domingo, 3 de junio de 2012

Capítulo 18







Hola! como las trata el finde? espero que super bien :) jijiji nada más que decir les dejo el capítulo de hoy, que tengan linda semana :)
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Salieron al corredor en el momento en que Ornella bajaba elegantemente las escaleras para salir al encuentro de Alejo. Le ofreció la mejilla para que se la besara y le permitió que le guardara la mano en el hueco del brazo, pequeños contactos que rara vez había consentido a su marido. La devoción de Alejo había sido beneficiosa para Ornella, pues aminoró un poco el dolor que le había provocado su destrozada seguridad en sí misma, pero Peter no estaba tan seguro de que fuera beneficiosa para el propio Alejo. Su esposa había muerto quince años atrás y debería haber vuelto a casarse; en aquella fecha no tenía más que cuarenta y un años. Tal vez lo hubiera hecho, a su debido tiempo, pero entonces Nicolás se marchó y Alejo, como buen amigo que era, se había consagrado a ayudar a los Lanzani a superar la crisis. Incluso después de recibir la carta de poderes, Peter tardó dos años enteros en consolidar su posición, y Alejo estuvo a su lado todo el tiempo, presente en sesiones estratégicas que duraban noches enteras; también se había convertido en una especie de padre sustituto para Eugenia y había convencido paulatinamente a Ornella de que saliera de su total depresión. Se había enamorado dolorosamente de Ornella, un hecho del que ella no parecía darse cuenta.

Debería haberlo visto venir, se dijo Peter al observar a su madre. Aún conservaba un increíble encanto, con un estilo sereno y clásico que suscitaba el romanticismo de Alejo. Su cabello negro contenía muy pocas canas y la favorecía notoriamente. Seguía teniendo el cutis suave y sin arrugas, aunque por alguna razón se adivinaba claramente su edad. No había juventud en ella, ni ligereza de espíritu, y siempre ardía una llama de tristeza en el fondo de sus ojos azules. Al mirar a su madre, a Eugenia y a Alejo, Peter maldijo con vehemencia a su padre por lo que había hecho.

Alejo, tras acomodar en su asiento a Ornella, le dijo a Peter:
—Hoy ha llegado a mis oídos un curioso rumor acerca de uno de los Espósito. —Eugenia se quedó congelada en el sitio y su mirada nerviosa giró rápidamente hacia Ornella, que se había quedado pálida e inmóvil. Alejo no vio el brusco gesto de advertencia que le hizo Peter—. Me tropecé con Ed Morgan, y por lo visto una de las chicas ha vuelto para vivir aquí.

Alejo se irguió, su mirada se cruzó con la de Peter, y éste comprendió que Alejo había preferido no ver su gesto de advertencia. Había sacado a colación el tema a propósito, para obligar a Ornella a afrontarlo. Ya había hecho aquello mismo en otras ocasiones, hablar de Nicolás cuando Ornella se encogía al oír cualquier mención de su marido. Tal vez fuera precisamente lo que había que hacer; quién sabe, Alejo había logrado obtener mayor reacción de Ornella de la que nunca habían conseguido Eugenia ni él.
Ornella se llevó una mano temblorosa a la garganta.

—¿A vivir... aquí?

—Se trata de la hija pequeña, Lali —dijo Peter manteniendo un tono calmado—. Ha comprado la vieja casa de Cleburne y se ha instalado en ella.

—No. —Ornella miró a su hijo con expresión agónica—. No puedo... No puedo soportarlo.

—Naturalmente que puedes —le dijo Alejo para confortarla, al tiempo que tomaba asiento—. Tú no sales ni hablas con nadie de la ciudad, así que nunca la verás ni sabrás nada de ella. No hay motivo para que te alteres.

Peter se reclinó en su silla y reprimió una leve sonrisa. Él y Eugenia tendían a tratar a Ornella con algodones; no podía evitarlo, aun cuando ella le causaba una intensa frustración. Alejo no se andaba con tantos miramientos. Era implacable en sus esfuerzos por obligarla a salir de su cáscara y regresar a la sociedad. Probablemente tenía razón al hablar abiertamente del tema y las inclinaciones de Peter y Eugenia eran demasiado protectoras.
Ornella negó con la cabeza sin dejar de mirar a Peter.

—No la quiero aquí —dijo, suplicando abiertamente—. La gente hablará... Todo se revolverá otra vez, y yo no puedo soportarlo.

—Tú no te enterarás de nada —dijo Alejo.
Ella se estremeció.

—No necesito oírlo para saber que está pasando.
No, posiblemente no. Cualquiera que hubiera vivido en una ciudad pequeña sabía muy bien que los chismorreos se reciclaban y que nada caía en el olvido para siempre.

—Por favor —le dijo a Peter con expresión atormentada—. Haz que se vaya.
Peter tomó un pequeño sorbo de su copa de vino, cuidando de componer una expresión vacía.

Estaba hartándose de la manera en que la gente pensaba que él podía por arte de magia hacer desaparecer a las personas. Excepto secuestrarla o matarla, lo único que podía hacer con Lali era procurar que las cosas le resultasen tan incómodas como fuera posible. Esta vez no tenía motivos legales, ninguna acusación de allanamiento, ninguna familia de borrachos y ladrones que el sheriff no tuviera inconveniente en expulsar de la ciudad. Lo que tenía era una mujer joven y totalmente empeñada en mantenerse en sus trece.

—No va a ser fácil —dijo.

—Pero tú posees mucha influencia... con el sheriff, el banco...

—No ha abierto ninguna cuenta bancaria, y el sheriff no puede hacer nada a no ser que Lali viole una ley. Hasta ahora, no ha violado ninguna. —Peter comprendió que tampoco abriría una cuenta en el banco de él. Era demasiado lista. Sabía exactamente a lo que iba a enfrentarse cuando se instalara de nuevo en Prescott, de otro modo no habría comprado la propiedad de los Cleburne al contado. Había tomado medidas para limitar los movimientos que él pudiera hacer en contra de ella.

Tenía que respetarla como adversario, por su previsión. Estaba claro que Lali le había puesto las cosas más difíciles. Echaría un vistazo alrededor, utilizaría sus fuentes para tratar de verificar que realmente había pagado la casa al contado en lugar de financiarla, pero sospechaba que Lali le había dicho la verdad.

—Debe de haber algo —dijo Ornella con desesperación.
Peter enarcó la cejas.

—Propongo el asesinato —dijo con burla.

—¡Peter! —Su madre lo miró atónita—. ¡No estaba sugiriendo nada semejante!

—Entonces, puede que tengamos que acostumbrarnos a la idea de que viva aquí. Yo puedo ponerle las cosas enrevesadas, pero eso es todo. Y no quiero que nadie me venga con ideas brillantes acerca de acoso físico —dijo, clavando la mirada en Eugenia y Ornella, por si acaso se le había ocurrido aquella idea a alguna de las dos. No era probable, pero no tenía intención de arriesgarse—. Si podemos librarnos de ella a mi modo, bien, pero no pienso hacerle daño. —No cuestionó aquel curioso instinto protector hacia una Espósito. Lali ya había sufrido bastante en su vida, se dijo recordando a aquella niña aterrorizada y atrapada en el semicírculo de faros de autos.

—Como si nosotras fuéramos a hacer algo así —dijo Eugenia, sintiéndose insultada.

—No creo que fueran a hacerlo, pero no quería dejar el asunto abierto a especulación.

En aquel momento llegó Delfina con el primer plato, una crema de pepino, y el tema fue abandonado por consentimiento mutuo, para diversión de Peter. En aquella casa no sucedía nada que Felicitas y Delfina no supieran casi al instante de producirse, pero Ornella y Eugenia seguían la antigua norma de no hablar de cosas personales delante de la servidumbre. Dudaba de que alguna persona de las que trabajaban para ellos se considerase a sí misma «servidumbre», sobre todo Delfina.  Llevaba trabajando en aquella casa más tiempo del que recordaba Peter, y le había pegado a él en las manos con una cuchara de madera cada vez que lo pillaba intentando robar uno de los pequeños bizcochos que horneaba para las recepciones de Ornella.

Eugenia se puso a contar a Alejo un interesante documental que había visto en televisión. Peter miró a Ornella para hacer un comentario, pero enmudeció al ver cómo rodaban las lágrimas en silencio por sus mejillas. Estaba tomándose su sopa con serenidad, hundiendo y levantando la cuchara con ritmo elegante, y mientras tanto lloraba.

Después de la cena, Alejo se reunió con Peter en el estudio y pasaron media hora hablando de negocios hasta que Peter dijo en tono irónico:
—Eugenia y yo habíamos decidido no hablarle a mamá de Lali.
Alejo hizo una mueca.

—Ya me imaginaba algo así. Sé que no me corresponde meter la cuchara en esto... —Peter soltó un bufido que provocó una rápida sonrisa en el rostro de Alejo antes de proseguir—, pero es que tu madre no puede seguir ocultándose al mundo para siempre.

—¿No? Pues lleva doce años intentándolo de maravilla.

—Si ella no sale al mundo, he decidido traerle el mundo a ella. A lo mejor así ve que «si no los puedes vencer, únete a ellos».

—Buena suerte —dijo Peter, y era sincero.
Alejo lo miró con curiosidad.

—¿De verdad vas a obligar a Lali a marcharse?
Peter se recostó en su asiento y apoyó los pies en la mesa estirándose como una pantera soñolienta, relajada pero aún peligrosa.

—Por supuesto que voy a intentarlo, pero lo que le he dicho a mi madre es verdad. Legalmente, no hay mucho que pueda hacer.

—¿Por qué no dejarla en paz? —preguntó Alejo con un suspiro—. Yo diría que ya ha tenido una vida bastante dura tal como está, sin que la gente intente causarle problemas a propósito.

—¿La has visto?

—No. ¿Por qué?

—Parece la hermana gemela de Gimena —dijo Peter—. Ya es bastante malo ser una Espósito, pero además parecerse así... —Sacudió la cabeza en un gesto negativo—. Va a remover muchos recuerdos, y no sólo en mi familia. Gimena Espósito era muy conocida de todos.

—Incluso así, yo creo que se merece una oportunidad—. Si está intentando llegar a ser algo, sería una lástima interponerse en su camino.
Peter sacudió otra vez la cabeza.

—Tengo que pensar en mamá y en Eugenia. Para mí, ellas son más importantes que ese trozo de basura que intenta demostrar ser algo.

Alejo lo contempló con decepción. Peter era un hombre duro y un enemigo peligroso, pero siempre había sido justo. La desaparición de Nicolás lo había metido de cabeza en una situación en la que la responsabilidad del bienestar económico, y también el emocional, de su familia recayó sobre sus jóvenes hombros. Hasta aquel momento, Peter había sido un muchacho alegre, alborotador y despreocupado, pero de la noche a la mañana se había convertido en un hombre mucho más duro, más despiadado. Su sentido del humor, cuando se consentía a sí mismo tenerlo, todavía bordeaba lo descarado e irreverente, pero durante la mayor parte del tiempo era mucho más serio. Peter era un hombre que sabía hasta dónde llegaba su poder y no se arredraba a la hora de utilizarlo. Si Nicolás había sido respetado en la comunidad financiera, Peter era considerado con el temor y la cautela con que uno contemplaría a un merodeador.

—Eres demasiado protector —dijo Alejo por fin—. Ornella y Eugenia no van a derrumbarse en pedazos por el hecho de que Lali Espósito viva en Prescott. No les gustará, pero aprenderán a vivir con ello.
Peter se encogió de hombros.

—Quizá —más bien, probablemente fuera demasiado protector, pero Alejo no había visto a Eugenia desangrarse casi hasta morir, ni había presenciado el completo hundimiento emocional de Ornella. Para cuando Alejo empezó a convencer a Ornella de que saliera de su habitación, ésta por lo menos ya hablaba otra vez y había vuelto a comer.

—Me rindo —dijo Alejo sacudiendo la cabeza—. De todos modos, vas a hacer lo que quieras. Pero medita sobre ello, y puede que le des un respiro a la chica.


Aquella misma noche, sentado a solas en el estudio con los pies aún apoyados en el escritorio, en su postura habitual, mientras leía un informe financiero sobre unas acciones que había comprado, Peter descubrió que le resultaba difícil concentrarse. No era el whisky; se había servido una copa cuando se puso a mirar papeles, más de dos horas antes, y la mayor parte del licor seguía en el vaso.

El hecho era que no conseguía quitarse de la cabeza el problema de Lali Espósito. El silencioso llanto de Ornella lo había afectado más que ninguna cosa que hubiera podido decir. Si Lali no se merecía que la hicieran sufrir de nuevo, tampoco su madre ni su hermana. Ellas también eran víctimas inocentes, y Eugenia estuvo a punto de morirse. No podía olvidar aquello, y tampoco podía verlas alteradas y no intentar hacer algo al respecto.
Además, era un hecho que si Mariana Martínez se quedaba en Prescott, Ornella y Eugenia se sentirían todavía más heridas y perturbadas de lo que ya estaban ahora.

Continuará...

sábado, 2 de junio de 2012

Capítulo 17



Holaa!!! como andan? sorry Chari por lo del otro cap me confundí jijiij
No saben lo feliz que estoy! :) con mi colegio ganamos el campeonato comunal de handball :) jijiji aquí les dejo el capítulo!
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—Lo que yo creo es que no te importaba si me hacías daño o no. Márchate.

—Dentro de un minuto. Tengo unas cuantas cosas que decir.
Lali lo miró con frialdad.

—En ese caso, por el amor de Dios, dilas y vete.
El peligro destellaba en aquellos ojos verdes, y antes de que Lali pudiera darse cuenta, Peter estaba de nuevo frente a ella, casi pellizcándole la barbilla, juguetón.

—Eres una nenita muy valiente, ¿verdad? Puede que demasiado para tu bien. No me provoques para que pelee, cariño, porque saldrás trasquilada. Lo mejor que puedes hacer es coger tus cosas y largarte de aquí, igual de rápido que has venido. Yo te compraré la casa por lo mismo que has pagado por ella, para que no pierdas nada. Aquí no eres bienvenida, y no quiero que mi madre y mi hermana sufran al verte pasear por ahí como si nada hubiera sucedido, resucitar aquel viejo escándalo y perturbar a todo el mundo. Si te quedas, si me desafías, puedo ponerte las cosas muy difíciles, y acabarás perdiendo. No podrás encontrar trabajo, y enseguida descubrirás que aquí no tienes amigos.
Lali se apartó bruscamente de él.

—¿Qué vas a hacer, pegarme fuego? —lo aguijoneó—. Ya no soy una niña desvalida de catorce años, y vas a descubrir que ahora no es tan fácil intimidarme. Estoy aquí, y voy a quedarme.

—Eso ya lo veremos, ¿no? —Sus ojos entrecerrados volvieron a deslizarse hasta el pecho de Lali, y de pronto sonrió—. Tienes razón en una cosa: ya no tienes catorce años.

Y acto seguido se marchó. Lali se lo quedó mirando con los puños cerrados y sintiendo una rabia impotente, el estómago encogido por el pánico. No quería que él se fijase en ella como mujer, no quería que posara en ella aquella mirada de párpados semicerrados, porque no estaba segura de ser capaz de resistirlo. La ponía enferma la idea de parecerse a su madre, de ser lo que él le había reprochado ser, la puta de un Lanzani.


—¿Era Gimena? —preguntó Eugenia en voz baja, aunque estaba tan nerviosa que la tensión resultaba casi visible. Había llamado a Peter desde la tienda de Morgan, más alterada de lo que su hermano la había visto en años, en realidad desde el día en que le dijo que su padre los había dejado por Gimena Espósito. Eugenia había recorrido un largo camino desde entonces, pero la mirada atormentada de sus ojos le dijo a Peter que el dolor afloraba a la superficie con demasiada facilidad para ser objetiva al respecto.

—No, pero estaba claro que era una Espósito.

Peter se sirvió un dedo de whisky escocés y se lo tomó de un sorbo, y a continuación se sirvió otro dedo más; tenía la impresión de necesitarlo tras su encuentro con Lali Espósito. Es decir, Mariana Espósito Martínez. Viuda. Una viuda joven, encantadora y moracha, dotada de tanto temperamento que hubiera querido mirarse las manos por si le quedaba alguna marca chamuscada de haberla tocado. La había desconcertado un par de veces, pero durante la mayor parte del tiempo demostró una tranquila, exasperante seguridad en sí misma. No se alteró lo más mínimo ante las amenazas que él manifestó, aunque tenía que saber que no se estaba tirando un farol.
Se encontraban en el estudio, disfrutando de una copa antes de la cena, por lo menos Peter.

Alejo iba a cenar con ellos, y Ornella también bajaría pronto, así que Peter y Eugenia habían entrado en el estudio para tener unos momentos de intimidad para hablar.
Eugenia había palidecido.

— ¿Qué, no era Gimena? Se parecía mucho a ella, como si no hubiera envejecido en absoluto.  Incluso parecía más joven. Oh... Ya sé. —De pronto comprendió—. Era una de sus hijas, ¿verdad?

—La más pequeña. Lali. Siempre se pareció a Gimena más que sus hermanos.

—¿Qué está haciendo aquí?

—Dice que ha regresado para siempre.
Los ojos de Eugenia se llenaron de horror.

—¡No puede! ¡Mamá no lo soportaría! Alejo ha conseguido que salga un poco de su reclusión, pero si se entera de que uno de los Espósito ha vuelto a Prescott, quién sabe cómo la alterará. Tienes que librarte otra vez de ella, Peter.

Peter observó su whisky con expresión irónica y se lo terminó de un trago. La ciudad entera conocía la historia de cómo él había echado a patadas a la familia Espósito. No era algo de lo que se sintiera especialmente orgulloso, pero tampoco se arrepentía, y el incidente había subido a los altares como una especie de leyenda local. Eugenia no estuvo allí, no vio lo malo; sólo conocía el resultado, no el proceso, no tenía aquel recuerdo grabado a fuego en su mente. A él lo acompañaba en todo momento: el terror de Lali, los chillidos histéricos del niño pequeño y sus patéticos esfuerzos por aferrarse a su hermana, el desesperado frenesí de ella por recoger sus pertenencias... y aquella atracción sexual poderosa, incómoda, con que la miraban los hombres, las sombras de la noche que disimulaban su juventud y revelaban tan sólo el intenso parecido con su madre.

Con una leve punzada de dolor se dio cuenta de que aquella noche constituía un vínculo entre ellos, Lali y él, un lazo forjado por un recuerdo común que sólo podría romperse con la muerte.

Nunca había conocido a Lali en realidad, y había un espacio de doce años entre el antes y el ahora, y sin embargo... no la había considerado ni tratado como a una desconocida. Era como si ambos hubieran reanudado una antigua amistad. No eran desconocidos; entre ellos estaba aquella noche.

—Esta vez puede que sea más difícil librarse de ella—dijo bruscamente—. Ha comprado la casa de Cleburne, y tal como me ha recordado, yo no puedo echarla de una propiedad que es suya.

—Si la está comprando, ha de haber algún modo de interferir en la hipoteca...

—No he dicho que la esté comprando, sino que la ha comprado. Hay diferencia.
Eugenia frunció el entrecejo.

—¿De dónde iba a sacar una Espósito tanto dinero?

—Probablemente de un seguro de vida. Es viuda. Ahora se apellida Martínez.

—Muy cómodo para ella —comentó Eugenia, sarcástica.

—No, por lo que he podido entender, no lo fue —replicó Peter, recordando mentalmente cómo había palidecido Lali cuando él le dijo algo similar.

En eso sonó el timbre de la puerta, y a continuación oyó la voz de Alejo cuando Felicitas le abrió.  Se acabó el rato de conversación. Palmeó a Eugenia en el hombro al tiempo que ambos se encaminaban hacia la puerta.

—Haré lo que pueda para que se vaya, pero no es un resultado seguro. Ella no es una típica Espósito.

No, no era típica en absoluto. Incluso cuando era una niña, el solo hecho de mirarla ya era suficiente para notar su atracción hacía ella. Aquello no había cambiado. Pero también era un adversario más capaz que ningún otro de su familia. Era serena e inteligente, y parecía haber salido por sí sola, por el medio que fuera, de la cloaca en la que su familia había vivido siempre. La respetaba por eso, pero no cambiaba las cosas; tenía que irse. A Eugenia la preocupaba el efecto que pudiera tener su presencia en Ornella, pero a él lo preocupaba también el efecto que pudiera tener en Eugenia.


Continuará...

viernes, 1 de junio de 2012

Capítulo 16









No había sido una compra a ciegas. El señor Pérez le envió fotos de la casa, tanto del interior como del exterior. La vivienda era pequeña, sólo tenía cinco ambientes y había sido construida en los años cincuenta, pero había sido remodelada y modernizada con vistas a venderla. El dueño anterior había hecho un buen trabajo; el nuevo patio delantero recorría toda la fachada, y en un extremo había un columpio que invitaba a los nuevos inquilinos a disfrutar del buen tiempo. Unos ventiladores situados a cada extremo del techo garantizaban que el calor no sería demasiado insoportable. También había ventiladores en cada habitación de la casa.

Los dos dormitorios eran del mismo tamaño, de modo que escogió el posterior para ella y convirtió el otro en un despacho. Había solamente un baño, pero como ella era una sola persona, no esperaba tener problemas en ese sentido. El cuarto de estar y el comedor eran agradables, pero lo mejor de la casa era la cocina. Era evidente que había sido remodelada hacía unos años, porque no se imaginaba que nadie se gastase dinero en reformar una cocina a su gusto cuando con un estilo más estándar valdría para vender la casa y costaría mucho menos. A quienquiera que fuera le gustaba cocinar. Había una cocina con seis hornillas, además de un horno microondas y otro convencional. Los armarios cubrían una pared entera, desde el suelo hasta el techo, lo que proporcionaba espacio suficiente para almacenar comida para un año. En lugar de una isla, el centro de la cocina lo ocupaba una mesa de dos metros con tabla para cortar que ofrecía abundante espacio para aventuras culinarias. A Lali no la entusiasmaba tanto cocinar, pero le gustó la estancia. En realidad estaba encantada con la casa entera. Era el primer lugar para vivir que realmente le pertenecía; los apartamentos no contaban porque eran alquilados. Aquella casa era suya. Era un verdadero hogar.


Bullía de felicidad por dentro cuando fue al centro de Prescott para hacer la compra y solventar dos pequeños asuntos. La primera parada fue el palacio de justicia, donde compró una matrícula de Luisiana para el auto y solicitó el permiso de conducir de Luisiana. A continuación, la tienda de comestibles. Fue un sutil placer comprar sin fijarse en el precio en la misma tienda en la que en otro tiempo el propietario la seguía desde que entraba y controlaba todos sus movimientos para cerciorarse de que no se metía algo en el bolsillo y se iba sin pagarlo. Morgan se llamaba, Ed Morgan. Su hijo pequeño estaba en la clase de Estefanía.

Se entretuvo en seleccionar la fruta y las verduras, metiéndolas por separado en bolsas de plástico y cerrando cada una con una cinta verde. Del almacén salió un hombre de pelo gris con un delantal lleno de manchas, cargando con una caja de plátanos que empezó a colocar en una repisa casi vacía. Lanzó una mirada a Lali y volvió a mirarla, abriendo los ojos con incredulidad.
Aunque ahora tenía mucho menos pelo y el que le quedaba había cambiado de color, a Lali no le costó reconocerlo: era el hombre en el que estaba pensando.

—Hola, señor Morgan —le dijo amablemente mientras empujaba el carrito—. ¿Cómo está?

—G—Gimena —balbuceó él, y hubo algo en la forma de pronunciar aquel nombre que dejó helada a Lali y la hizo mirarlo con otros ojos. ¡Por Dios, él también! Bueno, ¿por qué no? Nicolás Lanzani no siempre estaba disponible, y Gimena no era una mujer que hiciera ascos a nada.

Su sonrisa se esfumó y dijo en tono gélido:
—No, no soy Gimena. Soy Mariana, la hija pequeña. —Se sintió furiosa en nombre de la niña que fue, constantemente humillada por verse tratada como una ladrona, cuando durante todo aquel tiempo el hombre que se preocupaba tanto de seguirla por la tienda formaba parte de la pandilla de perros hambrientos que babeaban por su madre.

Empujó el carrito por el pasillo. La tienda no era grande, de modo que oyó el murmullo de voces cuando el tendero corrió a contarle a su mujer quién era ella. No mucho después, se dio cuenta de que llevaba detrás una sombra. No reconoció al muchacho adolescente, que también llevaba un delantal largo y con lamparones y que se sonrojó con embarazo cuando ella lo miró, pero resultaba obvio que alguien le había dicho que se cerciorase de que todo iba a parar al carro y no al bolso.

Tuvo un exceso de ira, pero lo controló y se esforzó por no darse prisa. Cuando ya tenía todo lo que necesitaba, dirigió el carro hacia la caja y empezó a descargarlo.

La señora Morgan estaba en la caja registradora cuando Lali entró en el establecimiento, pero el señor Morgan se había hecho cargo de aquella tarea y ahora su esposa miraba con toda atención desde el pequeño cubículo que hacía las veces de oficina. Observó los artículos que Lali estaba descargando.

—Más vale que tenga dinero para pagar todo esto —dijo el hombre en tono desagradable. Miro mucho de quién acepto un cheque.

—Yo siempre pago en efectivo —replicó, Lali con frialdad—. Miro mucho a quién dejo ver el número de mi cuenta.
Transcurrieron unos instantes hasta que el comerciante se dio cuenta de que Lali lo había insultado pagándole con la misma moneda, y se sonrojó violentamente.

—Cuidado con lo que dice. No tengo por qué tolerar esa forma de hablar en mi establecimiento, sobre todo de gente como usted.

—Claro. —Lali le sonrió y habló en tono bajo—. No era usted tan escogido cuando se trataba de mi madre, ¿verdad?
El rubor desapareció de la cara del hombre tan bruscamente como había aparecido. Quedó pálido y sudoroso, y lanzó una mirada fugaz a su esposa.

—No sé de qué me está hablando.

—Bien. Pues entonces procure que no vuelva a surgir este tema. —Sacó su billetera y esperó. El señor Morgan empezó a pasar los artículos por el mostrador marcando los precios. Lali miraba cada precio conforme él lo iba sumando, y lo detuvo en una ocasión—. Esas manzanas están a uno veintinueve el kilo, no a uno sesenta y nueve.

El hombre se ruborizó otra vez, furioso de que ella lo hubiera pillado en un error. Por lo menos Lali suponía que había sido un error y no un intento deliberado de engañarla. La joven iba a cerciorarse de repasar todos los artículos en el recibo antes de salir de la tienda, iba a darle a probar lo que era que a uno lo considerasen deshonesto automáticamente. En otro tiempo se habría retraído, profundamente humillada, pero aquella época había quedado atrás.

Cuando el señor Morgan sumó el total, Lali abrió la cartera y sacó seis billetes de veinte. Normalmente, su factura de la compra era menos de la mitad de aquella cantidad, pero es que había dejado que se agotasen muchas cosas en vez de tomarse la molestia de trasladarlas, de modo que tuvo que reponerlas. Vio que el señor Morgan miraba el dinero que quedaba en la cartera y supo que rápidamente correría por toda la ciudad el rumor de que Lali Espósito había vuelto, y exhibiendo un fajo de dinero como para parar un tren. Nadie creería que lo había ganado de forma honrada.

No podía decirse a sí misma que no le importaba lo que pensara la gente; siempre le había importado. Aquélla era una de las razones por las que había vuelto, para demostrarles a ellos que no todos los Espósito eran gentuza, y para demostrarse a sí misma que no era basura. Sabía racionalmente que ella era respetable, pero aún no lo sabía en su corazón, y no lo sabría hasta que los habitantes de su ciudad natal la aceptaran. No podía divorciarse de Prescott; aquella ciudad había contribuido a dar forma a lo que era como persona, y tenía profundas raíces en ella. Pero el hecho de desear ser aceptada por aquella gente no significaba que fuera a dejar que cualquiera la insultara y saliera impune. De niña era discretamente obstinada en cuanto a salirse con la suya, pero en los doce años que habían transcurrido desde entonces, había crecido y había aprendido a defenderse.

El mismo chico que la había seguido en el interior de la tienda la ayudó a llevar las bolsas al auto. Calculó que tendría unos dieciséis años, sus articulaciones todavía conservaban la holgura propia de la infancia y las manos y los pies eran demasiado grandes para el resto.

—¿Eres familia de los Morgan? —le preguntó mientras se dirigían al estacionamiento, él empujando el carrito.
El chico se ruborizó ante aquella pregunta personal.

—Er... sí. Son mis abuelos.

—¿Cómo te llamas?

—Mateo.

—Yo soy Lali Martínez. Antes vivía aquí, y acabo de volver para quedarme.

Se detuvo frente a su automóvil y abrió el maletero. Como la mayoría de los adolescentes, al chico le interesaba todo lo que tuviera cuatro ruedas, y le echó un buen vistazo. Lali se había comprado un sedán sólido y fiable en lugar de un deportivo; para los negocios era mejor un sedán, y de todas formas había que tener una actitud determinada para ir por ahí al volante de un deportivo, una actitud que Lali no había tenido nunca. Siempre había sido más madura de lo que indicaba su edad, y para ella la estabilidad y la seguridad eran mucho más importantes que la velocidad y una imagen impresionante. Pero el auto, de un verde oscuro y estilo sofisticado europeo, tenía menos de un año y una cierta elegancia, a pesar de toda su fiabilidad.

—Tiene un auto muy bonito —se sintió impulsado a comentar Mateo mientras trasladaba las bolsas a la maletera.

—Gracias.

Lali le dio una propina, y él contempló el billete con sorpresa. De aquel detalle dedujo que o bien en Prescott no se estilaba dar propinas, o bien la gente solía cargar ella misma con la compra y a él lo habían presionado para que la ayudase y así viera si tenía el auto limpio o algo parecido.
Sospechó esto último; el chisme de la gente de las poblaciones pequeñas no conocía límites.

Un Cadillac pequeño y blanco entró en el estacionamiento mientras Lali abría la portezuela del auto y frenó bruscamente al llegar a su altura. Lali levantó la vista y vio a una mujer que la miraba fijamente, estupefacta. Tardó unos instantes en reconocer a Eugenia Lanzani, o como se apellidase ahora. Las dos mujeres se miraron de frente la una a la otra, y Lali se acordó de que Eugenia siempre se esforzaba especialmente en ser desagradable con los Espósito, a diferencia de Peter, que los había tratado con bastante normalidad hasta que desapareció Nicolás.

A pesar de sí misma, Lali sintió lástima; si sus sospechas eran ciertas, el padre de ambos estaba muerto y ellos habían pasado todos aquellos años sin saber lo que le había sucedido.
Los Espósito habían sufrido por causa de los actos de Nicolás, pero también habían sufrido los Lanzani.

Incluso en el interior del auto, Lali advirtió lo pálida y tensa que parecía Eugenia al mirarla. Aquélla era una confrontación que mejor sería posponer; aunque su intención era mantenerse firme, no había necesidad de exhibir su presencia en las narices de los Lanzani. De modo que desvió la mirada, se subió al auto y encendió el motor. Eugenia le bloqueaba el paso de tal forma que no podía dar marcha atrás, pero el sitio de estacionamiento que tenía delante estaba vacío, así que no necesitaba retroceder. Simplemente salió pasando por aquel espacio y dejó a Eugenia aún sentada y con la vista fija en ella.

Cuando llegó a casa se encontró con varios faxes que la esperaban, todos de Jimena. Colocó en su lugar las cosas que había comprado antes de sentarse en el despacho a atender los problemas que hubieran surgido. Le gustaba el mundo de las agencias de viajes; no carecía de su dosis de crisis y quebraderos de cabeza, pero la mayor parte del tiempo, por la propia naturaleza de aquel negocio, los clientes estaban animados y contentos. La labor de la agencia consistía en asegurarse de que sus vacaciones se reservasen correctamente, con alojamiento seguro. Desviaban suavemente a los clientes de los paquetes turísticos que no resultaban apropiados. Por ejemplo, una familia con niños pequeños probablemente no estaría muy contenta con un crucero en un barco cuyas diversiones estaban pensadas más bien para los adultos. Sus empleados sabían encargarse de cosas así. La mayoría de los problemas con que se tropezaba eran de índole muy distinta. Había honorarios que pagar, impresos de impuestos que rellenar, un interminable desfile de papeles. Lali había decidido seguir encargándose de los sueldos, con la información pertinente que le enviarían todos los lunes por la mañana desde las cuatro sucursales. Haría el papeleo, prepararía los cheques y los mandaría por correo urgente el miércoles por la mañana. Aquélla era una solución factible, y disfrutaría enormemente de la comodidad de trabajar en casa.

El mayor inconveniente era seguir trabajando con los bancos de Dallas, tanto en el aspecto profesional como en el personal, pero había decidido no transferir sus fondos a Prescott, ni siquiera a Baton Rouge; la influencia de los Lanzani tenía brazos muy largos. No había investigado si la familia era la propietaria del banco nuevo que había en la ciudad porque en realidad no importaba; fueran los dueños o no, Peter poseería una gran influencia. En la banca existían normas y leyes, pero en aquella parte del estado los Lanzani eran la ley para ellos mismos. A Peter le resultaría fácil obtener el saldo de sus cuentas, hasta las copias de los cheques anulados. No le cabía duda de que también podría causarle problemas retrasando hasta el último momento el crédito para los cheques depositados y haciendo que sus propios cheques fueran incobrables. No, lo mejor era seguir teniendo la cuenta en Dallas.

Oyó crujir la piedra del camino de entrada, y al asomarse por la ventana vio un brillante jaguar de color gris metalizado que se detenía frente a la casa. Resignada, dejó caer de nuevo la cortina y separó su silla de la mesa del despacho. No le hacía falta ver quién salía del auto para saber quién venía a verla, de igual modo que sabía que no se trataba precisamente del comité de bienvenida.
Fue al cuarto de estar y abrió la puerta al oír las pisadas en la entrada.

—Hola, Peter. Pasa, por favor. Veo que ya no tienes tu Corvette.
La sorpresa brilló en los ojos del aludido al cruzar la puerta y abrumarla inmediatamente con su tamaño. No se esperaba que ella lo invitase tranquilamente a entrar, el conejo ofreciendo hospitalidad al lobo en su madriguera.

—Ahora voy más despacio que antes en muchas cosas— dijo lentamente.

Lali tenía en la punta de la lengua decir: «Mejor, supongo» pero se contuvo. Dudaba de que Peter Lanzani le hiciera observaciones sugerentes a ella precisamente, y si se las tomaba como tales, él pensaría que era justo lo que cabía esperar de una Espósito. Entre ellos no había espacio para el coqueteo normal.

Aquel día de finales de la primavera hacía calor, y Peter llevaba una camisa blanca de algodón, floja y abierta en el cuello, y pantalones de lino de color caqui. Por el cuello de la camisa le asomaba una porción de vello negro y rizado, y Lali se obligó a sí misma a mirar a otra parte, consciente de una súbita dificultad para respirar. Él traía consigo el aroma fresco y terrenal a sudor limpio y el clásico olor almizclado del hombre. Ella nunca había logrado decidir qué color tenía, pensó confundida, inhalando aquel aroma complejo y sutil. El impacto físico que le produjo hizo que se bloqueasen todos sus sentidos, igual que siempre. No había cambiado nada. Lo que la impresionó no fue lo imprevisto de verlo; las viejas reacciones de antaño seguían allí, igual de potentes, sin haber sido atenuadas por la madurez ni por el paso del tiempo. Lo miró con rabia oculta, impotente. Dios, aquel hombre no había hecho otra cosa que hundirla en el polvo, y no dudaría en hacerlo de nuevo; ¿qué demonios le pasaba para no ser capaz de verlo sin experimentar automáticamente aquel hormigueo de excitación?

Peter estaba demasiado cerca de ella, junto a la puerta, mirándola fijamente con sus ojos oscuros y entrecerrados. Se apartó para darse a sí misma un poco de espacio para respirar. Le resultaba demasiado imponente físicamente, veinticinco centímetros más alto que ella y con aquel cuerpo de atleta, duro y esbelto. Tendría que ponerse de puntillas siquiera para darle un beso en el hueco de aquella garganta musculosa y bronceada. Aquel pensamiento aberrante la sobresaltó, la conmocionó, y ocultó su expresión de manera instintiva. De ningún modo podía permitir que Peter supiera que ella se sentía siquiera remotamente atraída por él; eso le daría un arma de enorme poder destructivo contra ella.

—Esto es una sorpresa —dijo en tono ligero, aunque no lo era—. Siéntate. ¿Quieres un café, o tal vez té helado?

—Déjate de cortesías —contestó él avanzando hacia Lali, y ésta percibió el filo de fría cólera en su voz—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Vivo aquí —repuso Lali, arqueando las cejas en un gesto de falsa sorpresa. No esperaba tener la confrontación tan pronto; Peter era más eficiente de lo que ella imaginaba. De nuevo se apartó, desesperada por mantener una distancia de seguridad entre ambos. La mirada de él se agudizó y acto seguido brilló de satisfacción y con una frialdad tal, que Lali comprendió que él se había dado cuenta de que su proximidad la ponía nerviosa. De manera que se detuvo, decidida a no hacerle ver que podía intimidarla de aquel modo, y se volteó para mirarlo de frente. Alzó la barbilla con una expresión serena y tranquila en sus ojos. Le costó un poco de esfuerzo, pero lo consiguió.

—No será por mucho tiempo. Has perdido tiempo y esfuerzo en volver.

Con un suave gesto de diversión, Lali dijo:
—Incluso tú podrías tener problemas para echarme de mi nueva casa.- La mirada de Peter se agudizó nuevamente al recorrer con la vista el cuarto de estar, pulcro y acogedor. —La he comprado —amplió la información—. No está financiada, es mía limpia de polvo y paja.
Peter dejó escapar una risa áspera que la sobresaltó.

—Seguro que te has divorciado del señor Martínez y lo has dejado en la ruina. ¿Te quedaste con todo lo que tenía?
Lali se puso rígida.

—De hecho, así fue. Pero no me divorcié de él.

—Entonces, ¿qué hiciste, buscarte un viejo apolillado al que diste la patada después de uno o dos años? ¿Tenía herederos a los que tú estafaste y dejaste sin nada?
El color desapareció de las mejillas de Lali dejándola pálida como una estatua.

—No, me busqué un hombre joven y sano de veintitrés años, que murió en un accidente de auto antes de cumplir un año de casados.
Peter apretó los labios.

—Lo siento —dijo en tono seco—. No debería haber dicho eso.

—No, no deberías haberlo dicho, pero jamás he visto que un Lanzani se haya preocupado alguna vez por los sentimientos de otra persona.
Él resopló con sorna.

—Una Espósito debería tener cuidado con entrar en ese terreno en particular.

—Yo jamás he hecho daño a nadie —replicó Lali sonriendo amargamente—. Simplemente quedé atrapada entre ambos fuegos cuando empezó la batalla.

—Toda inocencia, ¿eh? Eras muy joven cuando sucedió todo, pero yo tengo muy buena memoria, y recuerdo que te paseabas de un lado para otro delante de mí y de todos aquellos agentes vestida sólo con tu camioncito transparente que lo dejaba ver todo. De tal madre, tal hija, diría yo.
Los ojos de Lali se agrandaron por el ultraje y la vergüenza, y el color inundó de nuevo sus mejillas. Dio dos rápidos pasos hacia Peter y le clavó un dedo en el pecho.

—¡No te atrevas a echarme eso en cara! —dijo, asfixiada por la cólera—. Me sacaron de la cama a rastras en plena noche y me tiraron en el patio como si fuera un trozo de basura. No te atrevas a decir eso —advirtió en tono duro cuando Peter abrió la boca para replicar que basura era precisamente lo que ella era, y volvió a golpearlo con el dedo—. Sacaron de la casa todo lo que teníamos, mi hermano pequeño estaba histérico y no se separaba de mí. ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo, entretenerme en buscar alguna prenda mía y retirarme al bosque a cambiarme? ¿Por qué ustedes, que se hacen llamar decentes, no se voltearon de espaldas, si estaban viendo demasiado?

Peter contempló el rostro iracundo de Lali con el semblante extrañamente quieto, y entonces sus ojos adoptaron una expresión más fría y concentrada. Agarró la mano de Lali y la apartó de su pecho. No la soltó, sino que mantuvo los dedos de ella cerrados contra su palma dura y cruel.

—Tienes el temperamento fuerte, ¿verdad? —preguntó divertido.
Su contacto la conmocionó con una fuerte descarga de electricidad. Trató de soltarse de un tirón, pero Peter se limitó a apretar con más fuerza y la retuvo sin esfuerzo.

—No te asustes —dijo con pereza—. A lo mejor te creías que yo iba a quedarme aquí dejándote que me agujerees con tu dedito, pero para disfrutar de eso tengo que estar de diferente humor.

Lali lo miró furiosa. Podía humillarse cediendo al impulso inútil, o podía esperar hasta que él decidiese soltarla. Su instinto la empujaba a librarse como fuera del calor perturbador de su contacto, de la sorprendente rugosidad de su palma, pero se obligó a permanecer inmóvil pues tenía la impresión de que él disfrutaría viendo cómo intentaba zafarse. Entonces entendió la connotación sensual del comentario que acababa de hacer y sus ojos se agrandaron al tiempo que la invadía una oleada de sorpresa. Aquella vez no cabía ningún malentendido.

—Eres una chica lista —dijo Peter, bajando la mirada hacia el busto de Lali. No se dio ninguna prisa, sino que examinó la forma de los senos bajo la blusa de seda de color verde menta—. No creo que quieras empezar conmigo una pelea que no puedes ganar... ¿o sí? Es probable que tu madre te enseñara que un hombre se calienta muy rápidamente cuando una mujer empieza a forcejear con él. ¿Has vuelto pensando que puedes ocupar el lugar de tu madre? ¿Quieres ser mi puta, igual que ella fue la de mi padre?

Los ojos de Lali relampaguearon de ira, y le asestó un golpe con la mano libre con todas sus fuerzas. Rápido como una serpiente de cascabel, Peter levantó el otro brazo, paró el golpe y capturó la mano de Lali. Lanzó un silbido al ver la fuerza con que había atacado ella.

—Qué temperamento —se burló él, con aspecto de estar disfrutando de la furia de Lali—. ¿Acaso tenías le intención de partirme los dientes?

—¡Sí! —explotó ella, haciendo rechinar los dientes y olvidando su decisión de no darle el placer de una pelea. Tiró de las manos en un intento de liberarse, y lo único que consiguió fue hacerse daño en las muñecas—. ¡Fuera de aquí! ¡Fuera de mi casa!
Peter se rió de ella y la obligó a quedarse quieta atrayéndola hacia su cuerpo.

—¿Qué vas a hacer, echarme?
Lali se quedó helada, alarmada al descubrir que la reacción de Peter al forcejeo era exactamente tal como él había dicho. Era imposible confundir la protuberancia que presionaba contra su vientre. Atacó con la única arma que le quedaba: la lengua.

—¡Si, eres un tarado! Ándate que lo que haré yo ahora será ponerme hielo en las muñecas para que no me salgan moratones! —replicó acaloradamente.
Peter bajó la vista hacia sus largos dedos cerrados alrededor de las finas muñecas de Lali, y los aflojó rápidamente, frunciendo el ceño al ver las marcas de color rojo oscuro que se habían formado rápidamente.

—No era mi intención hacerte daño —dijo, sorprendiéndola, y la soltó de inmediato—. Tienes la piel de un bebé.
Lali se apartó de él masajeándose las muñecas y negándose en redondo a mirarle la parte delantera de los pantalones. Aquello también podía ignorarse.

Continuará...

Capítulo 15






Mil perdones por la desaparición, pero esta semana estuvo de pelos! jiji gracias Chari por el saludo :) aqui va el primer cap, espero subir más! Besos!
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No sabía qué habría hecho sin Alejo en aquellos primeros meses de desesperación en los que luchó denodadamente por dar solidez a su posición con los accionistas y diversas juntas directivas. Alejo lo había guiado por entre los obstáculos, peleó a su lado por ganar cualquier ventaja, hizo todo lo que pudo para ayudarlo con Ornella y Eugenia. Alejo también había sufrido por la pérdida de su mejor amigo. Nicolás y él habían crecido juntos, eran casi como hermanos. Se quedó perplejo al ver que Nicolás realmente había dado la espalda a su familia por Gimena Espósito y se había marchado sin siquiera despedirse.

En algunos aspectos, Eugenia era ahora más fuerte que antes. No estaba tan necesitada emocionalmente, no dependía tanto de los demás. Había pedido perdón a Peter por su intento de suicidio y le había asegurado que jamás volvería a hacer nada tan estúpido. Pero aunque estaba más fuerte, también estaba más distanciada, como si aquel paroxismo de dolor y aflicción hubiera consumido su exceso de emotividad y la hubiera dejado tranquila pero también distante. Había cobrado interés por el trabajo de su hermano y gradualmente se fue convirtiendo en una excelente ayudante, en quien uno se podía apoyar con plena confianza en su criterio y su capacidad, pero era casi tan solitaria como Ornella. Eugenia sí que salía; era muy particular acerca de su aspecto físico, por lo que acudía regularmente a la peluquería y hacía un esfuerzo por vestir bien. Sin embargo, hacía años que no salía con ningún hombre. Al principio, Peter pensaba que se sentía avergonzada por su intento de suicidio y que iría relajándose a medida que desaparecieran las cicatrices. Pero no había sido así, y con el tiempo comprendió que no era la vergüenza lo que la recluía en casa.

Simplemente no la interesaba relacionarse con nadie. Lo hacía si se lo exigía el trabajo, pero en un nivel personal declinaba todas las invitaciones y rechazaba de plano las sugerencias que le planteaba Peter para que regresara a la escena social. Lo único que él podía hacer para aumentar su seguridad era demostrarle lo mucho que confiaba en ella para el trabajo y pagarle un buen sueldo para que tuviera una prueba tangible de lo que valía, además de una sensación de independencia.

Sin embargo, el año anterior, el nuevo sheriff Nicolás Riera había conseguido convencerla de que saliera con él. Desde entonces, Eugenia lo veía con cierta regularidad. Peter se sintió tan aliviado que le entraron ganas de llorar. Quizá, sólo quizá, su hermana tuviera la oportunidad de llevar una vida normal, después de todo.
No, jamás olvidaría lo que los Espósito le habían hecho a su familia. Y con suerte, jamás volvería a ver a Lali Espósito.

Gracias. Aquélla había sido la única palabra que había pronunciado Lali, aparte de preguntar quién llamaba a la puerta. Se había mostrado tranquila y enigmática, lo observó con ligera diversión, con un aplomo que no disminuyó ante la amenaza de él. Aunque no había sido una amenaza, sino una promesa. Si no se hubiera ido sola, la habría acompañado por segunda vez fuera de la ciudad, y habría tenido que llamar al sheriff, porque si la tocaba él mismo perdería el control, y lo sabía.

Ahora era una mujer, no la niña que él recordaba. Siempre había sido distinta del resto de los Espósito, una criatura vidente del bosque que había crecido hasta convertirse en una tentación tan grande como su madre. Era obvio que algún pobre idiota lo había creído así, porque el hecho de que su apellido fuera ahora Martínez significaba que se había casado, pese a que no llevaba alianza. Se había fijado en sus manos, esbeltas, elegantes, bien cuidadas, y le hizo cierta gracia que no llevase un anillo de boda. Gimena tampoco lo llevaba; le cortaba los vuelos. Estaba claro que su hija se sentía igual, por lo menos cuando viajaba sin el desconocido señor Martínez.

Parecía disfrutar de prosperidad; o sea que, como los gatos, había caído de pie. No se sorprendió. Las mujeres de los Espósito siempre habían tenido un talento especial para encontrar a alguien que las mantuviese. Su marido debía de ser uno de los buenos, pobre tonto. Le habría gustado saber con qué frecuencia dejaba a su marido en casa mientras ella se iba de levante.

Y también le habría gustado saber por qué había regresado a Prescott. Allí no tenía nada, ni familia ni amigos. Los Espósito no habían tenido amigos, sólo víctimas. Tenía que saber que no iba a ser recibida con los brazos abiertos. Probablemente había creído que iba a poder dejarse caer por allí sin que nadie se diera cuenta, pero la gente del lugar tenían muy buena memoria, y su parecido con su madre era demasiado acentuado. Rubén la había reconocido en cuanto se quitó los lentes de sol.

Bueno, qué más daba. Por segunda vez había librado a la ciudad de aquella plaga de los Espósito, y con mucho menos trabajo que doce años antes. Sólo deseó que la muchacha no hubiera venido, que no hubiera reavivado el potente recuerdo de su involuntaria reacción a ella, que no hubiera sustituido la imagen de niña que guardaba de ella por la imagen que tenía ahora de mujer. Deseó no haber oído su voz suave y tranquila decir aquel «gracias».


Lali condujo a velocidad constante por la carretera oscura sin permitirse parar aunque por dentro iba temblando como si fuera de gelatina. Se negaba a dejar que su reacción la dominase. Años atrás había descubierto de forma muy dura lo que Peter Lanzani pensaba de ella, y había aprendido a enfrentarse al dolor. No estaba dispuesta a permitir que volviera a hacerle daño ni a menospreciarla. No le había quedado más remedio que marcharse del motel, porque había visto la implacable determinación que mostraban sus ojos y sabía que no estaba tirándose un farol cuando habló de echarla por la fuerza. ¿Por qué habría de reprimirse de hacerlo, cuando no había dudado un momento en echar a toda su familia? No obstante, su serena obediencia no significaba que él hubiera ganado.

La amenaza del sheriff no la asustó. Lo que la asustó y enfadó a la vez fue la intensidad de su propia reacción hacia Peter. Incluso después de todos aquellos años, después de lo que él le había hecho a su familia, era tan impotente como un perro de Paulov para impedir aquella reacción. Era como para volverse loca. No había reconstruido su vida para dejar ahora que Peter la redujera a la categoría de basura, de la que uno quiere verse libre lo antes posible.

Hacía mucho que había pasado la época en la que podían intimidarla. La niña silenciosa y vulnerable de antes había muerto en un verano caluroso, doce años atrás. Lali seguía siendo una persona bastante callada, pero había aprendido a sobrevivir, a utilizar su férrea voluntad y su determinación para obtener lo que quería de la vida. Incluso había adquirido suficiente seguridad en sí misma para dar rienda suelta a su temperamento de vez en cuando. Si Peter quería librarse de ella, había cometido un error al forzar la situación. Pronto descubriría que lo que parecía una retirada significaba sólo que estaba recolocando su posición para atacar desde otro ángulo.

No podía permitirle que la pisoteara de nuevo. No era sólo una cuestión de honor; todavía no había averiguado lo que le había sucedido a Nicolás. No podía olvidarse de ello, no podía dejarlo pasar.

Un plan comenzó a tomar forma en su ágil mente, y una sonrisa curvó sus labios mientras conducía el auto. Antes de que se diera cuenta, Peter se encontraría superado en táctica. Iba a trasladarse a Prescott, y no había nada en absoluto que él pudiera hacer para impedírselo, porque para cuando se enterase, ella ya estaría cómodamente instalada. Ya había pasado la hora de hacer frente a todos los viejos fantasmas, de cimentar el respeto por sí misma. Iba a dar prueba de que sí valía a la ciudad que la había despreciado, y entonces podría olvidarse del pasado.

Y también quería demostrarle a Peter que estaba equivocado acerca de ella desde el principio. Lo deseaba con tanta intensidad que casi podía ya paladear el sabor dulce de la victoria. Debido a que ella lo había amado tan profundamente desde niña, a que él había sido el juez duro e implacable, el ejecutor, por así decirlo, la noche en que los expulsó a todos de la ciudad, había adquirido demasiada importancia en su mente. Pero no debía ser así, debería haber podido olvidarlo, pero aquéllos eran los hechos; no se consideraría otra cosa que basura hasta que Peter se viera obligado a admitir que ella era una persona decente, moral y triunfadora.

No sólo quería averiguar lo que le había ocurrido a Nicolás; a lo mejor la cosa había comenzado así, o tal vez se había ocultado la verdad a sí misma, pero ahora tenía ya la certeza.

Quería ir a casa.


                                         *                  *                *

—Sí, eso es. Quiero que todo se haga a nombre de la agencia. Gracias, señor Pérez. Sabía que podía contar con usted. —La sonrisa de Lali se transmitió a través del teléfono como cierta calidez en la voz, algo que el señor Pérez debió de captar, porque su respuesta la hizo reír en voz alta—. Más vale que tenga cuidado —bromeó—. Recuerde que conozco a su esposa.
Colgó el teléfono y su secretaria, Jimena Barón, la miró con tristeza.

—¿Esa vieja cabra estaba coqueteando contigo? —preguntó Jimena.

—Naturalmente —dijo Lali de buen humor—. Siempre lo hace. Lo emociona creerse malvado, pero en realidad es un buenazo.
Jimena soltó un resoplido.

—¿Un buenazo? Ito Pérez tiene la bondad de una serpiente de cascabel. Afrontémoslo, tienes mano con los hombres.

Lali se abstuvo de soltar un resoplido poco femenino. Si Jimena hubiera visto cómo Peter la echaba de la ciudad por segunda vez, no pensaría que tenía mano con los hombres.

—Me limito a ser amable con él, eso es todo. No es nada especial. Y no puede ser tan malo como tú dices, de lo contrario no seguiría en el negocio.

—Sigue en el negocio porque es un hombre de negocios muy inteligente — replicó Jimena —. Posee un genio único para oler las mejores propiedades justo antes de que se conviertan en las mejores, y las compra por nada. La gente sólo acude a él porque es el que tiene las tierras que ellos quieren.
Lali sonrió de oreja a oreja.

—Como has dicho, es un hombre de negocios muy inteligente. Conmigo ha sido siempre de lo más amable.
Jimena podría haberse abstenido de resoplar, pero ella no tenía esas inhibiciones.

—Jamás he visto a un hombre que no haya sido amable contigo. ¿Cuántas veces te han parado por correr demasiado al volante?

—¿En total?

—Bastará con este año pasado.

—Hmm... Cuatro veces, creo. Pero eso no es raro; es que este último año he viajado mucho.

—Ya. ¿Y cuántas veces te han puesto una multa?

—Ninguna —admitió Lali, poniendo los ojos en blanco—. No es más que una coincidencia. Ni una sola vez he intentado salir del apuro negociando.

—No tienes necesidad de hacerlo, y a eso me refiero precisamente. El policía se acerca a tu auto, tú le enseñas el permiso de conducir y dices: «Lo siento, ya sé que iba como una bala», y él termina devolviéndote el carnet y diciéndote que no corras tanto, porque no le gustaría nada ver esa bonita cara destrozada en un accidente.
Lali rompió a reír, porque Jimena iba con ella en el auto esa vez que la hicieron parar. El policía en cuestión era un fornido caballero de la vieja escuela, con un poblado bigote gris y una forma de hablar arrastrando las palabras.

—Ésa ha sido la única vez que un policía me ha dicho algo de mi «bonita cara», fin de la cita.

—Pero lo pensaban todos. Admítelo. ¿Alguna vez te han puesto una multa por exceso de velocidad?


—Pues no. —Controló las ganas de reír. A Jimena le habían puesto dos multas en los seis últimos meses, y ahora tenía que cumplir estrictamente con la velocidad permitida, con gran resentimiento, porque si le ponían una tercera multa le retirarían temporalmente el permiso de conducir.

—Puedes apostar a que ninguno de los policías que me pararon a mí me aconsejó que corriera menos para que no me destrozase esta «bonita cara» —masculló Jimena—. No, señor, todos fueron de lo más formales. «Enséñeme el permiso de conducir, señora.  Iba usted a sesenta y cinco kilómetros por hora en una zona cuyo máximo es de cincuenta y cinco, señora. La fecha para presentar alegaciones será tal y tal, o bien puede enviar por correo el importe de la multa antes de tal y tal fecha y renunciar a su derecho de impugnar la denuncia.» Parecía tan disgustada que Lali tuvo que desviar el rostro para evitar reírse delante de sus narices. A Jimena no le parecía que sus dos multas tuvieran nada de gracioso.

—Jamás en la vida me habían puesto una multa —prosiguió Jimena, con el ceño fruncido. Lali ya lo había oído muchas veces, de modo que casi era capaz de repetir lo mismo que iba diciendo su amiga—. Llevo media vida conduciendo sin que me hayan puesto nunca ni una multa de estacionamiento, y mira tú por dónde de repente todo empieza a salirme mal.

—Lo dices como si tuvieras multas para empapelar la pared.

—No te rías. Dos multas son algo bastante serio, y tres son una catástrofe. Voy a pasarme dos años manejando a cincuenta y cinco millas por hora. ¿Sabes cómo destroza eso los planes de cualquiera? Tengo que levantarme antes y salir antes, vaya a donde vaya, ¡porque tardo muchísimo en llegar! —Parecía tan afectada que Lali dejó de contenerse y empezó a soltar una risita.

Jimena era un encanto. Tenía treinta y seis años, estaba divorciada y no tenía en absoluto la intención de seguir estándolo. Lali no sabía lo que habría hecho sin ella. Cuando por fin reunió dinero suficiente para comprar la agencia, sabía llevar la parte del negocio que tenía que ver con los clientes, pero a pesar de su título en administración de empresas, había una diferencia enorme entre los libros de texto y la vida real. Jimena había trabajado para J. B. Holladay, el antiguo dueño de Holladay Travel, y tuvo mucho gusto en realizar las mismas tareas para Lali. Su experiencia había sido de un valor incalculable; había evitado que Lali cometiera errores graves en cuestiones financieras.

Más que eso, Jimena se había convertido en una amiga. Era una mujer con cabello rubio teñido, y vestía de modo espectacular. No se andaba con rodeos al admitir que buscaba un marido nuevo —«Los hombres son un problema, querida, pero tienen algún que otro punto bueno, uno grande en particular»— y era tan efusiva al respecto que no tenía dificultades para conseguir citas. Su vida social habría dejado exhausta a la debutante más fuerte. Que ella dijera que Lali tenía mano con los hombres, cuando ésta rara vez salía con alguien y ella misma rara vez estaba en casa, era un tanto exagerado, en la opinión de Lali.

—No te rías —la amonestó Jimena—. Uno de estos días te parará una mujer policía, y ahí se acabará tu suerte.

—Eso es precisamente, suerte.

—Claro. —Jimena abandonó el tema y la miró con curiosidad—. Y bien, ¿qué es todo eso de una casa en la Luisiana olvidada de Dios?

—Prescott —corrigió Lali con una sonrisa—. Es una pequeña ciudad que hay al norte de Baton Rouge, casi junto a la frontera estatal con Misisipí.
Jimena resopló de nuevo.

—Lo que yo he dicho, olvidada de Dios.

—Es mi hogar. Nací allí.

—No me digas. ¿Y lo reconoces así, en voz alta? —preguntó Jimena con toda la incredulidad de una nativa de Dallas.

—Me vuelvo a mi casa —dijo Lali con suavidad—. Quiero vivir allí.

No era un paso que fuese a dar a la ligera; iba a regresar siendo plenamente consciente de que los Lanzani harían todo lo que pudieran para causarle problemas. Estaba situándose deliberadamente una vez más en la proximidad de Peter, y el peligro que ello suponía no la dejaba dormir por las noches. Además de intentar descubrir lo que le había sucedido a su padre, tenía muchos fantasmas a los que enfrentarse, y Peter era el mayor de todos. Él la había atormentado, de una manera o de otra, durante la mayor parte de su vida, y aún estaba atrapada en un insuperable, infantil torbellino de emociones en lo que a él se refería. En su mente Peter era omnipotente, más grande que la vida misma, con poder para destruirla o exaltarla, y el último encuentro que había tenido con él no había hecho nada para diluir aquella impresión. Necesitaba verlo como un hombre normal, tratarlo en pie de igualdad como una adulta en vez de una niña vulnerable y aterrorizada.
No quería que tuviera aquel poder sobre ella; quería vencerlo de una vez por todas.

—Ha sido por ese viaje que has hecho a Baton Rouge, ¿verdad?. Te acercaste mucho y no pudiste soportarlo. —Jimena no sabía lo que había ocurrido doce años antes, no sabía nada de la infancia de Lali, excepto que había vivido en un hogar de acogida y que quiso mucho a sus padres adoptivos. Lali jamás le había hablado del pasado de su familia.

—Supongo que es verdad lo que dicen de las raíces.
Jimena se recostó en su silla.

—¿Vas a vender la agencia, o qué?
Lali, sorprendida, se la quedó mirando.

—¡Por supuesto que no!
El semblante de Jimena se relajó súbitamente, y de pronto Lali comprendió lo alarmante que podía resultar aquella decisión para sus empleados.

—Todo va a seguir exactamente igual que antes, con dos pequeñas excepciones.

—¿Cuán pequeñas? —preguntó Jimena, suspicaz.

—Bueno, para empezar, yo me voy a vivir a Prescott. Cuando el señor Pérez me encuentre una casa, instalaré allí un fax, una computadora y una fotocopiadora para estar en contacto contigo, aunque sea electrónico, tal como estoy ahora.

—De acuerdo, ésa es una. ¿Cuál es la otra?

—Que tú serás la encargada de todas las sucursales. Una directora de distrito, podríamos llamarlo, excepto que hay un solo distrito y tú eres la única directora. No te importará viajar, ¿no?—preguntó Lali, preocupada de pronto. Se había olvidado de tomar aquel detalle en cuenta al hacer los planes.
Jimena enarcó las cejas en un gesto de incredulidad.

—¿Importarme a mí? Querida, ¿estás mal de la cabeza? ¡Me encanta viajar! Se podría decir que amplía mi ámbito de caza, y es sabido que a los mejores hombres de por aquí ya les he dado oportunidades suficientes para que tengan una vida llena de emociones. Además, no me es trabajo viajar e ir a Nueva Orleans.

—Y a Houston, y a Baton Rouge.

—En Houston hay vaqueros, en Baton Rouge franceses... Mmnn —dijo Jimena, pasándose la lengua por los labios—. Tendré que volver a Dallas a descansar.

 Su plan fue encajando sin tropiezos, pero porque Lali se tomó muchas molestias para que así fuera. Obtuvo gran satisfacción de sus esfuerzos; a los catorce años se encontraba desvalida, pero ahora poseía recursos propios, y cuatro años en el mundo de los negocios le habían proporcionado un montón de contactos.

Con la ayuda del señor Pérez, rápidamente encontró y se decidió por una casa pequeña que estaba en venta. No se hallaba en Prescott, sino que estaba situada a unos tres kilómetros de la ciudad, al borde de la finca de los Lanzani. El hecho de comprarla significó un buen mordisco para sus ahorros, pero la pagó al contado para que Peter no pudiera tirar de ningún hilo en el caso de una hipoteca y causarle problemas. Ahora sabía lo bastante para prever los pasos que él podría dar para dificultarle las cosas, y sabía cómo contrarrestarlos. Le proporcionaba gran placer saber que estaba superándolo en táctica y que él no se enteraría de nada hasta que fuera demasiado tarde para detenerla.

Muy silenciosamente, manejándolo todo por medio de la agencia para que su nombre no apareciera en ninguna parte y no pudiera provocar la alerta, mandó a contratar los servicios para que limpien la casa, y seguidamente, con sumo placer, trasladó sus muebles a su nuevo hogar.  Sólo un mes después de que Peter la expulsara de la ciudad por segunda vez, Lali penetró con su auto en el camino de entrada de su nueva casa y la contempló con extrema satisfacción.

Continuará...