Déjame ver… ¡ya sé! ¡La llamaremos una fiesta de concepción! —contenta de su brillantez trataba de descorchar la segunda botella, cuando él se la arrebató.
—Ya has bebido suficiente —refunfuñó—. Ahora desvístete.
De nuevo, el dormitorio pareció comenzar a girar y Peter la sujetó de los hombros.
—¿Qué te pasa? Ya estás impaciente, ¿verdad?
—Enojado sería una descripción mejor —aclaró, molesto—. Ahora desvístete o lo haré por ti.
—¡Oh, no! —se las arregló para apartarlo sin caerse—. Puedo hacerlo… yo sola, gracias —cuando estaba a punto de desabrocharse el botón superior de la blusa alzó las cejas enojada—. No vas a quedarte parado ahí observándome, ¿verdad? ¿Acaso no puedes, volver la espalda? No voy a escapar.
Por un instante parecía que él estaba listo para arrancarle con los dientes la cabeza, y después de dar un suspiro de desesperación, se dio media vuelta.
—Eso está mejor —murmuró Lali entre dientes—. Sé que es un esfuerzo para un hombre como tú, pero si lo intentas, puedes comportarte como un caballero.
Al fin logró desabrocharse la blusa. La falda no fue problema, pero no alcanzaba el cierre del sujetador. Si el maldito suelo se quedara quieto un momento… Al fin se dio por vencida y le golpeó en el hombro.
—Disculpa, pero no puedo quitármelo. ¿Crees que podrías…?
Él la rodeó con los brazos y desabrochó con destreza el cierre; la prenda cayó al suelo cuando ella levantó los hombros.
—Gracias —dijo con ceremoniosa formalidad—. Ahora ya puedes soltarme.
—No creo que sea una buena idea —miró la piel tentadora—. Estás a punto de desmayarte —antes de que ella se diese cuenta de lo que pasaba, la tomó en brazos para acomodarla en la cama, con suavidad.
Por un instante, ella lo miró y por alguna razón extraña sintió un nudo en la garganta y el labio comenzó a temblarle.
—No me importaría —dijo con ternura—… si pensara que te importo aunque fuese un poco, no me importaría… Con toda sinceridad, Peter, no me importaría.
Mordiéndose los labios, cerró los ojos y esperó…



A la mañana siguiente el dolor de cabeza despertó a Lali. Abrió un poco los ojos y los cerró con un gemido. Un instante después lo intentó de nuevo, y esta vez se las arregló para mantenerlos abiertos mientras miraba el techo.
¡Anoche! ¡Oh, Dios! Sintió ganas de meterse de nuevo bajo las mantas y esconderse. Con dificultad se incorporó y miró a su alrededor. No había el menor indicio de Peter, pero podía oír el ruido de la ducha.
Jamás se había sentido tan mal en su vida. Trató de reconstruir los acontecimientos de la noche anterior. Discutieron mucho… sí… le había dicho a Peter lo que pensaba de él… ¿y después? ¿Le había quitado la ropa? ¿O ella misma lo había hecho? No estaba segura, pero sí recordaba que la había cogido en brazos y la había metido en la cama…
—Buenos días, Lali.
Peter salía del baño, recién afeitado y vestido, y se sentó en el borde de la cama.
—¿Cómo te sientes?
—Bien —contestó con voz poco clara—. Muy bien.
—Tu aspecto no es bueno —comentó en tono de broma—. Pareces una superviviente de un tren descarrilado.
—Sin duda sabes estimular la confianza que una persona tiene en sí misma, ¿no es cierto? —advirtió con acidez.
—No debiste beber tanto —opinó, indiferente—. Te lo advertí, pero no me hiciste caso. Ya he desayunado —se puso de pie—. ¿Y tú? ¿Quieres que ordene que te traigan algo? ¿Huevos con tocino?
—No, gracias. Sólo mucho café.
Peter llamó a la recepción y, después de pedir el café, se sentó de nuevo junto a la chica.
—Cuando te sientas capaz, llamaré a la finca.
—¿Finca? —frunció el ceño.
—Me pediste hablar con tu hermano. ¿No te acuerdas?
—Sí. Lo… recuerdo.
Bajo la constante mirada inquisitiva de sus ojos, la chica comenzaba a sentirse incómoda.
—¿Qué recuerdas?
—Si no te importa, prefiero no pensar en eso ahora —pequeños recuerdos ya la atormentaban.
Contempló la almohada intacta del otro lado de la cama.
—Estuvimos… quiero decir…
—No —contestó con evidente disgusto—. Estabas inconsciente. Aunque sé lo que opinas de mí, aún no he bajado a ese nivel.
Continuó mirándola con enojo, satisfecho de darle una lección.
—Te quedaste dormida tan pronto como te acosté en la cama. Después de asegurarme de que estuvieras cómoda, salí un rato. Cuando regresé, roncabas como un marinero borracho —con un ademán le señaló la silla—. Pasé una noche muy incómoda sentado ahí.
—Supongo… que debería agradecértelo —notó que su ropa estaba doblada sobre el tocador.
—¿Por qué? ¿Por cuidarte? ¿Por no aprovecharme de tu estado?
—Sabes a qué me refiero —se mordió un labio con tristeza—. No lo hagas más difícil. Ya me siento bastante mal.
—Anoche me clasificaste de cretino mal intencionado. Quizá sólo quería la satisfacción de ver que esta mañana te comieras tus palabras.
—Deseo darme una ducha —miró hacia el baño.
—Muy buena idea. Tu café estará aquí cuando salgas —se levantó y se acercó a la ventana mientras ella abandonaba la cama para tomar su ropa y caminar hacia el baño.
Lali se colocó bajo el chorro de agua hirviendo y después abrió el grifo de agua fría. Se cubrió de inmediato con una toalla y después de vestirse entró en la habitación.
—Ahora tu aspecto es mucho mejor —Peter servía el café y la miró de arriba abajo—. ¿Ya ha desaparecido el dolor de cabeza?
Ella hizo un ademán afirmativo y tomó un sorbo de su café.
—¿Qué hora es?
—Casi las nueve. ¿Por qué? ¿Tienes prisa de ir a algún lugar?
—Sí. Al mercado, a comprar verduras frescas. Si llego tarde, ya habrán vendido las mejores.
Él levantó el teléfono y pidió hablar con el gerente.
—Habla Lanzani. Por favor envíe a alguien de la cocina al mercado para comprar algunas cosas y llevar las a un barco que está en el muelle llamado Miranda —le entregó a Lali el teléfono—. Dale la lista de las verduras que quieres que te compre.
De modo que así actuaban los ricos y poderosos, se dijo a sí misma, de mal humor. No regatean en el mercado… mandan a alguien de la cocina a que lo haga por ellos.
Una vez que Lali terminó con la lista de la compra, Peter le pidió a la telefonista que le pusiera con un número de teléfono.
Lali bebió otro sorbo de café y se dio cuenta de la impaciencia de Peter mientras esperaba.
—Trato de llamar a la finca —le explicó mientras le echaba una mirada—. Vas a tener la oportunidad de hablar con tu hermano. No hables mucho, por favor. Sé lo más breve posible.
Lali bajó la taza de café y se dispuso a coger el auricular. No sabía qué decirle a su hermano, excepto que no se preocupara; pero conociendo a Jaime, estaría más angustiado por ella que por sí  mismo.

Continuará...

domingo, 5 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 20



Último capítulo de hoy!  
El capítulo va dedicado a todos los anonimos que firmaron. Chicas (si hay un hombre también) recuerden poner su nombre si van a firmar como anónimo!
Besos
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Terminaron de cenar en silencio y, después, Peter pidió un taxi para que los llevara al hotel. Una vez que estuvieron en la habitación, él examinó la amplia cama matrimonial y sonrió provocativamente.
—Creo que estaremos muy cómodos en esta cama, Lali. ¿Quieres que nos desvistamos ahora y lo comprobemos?
—Tú puedes hacer lo que quieras —respondió desdeñosa—. Yo no tengo intención de dormir contigo esta noche, ni ninguna otra.
—¿Hablas en serio? —le dirigió una mirada penetrante—. ¿Te das cuenta de la situación de tu hermano, si no cumples el trato?
—No voy a permitir que me hagas chantaje —rechinó los dientes—. Te entregué lo que querías y ahora debes liberar a Jaime. En la mesa hay un teléfono. Da la orden ahora mismo.
—Imposible —aclaró, inexorable—. ¿Se te ocurre alguna otra cosa?
Lali abrió la boca. Estaba preparada para cualquier cosa, excepto para su fría negativa. Una mirada a aquel rostro de piedra fue suficiente para que comprendiera que cualquier rebeldía por su parte sería un fracaso.
Pálida y temblando de ira, se sentó en una silla.
—Fui una cretina. Debí imaginarlo —alzó la vista para mirarlo con amargura—. Me estaba enamorando de ti. Y pensé… —las palabras se negaron a salir de su garganta por un momento, al fin continuó—: Creí que comenzabas a sentir… algo por mí. Pero me equivoqué, ¿no es verdad? Eres un hombre carente de sentimientos, como un robot programado para la venganza.
—No tenías derecho a enamorarte de mí —refunfuñó—. Sólo estás complicando las cosas.
¿Estaba complicando las cosas? ¡Cielos! Era como para reírse. Quizás ahora debería disculparse por enamorarse de él.
—Desde el principio fui sincero contigo —continuó, despiadado—. Lo menos que puedes hacer es ser igualmente sincera contigo misma.
—¿Y qué diablos se supone que significa eso? —demandó, iracunda.
Peter caminó por la habitación, sujetó a la chica de los hombros y, con violencia, la obligó a ponerse de pie.
—Te diré lo que significa. Sientes remordimientos y pretendes culparme.
—¿Yo? —lo miró como si se hubiera vuelto loco—. No tengo culpa de nada. Tú eres el que debería sentirse avergonzado.
—Deja de engañarte a ti misma —la recriminó furioso—. Tu conciencia te hace comportarte como una mártir por salvar a tu hermano, pero tus instintos naturales te delatan. Con horror te has dado cuenta de que deseas hacer conmigo el amor. Esa es la verdad, ¿no crees?
—Suéltame —trató de liberarse de él—. ¡Has perdido el juicio!
—¡Contéstame! —preguntó, furioso—. Reconócelo.
—No. Es ridículo —sacudió la cabeza, clavándole una mirada de frustración.
—¿De verdad? —sus ojos le quemaban—. ¿Eres tan tonta como para suponer que un hombre no sabe cuando una mujer lo desea? La intensa mirada. Las pupilas dilatadas. El ligero rubor. La forma en que tiembla cuando la tocas.
Lali desvió la mirada, incapaz de resistir tal escrutinio.
—Tu imaginación te ha gastado una broma —musitó, enojada—. Ilusiones. Nunca te pedí que me hicieras el amor. Me abrazaste y yo… yo…
—Es a ti a quien la imaginación y la memoria le juegan bromas —la interrumpió áspero—. Yo no te abracé. La verdad es que me diste lastima. Mi intención era que te arrodillaras y me suplicaras que te poseyera, pero era pedir demasiado. Esa noche llegaste a cubierta con mantas y almohadas y después de unas copas de vino trataste de armarte de valor. Pero no lo lograste, ¿verdad? En ese momento decidí facilitarte las cosas iniciando la seducción. Te di las gracias por salvarme la vida y te pregunté si podía besarte —hizo una pausa y continuó en tono de guasa—. Eso era lo único que esperabas, ¿no es cierto?
Experimentó repulsión por sí misma y la invadió un sentimiento de humillación. ¿Había sido su comportamiento tan evidente? ¿Tan claro? Cielos, ¡cuánto debió reírse de ella!
Después de soltarla, Peter se arrellanó de nuevo en la silla. A Lali le era difícil decidir a quién odiaba más, si a él o a sí misma. Lo vio caminar hacia el teléfono, y por un instante, el corazón le dio un vuelco. Quizás había cambiado de opinión y dejaría libre a Jaime al fin. Después oyó que pedía que le subieran a la habitación dos botellas de vino y vasos.
—Te dije que no quería más vino —sus ojos brillaron llenos de indignación.
—Quizá después cambies de opinión —levantó los hombros—, y casi estoy seguro de que lo harás. Ahora, estoy dispuesto a olvidar esta discusión innecesaria y te sugiero que hagas lo mismo.
Enfurecida por la fingida amabilidad de Peter, se puso de pie para dirigirse de inmediato al baño. Por un momento contempló su imagen en el espejo y después se lavó la cara con agua fría. ¿Cómo era posible que hubiera creído que estaba enamorada de un hombre como él? ¿Habría sido una forma subconsciente de acallar su culpabilidad? Después de todo, esa era la mejor disculpa para justificar el haber hecho el amor.
Al regresar a la habitación, se dio cuenta de que el vino había llegado. Sólo le quedaba una carta y decidió jugarla.
—Acabo de vomitar —mintió—. Creo que estoy embarazada —bajó los ojos avergonzada—. Parece que has cumplido tu propósito. Ahora ya nada te detiene para hacer una llamada telefónica.
—Comprendo… ¿Estás segura de tu embarazo? —la observó, pensativo.
—Totalmente. Nunca había sufrido mareos.
—Está bien —tomó el teléfono—. Si ordeno que suelten a tu hermano, ¿dormirás conmigo esta noche? Sólo una vez más.
—¡No! Yo… yo… —su voz se apagó por el desconcierto de sentir que el poder de aquellos ojos verdes despertaba al demonio que dormía en su interior. Después de mirar la cama, se mordió un labio.
—¿Por qué no, Lali? —trató de persuadirla con suavidad—. No es mucho pedir, ¿verdad? La libertad de tu hermano a cambio de una última noche en mis brazos. No creo que me detestes tanto.
—Está bien… acepto —cerró los ojos.

"Cuñados" Capítulo 19



Tercer capítulo! vamos, vamos con las firmas chicas!
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A las cinco de la tarde del siguiente día, amarraron el Miranda en el muelle de Bahía Bustamante, y en ese momento Lali se dio cuenta de lo tonta que había sido y lo poco que le importaba a Peter.
Lo había sospechado por la mañana, al subir el café a la caseta del timón. El ancla estaba levantada y el Miranda salía del brazo de mar.
—No olvidaré este lugar en mucho tiempo, Peter. ¡Siempre lo recordaré como algo especial!
—No veo el motivo —tomó el café que ella le ofrecía y dio un sorbo—. Como te comenté ayer, sólo sirve para que lo habiten cabras.
La mirada de Lali se entristeció, ya que no era la respuesta que esperaba. Fue como una bofetada.
—Quizá serías tan amable de indicarme qué rumbo debo seguir —dijo Peter refunfuñando.
Ella ignoró el tono de su voz y el dejo de sarcasmo, y buscó la carta de navegación.
—Hacia allí —señaló ella—. Bahía Bustamante. Necesitamos combustible, agua potable y provisiones. Tengo una cuenta en ese lugar. Dormiremos ahí y después nos dirigiremos hacia el norte…
—Conozco Bahía Bustamante —la interrumpió con brusquedad—. Hay un buen hotel. Por lo menos pasaremos la noche en una cama cómoda.
—¿Qué ocurre? —preguntó, áspera—. ¿Cansado de las incomodidades?
—No merece la pena despreciar los beneficios de la civilización, cuando los tenemos a mano —aclaró.
Sentía ganas de aclararle que ella, en primer lugar, nunca lo había invitado a que subiera a bordo, pero cambió de opinión. Tal vez eso la llevaría a hablar de cosas que con desesperación trataba de olvidar.
—Sí… bueno. Voy a bajar a limpiar. Dentro de dos horas me haré cargo del timón.
Dio rienda suelta a su frustración, fregando con energía el suelo de la cocina. Aunque no había esperado abrazos y besos, al menos podía haberla tratado con más cortesía. Aunque respetaba su opinión de que el lugar era idóneo sólo para cabras, sin duda significaba algo más para él. Era el sitio donde habían hecho el amor por vez primera.
Terminó de limpiar el suelo y después hizo lo mismo con el resto de la cocina. Al terminar, se preguntó si su reacción no era exagerada. Sólo porque él la había tratado con cierta brusquedad había sacado las peores conclusiones. Después de todo, juntos habían pasado momentos inolvidables… sin duda él aún estaba… Temerosa de poner en palabras su pensamiento, inspeccionó la cocina para buscar algo más qué limpiar.
Deseando que el estado de ánimo de Peter hubiera cambiado, Lali le llevó otro café, cuando se acercó a sustituirlo en el timón. Sonriente, le entregó la taza.
—Esto es lo último de azúcar que queda, Peter. Él la cogió apenas con un susurro y ella con suavidad le pasó los dedos por la espalda.
—Las heridas ya casi están curadas. Tal vez por el… agua salada.
—Sí, seguramente —contestó.
—Me haré cargo del timón —ofreció Lali con frialdad, al darse cuenta de su rechazo.
Después de levantar los hombros, Peter se apartó, llevándose el café.
Mientras tomaba el timón, y rectificaba la trayectoria, Lali se tragó su amargura. Peter la acusaba de ser una idealista y quizá lo era, pero cuando las circunstancias lo requerían, podía ser tan realista y mal intencionada como él. Antes de que el día terminara, Peter iba a comprobarlo. Ella le había concedido lo que deseaba y ahora era el turno de Peter de cumplir su parte del trato.
Tan pronto como llegaron a Bahía Bustamante, Peter desembarcó para reservar una habitación en un hotel, dejando a Lali en el barco para que le pusiera combustible. En cuanto a las provisiones, la chica se encargaría de comprarlas a primera hora de la mañana, cuando los artículos en el mercado estuvieran frescos. Cuando terminó de llenar el depósito, bajó a darse una ducha.
Diez minutos después, regresó a la cubierta con una blusa roja y una falda blanca. Peter aún no había vuelto y ella caminó, impaciente, por la cubierta.
Su plan de acción aún estaba confuso, pero estaba decidida a no dormir con él esa noche. La farsa se había prolongado demasiado y estaba harta de que los hombres la manipularan. Víctor la había utilizado para su propia satisfacción y Peter la manipulaba como una forma de restituir el «honor de la familia». Bueno, todo terminaba ahí y ahora. El próximo hombre que llegara a su vida tendría que demostrarle que de verdad la amaba, antes de que ella le permitiera ponerle un dedo encima.
Cuando Peter llegó, Lali tuvo que esperar un cuarto de hora para que se duchara y se cambiara de ropa. Cuando subió a cubierta, Peter tuvo el descaro de hacer comentarios sobre su apariencia, después de mirarla de arriba abajo.
—Me gusta la blusa. La falda es demasiado corta. ¿No tienes algo un poco menos atrevido?
—Ayer no te comportabas con tanta mojigatería —le dirigió una mirada de desdén.
—Ayer nos encontrábamos en una isla desierta —le recordó, en tono áspero—. Este es un puerto concurrido y me conocen muy bien.
—Si temes que el hecho de que te vean junto a una basura como yo, perjudique tu reputación, puedes ir solo. Prefiero quedarme aquí —la respuesta no se hizo esperar.
Con un brillo de indignación en los ojos, Peter la sujetó del brazo con fuerza y le dio un tirón.
El restaurante a donde la llevó estaba lleno, pero el jefe de camareros, que sin duda lo reconoció, les asignó una mesa apartada.
En contraste con su actitud anterior, Peter ahora se comportaba con encantadora amabilidad. Ella le contestó con estricta cortesía a lo largo de la comida y en esa ocasión tuvo cuidado de no beber más de dos vasos de vino, que era su límite. Cuando el intentó servirle el tercer vaso, ella lo cubrió con la mano.
—No, gracias. Ya he bebido suficiente.
—Es un vino magnífico —aclaró—. Sería una lástima desperdiciarlo ahora que la botella ya está abierta.
—Consúmelo tú. Estoy segura de que puedes hacerlo.
La luz de las velas le iluminó los ojos a Peter y frunció las cejas.
—¿Pasa algo? ¿Acaso no te sientes bien?
—Perfectamente bien, gracias.
—Entonces, ¿por qué estás tan antipática? —le preguntó en voz baja.
—Tú has hablado muy poco hoy, ¿no es verdad? —por un momento, lo miró, enfadada.
—Tenía algo en la mente —explicó, áspero—. Tu charla me estaba distrayendo.
—Bueno, yo también tenía algo en mi mente —le lanzó la pulla—, y tu charla me aburre. Tengo cosas más importantes en las cuales pensar.
—Comprendo —colocó el cuchillo en el plato y la miró pensativo—. Tal vez te gustaría comentármelo.
—Lo haré —prometió Lali—, pero no aquí. Odio hacer escenas en un restaurante. Un sitio más tranquilo será mejor.
—¿Cómo la habitación del hotel? —sonrió sin alegría.
—Será perfecto siempre y cuando las paredes sean lo bastante gruesas.
—Mmm. Parece como si me esperara una noche muy interesante.
—Te lo aseguro —por supuesto que sería interesante, pensó la chica. Pero no de la manera que él esperaba.

Continuará...