sábado, 19 de mayo de 2012

Capítulo 10








Mil perdones! tengo ua excusa! esta semana fue un horror total, llenas de trabajos y nada de tiempo! se los recompenso con capítulo largo y si se portan bien con las firmas o poniendo abajo si les gusto o no hare maratón!
Besos!
______________________________________________________________________________

Tina sonrió de inmediato cuando entró, algo que las mujeres solían hacer al verlo. El color destacaba un poco su rostro redondo y agradable. Tenía cuarenta y cinco años, edad suficiente para ser su madre, pero la edad no tenía nada que ver con su instintiva reacción femenina a la presencia alta y musculosa del muchacho.
Peter devolvió automáticamente la sonrisa, pero su mente trabajaba a toda velocidad haciendo planes.

—¿Hay alguien con Alejo? Necesito verlo.

—No. Está solo. Puedes entrar, cariño.

Peter rodeó la mesa de Tina, entró en el despacho de Alejo y cerró la puerta firmemente tras de sí. Alejo levantó la vista de la organizada pila de archivos que había sobre su escritorio y se puso de pie. Su apuesto semblante estaba contraído por la preocupación.

—¿Lo has encontrado?
Peter negó con la cabeza.

—Gimena Espósito también ha desaparecido.

—No puede ser. —Alejo volvió a dejarse caer en su sillón, cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz—. No puedo creerlo. No creí que lo dijera en serio. Dios, ¿por qué iba a decirlo en serio? Ya estaba... —Se interrumpió y abrió los ojos, ligeramente sonrojado.

—Revolcándose con ella de todas formas —terminó Peter sin ambages. Fue hasta la ventana y se quedó un momento allí, con las manos en los bolsillos, observando la calle. Prescott era una ciudad pequeña, sólo contaba con unos quince mil habitantes, pero aquel día un intenso tráfico rodeaba la plaza del palacio de justicia. Pronto todos aquellos habitantes se enterarían de que Nicolás Lanzani había abandonado a su mujer y a sus hijos para fugarse con la puta de los Espósito.

—¿Lo sabe tu madre? —preguntó Alejo con voz tensa.
Peter sacudió la cabeza negativamente.

—Todavía no. Se lo diré a ella y a Eugenia al regresar a casa. —La impresión y el dolor de los primeros momentos habían desaparecido dejando detrás una implacable fuerza de voluntad y un cierto distanciamiento, como si se viera a sí mismo desde lejos en una película. Un poco de aquella distancia se filtraba en su tono de voz y le prestaba un tinte de seguridad y calma—. ¿Te ha dejado papá algún poder escrito para mí?
Era evidente que hasta entonces Alejo sólo había pensado en las ramificaciones personales de la deserción de Nicolás. Ahora cayó en la cuenta de los aspectos jurídicos, y sus ojos se agrandaron de horror.

—Mierda —dijo, cayendo en una vulgaridad inusitada—. No, no dejó nada. Si lo hubiera hecho, yo habría sabido que decía en serio lo de fugarse y habría intentado detenerlo.

—Tal vez haya una carta en el escritorio de casa. Puede que llame dentro de un día o así. En ese caso, no habrá problemas en el aspecto económico. Pero si no hay ninguna carta y él no llama... No puedo permitirme el lujo de esperar. Tendré que liquidar todo lo que me sea posible antes de que la noticia de lo sucedido se extienda por ahí y los precios de las acciones caigan en picado como una piedra.

—Llamará —dijo Alejo débilmente. Tiene que llamar. No puede simplemente dar la espalda a una obligación económica como ésta. ¡Hay una fortuna implicada!
Peter se encogió de hombros. Su expresión era una hoja en blanco.

—Ya ha dado la espalda a su familia. No puedo permitirme el lujo de suponer que para él es más importante su negocio. —Calló durante unos instantes—. No creo que vuelva ni que llame. Creo que su intención era darle la espalda a todo y no regresar jamás. Me ha estado enseñando todo lo que ha podido, y ahora entiendo por qué. Si tuviera la intención de permanecer al frente de todo, no habría hecho esto.

—En ese caso, debería haber un poder escrito —insistió Alejo—. Nicolás era un hombre de negocios demasiado agudo para no haberse ocupado de algo así.

—Puede ser, pero yo tengo que pensar en mi madre y en Eugenia. No puedo esperar. Tengo que liquidar ya, y conseguir todo el dinero que pueda para tener algo con lo que trabajar y construir de nuevo. Si no lo hago, y si él no hace nada por arreglar la situación, no tendremos ni un orinal donde mear.
Alejo tragó saliva, pero afirmó con la cabeza.

—De acuerdo. Me pondré a hacer lo que pueda para salvar tu situación legal, pero tengo que decirte que a menos que Nicolás se ponga en contacto contigo o haya dejado un poder escrito, va a ser un buen lío. Todo está bloqueado a no ser que Ornella se divorcie de él y el tribunal le conceda a ella la mitad de los activos, pero eso llevará tiempo.

—Tengo que hacer planes para lo peor —dijo Peter—. Iré a casa y buscaré esa carta, pero no esperes a tener noticias mías para empezar. Si no hay poder, llamaré inmediatamente al agente de bolsa y empezaré a vender. Pase lo que pase te lo haré saber. No digas nada hasta que yo te llame.
Alejo se puso de pie.

—Ni siquiera se lo contaré a Tina. —Se pasó las manos por el pelo, una indicación de que estaba preocupado, porque Alejo no era dado a los gestos de nerviosismo. Sus ojos grises estaban oscurecidos por la angustia. -Lo siento, Peter. Tengo la sensación de que esto ha sido culpa mía.
Debería haber hecho algo.-
Peter movió la cabeza en un gesto negativo.

—No te eches la culpa. Como has dicho, ¿quién iba a pensar que hablaba en serio? No, las únicas personas a las que culpo son papá y Gimena Espósito. —Esbozó una sonrisa glacial—. No se me ocurre nada que tenga ella y que sea tan bueno como para obligarlo a abandonar a su familia, pero evidentemente lo tiene. —Hizo una pausa, perdido por un instante en la negrura de sus pensamientos, y a continuación sacudió la cabeza y se encaminó hacia la puerta—. Te llamaré cuando descubra algo.

Una vez que se hubo ido, Alejo se hundió de nuevo en su sillón con movimientos rígidos y sin fuerzas. Apenas consiguió controlar la expresión de su cara cuando Tina apareció en el despacho, picada por la curiosidad.

—¿Qué pasa con Peter?

—Nada importante. Un asunto personal del que quería hablar conmigo.
La mujer se sintió decepcionada de que su jefe no confiara en ella.

—¿Hay algo que yo pueda hacer para ayudar?

—No, todo irá bien. —Alejo dejó escapar un suspiro y se frotó los ojos—. ¿Por qué no te vas a comer y aprovechas para traerme algo? Estoy esperando una llamada, así que no puedo moverme de aquí.

—Está bien. ¿Qué te provoca?
Él agitó la mano.

—Cualquier cosa. Ya sabes lo que me gusta. Sorpréndeme.
Tina trajinó en la oficina por espacio de unos minutos, apagando el ordenador que él había comprado un año antes, guardando los disquetes, cogiendo su bolso. Cuando se marchó, Alejo aguardó unos minutos más antes de pasar a la otra habitación y cerrar la puerta con llave. Entonces se sentó en la silla de ella y encendió el ordenador, y se puso a teclear a toda prisa.

—Maldito seas, Nicolás —susurró—. Eres un hijo de puta.


Peter estacionó el Corvette delante de los cinco amplios escalones que conducían al porche cubierto y la doble puerta frontal, aunque a Ornella no le gustaba aquello y prefería que los autos de la familia estuvieran debidamente protegidos y fuera de la vista en el garaje anexo a la parte posterior de la casa. El camino de entrada delantero era para las visitas, que no debían poder distinguir qué miembros de la familia se encontraban en casa a juzgar por los vehículos allí aparcados. De esa manera, uno no sentía la obligación de admitir que estaba allí y no se veía forzado a recibir visitas no deseadas. Algunas de las ideas de Ornella eran claramente victorianas; por lo general él le daba el capricho, pero hoy tenía cosas más importantes en la cabeza, y además tenía prisa.

Subió de dos saltos los escalones y abrió la puerta. Era probable que Eugenia lo hubiera estado observando desde la ventana del dormitorio, porque ya estaba bajando las escaleras velozmente con la ansiedad pintada en el rostro.

—¡Todavía no ha vuelto papá! —siseó, lanzando una mirada hacia el comedor de desayunar, donde se encontraba Ornella, alargando el desayuno de forma evidente—. ¿Por qué rompiste la ventana de su estudio y después saliste disparado de aquí como alma que lleva el diablo? ¿Y por qué has estacionado enfrente de la casa? Eso no le va a gustar a mamá.

Peter no respondió, sino que cruzó el recibidor a grandes zancadas en dirección al estudio. Eugenia se apresuró a seguirlo y se coló en el estudio al tiempo que él se ponía a examinar, de uno en uno, los papeles que había sobre el escritorio de Nicolás.

—No creo que Alejo haya dicho la verdad respecto de esa partida de póker —dijo con un leve temblor en los labios—. Llámalo otra vez, Peter. Que te diga dónde está papá.

—Dentro de un minuto —murmuró su hermano sin volver la mirada. Ninguno de los papeles que había en el escritorio era una carta de poderes. Empezó a abrir cajones.

—¡Peter! —Eugenia levantó la voz bruscamente—. ¡Encontrar a papá es más importante que registrar su escritorio!
Peter se detuvo, respiró hondo y se irguió.

—Eugenia, mi vida, siéntate ahí y guarda silencio —le dijo en un tono amable que sin embargo llevaba una pizca de acero—. Tengo que buscar un papel muy importante que tal vez me haya dejado papá. Estaré contigo en un minuto.
Eugenia abrió la boca para decir algo más, pero su hermano le dirigió una mirada que la hizo cambiar de opinión. En silencio, con una vaga expresión de perplejidad en la cara, se sentó, y Peter volvió a enfrascarse en su búsqueda.

Cinco minutos más tarde, se reclinó hacia atrás con el amargo sabor de la derrota en la garganta. No había ninguna carta. Aquello no era lógico. ¿Por qué se había tomado Nicolás tanto trabajo en enseñárselo todo, para luego marcharse sin dejarle los poderes? Tal como había dicho Alejo, Nicolás era demasiado inteligente para no haberlo pensado. Si lo que pretendía era seguir estando él al frente de todo, ¿por qué se había molestado en impartir a su hijo tan intensiva instrucción? A lo mejor tuvo la intención de entregar las riendas a Peter y luego cambió de idea. Aquélla era la única explicación alternativa que podía haber. En tal caso, volverían a tener noticias suyas, dentro de unos días como máximo, porque sus tratos financieros eran demasiado complicados para dejarlos abandonados durante más tiempo.

Pero, como Peter le había dicho a Alejo, no podía permitirse el lujo de suponer que alguien se haría cargo de la situación. No se imaginaba a su padre desentendiéndose de los negocios, pero hasta aquella mañana tampoco había podido imaginar que fuera capaz de abandonarlos a todos por Gimena Espósito. Había sucedido lo imposible, de modo que, ¿cómo podía confiar a ciegas en cualquier otra cosa que siempre había dado como cierta en su padre? Sobre sus hombros pesaba gravemente la responsabilidad respecto de su madre y su hermana; no podía arriesgar el bienestar de las dos.

Hizo el ademán de ir a coger el teléfono, pero no estaba en la mesa. Recordó vagamente que lo había tirado y volvió la vista hacia la ventana, que ahora estaba cubierta por unos tablones, a la espera de cristales nuevos. Se levantó y salió al vestíbulo para usar el teléfono que había en la mesa situada al pie de las escaleras. Eugenia fue tras él, aún silenciosa pero claramente resentida por ello.
Primero llamó a Alejo. Éste contestó al primer timbrazo.

—No hay carta —dijo Peter lacónicamente—. Mira a ver qué puedes hacer para conseguirme un poder notarial o alguna otra cosa que proteja mi posición. —Un poder notarial era una opción complicada, pero tal vez se pudiera pulsar algunas teclas.

—Ya estoy trabajando en  eso —repuso Alejo en voz baja.
A continuación, Peter llamó a su agente de bolsa. Le dio instrucciones breves y explícitas. Si sucedía lo peor, necesitaría hasta el último céntimo de efectivo que pudiera reunir.

Después le tocaba la parte más difícil. Eugenia lo miraba fijamente con la alarma dibujada en sus grandes ojos.

—Pasa algo malo, ¿verdad? —preguntó.
Peter hizo acopio de fuerzas mentalmente y luego cogió la mano de su hermana.

—Vamos a hablar con mamá —le dijo.
Ella fue a decir algo, pero Peter movió la cabeza en un gesto negativo.

—Sólo puedo decirlo una vez —dijo en tono áspero.

Ornella estaba disfrutando de su última taza de té y leyendo las páginas de sociedad del periódico de Nueva Orleans. Prescott tenía su propio semanario, en el que ella aparecía mencionada de forma regular, pero lo que verdaderamente contaba era salir en el periódico de Nueva Orleans.

Su nombre se citaba en él lo bastante a menudo como para convertirse en la envidia del resto de la sociedad local. Aparecía vestida de blanco, su color favorito, con el pelo oscuro y brillante recogido en un moño francés. Llevaba un maquillaje minimalista pero perfecto, y joyas caras pero comedidas. En Ornella no había nada chillón ni frívolo, nada sobresaliente, nada fuera de lugar, ningún color estridente; tan sólo líneas limpias y clásicas. Hasta sus uñas no mostraban nada más que un poco de brillo.

Levantó la vista cuando Peter y Eugenia entraron en el comedor de desayunar, y su mirada se posó durante un instante en las manos entrelazadas de ambos. Pero no hizo comentario alguno al respecto, pues eso demostraría un interés personal y tal vez invitase a ser correspondido.

—Buenos días, Peter —saludó a su hijo en un tono perfectamente compuesto, como siempre.
Ornella podía sentir un odio violento hacia alguien, pero esa persona jamás podría distinguirlo por el tono de su voz, que nunca revelaba calidez, afecto, rabia ni ninguna otra emoción. Semejante exhibición sería vulgar, y Ornella no permitía que en ella nada cayera tan bajo—. ¿Pido otro poco más de té?

—No, gracias, madre. Necesito hablar contigo y con Eugenia; ha ocurrido algo grave. —Notó que la mano de su hermana temblaba dentro de la suya, y se la apretó para tranquilizarla.
Ornella dejó el periódico a un lado.

—¿Quieres que hablemos más en privado? —preguntó, preocupada por el hecho de que alguno de los criados los oyese discutir cuestiones personales.

—No es necesario. —Peter acercó una silla a Eugenia y después se situó detrás de ella con una mano apoyada en su hombro. Ornella se iba a sentir molesta por los matices sociales, por la vergüenza, pero el dolor de Eugenia iba a ser mucho peor—. No conozco ningún modo de hacer esto más fácil. Papá no ha dejado ninguna nota ni nada parecido, pero por lo que parece se ha ido de la ciudad con Gimena Espósito. Han desaparecido los dos.
Ornella se llevó una esbelta mano a la garganta. Eugenia permaneció inmóvil, sin respirar siquiera.

—Estoy segura de que no se llevaría a una mujer así en un viaje de negocios —dijo Ornella con serena certeza—. Imagina el efecto que causaría.

—Mamá... —Peter se interrumpió a sí mismo, conteniendo su impaciencia—. No se ha ido en un viaje de negocios. Papá y Gimena Espósito se han fugado juntos. No va a volver.

Continuará...

martes, 15 de mayo de 2012

Capítulo 9





Hola! aunque no se lo merecen les dejo cap eh! y larguito, espero que firmen!
Besos, que tengan buena semana!
___________________________________________________________



—¿Sabes dónde está Gimena? —preguntó Peter de nuevo con voz gélida.
Salvador alzó un hombro.

—Debe de haber salido —musitó en tono hosco.

—¿Cuándo?

—¿Qué quieres decir con eso de cuándo? Yo estaba durmiendo. ¿Cómo diablos voy a saber a qué hora se fue?

—¿Vino a casa anoche?

—¡Naturalmente que sí! Maldita sea, ¿qué es lo que estás diciendo? —gritó Salvador con una pronunciación ininteligible que daba testimonio del alcohol que seguía teniendo en la sangre.

—¡Estoy diciendo que esa puta que tienes por esposa se ha ido! —gritó Peter a su vez, con el rostro congestionado por la furia y el cuello en tensión.
Lali sintió que la invadía el terror, y la vista se le nubló otra vez.

—No —exclamó con voz contenida.
Peter la oyó, y giró la cabeza súbitamente. La escrutó con sus ojos oscuros brillantes por la furia.

—Por lo menos, tú pareces estar sobria. ¿Sabes dónde está Gimena? ¿Volvió a casa anoche?
Lali, aturdida, movió la cabeza en un gesto negativo. El negro desastre se erguía ante ella, y percibió el olor penetrante, acre y amarillo del miedo... su propio miedo.
Peter curvó el labio superior mostrando sus blancos dientes en un gruñido.

—Ya sabía yo que no. Se ha fugado con mi padre.
Lali volvió a negar con la cabeza, y entonces se dio cuenta de que no podía dejar de hacerlo.
No. Aquella palabra le reverberó por todo el cerebro. Dios, por favor, no.

—¡Estás mintiendo! —chilló Salvador, dirigiéndose con paso vacilante hacia la desvencijada mesa para dejarse caer en una de las sillas—. Gimena no es capaz de abandonarnos a mí y a los chicos. Ella me quiere. Es tu padre el que se habrá largado con alguna que habrá encontrado por ahí...

Peter se lanzó hacia delante como una serpiente en posición de ataque. Su puño se estrelló contra la mandíbula de Salvador, nudillos contra hueso, y tanto Salvador como la silla fueron a parar al suelo. La silla se desintegró hecha añicos bajo su peso.

Con un lamento de terror, Torito escondió de nuevo el rostro en la cadera de Lali, la cual estaba demasiado paralizada para ni siquiera pasarle el brazo por los hombros para consolarlo, y el pequeño rompió a llorar.

Salvador se incorporó atontado y dio unos pasos tambaleándose para poner la mesa de por medio entre él y Peter.

—¿Por qué me has pegado? —gimió, frotándose la mandíbula—. Yo no te he hecho nada. ¡No es culpa mía lo que hayan hecho tu papá y Gimena!

—¿Qué es todo este griterío? —intervino la voz de Estefanía, deliberadamente provocativa, la que empleaba cuando intentaba engatusar a un hombre. Lali volvió la mirada hacia la entrada del colgadizo y sus ojos se agrandaron de horror. Estefanía estaba posando apoyada contra el marco de la puerta con el pelo despeinado y echado hacia atrás para dejar ver sus hombros desnudos. Sólo llevaba encima unas bragas de encaje rojo, y sostenía la camisola de encaje a juego contra su pecho con disimulada coquetería de modo que apenas le cubriera los senos. Miró a Peter con una inocente caída de ojos, tan descaradamente falsa que Lali sintió que se le retorcían las entrañas.
La expresión de Peter se endureció de asco al mirarla; curvó la boca y deliberadamente le volvió la espalda.

—Los quiero fuera de aquí antes de que se haga de noche —le dijo a Salvador en tono de acero—.  Están ensuciando nuestras tierras, y ya estoy harto de oler su peste.

—¿Que nos marchemos de aquí? —graznó Salvador—. Maldito bastardo engreído, no puedes echarnos. Existen leyes...

—No pagan ningún alquiler —replicó Peter con una sonrisa de hielo en los labios—. Las leyes de desahucio no se aplican a los intrusos. Largo de aquí. —Dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta.

—¡Espera! —exclamó Salvador. Su mirada de pánico se movía en todas direcciones, como buscando inspiración. Se pasó la lengua por los labios y dijo—: No tengas tanta prisa. Puede... puede que hayan ido a dar un paseo. Ya volverán. Sí, eso es. Gimena volverá, no tenía ningún motivo para marcharse.

Peter soltó una carcajada agria y recorrió la estancia con una mirada de desprecio, observando el pobre interior de la vivienda. Alguien, probablemente la chica más pequeña, había hecho un esfuerzo por mantenerla limpia, pero era como intentar contener la marea. Salvador y los dos chicos, que eran copias de su padre, sólo que más jóvenes, lo miraban con expresión hosca. La hija mayor seguía apoyada en la puerta, tratando de enseñarle todo lo que pudiera de sus pechos sin retirar del todo la escasa prenda. El niño pequeño con síndrome de Down se aferraba a las piernas de la hija más joven y lloraba a voz en grito. La niña permanecía de pie, como si se hubiera convertido en piedra, y lo contemplaba con sus enormes ojos. El pelo castaño le caía en desorden alrededor de los hombros, y llevaba los pies descalzos y sucios.

Estando tan cerca de él, Lali podía leer la expresión de su cara, y sintió una punzada por dentro al ver cómo recorría con la vista la cabaña y a sus habitantes, para por fin posarla en ella.
Estaba catalogando su vida, a su familia, a ella misma, y estaba descubriendo que no valían nada.

—¿Ningún motivo para marcharse? —se mofó—. Por Dios, que yo pueda ver, ¡no tiene ningún motivo para regresar!

En el silencio que siguió, dejó a Lali a un lado y empujó con violencia la puerta de rejilla, la cual chocó contra el costado de la cabaña y volvió a cerrarse con un golpe. El motor del Corvette cobró vida con un rugido, y un momento más tarde Peter se había marchado. Lali se quedó petrificada allí de pie, con Torito todavía aferrado a sus piernas y llorando. Sentía la mente entumecida. Sabía que tenía que hacer algo, pero ¿qué? Peter había dicho que tenían que irse, y la enormidad de aquel hecho la dejó atónita. ¿Marcharse? ¿Adónde se marcharían? No lograba que su mente se pusiera a funcionar. Lo único que pudo hacer fue levantar la mano, que le pareció pesada como el plomo, y acariciar el suave cabello de Torito diciendo:

—Está bien, está bien —aunque sabía que era mentira. Mamá se había ido, y las cosas ya nunca volverían a estar bien.

                                            *              *              *

Peter consiguió recorrer poco más de medio kilómetro antes de que el temblor se volviera tan intenso que tuvo que detener el automóvil. Apoyó la cabeza en el volante y cerró los ojos en un intento de controlar las oleadas de pánico. Dios, ¿qué iba a hacer? jamás había estado tan asustado como ahora.

Se sintió invadido por la confusión y el dolor, igual que un niño que echa a correr para esconder la cara en las faldas de su madre, igual que aquel pequeño de los Espósito que intentaba ocultarse tras las delgadas piernas de su hermana. Pero él no podía acudir a Ornella; incluso cuando era niño ella apartaba de sí sus pequeñas manitas, y él había aprendido a recurrir a su padre para que lo tranquilizara. Aunque Ornella fuera más afectuosa, ahora no podía acudir a ella en busca de apoyo, porque ella lo buscaría a él por la misma razón. Ahora tenía la responsabilidad de cuidar de su madre y de su hermana.

¿Por qué había hecho Nicolás algo así? ¿Cómo podía haberse ido? La ausencia de su padre, su traición, causaron en Peter la sensación de que le habían desgarrado el corazón. Nicolás tenía a Gimena de todas maneras; ¿qué le habría ofrecido ella para tentarlo a dar la espalda a sus hijos, su negocio, su patrimonio? Siempre había estado cercano a su padre, había crecido rodeado por su amor, siempre había sentido su apoyo como una sólida roca a su espalda, pero ahora esa presencia amorosa y tranquilizadora había desaparecido, y con ella los cimientos de su vida.


Estaba aterrorizado. Sólo tenía veintidós años, y los problemas que se cernían sobre él le parecían montañas imposibles de escalar. Ornella y Eugenia no lo sabían aún; de algún modo tendría que encontrar la fuerza que necesitaba para decírselo. Tenía que ser una roca para ellas, y debía dejar a un lado su propio dolor y concentrarse en mantener a flote la situación económica de la familia, o se arriesgarían a perderlo todo. Aquélla no era la misma situación que tendría lugar si Nicolás hubiera muerto, pues Peter habría heredado las acciones, el dinero y el control. Tal como estaban las cosas ahora, Nicolás seguía siendo el dueño de todo, y no estaba allí. La fortuna de los Lanzani podía desmoronarse a su alrededor, inversores cautos abordarían el barco y diversas juntas administrativas se harían con el poder. Peter tendría que luchar para conservar siquiera la mitad de lo que tenía ahora.

Él, Eugenia y Ornella poseían algunos activos a su nombre, pero no serían suficientes. Nicolás había impartido a Peter un curso acelerado para dirigirlo todo, pero no le había otorgado el poder para hacerlo, a menos que hubiera dejado una carta que lo convirtiera en su delegado. Una esperanza desesperada se encendió en lo más recóndito de su cerebro. Una carta así, si es que existía, se encontraría en el escritorio del estudio.

Si no era así, tendría que llamar a Alejo y pedirle ayuda para trazar una estrategia. Alejo era un hombre de lo más inteligente y un buen abogado de empresa; podría tener un trabajo mucho más lucrativo en otra parte, pero estaba respaldado por el dinero de su familia y no sentía la necesidad de marcharse de Prescott. Había llevado hasta entonces todos los negocios de Nicolás, además de ser su mejor amigo, de modo que conocía su situación jurídica tanto o más que Peter.

Dios sabía, pensó Peter con gesto sombrío, que iba a necesitar toda la ayuda que pudiera conseguir. Si no existía un poder escrito, sería afortunado de conservar un techo bajo el que cobijarse.

Cuando levantó la cabeza del volante, ya había recuperado el control de sí mismo, había empujado el dolor hasta el fondo y lo había sustituido por una fría determinación. Por Dios, su madre y su hermana iban a pasarlo ya bastante mal haciendo frente a aquella situación; maldito fuera si permitía que perdieran también su hogar.

Metió la marcha y arrancó, dejando atrás los últimos retazos de su infancia sobre el desgastado camino de tierra. En primer lugar fue a Prescott, a la oficina de Alejo. Tendría que moverse deprisa para salvarlo todo.

Continuará...

lunes, 14 de mayo de 2012

:)


Hola! volvi! jijij sorry por no pasar antes, estaba de viaje y cero posibilidad de subir :( aunque ustedes tampoco se portaron bien eh! 0 firmas! si 0! mi felicidad   esta baja chicas...alegrenme el día! jijij Besos!

viernes, 11 de mayo de 2012

Capítulo 8



Perdón por la hora!!! se me re fue! pero viene largo eh! Besos!
_______________________________________________________________

—Alejo. —El tono de Peter era duro y afilado como el acero, y cortaba el silencio—. ¿Qué está pasando?

—Peter, te juro que no pensaba que fuera a hacerlo —dijo Alejo afligido—. Puede que no lo haya hecho. Puede que se haya quedado dormido.

—Que no haya hecho ¿qué?

—Lo mencionó en un par de ocasiones, pero sólo cuando estaba bebido. Te juro que jamás pensé que hablara en serio. Dios, ¿cómo podía ser?
El plástico del auricular crujió bajo la mano de Peter.

—¿A qué te refieres?

—A dejar a tu madre. —Alejo tragó saliva de forma audible, con un sonido seco—. Y fugarse con Gimena Espósito.

Con mucha suavidad, Peter volvió a dejar el auricular en su sitio. Permaneció inmóvil unos segundos contemplando el aparato. No podía ser... Nicolás no podía haber hecho semejante cosa. ¿Por qué habría de hacerla? ¿Por qué escaparse con Gimena cuando podía acostarse con ella, y de hecho lo hacía, cada vez que se le antojase? Alejo tenía que estar equivocado. Nicolás jamás abandonaría a sus hijos ni su negocio... Sin embargo, se sintió aliviado cuando él escogió rechazar el rugby profesional y le impartió un curso acelerado sobre cómo dirigirlo todo.

Por espacio de varios instantes de aturdimiento, Peter permaneció atontado por la sensación de incredulidad, pero era demasiado realista para que dicho estado le durase mucho. La sensación de entumecimiento comenzó a ceder, y una rabia intensa vino a llenar el hueco que aquél había dejado.  Se movió igual que una serpiente atacando, agarró el teléfono y lo lanzó por la ventana, haciendo pedazos el cristal y provocando que varias personas acudieran de inmediato al estudio a ver qué había pasado.

Todo el mundo durmió hasta muy tarde excepto Lali y Torito, y Lali salió de la cabaña en cuanto hubo dado de desayunar al niño y se lo llevó al arroyo para que pudiera chapotear en el agua e intentar atrapar pececillos. Jamás lo conseguía, pero le encantaba intentarlo. Hacía una mañana magnífica, el sol brillaba con fuerza a través de los árboles y arrancaba destellos al agua. Los aromas eran frescos y penetrantes, llenos de colores buenos y limpios que tapaban los malos olores del alcohol que aún percibía, exudadas por las cuatro personas que había dejado durmiendo tras los efectos de la pasada noche.

Esperar que Torito no se mojara era como esperar que el sol saliera por el oeste. Cuando llegaron al arroyo le quitó la camisa y los pantalones y dejó que se metiera en el agua llevando sólo el pañal. Había traído otro seco para cambiarlo cuando volvieran a casa. Colgó con cuidado la ropa de unas ramas y seguidamente se metió en el arroyo para chapotear un poco y vigilar a Torito. Si se le acercase una culebra, el niño no sabría que debía alarmarse. Lali tampoco les tenía miedo, pero desde luego obraba con cautela.

Lo dejó jugar durante un par de horas y después tuvo que cogerlo en brazos y sacarlo del agua con gran pataleo y protestas por parte del pequeño.

—No puedes estar más en el agua —le explicó—. Mira, tienes los dedos de los pies arrugados como una pasa.
Se sentó en el suelo y le cambió el pañal, y a continuación lo vistió. Fue una tarea difícil, ya que Torito no dejaba de retorcerse y tratar de escapar de vuelta al agua.

—Vamos a buscar ardillas —le dijo Lali—. ¿Ves alguna ardilla?

Distraído, el pequeño miró inmediatamente hacia arriba con los ojos muy abiertos por la emoción mientras trataba de descubrir ardillas entre los árboles. Lali cogió su mano regordeta y lo condujo lentamente a través del bosque, por un sendero que serpenteaba en dirección a la cabaña.
Quizá para cuando hubieran regresado Gimena ya estuviera en casa.

Aunque no era la primera vez que su madre pasaba fuera toda la noche, aquello siempre inquietaba a Lali. Lo tenía siempre en un rincón de su cabeza, pero vivía con el miedo constante de que Gimena se marchara una noche y no regresara nunca. Lali sabía, con amargo realismo, que si Gimena conociera a un hombre que tuviera un poco de dinero y le prometiera cosas bonitas, se largaría sin pensarlo dos veces. Probablemente, lo único que la retenía en Prescott era Nicolás Lanzani y lo que éste podía darle. Si alguna vez Nicolás la dejase, no se quedaría allí más que el tiempo necesario para hacer las maletas.

Torito logró descubrir dos ardillas, una que correteaba por la rama de un árbol y otra que trepaba por un tronco, así que se sentía feliz de ir a donde Lali lo llevase. Sin embargo, cuando tuvieron la cabaña a la vista, el niño advirtió que regresaban a casa y empezó a proferir gruñidos de protesta y tirar hacia atrás en un intento de soltarse de la mano de su hermana.

—Para, Torito —dijo Lali al tiempo que lo sacaba a la fuerza de entre los árboles para salir al camino de tierra que llevaba hasta la cabaña—. Ahora mismo no puedo seguir jugando contigo, tengo que hacer las cosas. Pero te prometo que jugaremos con tus autos cuando...

En eso, oyó a su espalda el rugido grave del motor de un automóvil, que iba aumentando de intensidad a medida que se acercaba, y su primer pensamiento de alivio fue: «Mamá está en casa».

Pero lo que apareció al doblar la curva no fue el reluciente auto rojo de Gimena, sino un Corvette negro descapotable, adquirido para sustituir al plateado que conducía Peter desde la secundaria. Lali se detuvo en seco, olvidándose de Torito y de Gimena, sintiendo que se le paraba el corazón y que luego empezaba a golpearle el pecho con tal fuerza que casi se sintió enferma. ¡Era Peter quien venía!

Estaba tan aturdida por la alegría que casi se olvidó de apartar a Torito del camino y quedarse entre las hierbas de la cuneta. Peter, cantaba su corazón. Un leve temblor le empezó en las rodillas y le subió poco a poco por el cuerpo al pensar que de verdad iba a hablar con él de nuevo, aunque sólo fuera para susurrar un saludo.

Clavó la mirada en él, absorbiendo todos los detalles, mientras lo veía acercarse. Aunque iba sentado detrás del volante y ella no alcanzaba a ver mucho, le pareció que estaba más delgado que cuando jugaba al rugby y que llevaba el pelo un poco más largo. Sin embargo, sus ojos eran los mismos, verdes e igual de tentadores. Se posaron en ella durante unos segundos cuando el Corvette pasó por delante de donde se encontraban ella y Torito, y la saludó cortésmente con una inclinación de cabeza.

Torito se revolvió y tiró de la mano, fascinado por el hermoso automóvil. Le encantaba el auto de Gimena, y Lali tenía que vigilar para que no se acercase a él, porque a Gimena la ponía enferma que el niño lo manosease y dejase las marcas de sus manitas en la pintura.

—Está bien —susurró Lali, aún aturdida—. Vamos a ver ese auto tan bonito.

Volvieron a entrar en el camino y siguieron al Corvette, que ya se había detenido enfrente de la cabaña. Peter se izó detrás del volante y pasó una pierna por encima de la puerta, después la otra, y salió del bajo automóvil igual que si éste fuera el autito de un bebé. Subió los dos escalones de la entrada, abrió de un tirón la puerta de rejilla y penetró en el interior de la vivienda.
No había llamado a la puerta, pensó Lali. Eso estaba mal. No había llamado.

Apretó el paso tirando de Torito de tal modo que sus cortas piernas tuvieron que acelerar, y el niño lanzó un quejido de protesta. Se acordó de su corazón, y el terror le causó una punzada en el estómago. Enseguida se detuvo y se inclinó para tomar al niño en brazos.

—Lo siento, cariño, no pretendía hacerte correr.

Le dolía la espalda por el esfuerzo de cargar con el pequeño, pero no hizo caso y volvió a caminar deprisa. La piedra rodaba inadvertida bajo sus pies descalzos y cada golpe de talón levantaba pequeñas nubes de polvo. El peso de Torito parecía abrumarla, impedirle alcanzar La cabaña. La sangre le batía en los oídos, y en el pecho le estaba adquiriendo una sensación de pánico que casi la asfixiaba.

Oyó un rugido débil y lejano que reconoció como la voz de su padre, amortiguada por el tono más grave de la de Peter jadeante, imprimó mayor velocidad a sus piernas y por fin llegó a la cabaña. La puerta de rejilla chirrió cuando la abrió de un tirón y entró a toda prisa en la casa, sólo para detenerse de golpe, parpadeando para adaptar los ojos a la penumbra. Se vio rodeada de gritos ininteligibles y maldiciones que le causaron la misma sensación que si estuviera atrapada en un túnel de pesadilla.

Tragando aire a borbotones, dejó a Torito en el suelo. Asustado por los gritos, el pequeño se aferró a las piernas de su hermana y escondió la cara contra ella.  Cuando su vista se fue adaptando poco a poco y el estruendo de sus oídos empezó a disminuir, los gritos fueron cobrando sentido, y deseó que ojalá no fuera así.

Peter había sacado a Salvador de la cama y estaba arrastrándolo a la cocina. Salvador gritaba y juraba, aferrado al marco de la puerta en un intento de frenar a Peter. Sin embargo, no tenía ninguna posibilidad frente a la fuerza de aquel joven furibundo, y lo único que podía hacer era procurar no perder el equilibrio mientras Peter lo empujaba hacia el centro de la habitación.

—¿Dónde está Gimena? —ladró Peter, irguiéndose amenazador sobre Salvador, que reaccionó encogiéndose.
Los ojos vidriosos de Salvador recorrieron rápidamente la estancia, como si buscara a su mujer.

—No está aquí —farfulló.

—¡Ya veo que no está aquí, maldito imbécil! ¡Lo que quiero saber es dónde diablos está!
Salvador se balanceaba de delante atrás sobre sus pies descalzos, y de pronto soltó un eructo.

Llevaba el pecho al aire y los pantalones todavía desabrochados. Su cabello desordenado apuntaba en todas direcciones, estaba sin afeitar, tenía los ojos inyectados en sangre, y su aliento despedía un tufo a sueño y alcohol. Como contraste, Peter se elevaba por encima de él con su musculoso cuerpo, el pelo negro pulcramente peinado hacia atrás, la camisa de un blanco inmaculado y los pantalones hechos a medida.

—No tienes derecho a empujarme, no me importa quién sea tu padre —se quejó Salvador. A pesar de su bravata, se encogía cada vez que Peter hacía un movimiento.
Joaquín y Patricio habían salido rápidamente de su dormitorio, pero no hicieron ningún gesto para apoyar a su padre. No era su estilo enfrentarse a un Peter Lanzani furioso, ni tampoco lo era atacar a nadie que pudiera ocasionarles problemas.

—¿Sabes dónde está Gimena? —preguntó Peter de nuevo con voz gélida.

Continuará...

jueves, 10 de mayo de 2012

Capítulo 7





Aquí les dejo cap! pronto se vienen unos imperdibles! Besos!
____________________________________________________________


Ella se echó hacia atrás, herida, y se lo quedó mirando con un gesto de reproche.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡Estoy preocupada por él!

—Ya lo sé. —Peter consiguió dulcificar el tono—. Pero es una pérdida de tiempo, y él no va a darte las gracias.

—¡Tú siempre te pones de su parte, porque eres igual que él! —Las lágrimas ya le resbalaban lentamente por las mejillas, y se volvió de espaldas—. Seguro que esa propiedad de Baton Rouge resulta que tiene dos piernas y un par de pechos grandes. Nada, anda, ¡que te diviertas!

—Así lo haré —repuso Peter con ironía. Era verdad que iba a ver una propiedad; lo que haría después era otra historia. Era un hombre joven, sano y fuerte, con un impulso sexual que no había dado señales de ir a menos desde su adolescencia. Era una quemazón constante en el vientre, un dolor hambriento en los testículos. Era lo bastante afortunado de poder tener mujeres para calmar aquel apetito, y lo bastante cínico para darse cuenta de que el dinero de su familia contribuía mucho a su éxito sexual.

No le importaba cuáles fueran los motivos de la mujer, si venía a él porque le gustaba y disfrutaba de su cuerpo o si tenía el ojo puesto en la cuenta bancaria de los Lanzani. Las razones no importaban, pues lo único que quería era tener a su lado un cuerpo suave y cálido que absorbiese su impetuoso deseo sexual y le diera satisfacción durante un tiempo. Nunca había amado a una mujer, pero estaba claro que amaba el sexo, amaba todo lo que tenía que ver con él: los olores, las sensaciones, los sonidos. En particular, lo maravillaba su momento favorito, el instante de la penetración, cuando notaba la ligera resistencia del cuerpo de la mujer a la presión que ejercía él, y luego la aceptación, la sensación de ser absorbido y rodeado por carne caliente, tensa, húmeda.

¡Dios, aquello era maravilloso! Siempre ponía sumo cuidado en protegerse contra embarazos no deseados y usaba condón aunque la mujer dijera que estaba tomando la píldora, porque sabía que las mujeres mentían en cosas como ésas y un hombre inteligente no debía correr riesgos.

No lo sabía con seguridad, pero sospechaba que Eugenia aún era virgen. Aunque era mucho más emocional que Ornella, todavía había en ella algo de su madre, una especie de profundo distanciamiento que hasta el momento no había permitido que se le acercara demasiado ningún hombre. Era una extraña mezcla de las personalidades de sus padres, había recibido una parte del frío distanciamiento de Ornella pero nada de su seguridad en sí misma, y otra parte de la naturaleza emocional de Nicolás sin su intensa sexualidad. Por otro lado, Peter poseía la sexualidad de su padre atemperada por el control de Ornella. A pesar de lo mucho que deseaba el sexo, no era esclavo de su deseo como lo era Nicolás. Él sabía cuándo y cómo decir no. Además, gracias a Dios, por lo visto él tenía más sensatez eligiendo mujeres que Nicolás.
Tiró de un mechón del pelo oscuro de Eugenia.

—Voy a llamar a Alejo, a ver si sabe dónde está papá. —Alejo García, era abogado y el mejor amigo de Nicolás.
Los labios de Eugenia temblaron, pero sonrió a través de las lágrimas.

—Él irá a buscar a papá y le dirá que venga a casa.
Peter soltó un resoplido. Resultaba increíble que su hermana hubiera llegado a los veinte sin haber aprendido absolutamente nada de los hombres.

—Yo no estoy tan seguro de eso, pero puede que así te quedes tranquila.
Tenía la intención de decirle a Eugenia que Nicolás se encontraba en una partida de Póker, aunque Alejo supiera hasta el número de habitación del hotel donde Nicolás había pasado la noche.

Fue al estudio desde el que Nicolás atendía la mirada de intereses financieros de los Lanzani y en el que él mismo estaba aprendiendo a atenderlos. A Peter lo fascinaban las complejidades de los negocios y las finanzas, tanto que voluntariamente había dejado pasar la oportunidad de jugar al rugby como profesional para zambullirse de cabeza en el mundo de los negocios. No había supuesto un gran sacrificio para él; sabía que era lo bastante bueno para jugar como profesional, porque habían observado su rendimiento, pero también sabía que no tenía madera para ser una estrella. Si hubiera dedicado su vida al rugby, habría jugado durante ocho años o así, eso si hubiera tenido la suerte de no lesionarse, y habría ganado un sueldo bueno pero no espectacular. Al final, lo que pesaba más era que, por mucho que le gustase el balón, amaba más los negocios. Aquél era un juego al que podía jugar durante mucho más tiempo que el rugby, además de ganar muchísimo más dinero, y era una pelea entre iguales.

Aunque a Nicolás le habría estallado el pecho de orgullo al ver a su hijo como profesional del deporte, Peter opinaba que en cierto modo se había sentido aliviado al ver que elegía regresar a casa. En los pocos meses que habían transcurrido desde que Peter se graduó, Nicolás no había hecho otra cosa que llenarle la cabeza de conocimientos sobre los negocios, material que no podía encontrarse en un libro de texto.

Peter pasó los dedos por la madera pulimentada del gran escritorio. Había una enorme fotografía de Ornella en un rincón del mismo, rodeada de fotos más pequeñas de él y de Eugenia en diversas etapas de su crecimiento, como una reina con sus súbditos reunidos a su alrededor. La mayoría de la gente habría pensado que era una madre con sus hijos pegados a la falda, pero Ornella no era maternal en lo más mínimo. El sol matinal iluminaba de costado la foto y resaltaba detalles que por lo general pasaban inadvertidos, y Peter se detuvo a mirar la imagen fija del rostro de su madre.
Era una mujer muy guapa, aunque poseía un tipo de belleza muy diferente al de Gimena Espósito.

Gimena era el sol, caliente, audaz y brillante, mientras que Ornella era la luna, distante y fría. Tenía un cabello oscuro, abundante y sedoso, que llevaba peinado en un sofisticado moño, y unos encantadores ojos azules que no había heredado ninguno de sus hijos. No era criolla francesa, sino llanamente americana vieja; algunos parroquianos se habían preguntado si Nicolás Lanzani no se habría casado con alguien inferior. Pero ella había resultado ser más regia de lo que podría haberlo sido ninguna criolla nacida para ese papel, y aquellas antiguas dudas habían quedado olvidadas hacía ya mucho tiempo.

Sobre el escritorio estaba la agenda de citas de Nicolás, abierta. Peter apoyó una cadera contra la mesa y recorrió con la vista las citas que había apuntadas para aquel día. Su padre tenía una reunión con William Grady, el banquero, a las diez. Por primera vez, Peter sintió una punzada de inquietud. Nicolás nunca había permitido que sus mujeres interfirieran en sus negocios, y jamás acudía a una cita sin afeitar y sin haberse puesto ropa limpia.
Enseguida marcó el número de Alejo, y su secretaria respondió al primer timbrazo.

—García y Anderson, abogados.

—Buenos días, Tina. ¿Ha llegado ya Alejo?

—Por supuesto —repuso ella con buen humor, pues había reconocido inmediatamente el distintivo tono grave de Peter, semejante al terciopelo—. Ya sabes cómo es. Haría falta un terremoto para que no entrara por la puerta al dar las nueve. Espera un momento, voy a llamarlo.

Peter oyó el chasquido de la llamada en espera, pero conocía a Tina demasiado bien para pensar que estaba hablando con Alejo por el interno. Había estado en aquella oficina muy a menudo, tanto de niño como de hombre, y sabía que la única ocasión en la que Tina usaba el interfono era cuando había delante un desconocido. La mayoría de las veces se limitaba a girarse en su silla y levantar la voz, ya que el despacho de Alejo estaba justo a su espalda, con la puerta abierta.

Peter sonrió al recordar cómo Nicolás reía a carcajadas al contarle que Alejo había intentado una vez que Tina adoptase una actitud más formal, más propia de un bufete de abogados. El pobre Alejo, tan poco severo, no tenía la menor posibilidad de vencer a su secretaria. Ésta, sintiéndose ofendida, se volvió tan fría que la oficina se congeló. En lugar del habitual «Alejo» empezó a llamarlo «señor García» cada vez que se dirigía a él, utilizaba siempre el interfono, y la cómoda camaradería que había entre are ambos se esfumó. Cuando él se paraba en frente de la mesa de ella para charlar, Tina se levantaba para ir al baño. Todos esos pequeños detalles de los que en otro tiempo se había ocupado como algo normal, quitándole a Alejo una buena parte de trabajo, ahora aparecían amontonados sobre la mesa de él. Alejo empezó a llegar más temprano y salir más tarde, mientras que Tina de pronto pasó a tener un horario de lo más preciso. No cabía pensar en sustituirla; las secretarias de bufete no eran fáciles de encontrar en Prescott. Al cabo de dos semanas, Alejo se había rendido humildemente, y desde entonces Tina le hablaba a voces a través de la puerta del despacho.

La línea telefónica chasqueó de nuevo cuando Alejo tomó el auricular. Por el otro lado sonó su  forma de hablar tranquila y bonachona.

—Buenos días, Peter.— Hoy has madrugado, según parece.

—No tanto. —Siempre madrugaba más que su padre, pero la mayoría de la gente suponía era que de tal palo, tal astilla—. Voy a ir a Baton Rouge a echar un vistazo a una propiedad. Alejo, ¿sabes tú dónde está mi papá?
Se hizo un pequeño silencio al otro extremo del cable.

—No, no lo sé. —Otra breve pausa de cautela—. ¿Ocurre algo malo?

—Anoche no vino a casa, y hoy a las diez tiene una cita con Will Grady.

—Maldición —dijo Alejo suavemente, pero Peter percibió el tono de alarma en su voz—. Dios, no creía que él fuera a... ¡Maldita sea!

Continuará

martes, 8 de mayo de 2012



No hay nove! Chicas me decepcionan! 1 firma y las visitas por montón, vamos pónganse las pilas! las que no quieren firmar por aquí, háganlo por twitter @Paulii_gleiser espero una respuesta! 
Besos!

lunes, 7 de mayo de 2012

Capítulo 6






Hola! como andan? 
Chicas no me están haciendo feliz :( las firmas son pocas (solo Chari, la cual le agradezco mucho) espero que cooperen eh!
Porque soy buena les dejo capítulo!
_________________________________________________________________



Dio vueltas en el delgado jergón y se dejó llevar por una semifantasía, dormida a medias, en la que volvió a vivir el tenso y misterioso romance del libro que estaba leyendo. Supo de manera instantánea el momento en que Joaquín y Patricio llegaron a casa, cerca de la una. Entraron tambaleándose, sin el menor esfuerzo por no hacer ruido, riendo a carcajadas por algo que habían hecho aquella noche sus amigotes de copas. Los dos eran todavía menores de edad, pero una cosita tan insignificante como una ley nunca se ponía por medio cuando un Espósito quería hacer algo. Los chicos no podían ir a moteles de carretera, pero había otros muchos lugares en los que podían emborracharse, y se los conocían todos. A veces robaban la bebida, otras veces pagaban a alguien para que se la comprara, en cuyo caso robaban el dinero. Ninguno de los dos tenía trabajo, ni de media jornada ni de otra clase, porque nadie quería contratarlos. De todos era sabido que los chicos de los Espósito eran capaces de desvalijar a cualquiera.

—El tonto de Poss —reía Patricio—. ¡Buuum!

Aquello fue suficiente para que Joaquín estallase en risotadas y alaridos. De los fragmentos incoherentes que Lali llegó a oír, evidentemente «el tonto de Poss», fuera quien fuera, se había asustado por algo que había provocado el ruido de una fuerte explosión. Por lo visto, a los chicos les resultaba muy gracioso, pero probablemente por la mañana ya no se acordarían de ello.

Despertaron a Torito, y Lali lo oyó sollozar, pero no lloró, de modo que no se levantó de la cama. No le habría gustado entrar en el dormitorio de los chicos en camisón —de hecho, se habría muerto de miedo—, pero lo habría hecho si hubieran asustado a Torito y lo hubieran hecho llorar.

Pero Patricio dijo:
—Cállate y vuelve a dormirte —y Torito guardó silencio otra vez. Al cabo de unos minutos estaban todos dormidos y un coro de ronquidos subía y bajaba en la oscuridad.

Media hora después llegó Estefanía. No hizo ruido, o por lo menos intentó no hacerlo, andando de puntillas con los zapatos en la mano. La acompañaba un tufo a cerveza y a sexo, todo mezclado en un remolino amarillo, rojo y pardo. No se molestó en desvestirse, sino que se dejó caer en su jergón y exhaló un profundo suspiro, casi como un ronroneo.

—¿Estás despierta, Lali? —preguntó al cabo de unos instantes con voz turbia.

—Sí.

—Ya me lo imaginaba. Deberías haber venido conmigo. Me he divertido horrores. —Aquella última frase tenía un deje de sensualidad—. No sabes lo que te estás perdiendo, hermanita.

—Entonces no me lo estoy perdiendo, ¿no? —susurró Lali, y Estefanía soltó una risita.

Lali se adormeció ligeramente a la espera de oír el auto de su mamá para cerciorarse de que todos estaban a salvo en casa. Dos veces se despertó con un sobresalto, preguntándose si Gimena habría conseguido entrar sin despertarla, y se levantó para mirar por la ventana a ver si estaba allí su auto. Pero no estaba.
Aquella noche Gimena no volvió a casa.

                               *              *              *

—Papá no vino a casa anoche.
Eugenia estaba de pie Junto a la ventana del comedor, con el rostro contraído por la vergüenza.

Peter continuaba desayunando; no había muchas cosas que pudieran quitarle el apetito. De modo que aquélla era la razón por la que Eugenia se había levantado tan temprano, porque por regla general no se movía de la cama hasta las diez o más. ¿Qué habría hecho? ¿Esperar hasta que Nicolás volviera a casa? Suspirando, se preguntó qué pensaría Eugenia que podía hacer él acerca del modo en que pasaba el tiempo su padre. ¿Mandarlo a la cama sin cenar? No recordaba ninguna época en la que Nicolás no hubiera tenido una amante, aunque Gimena Espósito ciertamente tenía mucho más poder de permanencia que el resto.

A su madre, Ornella, no le importaba en absoluto dónde pasaba la noche Nicolás, siempre que no fuera con ella, y simplemente fingía que las aventuras de su marido no existían. Como a Ornella no le importaba, a Peter tampoco. Habría sido distinto si Ornella se sintiera afligida, pero ése no era precisamente el caso. No era que no quisiera a Nicolás; Peter suponía que sí lo amaba, a su manera.

Pero es que a Ornella claramente le desagradaba el sexo, le desagradaba que la tocasen, aunque fuera por casualidad. Para Nicolás, tener una amante era la mejor solución de todas. No trataba mal a Ornella, y aunque jamás se molestaba en esconder sus aventuras, la postura de ella como esposa era segura.  Era un arreglo muy a la antigua que tenían sus padres, aunque a Peter no le gustaría nada tener algo así cuando por fin decidiera casarse, pero les convenía a ambos.

Sin embargo, Eugenia nunca había podido verlo de aquella manera. Se sentía dolorosamente protectora con Ornella, pues estaba unida a ella de una forma en que Peter jamás podría estarlo, e imaginaba que Ornella se sentía humillada y herida por las aventuras de su marido. Al mismo tiempo, Eugenia adoraba a su padre y nunca era tan feliz como cuando él le prestaba atención. En su mente se hacía una idea de cómo tenían que ser las familias, estrechamente unidas y amorosas, siempre apoyándose entre sí, los padres entregados el uno al otro, y llevaba toda la vida tratando de que su familia encajase con aquella idea.

—¿Lo sabe mamá? —preguntó Peter con calma, y se abstuvo de preguntarle a Eugenia si de verdad creía que a Ornella iba a importarle algo si lo supiera. A veces sentía lástima de su hermana, pero también la quería y no trataba deliberadamente de hacerle daño.
Eugenia sacudió la cabeza en un gesto negativo.

—Aún no se ha levantado.

—Entonces, ¿de qué sirve preocuparse? Para cuando se levante, cuando llegue papá ella creerá que regresa de algún sitio a donde habrá ido esta mañana.

—¡Pero ha estado con ésa! —Eugenia se volvió para mirar a Peter con los ojos inundados de lágrimas—. Con esa Espósito.

—Tú no lo sabes. Puede que se haya pasado la noche jugando al póker. —A Nicolás le gustaba jugar al póker, pero Peter dudaba que los naipes tuvieran algo que ver con su ausencia. Conocía a su padre, y lo conocía muy bien, y sabía que era mucho más probable que hubiera pasado la noche con Gimena Espósito o con alguna otra mujer que le hubiera llamado la atención. Gimena era una necia si creía que Nicolás le era más fiel a ella que a su esposa.

—¿Tú crees? —preguntó Eugenia, ansiosa de creer cualquier excusa que no fuera la más probable.
Peter se encogió de hombros.

—Es posible. —También era posible que un día un meteoro se estrellase contra la casa, pero no era muy probable. Se bebió lo que le quedaba del café y empujó hacia atrás su silla—. Cuando llegue, dile que he ido a Baton Rouge a inspeccionar la propiedad de la que estuvimos hablando. Estaré de vuelta a las tres, como muy tarde. –Como su hermana seguía pareciendo tan desamparada, le pasó un brazo por los hombros y le dio un apretón. Por algún motivo Eugenia había nacido sin la decisión ni la arrogante seguridad del resto de la familia. Hasta Ornella, por muy distante que se mostrara, siempre sabía exactamente lo que quería y cómo conseguirlo. Eugenia siempre parecía desvalida frente a las fuertes personalidades de los demás miembros de su familia.

Enterró la cabeza en el hombro de Peter durante unos instantes, igual que hacía cuando era pequeña y acudía corriendo a su hermano mayor cada vez que pasaba algo malo y Nicolás no estaba allí para arreglar las cosas. Aunque él le llevaba sólo dos años, siempre se había mostrado protector con ella, e incluso desde niño sabía que su hermana carecía de la fortaleza interior que poseía él.

—¿Y qué hago si en realidad ha estado con esa fulana? —preguntó Eugenia con la voz amortiguada contra el hombro de Peter.
Éste procuró reprimir su impaciencia, pero se le filtró algo en el tono de voz.

—No harás nada. No es asunto tuyo.



Continuará...