domingo, 6 de mayo de 2012

Capítulo 5


Hola!! aqui les dejo el cap! espero que firmen eh! que tengan linda semana! Besos!
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Con los largos días de verano, a las ocho y media era sólo el atardecer, pero para las ocho de aquella tarde Torito estaba ya cansado y dando cabezadas. Lali lo bañó y lo acostó, y le acarició un momento el cabello con el corazón encogido por la pena. Era un niño tan dulce, ajeno a los problemas de salud que le impedirían llegar a hacerse adulto.

A las nueve y media oyó que llegaba Salvador en su vieja camioneta, que traqueteaba y escupía por el tubo de escape. Acudió a soltar el pestillo de la rejilla para dejarlo entrar. El olor a whisky penetró con él, un tufo purulento de color amarillo verdoso.
Tropezó al llegar a la entrada y se enderezó con esfuerzo.

—¿Dónde está tu madre? —graznó en aquel tono mezquino y desagradable que empleaba siempre que bebía, lo cual sucedía la mayor parte del tiempo.

—Salió hace un par de horas.
Avanzó dando tumbos hacia la mesa. Lo desigual del suelo hacía que sus pasos fueran mucho más arriesgados.

—Maldita zorra —musitó—. Nunca está aquí. Anda siempre meneando el trasero delante de ese novio rico que tiene. Nunca está aquí para hacerme la cena. Así, ¿cómo va a comer un hombre?
—rugió de pronto, golpeando la mesa con el puño.

—La cena ya está hecha, papá —dijo Lali en voz baja, con la esperanza de que el rugido no despertase a Torito—. Voy a servirte un plato.

—No quiero comer nada —replicó él, tal como Lali esperaba. Cuando bebía, nunca quería comer, sólo beber más.

—¿Hay algo de beber en esta maldita casa? —Se incorporó tambaleándose y empezó a abrir las puertas de los armarios y a cerrarlas violentamente cuando no encontraba lo que estaba buscando.
Lali se movió deprisa.

—Hay una botella en el dormitorio de los chicos. Voy por ella.

No quería que Salvador entrara allí a trompicones, maldiciendo y probablemente vomitando, y despertase a Torito. Entró como un rayo en la pequeña habitación a oscuras y buscó a ciegas debajo del colchón de Patricio hasta que su mano topó con un vidrio frío. Sacó la botella y regresó corriendo a la cocina. Sólo estaba llena hasta menos de la mitad, pero cualquier cosa serviría para aplacar a su padre. Quitó el tapón de rosca y tendió la botella a Salvador.

—Aquí tienes, papá.
—Buena chica —repuso él, mientras se llevaba la botella a la boca con expresión satisfecha—.
Eres una buena chica, Lali, no una puta como tu madre y tu hermana.

—No hables así de ellas —protestó Lali., incapaz de escuchar. Una cosa era saberlo, y otra muy distinta hablar de ello. Como si él pudiera arrojar la primera piedra.

—¡Hablo como me da la maldita gana! —estalló Salvador—. No me repliques, niña, o te doy una paliza.

—No te estaba replicando, papá. —Mantuvo el tono calmado, pero por prudencia se situó fuera de su alcance. Si no podía alcanzarla, no podría golpearla. Era propenso a arrojar alguna cosas pero ella era rápida y sus proyectiles rara vez le acertaban.

—Qué hijos me ha dado ésa —dijo con desprecio—. Joaquín y Patricio son los únicos a los que puedo soportar. Estefanía es una puta como su madre, tú eres una listilla caprichosa, y el último es un maldito idiota.

Lali mantuvo la cabeza girada para que su padre no pudiera ver las lágrimas que le arrasaban los ojos. Se sentó en el usado y hundido sofá y empezó a doblar la ropa que había lavado aquel día.

De nada servía hacer ver a Salvador que la había herido. Si alguna vez olía la sangre, pasaba a matar, y cuanto más borracho estaba, más cruel se volvía. Lo mejor era no hacerle caso. Al igual que todos los borrachos, se distraía fácilmente, y Lali se imaginó que de todos modos pronto se quedaría dormido.

No sabía por qué le hacía daño aquello. Hacía mucho tiempo que había dejado de sentir nada por Salvador, ni siquiera miedo. Ciertamente, allí no había nada que amar, el hombre que había sido hacía mucho que había quedado destruido por incontables botellas de whisky. Si alguna vez había mostrado alguna esperanza, ésta ya había desaparecido para cuando nació Lali, pero por alguna razón ella pensaba que siempre había sido muy parecido a como era ahora. Simplemente, era de esa clase de personas que siempre culpaban a los demás de sus problemas en lugar de hacer algo por corregirlos.

En ocasiones, cuando estaba sobrio, Lali creía comprender por qué Gimena se había sentido atraída por él en otro tiempo. Salvador tenía una estatura un poco superior a la media y un cuerpo fibroso que nunca había criado grasa. Conservaba el cabello oscuro, si bien ya clareando un poco en la coronilla, e incluso se podría decir que era un hombre apuesto... cuando no estaba bebido.

Borracho, como estaba ahora, sin afeitar y con el pelo revuelto y colgando en mechones sucios, los ojos enrojecidos y enturbiados por el alcohol y el rostro congestionado, no había en él nada de atractivo. Llevaba la ropa sucia y llena de lamparones, y olía que daba asco. A juzgar por la acidez de su aliento, había vomitado por lo menos una vez, y las manchas que llevaba en la parte delantera de los pantalones indicaban que no había tenido el debido cuidado al orinar.
Se terminó la botella en silencio y después eructó sonoramente.

—Tengo que ir a mear —anunció, y acto seguido se incorporó con pie inseguro y se dirigió a la puerta de entrada de la casa.

Los movimientos de Lali eran medidos, sus manos no temblaron en ningún momento mientras escuchaba el chorrito de orina repiquetear contra los escalones de la entrada, para que todo el que viniera a casa esa noche lo pisara al entrar. Lo primero que haría por la mañana sería limpiar el suelo.

Salvador regresó al interior de la casa tambaleándose. No se había subido la cremallera de los pantalones, pero al menos no había dejado a la vista su sexo.

—Me voy a la cama —dijo, dirigiéndose a la habitación de atrás. Lali observó cómo daba un traspié y se enderezaba de nuevo sujetándose con la mano al marco de la puerta. No se desvistió, sino que se desplomó sobre la cama tal como estaba. Cuando Gimena llegara a casa y se encontrara con Salvador atravesado en la cama con aquella ropa sucia, armaría una bronca y despertaría a todo el mundo.
En cuestión de minutos, los profundos ronquidos de Salvador levantaban eco por toda la atestada cabaña.

Lali se levantó inmediatamente y fue al colgadizo que habían construido en la parte trasera, el cual compartía con Estefanía. Sólo Salvador y Gimena tenían una cama como Dios manda; el resto dormía en jergones. Encendió la luz, una bombilla desnuda que despidió una luz hiriente, y se puso rápidamente el camisón. A continuación, sacó su libro de debajo del colchón. Ahora que Torito estaba acostado y Salvador durmiendo la borrachera, a lo mejor disponía de un par de horas de tranquilidad antes de que llegase nadie más. Salvador era siempre el primero en llegar a casa, pero también era el primero que se levantaba.

Había aprendido a no vacilar cuando se le presentaba una oportunidad para disfrutar, sino a aprovecharla. En su vida había demasiado pocas para dejarlas pasar sin saborearlas. Adoraba los libros y leía cualquier cosa que cayese en sus manos. Había algo mágico en la manera en que podían hilvanarse las palabras para crear todo un mundo nuevo. Mientras leía podía abandonar aquella atestada cabaña y viajar a mundos llenos de emoción, belleza y amor. Cuando leía, en su mente era otra persona, alguien que merecía la pena, en lugar de un miembro de aquella gentuza de los Espósito.

No obstante, había aprendido a no leer delante de su padre ni de los chicos porque, como mínimo, se burlaban de ella. Cualquiera de ellos, con su estilo más ruin, lo más probable era que le arrancara el libro de las manos y lo tirara al fuego, o por la taza del wáter, y que se riera a carcajadas como si los frenéticos esfuerzos de Lali por salvarlo fueran lo más gracioso que hubiera visto jamás. Gimena gruñía por el hecho de que ella desperdiciara el tiempo leyendo en vez de hacer las labores de la casa, pero no le hacía nada al libro en sí. Estefanía se reía de ella a veces, pero de forma despreocupada e impaciente. No entendía para nada por qué Lali prefería enterrar la nariz en un libro en lugar de salir a divertirse un poco.

Aquellos preciosos momentos de soledad, en los que podía leer en paz, eran para Lali lo mejor del día, a no ser que tuviera la suerte de ver a Peter. A veces pensaba que si no pudiera leer, ni siquiera durante unos minutos, se volvería loca y empezaría a chillar, y ya no podría parar. Pero no importaba lo que hiciera su padre, no importaba lo que oyese decir acerca de su familia, no importaba lo que hubieran estado haciendo Joaquín y Patricio o lo débil que pareciera Torito, mientras pudiese abrir un libro para perderse entre sus páginas.

Aquella noche disponía de más de unos minutos para leer, para perderse en las páginas llenas de fantasías. Se acomodó en su jergón y sacó la vela que guardaba debajo de la cama. La encendió, la situó convenientemente, en equilibrio sobre una caja de madera que había a la derecha del jergón, y se colocó de forma que la espalda le quedara apoyada contra la pared. La luz de la vela, aunque pequeña, bastaba para contrarrestar el fuerte brillo de la bombilla y le permitía leer sin forzar demasiado la vista. Uno de aquellos días, se prometió a sí misma, se compraría una lámpara. Ya se la imaginaba, una auténtica lámpara para leer que proyectara una luz brillante y suave. Y también tendría una de esas almohadas en forma de cuña para recostarse.
Uno de aquellos días.

Era casi medianoche cuando se rindió y dejó de luchar contra los párpados que se le cerraban. Odiaba dejar de leer, pues no quería perder nada de aquel tiempo que tenía para ella misma, pero tenía tanto sueño que ya no se enteraba de lo que estaba leyendo, y desperdiciar la lectura era peor que desperdiciar el tiempo. Así que, con un suspiro, se levantó, volvió a guardar el libro en su escondite y después apagó la luz. Se metió ente las gastadas sábanas haciendo chirriar el jergón bajo su peso y sopló la llama de la vela.
Perversamente, en aquella súbita oscuridad, el sueño no venía.

sábado, 5 de mayo de 2012

Capítulo 4



Hola! perdón por la tardanza! tengo mis excusas eh!
Chicas aunque no me guste la idea, tendré que poner condiciones! Las firmas son poquillas, aunque reconosco que yo también tengo que publicar que estoy subiendo la nove. Eso si sigo feliz por las visitas jejej
Besos!
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Estefanía había pedido a Lali que saliese con ella aquella noche en forma de dos parejas, y se encogió de hombros cuando ésta se negó a hacerlo porque alguien tenía que cuidar de Torito. De todos modos, Lali no habría salido con Estefanía; su idea de pasarlo bien era muy distinta de la de su hermana. Estefanía pensaba que divertirse consistía en robar algo de bebida ilegal, ya que sólo tenía dieciséis años, emborracharse y acostarse con el chico o grupo de chicos que estuviera por ahí esa noche. Todo su ser se estremeció de repulsión al pensar en ello. Había visto a Estefanía entrar en casa apestando a cerveza y a sexo, con la ropa destrozada y llena de manchas, riendo tontamente por lo mucho que se había «divertido». Al parecer, nunca la molestaba que esos mismos chicos no le dirigieran la palabra si se la encontraban en público. Aquello sí molestaba a Lali. Le ardía la sangre de humillación al ver el desprecio en los ojos de la gente cada vez que la miraban a ella, a cualquiera de su familia. Esa gentuza de los Espósito, así los llamaban. Borrachos y fulanas, todos ellos.

¡Pero yo no soy así! Aquel silencioso grito surgía en el interior de Lali algunas veces, pero siempre lo contenía. ¿Por qué la gente no veía nada más detrás de aquel apellido? Ella no se pintaba ni se ponía ropa demasiado corta o ajustada como hacían Gimena y Estefanía; ella no bebía, ni andaba por rincones tratando de ligar con cualquier cosa que llevara pantalones. Vestía ropa barata y mal confeccionada, pero siempre iba limpia. Jamás se perdía un día de clase, si podía evitarlo, y sacaba buenas notas. Ansiaba respetabilidad, quería poder entrar en una tienda sin que las dependientas la observasen como halcones sólo porque formaba parte de aquella gentuza de los Espósito y todo el mundo sabía que eran capaces de dejar a cualquiera en pelotas. No quería que la gente hiciera comentarios a sus espaldas cada vez que la veían.

A ello no ayudaba el hecho de que físicamente se pareciera más a Gimena que Estefanía. Lali poseía la misma cabellera abundante y castaña, vibrante como una llama, la misma piel de porcelana, los mismos pómulos y los mismos ojos, marrones y exóticos. Su rostro no lucía tanta perfección de proporciones como el de Gimena, sino que era más delgado, de mandíbula más cuadrada, y con una boca igual de generosa y más llena. Gimena era voluptuosa; Lali era más alta y más esbelta, su cuerpo tenía una constitución más delicada. Por fin le habían crecido los pechos, firmes e insinuantes.

Como se parecía a Gimena, por lo visto la gente esperaba que actuase como ella también, y sin embargo nunca miraban más allá. La juzgaban por el mismo nivel que al resto de la familia.

—Pero algún día me marcharé, Torito —dijo suavemente—. Ya lo verás.
Él no reaccionó a aquellas palabras, sino que se limitó a acariciar la rejilla.

Como siempre, cada vez que necesitaba animarse un poco, pensaba en Peter. Sus dolorosos sentimientos hacia él no habían disminuido en los tres años que habían transcurrido desde la vez en que lo vio haciendo el amor con María Del Cerro, sino que se habían intensificado conforme fue madurando. La asombrosa alegría con que lo contemplaba cuando tenía once años había crecido y cambiado, igual que le había ocurrido a ella misma. Ahora, cuando pensaba en él, se mezclaban las sensaciones físicas con las románticas en vivo contraste, y, dado el modo en que se había criado, los detalles eran mucho más nítidos y más explícitos de lo que cabría esperar en el caso de otras niñas de catorce años.

Sus sueños no tomaban el color sólo de lo que la rodeaba; el día en que vio a Peter con María Del Cerro —actualmente María Recca le había proporcionado una gran cantidad de conocimientos sobre el cuerpo del muchacho. En realidad no le había visto los genitales, porque al principio estaba vuelto de espaldas a ella y cuando se situó encima las piernas de los dos amantes le habían estorbado la visión. Pero eso no importaba mucho, porque sabía cómo eran. No sólo llevaba toda la vida cuidando a Torito, sino que su padre, y también Joaquín y Patricio, cuando estaban borrachos, tenían tantas probabilidades de no ser capaces de desabrocharse los pantalones y echar una meada delante de los escalones de la entrada como de usar el cuarto de baño.

Pero Lali conocía detalles suficientes del cuerpo de Peter para excitar sus sueños. Sabía cuán musculosas eran aquellas largas piernas, y que en ellas le crecía un vello negro. Sabía que sus nalgas eran pequeñas, redondas y prietas, y que tenía dos preciosos lunares gemelos justo encima.

Sabía que sus hombros eran anchos y poderosos, que su espalda era larga y con el hueco de la columna vertebral profundamente marcado entre las gruesas capas de músculos. En su ancho pecho tenía una ligera capa de vello.
Sabía que hacía el amor en francés, con voz profunda, en tono suave y arrullador.

Había seguido su carrera en la universidad con secreto orgullo. Acababa de graduarse con excelentes calificaciones en economía y administración de empresas, con el ojo puesto en hacerse cargo algún día de las propiedades de los Lanzani. Aunque era muy bueno en rugby, no había querido hacer carrera como profesional, y en vez de eso había regresado a su casa para empezar a ayudar a Nicolás.
Ahora podría verlo ocasionalmente durante todo el año, en lugar de sólo durante el verano y las vacaciones.

Por desgracia, Eugenia también había vuelto a casa definitivamente y estaba tan rencorosa como siempre. El resto del mundo era simplemente despectivo, pero Eugenia odiaba activamente a toda persona que llevase el apellido Espósito. Sin embargo, Lali no podía censurarla, y a veces incluso la comprendía. Nadie había dicho nunca que Nicolás Lanzani no fuera buen padre; amaba a sus dos hijos y ellos lo amaban a él. ¿Cómo se sentiría Eugenia al oír a la gente hablar del lío que tenía Nicolás con Gimena desde hacía tanto tiempo, sabiendo que él era abiertamente infiel a su madre?

Cuando era más pequeña, Lali había fantaseado con la idea de que Nicolás también fuera padre suyo; Salvador no tenía ningún papel en aquella fantasía. Nicolás era alto, moreno y excitante, su rostro delgado se parecía tanto al de Peter que, fuera como fuese, no podía odiarlo. Siempre había sido amable con ella, con todos los hijos de Gimena, pero a veces hacía un esfuerzo especial por hablar con Lali y en una o dos ocasiones le había comprado algún pequeño detalle. Probablemente era porque se parecía a Gimena, pensó Lali. Si Nicolás fuera su padre, Peter sería su hermano y ella podría idolatrarlo de cerca, vivir en la misma casa con él. Aquellas fantasías siempre la hacían sentirse culpable por Salvador, y entonces procuraba estar de lo más amable con él para compensarlo. Sin embargo, últimamente se alegraba muchísimo de que Nicolás no fuese su padre, porque ya no quería ser hermana de Peter.
Quería casarse con él.

La más íntima de sus fantasías era tan sorprendente que a veces la dejaba atónita el hecho de que se atreviese siquiera a soñar apuntando tan alto. ¿Un Lanzani casado con una Espósito? ¿Una Espósito poniendo el pie en aquella mansión centenaria? Todos los antepasados de los Lanzani se levantarían de sus tumbas para expulsar a la intrusa. Los parroquianos quedarían horrorizados.

Pero continuaba soñando. Soñaba con vestirse de blanco, con recorrer el ancho pasillo de la iglesia mientras Peter la esperaba en el altar y se volvía para mirarla con aquellos ojos oscuros de pesados párpados y expresión intensa y deseosa, sólo para ella. Soñaba con que la tomaba en brazos y cruzaba con ella el umbral de la casa —no la casa de los Lanzani, no podía imaginar tal cosa, sino otra que fuera sólo de ellos dos, tal vez una cabaña donde pasar la luna de miel— y la llevaba hasta una gran cama que los estaba aguardando. Se imaginaba tendida debajo de él, rodeándolo con sus piernas igual que había visto hacer a María, lo imaginaba moviéndose, oía su voz seductora susurrarle al oído palabras de amor en francés. Sabía lo que hacían hombres y mujeres cuando estaban juntos, sabía dónde pondría él su cosa, aunque no pudiera imaginarse qué sensación le produciría.
Estefanía decía que era una sensación maravillosa, lo mejor del mundo...

Torito lanzó un penetrante aullido que sacó a Lali de su ensoñación. Soltó la patata que estaba troceando y se puso de pie de repente, porque Torito no lloraba a menos que se hubiera hecho daño. Estaba de pie, inmóvil, junto a la rejilla, sosteniéndose el dedo. Lali lo cogió en brazos y lo llevó hasta la mesa para sentarse con él en las rodillas y examinarle la mano. Tenía un rasguño pequeño pero profundo en la punta del dedo índice; probablemente había pasado la mano por un agujero de la rejilla y se había clavado el alambre roto. De la minúscula herida había brotado una única gota de sangre.

—Vamos, vamos, no pasa nada —lo consoló abrazándolo y secándole las lágrimas—. Te pondré una curita y se curará. A ti te gustan las curitas.

Así era. Cada vez que Torito se hacía un arañazo que necesitaba un vendaje, Lali terminaba poniéndole curitas por todas partes en los brazos y las piernas, porque el niño no dejaba de insistir hasta gastar todas las que hubiera en la caja. Lali había aprendido a sacar la mayoría de las curitas y esconderlas, de modo que sólo quedasen dos o tres que Torito pudiera ver.

Le lavó el dedo y sacó la caja de la balda superior, donde la guardaba para mantenerla fuera de su alcance. La carita redonda del niño resplandecía de placer mientras le ofrecía el dedo. Con gran teatralidad, Lali aplicó la curita a la herida. Torito se inclinó hacia adelante y miró el interior de la caja abierta, y a continuación soltó un gruñido y tendió la otra mano.

—También te has hecho daño en ésta? ¡Pobre manita! —Le besó la mano pequeña y regordeta y le puso una curita en el dorso.
El niño se inclinó y observó de nuevo el interior de la caja, y mostró una ancha sonrisa al tiempo que levantaba la pierna derecha.

—¡Cielo santo! ¡Te has hecho daño por todas partes! —exclamó Lali, y le puso otra curita en la rodilla.
Torito examinó la caja otra vez, pero ya estaba vacía. Satisfecho, regresó trotando a la puerta y Lali volvió a ocuparse de la cena.

Continuará...

viernes, 4 de mayo de 2012

Capítulo 3




Hola! al fin termino la semana! aunque fue cortita igual se vino media cargada! aquí les dejo el tercer capítulo! Besos, acuérdense de firmar eh!


PD: gracias a Chari por sus lindos comentarios! Besos!
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Con una familia así, la niña estaba perdida. Un par de años más y seguiría los pasos de su madre y de su hermana, porque no conocería otra cosa. Y aunque conociera otra cosa, de todas formas todos los chicos la rondarían como lobos sólo por ser una Espósito, y no aguantaría mucho tiempo.

La parroquia entera estaba al corriente de que el padre de Peter se acostaba con Gimena, y de que llevaba años haciéndolo. Por mucho que Peter quisiera a su madre, suponía que no podía censurar a Nicolás por buscar en otra parte; Ornella era la persona menos física que había visto. A sus treinta y nueve años seguía siendo tan fría y encantadora como una Virgen María, indefectiblemente pulcra y compuesta, y distante. No le gustaba que la tocaran, ni siquiera sus hijos. Lo increíble era que hubiera tenido hijos. Por supuesto, Nicolás no le era fiel, jamás lo había sido, para gran alivio de ella.

Nicolás Lanzani era lujurioso y de sangre caliente, y se había abierto camino hasta muchas camas ajenas antes de sentar la cabeza, más o menos, con Gimena Espósito. Pero siempre era amablemente cortés y protector con Ornella, y Peter sabía que no la dejaría nunca, sobre todo por una puta barata como Gimena.

La única persona que estaba molesta con aquella situación, por lo visto, era su hermana Eugenia. Afectada por el distanciamiento emocional de Ornella idolatraba a su padre y sentía unos celos feroces de Gimena, tanto en nombre de su madre como porque Nicolás pasaba mucho tiempo con ella. En la casa había mucha más calma ahora que Eugenia se había ido a un internado y había empezado a relacionarse con sus amigas de allá.

—Peter, date prisa —rogó María frenética.
Él metió los brazos por las mangas de la camisa, pero no se molestó en abotonársela y la dejó abierta.

—Ya estoy listo. —La besó y le acarició el trasero—. No permitas que se te alboroten las plumas, chérie. Lo único que tienes que hacer es cambiarte de ropa. El resto de ti está maravilloso, como eres tú.
La muchacha sonrió, contenta por el cumplido, y se calmó un poco.

—¿Cuándo podemos repetir esto? —preguntó al tiempo que salían de la casa.
Peter rió en voz alta. Le había costado la mayor parte del verano meterse en la cama con la chica, pero ahora ella no quería perder más tiempo. Perversamente, ahora que ya era suya, una buena parte de su implacable determinación se había evaporado.

—No lo sé —respondió en tono perezoso—. Pronto tengo que regresar a la facultad para entrenar con el rugby.

Para mérito suyo, María no hizo pucheros. En lugar de eso, sacudió la cabeza para que el viento le levantara el pelo mientras el Corvette avanzaba por el sendero privado en dirección a la carretera, y le sonrió.

—Cuando quieras. —Era un año mayor que él, y poseía su dosis de seguridad en sí misma.

El Corvette entró derrapando en la carretera, agarrándose al asfalto con los neumáticos.
María rió mientras Peter manejaba con facilidad el potente automóvil.

—Te dejaré en casa dentro de cinco minutos —Prometió. Él tampoco quería que nada interfiriese en el compromiso de María y Maximiliano.

Pensó en la pequeña y escuálida Lali Espósito, y se preguntó si habría conseguido llegar bien a su casa. No debería andar por ahí sola en el bosque de aquella manera. Podría hacerse daño, o perderse. Peor aún aunque se trataba de una finca privada, el lago atraía a los adolescentes como un imán, y Peter no se hacía ilusiones acerca de ellos cuando formaban pandilla.

Si perseguían a Lali, tal vez no se detuvieran a pensar lo joven que era, sólo pensarían que era una Espósito, Caperucita Roja no tendría ninguna posibilidad frente a los lobos Alguien tenía que vigilar más de cerca a aquella niña.

                             *            *            *

Tres años después —Lali —dijo Gimena impaciente—, haz callar de una vez a Torito. Me está poniendo enferma con tanto gimoteo.

Lali dejó a un lado las papas que estaba pelando, se limpió las manos y fue hasta la puerta de rejilla, donde estaba Torito manoteando la rejilla y haciendo unos ruiditos que significaban que quería salir. Nunca lo dejaban salir solo porque no entendía lo que significaba «no salir del patio», y empezaba a caminar sin rumbo y acababa perdiéndose. La rejilla tenía un pestillo en lo alto, que él no podía alcanzar y que siempre estaba cerrado para evitar que saliera por sí mismo. Lali estaba ocupada con la cena, aunque era probable que sólo estuvieran ella y Torito para comérsela, y en aquel preciso momento no podía salir con él.

Le apartó las manos de la rejilla y dijo:
—¿ Quieres jugar con la pelota, Torito? ¿Dónde está la pelota?
Torito, fácilmente distraído, echó a trotar en busca de su pelota roja toda mordisqueada, pero Lali sabía que eso no lo tendría ocupado mucho tiempo. Suspiró y volvió a las patatas.

Gimena salió lentamente de su dormitorio. Esa noche iba vestida para matar, advirtió Lali, con un ceñido vestido corto de color rojo que dejaba al descubierto sus piernas largas y bien torneadas y que curiosamente no hacía mal contraste con su cabello. Gimena tenía unas piernas estupendas; lo tenía todo estupendo, y lo sabía. Su abundante cabellera formaba una nube y su penetrante perfume la seguía con una aura de un rojo intenso.

—¿Cómo estoy? —preguntó, girando sobre sus tacones altos mientras se ponía unos aretes de cristal barato en las orejas.

—Preciosa —respondió Lali, sabedora de que eso era lo que esperaba oír Gimena, y no era nada menos que la verdad. Gimena era tan amoral como un gato, pero también era una mujer de sorprendente belleza, con un rostro perfecto y ligeramente exótico.

—Bien, pues me voy. —Se inclinó para depositar un ligero beso en la cabeza de Lali.

—Que te diviertas, mamá —Así lo haré. —Dejó escapar una risita—. Desde luego que sí. —Soltó el pestillo de la puerta de rejilla y salió de la cabaña exhibiendo sus largas piernas.

Lali se levantó para cerrar de nuevo el pestillo y se quedó mirando cómo Gimena entraba en su reluciente auto deportivo y se marchaba. A su madre le encantaba aquel auto. Un día llegó conduciéndolo sin decir una sola palabra para explicar de dónde lo había sacado, aunque no había mucho que dudar al respecto. Se lo había regalado Nicolás Lanzani.
Al verla en la puerta, Torito regresó y empezó a hacer de nuevo los ruiditos que indicaban que quería salir.

—No puedo sacarte —explicó Lali con paciencia infinita aunque el niño no entendiese gran cosa—. Tengo que hacer la cena. ¿Qué prefieres, patatas fritas o en puré? —Era una pregunta retórica, puesto que el puré de patatas le resultaba mucho más fácil de comer. Lali le acarició el pelo oscuro y volvió una vez más a la mesa y al cuenco de patatas.

Últimamente, Torito no demostraba la misma energía de siempre, y cada vez con más frecuencia sus labios adquirían un tinte azulado cuando jugaba. Le estaba fallando el corazón, tal como habían dicho los médicos que iba a pasar. No iba a haber un trasplante milagroso para Torito, aunque los Espósito hubieran tenido recursos para permitírselo. Los pocos corazones de niño que había disponibles eran demasiado valiosos para desperdiciarlos en un niño pequeño que jamás sabría vestirse solo, ni leer, ni manejar más que unas cuantas palabras balbuceadas por mucho tiempo que viviera. «Gravemente retrasado» era la categoría que le habían asignado. Aunque a Lali se le formaba un nudo en el pecho cuando pensaba en que Torito fuera a morirse, no sentía amargura por saber que no se iba a hacer nada por la frágil salud del niño. Un corazón nuevo no lo ayudaría, desde luego no de forma que importase. Los médicos no esperaban que hubiera vivido tanto, y ella cuidaría de él durante el tiempo que le quedara.

Durante una temporada se preguntó si no sería hijo de Nicolás Lanzani, y se sintió furiosa por él, porque no lo hubieran llevado a vivir en aquella gran casa blanca, donde tendría los mejores cuidados y sería feliz durante los pocos años que le quedasen. Como era retrasado, pensó, Nicolás estaba contento de mantenerlo fuera de la vista.

Lo cierto era que Torito podría ser perfectamente hijo de Salvador, y era imposible saberlo. No se parecía a ninguno de los dos hombres, simplemente se parecía a sí mismo. Ya tenía seis años, y era un niño apacible que se contentaba con las cosas más pequeñas y cuya seguridad radicaba en su hermana de catorce años. Lali cuidaba de él desde el día en que Gimena lo trajo del hospital a casa, y lo protegió de los accesos de ira de su padre cuando estaba borracho y de las despiadadas burlas de Joaquín y Patricio. Gimena y Estefanía lo ignoraban la mayor parte del tiempo, lo cual a Torito le parecía bien.


Continuará...

jueves, 3 de mayo de 2012

Capítulo 2






Hola! como andan? veo que la noticia de la nove fue media esparcida porque aumentaron un poco las visitas jejeje
Bueno aquí les dejo el capítulo! espero que dejen su firmilla para saber que les parece...y felicito a Chari que se atrevió a firmar! jejej creo que ya saque eso de la verificación...Besos!



—Peter —dijo la otra voz, una voz de chica, tensa y temblorosa.

—Shhh —murmuró Peter, un sonido grave que apenas le llegó a Lali. Dijo algo más, pero fue algo que Lali no logró entender. Luego dijo — Mon chére – y en ese momento todo encajó de pronto. Peter estaba hablando en francés, y tan pronto cayó en la cuenta aquellas palabras cobraron sentido en su mente, como si hubiera hecho falta aquella pequeña comprensión para que los sonidos encontrasen el ritmo necesario en su cerebro. Aunque los Espósito no eran inmigrantes franceses ni criollos, Lali entendía la mayor parte de lo que Peter estaba diciendo. La mayoría de los parroquianos hablaban y entendían francés, en diversos grados.

Sonaba como si estuviera tratando de tranquilizar a un perro asustado, pensó Lali. Su voz era cálida y arrulladora, salpicada de frases halagadoras y cariñosas. Cuando la muchacha habló de nuevo, su voz todavía sonó tensa, pero esa vez tenía un matiz de embriaguez.
Llevada por la curiosidad, Lali se echó hacia un lado y movió con cuidado la cabeza para asomar un ojo por el marco de la ventana abierta Lo que vio la dejó congelada en el sitio.

Peter y la chica estaban desnudos en la cama, la cual estaba colocada con el cabecero debajo de la ventana de la pared adyacente. Ninguno de los dos tenía probabilidades de verla, lo cual era un golpe de suerte, pues Lali no podría haberse movido incluso aunque ambos se la hubieran quedado mirando directamente.

Peter estaba tendido de espaldas a ella, con el brazo izquierdo colocado debajo de la cabellera rubia de la muchacha. Se inclinaba sobre ella de un modo que hizo que Lali contuviera la respiración, porque había en aquella postura algo a la vez protector y depredador. La estaba besando, unos besos lentos que dejaban la habitación en silencio excepto por los profundos suspiros de ambos, y tenía el brazo derecho... Parecía como si... estuviera... Cambió de postura, y Lali vio con claridad que tenía la mano derecha entre los muslos desnudos de la chica, justo encima de su gatito peludo.
Lali se sintió mareada, y cayó en la cuenta de que le dolía el pecho de aguantar la respiración.

Exhaló el aire con cuidado y apoyó la mejilla contra la madera blanca. Sabía lo que estaban haciendo. Tenía once años y ya no era una niña aunque todavía no le hubieran empezado a crecer los pechos. Varios años antes había oído a Gimena y a papá haciendo lo mismo en su dormitorio, y su hermano mayor, Joaquín, le había explicado gráficamente y sin ningún pudor cómo era la cosa. Ella había visto a perros hacerlo, y también había oído chillar a los gatos mientras lo hacían.

La chica lanzó un grito, y Lali volvió a mirar. Esta vez Peter estaba encima de ella, todavía murmurando suavemente en francés, halagándola, calmándola. Le decía lo bonita que era y lo mucho que la deseaba, tan atrayente y deliciosa. Y mientras hablaba iba ajustado su posición, abriéndose paso entre los cuerpos de los dos con la mano derecha y apoyado sobre el codo izquierdo. Debido al ángulo, Lali no veía lo que estaba haciendo, pero de todas maneras ya lo sabía. Le causó una fuerte impresión reconocer a la chica: María Del Cerro. Su padre era un abogado de Prescott.

—¡Peter! —exclamó María con voz tensa—. ¡Dios mío! No puedo...

Las musculosas nalgas de Peter se contrajeron, y la muchacha se arqueó bajo él, gritando otra vez. Pero estaba aferrada a Peter, y el grito fue de intenso placer. Movió sus largas piernas, enroscando una alrededor de la cadera de Peter y anclando la otra al muslo.  Peter comenzó a moverse despacio. Su cuerpo joven y musculoso se estremecía de fuerza. La escena era cruda y perturbadora, pero también había en ella una belleza que tenía cautivada a Lali.

Peter era tan grande y fuerte, con su bronceado cuerpo, elegante e intensamente masculino, mientras que María era esbelta y bien proporcionada, delicadamente femenina en su manera de suspirar.  Peter parecía tener extremo cuidado con ella, y ella disfrutaba mucho, aferrada a la espalda de él con sus esbeltas manos, la cabeza arqueada hacia atrás y moviendo las caderas a la par del lento ritmo del muchacho.

Lali los contempló a ambos con ojos ardientes. No estaba celosa. Peter estaba tan por encima de ella, y ella era tan joven, que nunca había pensado en él en sentido romántico y posesivo. Peter era el brillante centro de su universo, un ser al que había que rendir culto desde lejos, y ella se sentía tontamente feliz con sólo verlo de forma ocasional. Hoy, cuando él de hecho llegó a hablarle, y tocó su camiseta, se sintió en el paraíso. No podía imaginarse a sí misma en el lugar de María, desnuda entre sus brazos, ni siquiera imaginarse cómo sería aquello.

Los movimientos de Peter iban haciéndose más rápidos, la muchacha gritó de nuevo agarrada a él, con los dientes apretados como si sufriera dolor, pero Lali sabía de manera instintiva que no era así. Peter estaba ya arremetiendo contra ella, también con la cabeza inclinada hacia atrás, el pelo castaño empapado en las sienes y rozando sus hombros sudorosos. Se estremeció y tensó, y de su garganta surgió un sonido áspero y profundo.

A Lali le latía el corazón con fuerza, y se apartó de la ventana con los ojos muy abiertos para deslizarse por la puerta acristalada y salir de ahí tan silenciosamente como había entrado. De modo que así era. Había visto a Peter haciéndolo, precisamente. Sin la ropa, era todavía más guapo de lo que había imaginado. No había hecho nos asquerosos ruidos parecidos al resoplar de un cerdo que hacía papá, cuando estaba lo bastante sobrio para convencer a Gimena de que entrase en el dormitorio, lo cual no sucedía muy a menudo en los dos últimos años.
Si el padre de Peter, Nicolás, era tan guapo haciéndolo como lo era Peter, pensó Lali con vehemencia, no podía censurar a Gimena por haberlo preferido a papá.

Alcanzó la seguridad del bosque y se deslizó en silencio entre los árboles. Era tarde, y probablemente papá le echaría una reprimenda al llegar a casa por no estar allí para hacerle la cena y ocuparse de Torito, tal como se suponía que debía hacer, pero valdría la pena. Había visto a Peter.


Exhausto y feliz, tembloroso y jadeante tras el orgasmo, Peter levantó la cabeza de la curva que formaban el cuello y el hombro de María. Ella también jadeaba, con los ojos cerrados. Había pasado la mayor parte de la tarde seduciéndola, pero el esfuerzo había merecido la pena. Aquella larga y lenta preparación había hecho que el sexo fuera mejor de lo que había esperado.

Un relámpago de color, un movimiento minúsculo en su visión periférica, atrajo su atención, y volvió la cabeza hacia la ventana abierta y la arboleda que se extendía más allá de la entrada. Alcanzó a ver sólo por un instante una figura pequeña y frágil coronada de pelo castaño oscuro pero eso le bastó para identificar a la más joven de los Espósito.

¿Qué haría la niña merodeando por el bosque tan lejos de su cabaña Peter no dijo nada a María, pues a ésta le entraría el pánico si creyera que alguien podía haberla visto colarse en la casa con él, aunque ese alguien fuese sólo un miembro de aquella gentuza de los Espósito. Ella estaba prometida a Maximiliano Recca, y no le haría ninguna gracia que nada le arruinara eso, ni siquiera su propia satisfacción. Los Recca no eran tan ricos como los Lanzani —nadie lo era en aquella parte de la ciudad—, pero María sabía que podía manejar a Maximiliano de una forma en que jamás podría manejar a Peter. Peter era el pez más gordo, pero no sería un marido cómodo, y María era lo bastante astuta para saber que de todos modos no tenía ninguna posibilidad con él.

—¿Qué pasa? —murmuró, acariciándole el hombro.

—Nada. —Peter volvió la cabeza y la besó, intensamente, y después desentrelazó los cuerpos de ambos y se sentó en el borde de la cama Es que acabo de darme cuenta de lo tarde que es.
María echó un vistazo a la ventana y observó que se iban alargando las sombras, y se incorporó con un gritito.

—¡Dios mío, esta noche tengo que cenar con los Recca! ¡No voy a poder estar lista a la hora!

—Saltó de la cama y empezó a recoger las prendas de ropa dispersas por la habitación.
Peter se vistió más pausadamente, pero su cabeza seguía dando vueltas a la niña de los Espósito.

¿Los habría visto? Y si era así, ¿diría algo? Era una niña extraña, más tímida que su hermana mayor, que ya daba signos de ser una ramera tan grande como su madre. Pero la pequeña tenía unos ojos maduros en aquella carita de niña, unos ojos que le recordaban a los de un gato, de color avellana con manchas doradas, de forma que unas veces eran marrones y otras parecían amarillos.

Tenía la sensación de que ella no se había perdido mucho; debía de saber que su madre era la amante del padre de él, que los Espósito vivían en aquella cabaña sin pagar alquiler para que Gimena estuviera disponible cada vez que Nicolás Lanzani la deseara. La niña no se arriesgaría a ponerse en contra de ningún Lanzani.

Pobre niña, tan delgada y pequeña y con aquellos ojos de vidente. Había nacido en la basura, y nunca tendría la oportunidad de salir de ella, suponiendo que quisiera hacerlo. Salvador Espósito era un borracho mezquino, y los dos chicos mayores, Joaquín y Patricio eran unos matones vagos y ladrones, tan mezquinos como su padre y con visos de convertirse también en borrachos. A la madre, Gimena, también le gustaba la botella, pero no había permitido que la dominase como le había pasado a Salvador. Ella era lozana y hermosa, a pesar de haber tenido cinco hijos, y poseía aquel cabello oscuro que sólo había heredado su hija pequeña, además de los ojos verdes y el delicado cutis de nata. Gimena no era mezquina, como Salvador, pero tampoco hacía mucho de madre con sus hijos. Lo único que le importaba era que se acostaran con ella. Incluso se hacían bromas sobre ella en la parroquia.

Gimena permanecía abajo, siempre que hubiera un hombre dispuesto a subirse encima de ella.  Exudaba sexo, sexo lujurioso, y atraía a los hombres hacia ella igual que una hembra en celo a un perro.

Estefanía, su hija mayor, era un auténtico zorrón en ciernes, y ya andaba a la caza de cualquier polla dura que pudiera encontrar. Tenía la misma fijación mental que Gimena en lo que se refería al sexo, y Peter dudaba mucho de que todavía fuera virgen aunque sólo estuviera en los primeros años de la secundaria. No dejaba de ofrecérsele a él, pero Peter no se sentía tentado lo más mínimo.
Antes se follaría a una serpiente que a Estefanía Espósito.

El chico más joven de los Espósito era retrasado. Peter lo había visto sólo una o dos veces, y siempre agarrado a las piernas de la hermana pequeña... ¿Cómo se llamaba esa niña, maldita sea?

Un minuto antes había pensado algo que le recordaba a ella... ¿Ma? ¿Malena la de los ojos felinos? No, era otra cosa, pero que se le parecía... Mariana. Eso era.


Continuará...

miércoles, 2 de mayo de 2012

Capítulo 1








Era un buen día para soñar. Caían las últimas horas de la tarde, el sol proyectaba sombras alargadas cuando conseguía abrirse paso entre las densas nubes, pero en su mayor parte la luz dorada y traslúcida se quedaba prendida en las copas de los árboles y dejaba el lecho del bosque sumido en misteriosas sombras. En el aire del verano, cálido y húmedo, flotaba el perfume rosado y dulzón del néctar de madreselva, mezclado con el rico aroma marrón de la tierra y de la vegetación podrida, además del penetrante olor a verde de las hojas. Para Lali Espósito, los olores tenían color, y desde que era pequeña se entretenía Poniendo colores a los aromas que percibía a su alrededor.

La mayoría de los colores eran obvios, extraídos del aspecto que tenía cada cosa. Naturalmente, la tierra olía a marrón; por supuesto, aquel aroma fresco y fuerte de las hojas era verde en su mente. El pomelo olía amarillo brillante; nunca había comido pomelo, pero en cierta ocasión había cogido uno en la frutería y había olfateado su piel, titubeante, y el olor había explotado en sus papilas gustativas, agrio y dulce a la vez.

Le resultaba fácil poner color al olor de las cosas en la mente; en cambio, el color de los olores de las personas era más difícil, porque las personas no eran nunca una sola cosa, sino diferentes colores mezclados entre sí. Los colores no significaban lo mismo en los olores de la gente que en los de las cosas. Su madre, Gimena, despedía un aroma rojo profundo y picante, con algunas volutas de negro y amarillo, pero el rojo picante casi aplastaba todos los demás colores. El amarillo era bueno en las cosas, pero no en las personas; ni tampoco el verde, ni siquiera algunos de sus matices.

Su padre, Salvador, era una insoportable mezcla de verde, morado, amarillo y negro. Con él fue verdaderamente fácil, pues desde una edad muy temprana lo había asociado con el vómito. Beber y vomitar, beber y vomitar, eso era lo único que hacía papá. Bueno, y mear. Meaba mucho.

El mejor olor del mundo, pensó Lali mientras deambulaba entre los árboles contemplando los rayos de sol capturados y guardando su felicidad secreta en lo más hondo de su pecho, era el de Peter Lanzani. Lali vivía por los breves suposiciones de él que alcanzaba a ver en la ciudad, y si se encontraba lo bastante cerca para oír el sonido ronco y profundo de su voz, temblaba de alegría.
Hoy había logrado estar lo bastante cerca de él para olerlo, ¡y él incluso la había tocado! Aún flotaba en una nube tras vivir aquella experiencia.

Había entrado en la tienda de Prescott con Estefanía, su hermana mayor, porque ésta le había robado a Gimena un par de billetes del bolso y quería comprarse un esmalte de uñas. El olor de Tefy era anaranjado y amarillo, una pálida imitación del aroma de Gimena. Salieron de la tienda llevando el preciado frasco de esmalte de uñas rosa intenso cuidadosamente escondido en el sostén de Estefanía para que Gimena no lo viera. Tefy llevaba ya casi tres años usando sostén, y eso aunque sólo tenía trece años, un hecho que ella utilizaba para burlarse de Lali cada vez que se le ocurría, pues Lali tenía once años y aún no le habían salido pechos. Sin embargo, últimamente los pezones planos e infantiles de Lali habían empezado a hincharse, y se sentía muy avergonzada de que alguien se los viera. Se daba mucha cuenta de cómo despuntaban bajo la fina camiseta de la blusa que llevaba, pero cuando estuvieron a punto de chocar con Peter en el momento que éste entraba en la tienda y ellas salían, Lali se olvidó de lo liviano de su camiseta.

—Una camiseta muy bonita — había dicho Peter con sus oscuros ojos brillando divertidos, y le había tocado el hombro. Peter estaba pasando en casa las vacaciones veraniegas. Jugaba rugby para el equipo de la universidad. Tenía diecinueve años, medía más de uno setenta y seguía creciendo. Lali lo sabía porque lo había leído todo en la página deportiva de la gaceta local. Sabía que corría un 4,6 cuarenta y que tenía una gran velocidad lateral, fuera eso lo que fuera. También sabía que era muy guapo, no a lo fino, sino con el mismo estilo salvaje y poderoso que el estimado semental que poseía su padre. Tenía pelo castaño el cual le daba un aspecto de guerrero de la Edad Media que se encontrara accidentalmente en la época actual. Lali se leía todas las novelas que caían en sus manos sobre caballeros medievales y sus bellas damas, por eso reconocía un Caballero en cuanto lo veía.

Sintió un cosquilleo en el hombro cuando la tocó Peter, y sus pezones hinchados se estremecieron y la hicieron sonrojarse y bajar la cabeza. Todos sus sentidos giraron en un torbellino al percibir su olor, compuesto por una mezcla penetrante e indefinible que no supo describir, caliente y almizclada, con un rojo aún más intenso que el de Gimena, lleno de tentadores colores de matices profundos y lozanos.

Estefanía sacó hacia afuera sus senos redondos, cubiertos por una blusa rosa sin mangas. Se había dejado desabrochados los dos botones superiores.

—Y mi camiseta, ¿qué? —preguntó haciendo puchero para que sus labios también sobresalieran, tal como había visto hacer a Gimena miles de veces.

—Te has equivocado de color —dijo Peter endureciendo el tono y poniendo en él una gota de desdén. Lali supo la razón: Era porque Gimena se acostaba con su padre, Nicolás. Había oído cómo hablaban los demás de Gimena, y sabía lo que significaba la palabra «puta».
Peter pasó entre ambas, empujó la puerta y desapareció en el interior de la tienda. Estefanía se lo quedó mirando por espacio de unos segundos y después posó sus voraces ojos en Lali.

—Déjame tu camiseta —le dijo.

—Te queda demasiado pequeña —replicó Lali, y se alegró enormemente de que así fuera. A Peter le había gustado su camiseta, la había tocado, y ella no estaba dispuesta a renunciar a aquello.

Estefanía frunció el gesto ante aquella obvia verdad. Lali era pequeña y delgada, pero incluso sus estrechos hombros pugnaban contra las costuras de su camiseta, que ya le quedaba pequeña desde hace dos años.

—Ya conseguiré otra —declaró.

Ella también, pensó Lali ahora mientras contemplaba con expresión soñadora el parpadeo del sol entre los árboles. Pero Estefanía no tendría la que había tocado Peter; ella se la había quitado llegando a casa, la había doblado con todo cuidado y la había escondido debajo del colchón. La única forma de encontrarla era deshaciendo la cama para lavar las sábanas, y como ella era la única que hacía tal cosa, la camiseta permanecería a salvo y ella podría dormir encima todas las noches.

Peter. La violencia de sus emociones la asustó, pero no podía controlarlas. Lo único que tenía que hacer era verlo, y el corazón empezaba a latirle con tal fuerza en su delgado pecho que le hacía daño en las costillas y sentía calor y escalofríos a un tiempo. Peter era como un dios en la pequeña población de Prescott, Luisiana; era indómito como un potro, según decía la gente, pero estaba respaldado por el dinero de los Lanzani, e incluso de niño había poseído un duro e inquieto encanto que hacía aletear los corazones de las féminas. Los Lanzani habían engendrado un buen número de pícaros y renegados, y Peter pronto demostró tener el potencial para ser el más indomable de todos. Pero era un Lanzani, y aun cuando armara bronca, lo hacía con estilo.

A pesar de todo eso, nunca había sido desagradable con Lali, tal como había ocurrido con algunas personas del pueblo. Su hermana Eugenia escupió una vez en su dirección cuando Lali y Estefanía se cruzaron con ella en la calle. Lali se alegraba de que Eugenia se encontrase en Nueva Orleans en un estirado colegio privado para señoritas y de que no fuera a casa con demasiada frecuencia, ni siquiera durante el verano, porque estaba en casas de amigas. Por otra parte, el corazón de Lali había sufrido durante meses cuando Peter se marchó a la universidad; Baton Rouge no estaba tan lejos, pero durante la temporada de rugby no le quedaba mucho tiempo libre e iba a casa sólo en vacaciones. Siempre que sabía que Peter estaba en casa, Lali intentaba ir a los lugares donde pudiera cruzarse con él, para verlo, paseándose con la gracia indolente de un gato grande, tan alto y fuerte, tan peligrosamente excitante.

Ahora que era verano, Peter pasaba mucho tiempo junto al lago, lo cual era uno de los motivos de la excursión de Lali a través del bosque. El lago era privado, abarcaba más de ochocientas hectáreas y estaba totalmente rodeado por las tierras de los Lanzani. Era alargado y de forma irregular, con varias curvas; ancho y bastante superficial en algunos sitios, estrecho y profundo en otros. La gran mansión blanca de los Lanzani estaba situada al este del lago, la cabaña de los Espósito al oeste, pero ninguna de las dos se encontraba de hecho a la orilla del agua. La única casa de la ribera era la mansión de verano de los Lanzani, un edificio blanco y de una sola planta que contenía dos dormitorios, una cocina, un cuarto de estar y una entrada provista de una rejilla que la rodeaba por entero. Debajo de la casa había un garaje para botes y un embarcadero, y también una parrilla de ladrillo que habían construido. A veces, en verano, Peter y sus amigos se juntaban allí para divertirse nadando y remando toda la tarde, y Lali se deslizaba entre los árboles de la orilla para alegrarse el corazón observándolo.

A lo mejor estaba allí hoy, pensó, sintiendo ya el dulce anhelo que la embargaba cada vez que pensaba en Peter. Sería maravilloso verlo dos veces en un mismo día.

Estaba descalza, y los raídos pantalones cortos que llevaba no le protegían las piernas de los arañazos y las serpientes, pero Lali se encontraba tan cómoda en el bosque como las otras tímidas criaturas; no la preocupaban las serpientes, y no hacía el menor caso de los arañazos. Su largo cabello de color castaño oscuro tendía a colgarle en desorden por delante de los ojos y molestarla, de modo que se lo había echado hacia atrás y lo había sujetado. Se deslizaba igual que un espectro entre los árboles, con una expresión soñadora en sus ojos al imaginar a Peter en su mente. A lo mejor estaba allí; a lo mejor un día la veía oculta entre los arbustos, o asomada detrás de un árbol, y entonces le tendería la mano y le diría: — ¿Por qué no sales de ahí y vienes a divertirte con nosotros?». Se perdió en la deliciosa fantasía de formar parte de aquel grupo de chicos bronceados por el sol, risueños y pendencieros, de ser una de aquellas muchachas que eran todo curvas y lucían breves bikinis.

Incluso antes de llegar al borde del claro en el que se alzaba la casa de verano, vio el brillo plateado del Corvette de Peter enfrente del edificio, y el corazón empezó a latirle con familiar violencia. ¡Estaba allí! Se deslizó silenciosamente tras el refugio de un gran tronco, pero al cabo de unos instantes se dio cuenta de que no oía nada. No se percibía ningún ruido de chapoteos, voces, chillidos ni risas.

A lo mejor estaba pescando desde el embarcadero, o quizá hubiera tomado el bote para dar un paseo. Lali se acercó un poco más y torció hacia un lado para tener una vista del embarcadero, pero éste se encontraba desierto. Peter no estaba allí. Sintió que la invadía la desilusión. Si había tomado el bote, no había forma de saber cuánto tiempo hacía de eso, y ella no podía quedarse a esperarlo. Había encontrado aquel momento para ella misma, pero tenía que regresar pronto y ponerse a preparar la cena y cuidar de Torito.

Estaba dando media vuelta para marcharse cuando le llegó un sonido amortiguado que la hizo detenerse con la cabeza inclinada para localizarlo. Salió de entre los árboles y dio unos cuantos pasos en dirección al claro, y entonces oyó un murmullo de voces, demasiado débil e indistinto para entenderlo. Instantáneamente, el corazón le dio otro vuelco; después de todo, sí que estaba allí. Pero se encontraba dentro de la casa; sería difícil atinar a verlo desde el bosque. Sin embargo, si se acercaba más, podría oírlo, y eso era todo lo que necesitaba.

Lali poseía el don de las criaturas pequeñas y silvestres para guardar silencio. Sus pies desnudos no hicieron el menor ruido al acercarse a la casa. Procuró permanecer fuera del campo visual en línea recta de todas las ventanas. El murmullo de las voces parecía provenir de la parte posterior de la casa, donde estaban los dormitorios.

Alcanzó el porche y se acuclilló junto a los escalones, e inclinó otra vez la cabeza en un intento de entender lo que estaban diciendo, aunque sin éxito. Pero era la voz de Peter; los tonos graves eran inconfundibles, al menos para ella. Entonces oyó un suspiro, una especie de gemido, de una voz mucho más aguda.

Atraída de forma irresistible por la curiosidad y por el imán de la voz de Peter, Lali abandonó su postura en cuclillas y tiró con cautela de la manilla de la puerta. No estaba cerrada. La abrió apenas lo suficiente para que pudiera pasar un gato, y deslizó su cuerpo delgado y ligero al interior, y después, con idéntico silencio, dejó que se cerrase la puerta. Se acuclilló y avanzó sobre las tablas del porche en dirección a la ventana abierta de uno de los dormitorios, del cual parecían provenir las voces.
Oyó otro suspiro.

Continuará...

Eso es todo por hoy!! Recuerden Firmar! Besos!

martes, 1 de mayo de 2012



Chiiicas!!! les tengo una sorpresa! pronto subiré la nove "Lazos de una Noche" hecha por Cami del blog caparatodos. Aquí les dejo el argumento. Besos!





En los años transcurridos desde que su familia fue expulsada de la ciudad, Lali ha ascendido por la escalera del éxito. Y ahora ha decidido volver a casa, para destapar oscuros secretos del pasado y averiguar qué ocurrió realmente la noche en que su madre desapareció con el padre de Peter Lanzani. Cuando Peter se entera de que Lali ha regresado, sólo piensa en una cosa: volver a expulsarla. Porque pertenece a la detestada familia Espósito y porque es la viva imagen de su madre, aquella mala mujer que le robó a su padre. Pero ninguno de los dos se imaginaba que la atracción que Lali sentía por Peter, y que ella misma creía muerta desde aquella fatídica noche, iba a convertirse en un anhelo incontenible y apasionado.

UNA POBRE MUCHACHA DESPRECIADA Mariana Espósito siempre había adorado de lejos al chico perfecto del pueblo, pero aquella calurosa noche en la que el rico y respetado padre de Peter desapareció con la madre de Lali, fue él quien la expulsó de sus tierras y le desgarró el corazón con sus insultos. Ahora Lali sólo quiere detestarlo..., no sentir una poderosa atracción hacia él. Pero extinguir su pasión es tan imposible como ocultar la verdad del pasado que tanto había anhelado conocer.

ATRACTIVO, RICO Y PODEROSO. Rebelde, encantador y con toda la fortuna de los Lanzani a su disposición, la palabra de Peter era ley en Prescott, y su voluntad era no volver a oír hablar jamás del apellido Espósito. Pero cuando pensaba en Mariana Espósito lo único que veía era un remolino de sábanas y su piel sedosa bajo él... Interesarse por ella era imposible, inconcebible... porque Peter Lanzani pretendía utilizar todo su poder para destruirle la vida.



Feliz día del trabajador! 
Feliz día chicos! jjijij que rico que es feriado además! :)


De nuevo ayer lo sobrenatural me impresionó, hace poco Chile acepto la existencia de Ovnis y bueno han surgido distintos mensajes desde 1987 hasta hace un mes de avistamientos. Todos distintos lados, pero casi las mismas acciones por este objeto desconocido. ¿ A qué vendrán estos seres desconocidos?; ¿Qué opinan ustedes de esto?
Voten abajo!
Besos! Que tengan una linda semana!