domingo, 5 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 18






Segundo capítulo de hoy! :)
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—¿Has estado bien? —él le besó los párpados y después la boca.
—¿Por qué me haces esa pregunta tan tonta? ¿No puedes contestarla tú mismo?
—La próxima vez será mejor —le dio un mordisco en la yema de los dedos—. No seré tan impaciente.
—¿La próxima vez? —preguntó, después de mirar aquellos ojos verdes y fingió un gesto de escándalo—. ¿Qué te hace suponer que habrá otra vez?
—¿Y por qué debería pensar que no? —rió con suavidad. Se apoyó en un codo para contemplar el cuerpo de Lali como quien admira una posesión recién adquirida—. He decidido que mañana nos quedemos aquí. Desembarcaremos para explorar la isla, después haremos una fogata en la playa y haremos el amor.
Peter bajó a la cocina y regresó con más vino, una colcha y dos almohadas. Ella estaba acostada tal como él la había dejado y con un dedo señaló las estrellas y esbozó una sonrisa.
—Allí están los satélites, los cuales llevan rayos infrarrojos para poder ver en la oscuridad, y aquí estamos nosotros dos totalmente desnudos. A lo mejor aparecemos en una enorme pantalla de televisión en Houston o Moscú.
—Siempre y cuando eso evite que se lancen misiles entre sí —Peter rió de buena gana.
—Da un significado nuevo al dicho que dice que: hacer el amor evita la guerra, ¿no crees?
Peter se sentó y llenó las copas de vino.
Hablaron mucho… al menos ella. Quizás el vino era el responsable, y de forma natural le contó su vida en Buenos Aires antes de tomar la decisión de vivir en Comodoro Rivadavia. Ella se mostró interesada sobre todo en lo relacionado con el padre de Peter y la forma en que había desechado una vida de aburrida seguridad, por seguir un sueño.
—Fue lo correcto —opinó Peter con seriedad—. El hombre sólo tiene una vida. No debería desperdiciarla.
—Eso es justo lo que mi padre siempre decía. No temas al día de mañana porque un día después será ayer… Quiero decir… hoy es el mañana por el que te preocupaste ayer —asintió con la cabeza.
—Sé lo que quería decir —comentó él en tono de broma y le quitó el vaso de la mano—. Ya hemos bebido suficiente vino.
—Es verdad —una agradable somnolencia la invadió y miró a Peter con los párpados a medio cerrar—. Pero no estoy borracha. Sólo un poquito… cansada. No te importa si duermo un poco, ¿verdad?
—Creo que los dos necesitamos dormir —bostezó.
—Sí —acomodó la cabeza en el cojín, con pereza, y se estiró hacia él. ¿Quieres oír algo verdaderamente loco?
—¿Qué es? —se acostó junto a ella.
—Me gustas —susurró—. No puedo evitarlo.
—Mmm. No me equivoqué… has bebido demasiado. Duérmete.
Durante la noche, Lali despertó una vez. Peter tenía un brazo sobre su pecho y su respiración era profunda y tranquila. Se sentía contenta de estar acostada mirando las estrellas y escuchando el suave sonido de las olas, pero su mano tocó el muslo desnudo de Peter. Aunque estaba dormido, Peter suspiró y por un instante sintió la imperiosa necesidad de volver a hacer el amor. Pero cambió de opinión. Tal vez sería mejor dejar que durmiera. Era demasiado pronto. Ojalá supiera más de los hombres. Tal vez él se enojaría y decidió esperar hasta mañana. Sonrió en la oscuridad. ¡Cielos! Se estaba convirtiendo en una descarada. ¿Y por qué no? Con excepción de aquel breve episodio con el sinvergüenza de Víctor, no había vuelto a estar con nadie, ya era hora de que hiciera lo que quisiera. Después de todo, era tan humana como los demás.
Amanecía cuando la chica despertó y de inmediato posó una mano sobre su cabeza.
—Oh…
—¿Te sientes mal?
—Un poco —entreabrió los párpados y vio la figura de Peter junto a la barandilla—. Es lo que llaman resaca.
—Conozco un buen remedio.
—Café con dos aspirinas será suficiente. En media hora estaré en perfectas condiciones.
—Este remedio es instantáneo —la estrechó entre sus brazos.
—¡Peter! —el contacto íntimo y la calidez de su cuerpo ocasionó que ella sonriera sorprendida—. ¿Qué estás…? —la pregunta quedó inconclusa cuando Peter saltó con ella al mar.
La sorpresa inicial la dejó sin respiración y luchó por salir a la superficie balbuceando.
—Bruto. ¿Quién se supone que eres…? —el besó de él interrumpió su explosión de coraje.
Peter la soltó para que tomara aire. Un instante después, él salió a la superficie con el cabello pegado a la frente. Sus ojos brillaban divertidos.
—¿Cómo va el dolor de cabeza?
—Hubiera preferido el café con las aspirinas —su respiración volvía a la normalidad y, a pesar de lo agradable del agua, lo miró con resentimiento.
—Este remedio es más divertido —la estrechó contra su cuerpo.
Sus labios se unieron de nuevo y notó que Peter bajaba las manos para sujetarle el trasero. Sintió algo más.
—¡No! ¡Aquí no, nos ahogaremos!
—No es verdad. No dejes de mover los brazos.
Sintió que la levantaba y él esbozó otra sonrisa.
Jadeante, Lali lo rodeó con las piernas y comenzó a golpear el agua con furia.
Nadaron hacia la playa y se acostaron en la arena. Una vez que se tranquilizó, Lali se puso de costado y empujó a Peter por las costillas.
—Eres increíble. Supongo que esa era tu idea de la hidroterapia.
—Te aseguré que era mejor que una aspirina —se defendió—. Después de todo no te has ahogado y estoy seguro de que el dolor de cabeza te ha desaparecido.
—Debes de haberlo hecho otras veces —volvió a empujarlo por las costillas.
Peter sonrió de forma enigmática y a ella la invadió un absurdo arrebato de celos. ¿A cuántas mujeres les habría hecho el amor?, se preguntaba. ¿A cincuenta? ¿A cien? ¿O había perdido por completo la cuenta? ¿Y cómo la calificaría en la escala del uno al diez? ¿Menos dos? Sin duda estaba acostumbrado a mujeres experimentadas, a las latinas ardientes de ojos brillantes y sonrisa seductora.
—Siempre consideré a la mayoría de las argentinas frías e insensibles hasta que te conocí, Lali. Me has hecho cambiar de opinión.
—Tengo hambre —cambió de tema para no seguir hablando del asunto—. Prepararé el desayuno y cuando esté listo te llamaré —se puso de pie con rapidez. Entró al agua y nadó hacia el Miranda.
Después de desayunar, subieron al pequeño bote para regresar a la playa y comenzaron a explorar la isla. Desde el punto más alto sólo se veían extensiones de maleza y de hierba.
—Me gusta —afirmó ella con rebeldía—. Incluso me parece hermoso. Está tal como Dios lo creó y nadie ha llegado aquí para estropearlo.
—¿Consideras que los huertos, los campos y los viñedos estropean la naturaleza?
—Algunos fertilizantes son dañinos.
—Dudo que los millones de personas que pasan hambre compartieran tu opinión —rió ante la evidente incomodidad de su interlocutora—. Esa es la diferencia entre tú y yo, Lali. Tú eres una idealista. Yo un realista. Sé lo que debe hacerse y pongo manos a la obra.
Lali guardó silencio hasta que regresaron a la playa. Su compañero comenzó de inmediato a buscar leña.
—¿Para qué la quieres? —preguntó Lali, después de observarlo largo rato.
—Para comer algo decente. Como soy realista, voy a preparar pescado para cenar mientras tú, mi pequeña idealista, te ocupas de recoger madera para la fogata.
Esa noche volvieron a hacer el amor junto al fuego. Fue algo dulce y tierno. Todo lo que había soñado. Un momento antes de quedarse dormida en los brazos protectores de Peter, Lali comprendió que para bien o para mal estaba perdidamente enamorada de él.

Continuará...

"Cuñados" Capítulo 17





Hola! como andan?
Obvio que les hago maratón! :) se vienen unos capítulos...uff jajaja haganle caso a Chari! jajasja
Capítulo dedicado a Vale :)
@Masi_ruth no te preocupes! espero que te mejores pronto! :)
PD: las que firmen como anónimo, que pongan el nombre abajito para así saber quien es jjijij
Besos!
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—Bueno —aclaró, llena de indignación—, si piensas que soy capaz de algo semejante es que no conoces a las personas. Quizá la familia Lanzani vive de acuerdo con la ley de la selva, pero yo vengo de un mundo, donde la gente está muy por encima de esas cosas.
—Realmente te has ofendido —la observaba con ese gesto de desaprobación tan familiar—. Te pido disculpas. Cuando uno casi siempre está rodeado de enemigos, espera lo peor.
—No me sorprende que estés rodeado de enemigos —musitó—. No eres precisamente una persona amable, ¿verdad?
—Ahora trato de ser amable, Lali. No lo hagas demasiado difícil.
«Dios me libre», pensó ella. Sin duda bromeaba.
—Está bien —suspiró—. Acepto tu disculpa, y olvidemos el asunto.
—Gracias, Lali —se acercó un poco más—. Pero realmente salvaste mi vida y no puedo olvidarlo. Siento el deber de recompensarte de alguna manera.
—¿Recompensarme? —lo observó, cautelosa—. No quiero ninguna recompensa de ti, a menos que sea dejar libre a mi hermano.
—Después hablaremos de eso —se acercó aún más a ella—. Por el momento, tal vez me aceptes un beso como muestra de gratitud.
—¿Un beso? —la boca se le secó de inmediato—. ¿Tú… deseas besarme?
—Sólo como muestra de gratitud —replicó con suavidad.
Ahora su cara estaba muy cerca de la de ella. Tan cerca, que la hizo sentir que aquellos ojos verdes la absorbían.
—Entonces… hazlo —tartamudeó—. Si eso es lo que de verdad deseas.
—Creo que es lo que ambos queremos, Lali —susurró al tiempo que le acariciaba con la mano la sedosa piel de una mejilla.
Estaban tan cerca, que sus muslos se tocaban, y sin dejar de acariciarle la mejilla, la besó en los labios. Por un momento, la boca de Peter permaneció inmóvil; ella apenas sentía la presión. Después, él subió la mano libre para acariciarle la otra mejilla. Sosteniéndole la cabeza con las manos, Peter movió con suavidad los labios sobre los de Lali, en un ritmo lento, sensual, que la atormentaba. Comenzó a temblar y de forma instintiva se aferró a los hombros de Peter para sujetarse.
Él aumentó la presión y el corazón de la muchacha comenzó a latir con fuerza. Dentro de las profundidades de su alma, el familiar demonio despertó y la excitó. Al sentir el roce de su lengua, ella entreabrió los labios y se perdió en la dulce sensación.
Su corazón latía aceleradamente cuando él la estrechó en sus brazos y ambos cayeron sobre la manta, en el suelo. Él estaba casi encima de ella y su lengua dejó de hacer estragos en la boca de la chica. Miró la profundidad de sus ojos.
—Quiero hacerte el amor, Lali.
Ella hizo un esfuerzo inútil por hablar. Después de hacer de nuevo el intento sin resultado, se dio por vencida e inclinó la cabeza con debilidad.
—Si no estás de acuerdo, me detendré —sus labios rozaron sus párpados. Su respiración era cálida y dulce sobre la mejilla de Lali—. Te prometí no tomarte por la fuerza y lo cumpliré.
Esa vez ni siquiera hizo el intento de hablar. Con desesperación le rodeó el cuello con las manos y de nuevo, él inclinó su boca hacia la de ella; con avidez desenfrenada, casi amenazadora por su intensidad. Era un deseo que exigía más, y los dedos de Lali vagaron por su espalda en un anhelo insaciable que fue de pronto interrumpido por un quejido.
¡Cielos! ¡Las heridas de su espalda! En su deseo incontrolable las había olvidado.
—Peter… lo lamento, no he querido hacerte daño —susurró con sentimiento de culpabilidad.
Al sentir que Peter se apartaba de ella, el corazón le dio un salto. ¡No la creía! Imaginaba que lo había hecho a propósito.
—Por favor, Peter —le suplicó—. Ha sido sin querer. No lo hice… Olvidé… —su voz se apagó cuando él, de forma inesperada, le puso un dedo en los labios.
—Lo sé —le aseguró amable—. Digamos que te dejaste llevar por la pasión. Tu castigo es que no te muevas durante los próximos cinco minutos. ¿Estás dispuesta a hacerlo, mi pequeña tigresa con garras?
—Acepto —respondió.
Peter le puso las manos en la cintura y las deslizó debajo de su camiseta.
—Tanta belleza no debe estar oculta, Lali —le levantó la camiseta para dejar al descubierto los senos turgentes. Levantó los brazos para obedecer la orden de él, y un instante después, le quitó la prenda. Luego arqueó la espalda y permitió que le quitara el sostén para quedar desnuda de cintura para arriba. Sin vergüenza alguna, se dejó acariciar por la mirada de admiración de Peter. Una vocecita interior condenaba su conducta inmoral, pero emociones más fuertes la acallaron.
Casi con reverencia puso una mano en cada pecho, sintiendo su firmeza y los pezones erectos.
—¡Afrodita! —murmuró él—. Verdaderamente el cuerpo de una diosa.
Con lentitud le desabrochó los vaqueros y los deslizó por las caderas y las cortas pero esbeltas piernas. Lali sólo se quedó con la pequeña braguita, cerró los ojos y tembló de antemano cuando él le quitó esa última prenda. Abrió a tiempo los ojos, para observar que él también se desvestía y levantó los brazos para atraerlo hacia ella. Mientras sus bocas se unían en un húmedo encuentro sintió la dureza del cuerpo masculino sobre su piel y el contacto la hizo estremecerse de deseo.
Finalmente, la boca de Peter vagó hacia su cuello para sentir el pulso acelerado y siguió su camino hacia abajo hasta llegar a su destino final, cerrándose sobre el pezón. Lali, de forma convulsiva, le acarició el cabello y un grito escapó de sus labios.
Su cuerpo tembló al sentir que la mano derecha de Peter iniciaba una exploración sobre su estómago y sus caderas, y gimió cuando le separó los muslos con suavidad.
Podía oír la respiración agitada de Peter, cuando éste se acomodó encima de ella. Peter deslizó la mano izquierda sobre el trasero de ella para levantarla, y Lali se mordió un labio para ahogar un grito cuando la poseyó. Por un instante, permaneció inmóvil al sentirse oprimida por el peso de su pareja hasta que él se levantó y usó sus antebrazos como apoyo. Temerosa de lastimarle otra vez la espalda, lo sujetó del cabello como si temiera que se levantara y la dejara acostada ahí, estremeciéndose de pasión.
Él la contempló; sus ojos estaban encendidos por el fuego de una tormenta interna, y después comenzó a moverse. La lenta y rítmica posesión produjo una reacción primitiva en el cuerpo de ella que la ayudó a contestar esa invasión con un ritmo propio.
Olas de voluptuoso placer invadían su cuerpo haciéndola olvidarse de todo. No existían ni el tiempo ni el espacio. Sólo importaba ese sentimiento. El ritmo de él se hizo más rápido, lo mismo que las respuestas de Lali, llevándola a un febril instante. La chica lo oyó gemir y se dio cuenta de que temblaba, y su propio cuerpo se convulsionó en una explosión silenciosa de placer.
Lo abrazó con fuerza hasta que sus cuerpos dejaron de temblar. Sus brazos cayeron a los lados y dejó escapar el último suspiro de pasión.

Continuará...

sábado, 4 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 16


Perdón por la tardanza pero hay visitas en casa!
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Lali había aplazado el encuentro todo lo posible y, cuando subió a la cubierta un poco después, el sol estaba a punto de esconderse en el horizonte. Los últimos rayos le daban a la arena un tono rosado y la primera estrella de la noche brillaba en el este. Respiró aquel aire perfumado y después extendió unas mantas en la cubierta, del lado de la caseta del timón. Al levantar la vista, observó que Peter le sonreía abiertamente.
—Nos sentaremos encima de ellas —explicó ella, tranquila—. Es mejor que cenemos en cubierta. Hace demasiado calor abajo.
Por un momento, sintió que los ojos de Peter la desnudaban.
—Parece una buena idea, Lali. Te aseguro que ésta va a ser una cena inolvidable.
—Oscurecerá en unos minutos —comentó, haciendo un esfuerzo por aparentar tranquilidad—. En el cajón del timón hay dos linternas.
—Iré a buscarlas —sonrió—. Me gustaría saber qué estoy… comiendo.
Cuando bajó de nuevo, Lali entró en su camarote para mirarse en el espejo. Cepilló de nuevo su cabello y lo sujetó con una cinta. Aunque no estaba satisfecha con su apariencia, ya era demasiado tarde para mejorarla, así que regresó a la cocina. Revisó que todo lo necesario para la cena estuviese en la cesta, respiró con fuerza y subió a cubierta.
Peter había colocado las dos linternas a un lado de la caseta del timón. En la radio sonaba una hermosa melodía. Colocó en el suelo la cesta y caminó hacia la popa para admirar la vista. La espectacular puesta de sol también llamó la atención de Peter, y juntos, la observaron en silencio
 ( http://static.panoramio.com/photos/original/16858897.jpg ). La oscuridad siguió mientras el cielo cambiaba de carmesí a violeta. Una a una, las estrellas salieron y el mar parecía tranquilo después de aquel día agotador.
En silencio, los dos volvieron a donde estaban las mantas. Con la ayuda de las linternas, ella se puso en cuclillas y abrió el cesto.
—Te toca servir el vino —sacó el vino, los vasos y se los pasó.
Peter la acercó a la luz y leyó la etiqueta.
—¡  Danielis! Estás llena de pequeñas sorpresas, ¿no es verdad?
—Tengo varias —le informó sin darle importancia—. Fue parte del pago por un trabajo que hice. Sólo las saco en ocasiones especiales.
—¿Y qué ocasión especial celebramos esta noche? —levantó con inocencia una ceja.
—¿Por salir sanos y salvos de la tormenta? —levantó los hombros—. Sin duda es algo digno de celebrar, ¿no crees? —sin esperar respuesta, sacó un plato grande y le quitó la tapa—. Pollo frío con gajos de naranja. Es lo mejor que he podido hacer.
Él inclinó la cabeza en señal de aprobación y Lali le sirvió una generosa ración en un plato.
—Tengo muchas latas, pero ninguna es adecuada para el vino —bromeó en un intento de ocultar su nerviosismo, pero tuvo la sensación de que perdía el tiempo. ¿Cómo se le pedía a un hombre que le hiciera el amor?
Quizás el vino la ayudaría, pensó, mientras lo observaba llenar los vasos. Dos botellas de ese vino no serían suficientes para hacerla perder sus inhibiciones. Pero permanecer sobria no formaba parte del trato.
Sentado ahí, estaba más arrollador que nunca. Iluminado con la poca luz de las linternas… Apartó los ojos antes de que le hiciera algún comentario sobre la forma en que lo miraba.
—Podemos zarpar mañana temprano —trató de iniciar una conversación informal—. Para recuperar el tiempo perdido.
—Tal vez —arrastró las palabras—. Es probable que nos guste este lugar, y si encuentro alguna forma de divertirme… bueno… ¿quién sabe?
—¿Divertirte?
Le sonrió de forma enigmática y cortó otra pieza de pollo.
Era absurdo. El sabía muy bien lo que iba a ocurrir y de manera deliberada trataba de hacerlo mucho más difícil para ella, pensó Lali. No iba a esperar hasta que ella se arrodillara para suplicarle que lo hiciera, ¿verdad? ¡Cielos! Tal vez sí.
Sus ojos verdes brillaban en la oscuridad, como los de un tigre. Un depredador de la selva dispuesto a devorar a su víctima.
—¿Peter? —se llenó de valor y extendió una mano.
Rezó porque la oprimiera con fuerza contra su cuerpo. El corazón le latía y sentía el cuerpo dolorido.
—Dime… —clavó la mirada en sus ojos.
—¿Quieres… quieres que…? —la voz se le quebró. No pudo pronunciar las palabras. Jamás saldrían de su boca… sin ayuda.
—¿Qué quieres, Lali? —preguntó con suavidad.
Se dio cuenta de que él estaba disfrutando con la situación.
—Parece que te ha comido la lengua un gato —comentó burlón—. Quieres más vino, ¿verdad? —le llenó de nuevo el vaso—. No te avergüences. Es un vino magnífico y yo voy a servirme más.
Con mano temblorosa Lali tomó el vaso y después apartó la cabeza para evadir aquella mirada penetrante. ¿Qué clase de poder poseía ese hombre? Era un demonio insensible de corazón de piedra; entonces, ¿por qué aún sentía ese deseo enloquecedor de estar en sus brazos y besar sus labios? Era  inútil pretender que sólo le interesaba salvar a Jaime. Era algo relacionado con ella misma.
—Oí en la radio las noticias, cuando estabas abajo —comentó él—. Dijeron que la tormenta fue peor de lo que imaginamos.
—¿Hubo víctimas? —preguntó, preocupada.
—Por fortuna no —sacudió la cabeza—. Pero sí muchos daños. El transbordador del puerto encalló y al menos una docena de yates zozobraron —hizo una pausa y después la miró de modo significativo—. Estuve a punto de morir y tú me salvaste la vida.
—¿Yo? —sus ojos negros lo interrogaron.
—Cuando salí a cubierta a amarrar la lona de encima de la bodega, tú hiciste un esfuerzo tremendo por mantener el Miranda en equilibrio. Si hubieras permitido que el barco se moviera, sin duda habría caído al mar —su mirada exigía una respuesta—. Esa era tu oportunidad de librarte de mí, Lali. ¿Por qué no la aprovechaste? Todos lo habrían considerado un accidente.
—¿Me preguntas por qué… no te maté? —lo miró con incredulidad.
—¿Por qué no? No tienes motivos para que yo te agrade. Todo lo contrario.
¡Cielos! Hablaba en serio. ¿Qué clase de persona creía que era?

Continuará...

"Cuñados" Capítulo 15




Hola!! como va su sábado? el mío...maso, ahora comprendo cuando a veces los adolescentes se sienten incomprendidos!! ¬¬" Bueno pero eso no tiene importancia...lo que si, es que los capítulos que se vienen son buenísimos verdad Chari? jajaja así que con 5 firmitas subo otro! :) 
El capítulo va dedicado a Vale primera en firmar! 
Besos!
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La distribución en el Miranda era idéntica a la época en que servía como barco de pesca con una tripulación de cuatro hombres. La escalera bajaba a la pequeña cocina y después estaban los camarotes, que eran dos habitaciones separadas por una cortina: cada una con una litera, un sencillo tocador y un guardarropa. Entre los camarotes un baño y una ducha.
Mientras se acercaba podía oír el ruido del agua al caer.
—¡Peter! —gritó su nombre, junto a la cortina.
—Has llegado pronto —abrió la cortina de plástico.
—No. Ahora ponte de cara a la pared.
Una vez que él obedeció, a regañadientes, Lali se enjabonó las manos y después las deslizó con suavidad sobre sus hombros y por su espalda.
—No te hago daño, ¿verdad? —preguntó.
—Ni siquiera me he dado cuenta de que habías empezado. Frota con más fuerza. No soy tan delicado.
Le frotó con energía los hombros.
—¿Mejor?
—Perfecto. Repítelo y me sentiré como un hombre nuevo.
—Hasta aquí llego —le dijo, cinco minutos después—. El resto puedes hacerlo tú mismo. Cuando estés vestido ve a la cocina y te pondré la pomada en la espalda.
En la intimidad de su camarote, Lali se cambió de ropa. Después fue a la cocina y llenó el recipiente de café.
Volvió a atormentarla el pensamiento anterior. Quizá Peter tenía razón y el destino había llevado al Miranda a ese apartado brazo de mar, que como él había afirmado, era un lugar paradisíaco. Y ella sólo había estado retrasando lo inevitable. «Por lo menos sé honrada y reconócelo, Lali. Estás loca por él, ¿no es verdad? Si ahora mismo te tomara entre sus brazos, te entregarías a él sin una palabra de protesta. Sí, pero…».
Ése era el problema, pensó, desolada. Estaba dispuesto a conquistarla, pero la decisión final era sólo de ella. Ese era el precio por la libertad de Jaime. ¡Ella era la que tendría que pedírselo!
Era consciente de lo que sucedería. Peter estaría feliz con su triunfo, pero en el fondo la despreciaría. Después de todo, esa era su intención: castigar a su hermano, humillándola. Pero si permitía que eso ocurriera, lo único que ganaría sería menosprecio y desdén, lo cual sería terrible, por que ahora comenzaba a importarle lo que pensara de ella! Se estaba enamorando de ese hombre insoportable.
Acababa de terminar de preparar el café cuando oyó que Peter se acercaba a la cocina y, respirando profundamente, trató de serenarse. Lo único que él llevaba puesto era un pantalón limpio.
—Siéntate —ella le indicó el banco.
Le sirvió una taza de café. Después, se sentó en el banco detrás de él y se echó pomada en sus dedos.
—Quizás esto te escueza un poco —comentó—. ¿Estás seguro de que no te hago daño? —preguntó al tiempo que aplicaba la pomada sobre las heridas.
—Sólo a mi paciencia —refunfuñó él—. Continúa.
—Esto evitará que se te infecte.
—¿Y las heridas en el pecho y el estómago? —volvió la cabeza para mirarla de frente.
—En esa parte, puedes aplicarla tú mismo —bajó la vista.
Levantó las manos sosteniendo la taza de café.
—No puedo. Tengo las manos ocupadas.
—Bueno, no podemos impedir que el amo y señor deje de saborear su bien ganado café, ¿verdad? —ocultó su incomodidad detrás de una sonrisa de sarcasmo.
Primero le curó el pecho, sus dedos se deslizaban sobre su piel y su mente trataba de apartar con desesperación el sentimiento de deseo que la invadía.
A lo largo del estómago tenía un profundo arañazo.
—¿Y esta otra? —Peter se desabrochó el cinturón y aflojó la cintura de los vaqueros.
Ella tragó saliva al ver la herida que le bajaba del ombligo y, mientras le aplicaba la pomada con cuidado, sintió una extraña debilidad en sus muslos.
—Ya está. Ahora creo que deberías… —comentó con el deseo de irse y jadeó sorprendida cuando él la sujetó de la cintura y de nuevo la obligó a sentarse en el banco.
—No tengas tanta prisa —su voz era agradable, pero insistente—. Todas las buenas enfermeras dedican tiempo para charlar con sus pacientes. Aseguran que es bueno para el estado de ánimo.
—No soy enfermera. Sólo te he puesto un poco… —sonrió con amabilidad… y cautela.
—Pero tienes los sentimientos y las manos de una enfermera —agregó con voz suave y enérgica—. Tiernos y afectuosos —después de soltarla de forma inesperada, la miró con provocación—. Tus manos fue lo primero que observé cuando nos conocimos. Tus manos y tus ojos negros, y reconozco que era lo único visible. Sólo una cara manchada de grasa que podía o no ser hermosa.
—Sí, bueno olvidemos eso, ¿te parece? —apartó la vista, avergonzada, y de inmediato, cambió el tema—. No hay nada que pueda hacer aquí. Voy a arreglar el tejado de la caseta del timón.
—Ese es trabajo de hombre —contempló el cuerpo de su interlocutora y después se puso de pie—. Tú revisa el frigorífico y decide qué vamos a cenar esta noche.
Una vez que se fue, Lali respiró temblorosa y se quitó el sudor de la frente. Debería ser esa noche, pues ella no podía resistirlo más tiempo. Miró la cafetera y sacudió la cabeza. Lo que en realidad necesitaba era una copa de coñac.

Continuará...

viernes, 3 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 14



Hola!! como andan? como terminaron su semana?... espero que bien! :) 
 Inma: me mató tu comentario! jijiji y si nuestro querido Pitt es algo...poco sensible...jajajaj
Capítulo dedicado a Vale! jijij
Besos.
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Tan pronto como echaron el ancla en el brazo de mar, Peter se quitó la ropa y se tiró por la borda para inspeccionar el timón.
—El timón parece estar bien —le informó—. Debe de ser la transmisión. ¿Tienes un plano del barco?
—Sí. Está en el armario, encima de las cosas de Jaime. Voy a buscarlo.
Una vez que estudió los planos, a Peter le fue fácil determinar dónde estaba el problema.
—No podrás entrar ahí —protestó Lali cuando le enseñó el angosto túnel donde estaba la conexión del timón, observó que su interlocutor abría enormes los ojos—. No podrás salir.
—La elección es sencilla —levantó los hombros—. O trato de arreglarlo o permanecemos aquí en espera de que algún barco que pase nos preste ayuda. Quizá tardaría una semana… —hizo una pausa cuando algo diabólico brilló en sus ojos verdes—. No crees que el destino nos ha traído aquí, ¿verdad, Lali?
—¿Destino? —no le agradaba la palabra.
—Un sitio ideal. Aislado… ninguna posibilidad de que nos molesten…
—El túnel está muy oscuro —comentó ella de inmediato—. Traeré una linterna.
Cinco minutos después regresó con una linterna en una mano y una llave inglesa en la otra. Peter metió primero la cabeza dentro de la abertura. Centímetro a centímetro su cuerpo fue desapareciendo.
Por un momento Lali caminó de un lado a otro con una sensación de total impotencia. Esa iba a ser la parte más dura de soportar, saber que no podía hacer nada para facilitarle su trabajo, ya que las condiciones del túnel debían ser infernales. Un terrible calor… sin ventilación… tan encerrado como un ataúd lacrado.
—¿Peter? —se inclinó sobre el túnel—. ¿Estás bien?
La respuesta fue un gruñido amortiguado y ella se mordió un labio… ¿Y si le sucediera algo? ¿Y si le diera un calambre o se desmayara por falta de aire? ¿Como podría sacarlo? No había forma de hacerlo.
¡Maldición! Debió habérselo impedido. Había puesto su vida en peligro por su temor de permanecer una semana ahí, sola con él. Era consciente de lo que sucedería. Aunque ahora la tratara con más respeto, dudaba que cambiara su plan original. Iba a ocurrir tarde o temprano, ¿entonces por qué no ahí? De todos modos… ¿estaría dispuesta a rechazarlo durante más tiempo? Corría el peligro de olvidar la parte más importante, o sea que Jaime regresara sano y salvo.
—¡Peter! —gritó de nuevo, cerca del túnel y obtuvo una respuesta muy débil.
Cuando estaba a punto de ir a preparar un café que sin duda le apetecería cuando saliera, cambió de opinión. ¿Y si algo ocurriera y le gritara pidiendo ayuda y ella no estuviera allí? Indecisa, se puso en cuclillas a la entrada del túnel y se mordió la uña del pulgar.
De forma inesperada oyó un ruido, y después, que Peter le gritaba desde muy lejos.
—Ve a la caseta y mira si el timón está más suelto.
—Sí, ya funciona —le informó al regresar y haber hecho girar el timón de izquierda a derecha.
La tensión la invadía y, con un enorme alivio, observó que Peter comenzaba a salir del túnel. El sentimiento de alivio de Lali se transformó en ternura al ver la condición en que se encontraba. Las magulladuras y raspones en la espalda y hombros eran claramente visibles debajo de la capa de aceite y grasa.
Una vez afuera, se enderezó y dobló las piernas y los brazos.
—Una de las varillas estaba torcida —explicó—. Me las arreglé para enderezarla.
—Necesitas una ducha caliente —sugirió y lo miró de arriba abajo.
—Sí. La necesito —observó su pecho y su estómago, que estaban tan arañados como la espalda—. No voy a discutirlo.
—Bajaré en cinco minutos —respiró hondo y le dio a su voz un tono práctico.
—¿Vamos a ducharnos juntos? —sus ojos brillaron maliciosos.
—No. Pero el estado de tu espalda es terrible y no podrás enjabonarte tú solo. Además, te pondré una crema antiséptica en esos cortes.
—Comprendo. Tu instinto maternal te lo pide a gritos, ¿no es verdad? ¿O la perspectiva de tocar mi cuerpo te entusiasma?
—Sólo trato de ayudarte, pero si eso es lo que crees, entonces que se te infecten las heridas —se ruborizó ante la insinuación de Peter.
—Está bien —levantó la mano para calmarla—. Está bien. Discúlpame. Lo que pasa es que me sorprende un poco tu preocupación por mi bienestar. Durante la tormenta era comprensible, pero ahora, me pregunto cuál es la razón. De todos modos, te lo agradezco —sonrió—. Te espero dentro de cinco minutos.

Continuará...

jueves, 2 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 13




Perdón por la tardanza! espero que disfruten del capítulo...Besos!
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A las dos de la tarde llegaron a su destino y desembarcaron la carga. Una hora después, navegaban rumbo al noroeste para recoger otro cargamento, cuando la tempestad cayó sobre ellos.
El primer indicio fue un repentino descenso en la temperatura y Lali se estremeció al ver que las olas perturbaban la tranquila superficie del mar.
—No te has equivocado con respecto al pronóstico del tiempo —refunfuñó él mientras miraba el horizonte con unos prismáticos.
El timón dio un repentino tirón bajo las manos de Lali cuando la primera ráfaga de viento envió la proa del Miranda sobre el costado derecho. Al principio, el movimiento fue suave, pero cuando el viento cobró fuerza, las olas aumentaron de tamaño. Segura de sí, la chica enfiló el barco en línea recta contra el viento.
—No hay forma de saber cuánto tiempo durará —volvió la cabeza—. Sería buena idea llenar el termo con café caliente ahora que todavía podemos.
La experiencia le había enseñado a juzgar la fuerza del viento por el ruido que hacía éste al soplar alrededor de la cámara del timón. Por el momento, era un lamento… nada de lo cual preocuparse.
El viento comenzó a soplar más fuerte y los primeros indicios de espuma azotaron la ventana delantera. El Miranda, construido para resistir algo mucho peor que eso, seguía su camino y Lali experimentaba esa emoción familiar de luchar contra los elementos. Aquí era donde el motor nuevo que Peter había instalado probaría su efectividad, porque si perdían fuerza, el Miranda sería lanzado como un palillo contra las olas de gran altura y ahí terminaría todo.
El mar comenzó a bañar la proa y se precipitó en torrentes a lo largo de la cubierta. El Miranda empezaba a sacudirse pesadamente. Lali sintió que la boca se le secaba. Sin duda, el tiempo ya no podría empeorar.
Peter regresó con dos termos de café, que dejó sobre una repisa.
—¡El viento es terrible! —gritó él cerca de su oído—. ¿Responde bien el barco?
La chica cobró ánimo mientras el Miranda se preparaba para embestir otra ola.
—No hay problema. Te aseguré que estaba bien construido.
—Eso espero —refunfuñó—. Esto va a empeorar —acercó la cara al cristal para inspeccionar la cubierta y gritó—: La lona impermeable de la bodega se ha aflojado. Debo salir a amarrarla.
—¡Estás loco! —después de mirar hacia la cubierta se volvió hacia él, horrorizada—. ¡No puedes ir! Te podrías caer al mar.
—¡Tengo que ir! —exclamó con voz fuerte—. Si el agua entra en la bodega, nos hundiremos —con rostro severo, la miró a los ojos—. Dependeré de ti, Lali. No me pasará nada si mantienes al Miranda contra el viento. ¿Tienes la fuerza para hacerlo?
—Creo… creo que sí —se humedeció con la lengua los labios.
—Por supuesto que puedes —le sonrió con lentitud—. Si evitas que se balancee hasta que sujete la lona, será suficiente.
Lali trató de detenerlo, pero Peter saltó a cubierta y corrió hacia la bodega. Al mirar por la ventana, la chica se dio cuenta de que un torrente de agua lo había hecho perder el equilibrio y caer al suelo. El Miranda de nuevo se levantaba hacia el cielo y pudo distinguir a Peter tumbado en el suelo y agarrado al pie de la grúa. Cuando el barco alcanzó la cima de la gigantesca ola, Peter hizo un esfuerzo por levantarse y corrió en dirección a la lona.
Controlando el pánico que la invadía, Lali luchaba con el timón, ya que, si el Miranda giraba de costado, Peter no tendría oportunidad de salvarse. Lo miró por un momento antes de que la proa desapareciera en la siguiente ola y musitó una plegaria en silencio.
Con amargura se dio cuenta de que la culpa era de ella. Tenía la obligación de haberse asegurado de que la lona cubriera la bodega después de descargar. ¿Acaso no había pronosticado la tormenta? No obstante, de haber sabido que sería tan violenta, se habría quedado en el puerto. Ni siquiera los enormes transbordadores navegaban en esas condiciones. Recordaba que le había asegurado a Peter que el Miranda era capaz de resistir los embates del Atlántico. Quizá los antiguos dioses la habían oído y le mandaban una lección de humildad.
La furia de los elementos continuaba y respiró tranquila al ver que Peter regresaba a la caseta del timón, sano y salvo. Empapado y con el pecho palpitante, se apoyó contra la ventana lateral y con una inclinación de cabeza le dio a entender a Lali que el trabajo estaba hecho.
—Es mi turno de dirigir el timón. Sírveme una taza de café.
Esta vez, Lali se sintió contenta del relevo. Los brazos le dolían y no habría podido seguir dirigiendo el barco. Llenó una taza de café y se la acercó a los labios de Peter.
Peter tomó un sorbo y ella le sujetó la taza hasta que quedó vacía. Después, se sirvió una para ella.
—Eso fue… —dejó inconcluso el comentario porque la taza cayó de sus manos, cuando vio la enorme pared de agua que se levantaba encima de ellos. Con un grito de horror rodeó a Peter por la cintura con los brazos y se aferró a él como una lapa. ¡Este era el fin! Cuando esa ola se estrellara contra ellos, el Miranda se haría trizas.
Se escuchó un tremendo bramido y un ruido seco, luego sintieron que el suelo de la caseta del timón se sacudía debajo de sus pies. El agua entró por el techo destruido y Lali oprimió una mejilla sobre la espalda de Peter sintiendo el movimiento de los músculos y tendones, mientras él luchaba por controlar el timón. De manera milagrosa, la pared de agua quedó detrás de ellos y el Miranda, un poco deteriorado, continuó hacia adelante. Avergonzada de su miedo, la chica apartó los brazos y, cuando estaba a punto de enderezarse, Peter gritó:
—¡No te muevas! ¡Tenemos problemas! Algo anda mal con el timón.
Ella volvió la cabeza por encima del hombro y se dio cuenta de que la proa se balanceaba hacia el lado derecho mientras Peter luchaba por girar el timón en otra dirección.
—¡Algo se ha roto! —gritó él.
—Te ayudaré —gritó, pálida por el miedo mientras agarraba el timón. No sabía si su débil fuerza sería suficiente, pero era mejor que quedarse parada, sin hacer nada.
—Gracias —le dirigió una sonrisa sin alegría.
La tempestad duró otra hora y de forma repentina comenzó a amainar. El viento dejó de soplar y las olas se calmaron. Ahora el Miranda se balanceaba sobre el mar tranquilo.
—Gracias a Dios, que ya terminó —Lali casi se desmayó de alivio en la caseta del timón.
Aunque Peter estaba agotado, se las arregló para animarla con una sonrisa.
—Lo has hecho muy bien, Lali.
—No lo creo. Estaba demasiado asustada —sacudió la cabeza, avergonzada por el elogio inmerecido.
—¿Y crees que yo no? De todos modos, tendremos que encontrar un lugar para amarrar el barco y evaluar los daños. Tal vez pueda arreglarlos yo mismo, si no son muy complicados —señaló la ventana de estribor—. Aquella parece una isla pequeña a pocos kilómetros de distancia. Localízala con los prismáticos.
—Parece que no hay habitantes. Creo que la playa es rocosa y al sur hay un brazo de mar arenoso.
Observó que una vez más los enérgicos brazos de Peter tiraban del timón, en un esfuerzo porque el Miranda siguiera la nueva dirección. Ella debería salir a cubierta a revisar los desperfectos, pero parecía estar paralizada. Algo le sucedía, algo espantoso. Era como si la tragedia que acababan de vivir le hubiese dado a su relación una dimensión nueva y sus ojos le transmitieron la repentina emoción que crecía en su corazón, tan inesperada y aterradora como la  tormenta de la que acababan de salvarse.


Continuará...

miércoles, 1 de agosto de 2012

"Cuñados" Capítulo 12





Hola!! como andan?? espero que bien :) no hay mucho que hablar...Así que disfruten del capítulo! Besos.
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Debajo de la camiseta y el sostén, la chica se sintió inflamada de deseo y gruñó de placer.
—Tu cuerpo pide a gritos que lo acaricien y lo mimen, Lali. No puedes negar lo que percibo.
Las piernas le temblaban y su cuerpo se arqueó cuando los cálidos labios masculinos rozaron la piel sensible de su cuello, enviándole un delicioso hormigueo por la columna vertebral.
—No… —gimió—. Por favor, Peter… no…
Haciendo caso omiso de su súplica, Peter le mordisqueó el cuello y una oreja. Apartó las manos de los senos y Lali enloqueció cuando comenzó a acariciarle la piel desnuda debajo de la camiseta.
—Por favor, Peter… basta —imploró desesperada.
—¿En serio deseas que me detenga, Lali? —sus dedos ahora vagaban debajo del talle de los vaqueros de la chica—. No te hago daño, ¿verdad? —le susurró al oído de manera seductora—. Te estoy dando algo que tú misma te has negado durante bastante tiempo.
Lali pensó, desesperada, que iba a darle un ataque cardíaco. Los oídos le zumbaban y la sangre hervía por sus venas. Soltó el timón para apretarle con los dedos las muñecas y obligarlo a alejarse.
Con un suspiro de disgusto, Peter dejó de provocarla y se apoyó contra la ventanilla, con los brazos cruzados y un brillo de burla en los ojos.
—Qué lástima. Estaba disfrutando —arrastró las palabras.
—Siento arruinarte la diversión —comentó ella con voz entrecortada—. En lo sucesivo, controla tus manos.
—Lo haré —prometió en tono de burla—. Quiero decir, hasta que reciba una invitación, que no podrás aplazar mucho tiempo.
Con aire sombrío Lali desvió la mirada, negándose a reconocer que existía tal posibilidad.
—Cobras muy poco por tu trabajo —Peter cambió de tema con brusquedad—. Creo que apenas va a cubrir los gastos del viaje.
—La forma en que manejo mi negocio no es asunto tuyo.
—De acuerdo —esbozó una sonrisa irónica—. Pero como hombre de negocios, me intriga saber cómo te las arreglas para continuar viviendo.
—Cobro poco porque la mayoría de mis clientes son campesinos de escasos recursos. Como esos dos pobres ancianos que están allí —señaló con la mano—. Existen más de dos mil islas, pero casi todas son demasiado pequeñas y con poca población para que los transbordadores normales se molesten en darles servicio —se apartó de la frente un mechón de pelo y continuó mordaz—: A nadie le interesa esa pobre gente. Lo único que les importa son los turistas ricos. Las personas como tú deberían avergonzarse de lo que sucede en las islas. Desprecian una de las culturas más antiguas y hermosas del mundo.
—¿Personas como yo? —entrecerró los párpados.
—¡Así es! —estaba dispuesta a pelear—. Los terratenientes… los dueños de barcos… la gente poderosa.
—Soy un Lanzani —su voz golpeó como un látigo—. Mi familia no necesita que nadie venga a sermonearnos sobre nuestras responsabilidades.
La consternación en el rostro de Lali, por la terrible crítica, pareció calmarlo y le dirigió una amplia sonrisa de satisfacción.
—Sólo un tonto creería en esa afirmación tan aplastante. Quizá te sorprenda saber que estoy de acuerdo con tu opinión. Las comunidades más pequeñas han sido olvidadas durante bastante tiempo, y no hay duda de que tú prestas un servicio social muy valioso.
—Es verdad… —susurró—. Me agrada que lo consideres así.
—Lo que trataba de explicarte es que incluso un acto de caridad debe obtener el dinero suficiente para pagar los gastos. Navegar en un barco significa mucho más que recuperar la inversión en gasolina. Cuenta el deterioro, el mantenimiento, derechos de puerto cuando es necesario. Seguro…
—Ya te he dicho que ese es asunto mío. Olvídalo —repuso con brusquedad al tiempo que desviaba la vista con culpabilidad.
—Si has logrado sobrevivir hasta ahora, sólo hay una respuesta: economizas dinero.
Lali se mordió un labio y miró al horizonte.
—El seguro. Esa es la contestación, ¿no es verdad?
—No sé de qué me hablas —susurró enojada.
—¿De verdad? —preguntó con burla—. Por eso querías que el piano se metiera en la bodega. Careces de seguro. Nunca has perdido un cargamento y no crees que te suceda. ¿Acaso no fue lo que me comentaste? La verdad es que no puedes darte el lujo de perder una carga porque te arruinarías.
La ira combinada con culpabilidad explotó y Lali lo miró con resentimiento.
—¿Por qué debería importarte si me arruino o no? Creí desde el principio que habías venido con ese propósito.
—Después hablaremos de ti —prometió con frialdad—. Lo que me sorprende es tu hipocresía. ¿Y qué sucede con aquellos pastores pobres que aseguras te interesan tanto? Si ocurriera lo peor y perdieran en el mar sus escasas pertenencias, ¿cómo te las arreglarías para pagarles?
—Mi seguro extraoficial se encargaría de hacerlo —argumentó.
—¿Seguro extraoficial? ¿Qué clase de seguro es ése?
—Mi seguro, señor Lanzani —aunque no tenía por qué darle explicaciones estaba dispuesta a quitarle esa sonrisa de incredulidad—. No necesito que un intruso venga aquí a sermonearme sobre mis responsabilidades. Nunca llevo un cargamento que valga más que la cantidad de dinero que tengo en mi cuenta bancaria. Mis clientes lo saben y confían en mí. Hasta ahora no ha sido necesario y, como no pago primas altas a ninguna compañía de seguros poco honesta, cobro más barato por el transporte. Supongo que no es legal —susurró, mientras él digería sus explicaciones—. Sin duda estás ansioso por denunciarme a las autoridades.
—¿Por qué crees que haría una cosa semejante, Lali? —preguntó con inesperada amabilidad—. Cuanto más te conozco, más me doy cuenta de que somos, por naturaleza, muy parecidos. Cuando nos llega algo al corazón, a ninguno de los dos nos importa desobedecer las reglas, ¿verdad…?

Continuará...